La mayoría de los autoritarismos no llegan prometiendo autoritarismo.
Llegan prometiendo orden.
Llegan prometiendo seguridad.
Llegan prometiendo que van a limpiar el país de quienes supuestamente lo destruyeron.
Llegan prometiendo que van a devolvernos una patria que alguien nos robó.
Y cuando la gente aplaude, cree que está votando por soluciones.
En realidad está votando por emociones.
Eso es lo que hace tan interesante la campaña de Abelardo de la Espriella.
No porque sea un fenómeno excepcional.
Sino porque revela algo mucho más profundo: la facilidad con que el miedo puede convertirse en deseo político, el resentimiento en identidad y la humillación del adversario en una forma de placer colectivo.
La explicación habitual sostiene que los ciudadanos votan después de comparar propuestas y evaluar programas de gobierno. La realidad suele ser bastante menos racional. Primero sentimos. Después justificamos lo que sentimos. Primero aparece el miedo. Después aparecen las razones.
Por eso la pregunta relevante no es qué propone Abelardo de la Espriella, sino qué emociones activa.
Su campaña funciona como una máquina de producción afectiva. Toma angustias dispersas y les da una dirección política. El miedo al crimen. El miedo a la guerrilla. El miedo al comunismo. El miedo a Petro. El miedo a Cepeda. El miedo al desorden. Todo termina convergiendo en una misma conclusión: necesitamos una autoridad fuerte que nos proteja.
Pero el miedo por sí solo no alcanza.
También hace falta resentimiento.
La campaña construye una narrativa donde la decadencia nacional tiene responsables identificables. Aparece entonces una élite política abstracta presentada como culpable de todos los males del país. Sin embargo, aquí emerge una de las contradicciones más reveladoras del discurso.
Mientras se presenta como una ruptura con el establecimiento, alrededor de la candidatura gravitan sectores pertenecientes a algunas de las estructuras políticas más tradicionales del país. Nombres como los Char, los Gnecco o los Araújo forman parte del paisaje histórico del poder regional colombiano. No se trata simplemente de clanes electorales. Diversas investigaciones periodísticas, judiciales y académicas han documentado durante décadas cómo varios de estos grupos familiares aparecieron asociados a fenómenos de parapolítica, relaciones con estructuras paramilitares o formas de poder regional construidas en medio del conflicto armado colombiano.
La observación resulta aún más llamativa si se recuerda que Abelardo de la Espriella alcanzó notoriedad nacional como abogado de Salvatore Mancuso, uno de los máximos comandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia. Nadie debería ser juzgado por ejercer la defensa jurídica de un acusado. Ese no es el punto. Lo relevante es la convergencia política y simbólica entre una narrativa de autoridad, castigo, orden nacional y ciertos sectores del poder colombiano cuya trayectoria histórica ha estado atravesada por las sombras del paramilitarismo y la guerra contrainsurgente.
La pregunta entonces deja de ser quién representa la ruptura.
La pregunta pasa a ser qué tipo de poder se está reorganizando detrás de la promesa de renovación.
Porque el resentimiento popular termina dirigido contra una élite abstracta, mientras las estructuras concretas que han acumulado poder durante décadas permanecen fuera del campo visual. El enemigo es una construcción emocional. Los aliados reales rara vez ocupan el centro de la escena.
Y allí reside una de las operaciones más eficaces del agenciamiento político: desplazar la atención desde las relaciones materiales de poder hacia una narrativa afectiva de rescate nacional, restauración moral y salvación patriótica.
Y esos objetivos se multiplican.
La izquierda aparece convertida en un enemigo existencial de la nación. No se trata simplemente de una diferencia ideológica. Se trata de una construcción política donde el adversario es presentado como una amenaza que debe ser neutralizada o erradicada.
El propio Abelardo de la Espriella lo expresó en términos difíciles de ignorar:
«Sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo, que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos (…) a esa plaga hay que erradicarla».
La elección de las palabras importa.
No habla de debatir.
No habla de convencer.
No habla de derrotar electoralmente.
Habla de «destripar».
Habla de una «plaga».
Habla de «erradicar».
Es el lenguaje clásico de la deshumanización política: convertir al adversario en una amenaza biológica, moral o social cuya eliminación aparece como una necesidad para la supervivencia de la comunidad.
En esa misma lógica se inscriben sus declaraciones sobre el uso de la fuerza letal contra quienes bloqueen carreteras, así como la construcción recurrente de enemigos representados en los estudiantes movilizados, sindicatos, organizaciones indígenas, los sindicatos, los profesores asociados a la izquierda, movimientos progresistas y defensores de derechos humanos como expresiones del desorden nacional que debe ser controlado para la restauración de un estado de cosas: quienes bloquean calles Espriella les promete fuego letal.
Pero la lista de enemigos no termina allí.
También aparecen como objetivos recurrentes los estudiantes movilizados, los sindicatos, los profesores asociados a la izquierda, las organizaciones indígenas que protestan, los defensores de derechos humanos y los movimientos progresistas señalados como responsables del desorden nacional.
A ellos se suma otro adversario menos visible pero igualmente importante: el propio Estado.
También aparece otro enemigo menos visible, pero igual de importante: el propio Estado.
La burocracia estatal es presentada como una estructura parasitaria que debe ser amputada. La promesa de eliminar cerca de 700.000 empleos públicos y contratistas, reducir el Estado en un 40 %, fusionar ministerios y desmontar múltiples entidades públicas no constituye únicamente una propuesta administrativa. Constituye una redefinición radical de la relación entre sociedad, mercado y poder político.
Lo que está en juego no es simplemente el tamaño de la nómina estatal. Lo que está en juego es la capacidad misma del Estado para garantizar derechos, regular poderes económicos, redistribuir recursos, proteger poblaciones vulnerables y ejercer funciones de control sobre actores privados.
Cuando se plantea la eliminación masiva de instituciones públicas, no desaparecen únicamente cargos burocráticos. También desaparecen capacidades estatales acumuladas durante décadas. Desaparecen mecanismos de regulación ambiental, inspección laboral, protección del consumidor, vigilancia sanitaria, supervisión financiera, atención social y presencia institucional en territorios históricamente abandonados.
La narrativa de campaña presenta ese desmonte como una liberación nacional. El problema es que aquello que se describe como «grasa burocrática» suele incluir también buena parte de la infraestructura institucional que permite que derechos fundamentales existan más allá del papel.
Por eso la operación política resulta tan eficaz. El Estado es reducido a una caricatura: corrupción, ineficiencia, privilegios y despilfarro. Todo aquello que cumple funciones de protección social desaparece del relato. El resultado es un enemigo perfecto: una burocracia abstracta a la que puede atribuírsele prácticamente cualquier frustración colectiva.
El castigo aparece entonces como solución.
El desmonte del Estado de Bienestar como virtud.
La demolición como sinónimo de reforma.
Y el debilitamiento de la capacidad estatal como una promesa de redención nacional.
Todos estos “enemigos” cumplen la misma función: absorber frustraciones sociales complejas y transformarlas en una historia simple donde existe una comunidad virtuosa amenazada por enemigos reconocibles sobre los cuales depositar la frustración, el miedo y la ira colectiva:
pero viene con un barniz nuevo.
Ya no viste camisas negras ni organiza marchas con antorchas.
Ahora baila en TikTok.
Usa filtros de Instagram.
Aparece en podcasts.
Se viraliza en WhatsApp.
Hace lives con influencers.
Habla el lenguaje de los memes, de la irreverencia y de la autenticidad.
Ya no promete imperios.
Ya no necesita uniformes (salvo el de la selección de fútbol).
Le bastan los algoritmos.
Le basta con movilizar emociones en una pantalla.
Promete seguridad.
Ya no habla de destino histórico.
Habla de eficiencia.
Ya no se presenta como autoritarismo.
Se presenta como sentido común.
Sin embargo, bajo esa estética renovada, la arquitectura emocional sigue siendo sorprendentemente familiar: miedo, resentimiento, culto al líder, identificación de enemigos internos, nostalgia de un pasado idealizado y la promesa de restaurar un orden supuestamente perdido.
El siglo XXI no eliminó los viejos impulsos autoritarios. Les dio mejores herramientas de marketing.
No nació con Abelardo de la Espriella.
No nació siquiera en Colombia.
Ha reaparecido una y otra vez bajo distintas banderas, distintos idiomas y distintas circunstancias históricas.
Giorgia Meloni en Italia.
Javier Milei en Argentina.
Nayib Bukele en El Salvador.
Jair Bolsonaro en Brasil.
Donald Trump en Estados Unidos.
Viktor Orbán en Hungría.
Rodrigo Duterte en Filipinas.
Marine Le Pen en Francia.
Geert Wilders en los Países Bajos.
Santiago Abascal y Vox en España.
Keiko Fujimori en Perú, heredera política del proyecto autoritario construido por su padre, Alberto Fujimori.
José Antonio Kast en Chile, hijo del inmigrante alemán Michael Kast, antiguo militante del Partido Nazi que emigró a Sudamérica tras la Segunda Guerra Mundial.
Pero hay una diferencia que conviene no perder de vista.
Trump no es simplemente otro nombre dentro de la lista.
Trump habla desde el centro del imperio.
Milei, Bolsonaro, Kast, Fujimori o De la Espriella hablan desde su periferia.
Unos prometen restaurar la grandeza nacional; otros prometen alinearse con quien ya la ejerce.
Mientras en Washington se diseña la arquitectura del poder hemisférico, en América Latina nunca faltan aspirantes dispuestos a convertirse en administradores locales del orden imperial. Hondurasgate, las operaciones de influencia sobre procesos políticos en Colombia, Brasil, México y Honduras, las presiones permanentes sobre Cuba y Venezuela, recuerdan que la disputa no ocurre únicamente entre izquierdas y derechas.
También ocurre entre soberanía y subordinación.
Y entonces aparecen preguntas incómodas.
¿Cuántas bases militares extranjeras caben dentro de una patria?
¿Cuánta soberanía puede tercerizarse antes de dejar de llamarse soberanía?
¿Cuántas decisiones estratégicas pueden tomarse en Washington antes de que la palabra independencia se convierta en un simple accesorio de campaña?
Quizás por eso resulta tan curioso escuchar discursos inflamados de patrioterismo, pronunciados por quienes parecen más interesados en convertir la Presidencia en un consulado de una potencia extranjera.
Cada uno de los lideres autoritarios aquí citados posee rasgos fascistoides propios y responde a realidades nacionales diferentes. Sin embargo, todos comparten una arquitectura emocional sorprendentemente similar:
El país está en crisis.
Las élites nos traicionaron.
Los criminales tienen demasiados derechos.
La nación perdió su identidad.
Los enemigos internos avanzan.
Las instituciones son débiles.
La corrección política impide decir la verdad.
Hace falta orden.
Hace falta autoridad.
Hace falta mano dura.
Hace falta alguien dispuesto a hacer lo que otros no se atreven.
Nosotros somos la gente de bien.
Ellos son el problema.
Y cuando una sociedad empieza a pensar de esa manera, el siguiente paso suele ser el desprecio.
La construcción del enemigo no se limita a la izquierda como categoría abstracta. También se expresa en la relación con figuras concretas que encarnan aquello que la campaña identifica como amenaza.
El 8 de junio, dirigiéndose a Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella escribió en X:
Miles de personas la celebraron.
Miles la compartieron.
Miles se sintieron representadas por ella.
La frase parece insignificante, pero encierra una lógica peligrosa. Ya no se discute con el adversario. Ya no se intenta persuadirlo. Simplemente se le degrada. Se le convierte en un ser intelectualmente inferior. El desacuerdo político deja de ser una diferencia legítima para convertirse en una prueba de estupidez.
A primera vista, el mensaje parece una pieza más de confrontación electoral. Pero vale la pena detenerse en su estructura.
No se discuten argumentos.
No se refutan propuestas.
No se debate un proyecto de país.
Lo que aparece es una división moral del espacio político.
Por un lado, quienes representan a Colombia.
Por el otro, quienes encarnan el miedo, la división y el fracaso.
La disputa deja de presentarse como una competencia legítima entre visiones distintas de sociedad y se convierte en una confrontación entre quienes salvarán la nación y quienes la destruyen.
Esta lógica atraviesa toda la campaña.
La izquierda no aparece como un adversario democrático.
La política deja entonces de ser un espacio de negociación entre diferencias y se transforma en una batalla moral entre patriotas (“firmes por la patria”) y los enemigos que representan el mal absoluto.
Y cuando la política adopta esa forma, la pregunta deja de ser quién tiene mejores argumentos.
La pregunta pasa a ser quién debe ser derrotado, silenciado, destripado o expulsado para que la nación pueda finalmente ser salvada.
Ahí es donde aparecen los microfascismos.
No cuando llegan los tanques.
No cuando se suspenden las elecciones o se llega al Estado de Excepción permanente como forma de gobierno.
Mucho antes.
Cuando comenzamos a disfrutar la humillación pública del otro.
Cuando el insulto produce más placer que el argumento.
Cuando el linchamiento digital se convierte en entretenimiento.
Cuando la crueldad se presenta como sinceridad.
La campaña de Abelardo de la Espriella no inventa estos impulsos. Los organiza. Los amplifica. Les da un lenguaje y una dirección.
Por eso sus símbolos son tan importantes: la bandera, el rosario (y toda suerte de símbolos religiosos), la familia tradicional (renegando de sus anteriores posiciones sobre el derecho de adopción por personas LGTB), el gesto militar, la exaltación de la disciplina, la figura del empresario exitoso. Todo apunta a la misma promesa emocional: pertenecer al grupo correcto en medio del caos.
Sin embargo, es precisamente en el terreno de los símbolos donde aparece una de las contradicciones más reveladoras de toda la campaña.
El lema es «Firmes por la Patria».
La palabra patria aparece una y otra vez.
Patria como identidad.
Patria como refugio.
Patria como destino común.
Patria como algo que debe ser defendido.
Pero vale la pena preguntarse qué significa exactamente esa palabra cuando se la confronta con hechos concretos.
Al obtener la ciudadanía estadounidense, Abelardo de la Espriella declaró bajo juramento:
«Renuncio y abjuro absoluta y completamente a toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potentado, Estado o soberanía extranjeros de los cuales haya sido súbdito o ciudadano».
También juró:
«Apoyaré y defenderé la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América contra todos los enemigos, extranjeros y nacionales».
Y agregó:
«Portaré armas en nombre de los Estados Unidos cuando lo exija la ley».
No se trata de cuestionar la legalidad de ese procedimiento. Es un requisito normal para obtener la ciudadanía estadounidense.
La pregunta es otra.
¿Cómo se relaciona el discurso de «Firmes por la Patria» con propuestas como la dolarización de la economía colombiana o la instalación de bases militares estadounidenses en territorio nacional?
¿Qué clase de soberanía nacional se fortalece cuando se propone renunciar a la moneda propia?
¿Qué significa hablar de independencia mientras se promueve una presencia militar extranjera más profunda?
La contradicción resulta interesante porque revela algo fundamental: la patria funciona aquí menos como un proyecto material de soberanía y más como una tecnología emocional.
Lo importante no es la soberanía efectiva. Lo importante es la sensación de soberanía ejercida por un Padre de mano firme contra los “malvados”. No es la independencia real lo que moviliza a las masas. Es la emoción de sentirse patriota. Y ahí reside la verdadera potencia de este tipo de campañas. No producen únicamente votos. Producen subjetividades.
Producen ciudadanos que encuentran seguridad en la obediencia, placer en el castigo y orgullo en la exclusión.
Por eso el problema no es únicamente Abelardo de la Espriella.
El problema es aquello que su campaña nos permite ver sobre nuestra sociedad.
La pregunta no es solamente por qué existe un candidato que promete mano dura.
La pregunta es por qué millones de personas están dispuestas a desearla.
Pero estos fenómenos no avanzan únicamente porque millones de personas los apoyan. También avanzan porque, mucho antes de conquistar el poder los nuevos señores feudales empiezan a modificar el comportamiento de quienes los rodean.
Los medios suavizan las críticas. Los políticos tradicionales se alinean. Los empresarios ajustan sus apuestas. Los oportunistas detectan hacia dónde sopla el viento. Los académicos optan por el silencio prudente.
¿Quién da la orden? ¿Quién dio la orden?
Porque parecería que nadie obliga a nadie.
Simplemente aparece una sensación difusa de inevitabilidad.
Y poco a poco aquello que parecía una posibilidad remota comienza a comportarse como una realidad en construcción.
Es así como se desplazan los límites de lo aceptable. Lo que ayer parecía impensable hoy parece discutible (amenazar en público con “dar de baja” a quienes protestan, destripar la izquierda). Lo que ayer parecía discutible mañana parece normal. Y lo que finalmente se normaliza deja de producir resistencia.
Por eso los proyectos autoritarios rara vez llegan destruyendo las instituciones de un día para otro. Antes de eso consiguen algo mucho más importante. Consiguen que las instituciones comiencen a adaptarse a ellos. Consiguen que los medios moderen el tono. Consiguen el consenso social a partir de un líder carismático que funciona menos como portador de un programa que como objeto de identificación colectiva. Porque el líder autoritario no persuade principalmente mediante argumentos. Se convierte él mismo en el mensaje. Se presenta simultáneamente como un hombre común y como una figura excepcional. Como alguien que comparte las frustraciones de sus seguidores y, al mismo tiempo, como alguien que ya ha conquistado aquello que ellos sienten haber perdido o les ha sido negado. Esa doble operación resulta visible en la construcción pública de Abelardo de la Espriella. La bandera, el patriotismo, la indignación contra las élites políticas y el lenguaje de la gente de bien conviven con la exhibición constante del éxito, la riqueza, el prestigio profesional y los símbolos del triunfo social. La aparente contradicción es precisamente la fuente de su eficacia. El líder debe parecer suficientemente cercano para despertar identificación y suficientemente superior para despertar admiración. No representa únicamente lo que sus seguidores son. Representa aquello que muchos quisieran llegar a ser.
Por eso la adhesión rara vez se organiza alrededor de intereses materiales claramente reconocibles. Se organiza alrededor de una identificación afectiva con la figura del vencedor. El éxito del líder se experimenta como una victoria compartida. Sus privilegios aparecen como méritos. Su riqueza como prueba de capacidad. Y su posición dominante como evidencia de que todavía existen hombres fuertes capaces de restaurar el orden. La paradoja es que esa identificación suele producirse incluso cuando los sectores sociales representados por el líder han participado históricamente en la defensa de estructuras económicas y políticas que contribuyeron a reproducir las desigualdades, exclusiones y privaciones que afectan a buena parte de sus propios votantes. Pero precisamente allí reside la eficacia de este tipo de liderazgo. No invita a los individuos a reconocerse en quienes comparten su situación. Los invita a reconocerse en quienes ocupan una posición superior dentro de la jerarquía social. La comunidad política deja entonces de construirse entre iguales y pasa a organizarse alrededor de la admiración por una figura idealizada que concentra autoridad, éxito, prestigio y capacidad de castigo. La operación no es nueva. El fascio ya comprendía que las masas podían llegar a identificarse más fácilmente con la imagen del vencedor que con sus propios semejantes. Que podían admirar a quien las dominaba antes que reconocerse en quienes compartían su destino. Que podían amar la autoridad que las subordinaba si esa autoridad se presentaba revestida de fuerza, gloria y grandeza nacional. Los nombres cambian. Los mecanismos emocionales sobreviven.
Consiguen que muchos ciudadanos se convenzan de que resistir ya no tiene sentido. Pero no únicamente porque perciban la victoria del líder como inevitable. También porque pertenecer comienza a resultar más seductor que disentir. La fusión con el grupo ofrece una recompensa emocional que la autonomía difícilmente puede igualar. Las incertidumbres individuales se disuelven en certezas colectivas. Las contradicciones desaparecen detrás de una identidad compartida. El individuo deja de experimentar el peso de pensar por sí mismo y encuentra alivio en la seguridad que proporciona el nosotros. La bandera, las consignas, los enemigos comunes, la promesa de redención nacional y la identificación con el líder producen entonces algo más que apoyo político: producen una comunidad emocional en la que la renuncia parcial al juicio propio se vive no como una pérdida, sino como una forma de pertenencia.
Y cuando eso ocurre, buena parte del trabajo ya está hecho. Porque los proyectos autoritarios alcanzan su mayor eficacia no cuando logran imponer obediencia mediante la fuerza, sino cuando consiguen que la subordinación sea experimentada como una elección libre, que la adhesión resulte más gratificante que la crítica y que la identidad colectiva termine ocupando el lugar que antes pertenecía a la conciencia individual. La pregunta ya no es solamente quién apoya a Abelardo de la Espriella. La pregunta es quiénes están empezando a actuar como si su victoria fuera inevitable.
Y cuando eso ocurre, buena parte del trabajo ya está hecho. Porque los proyectos autoritarios alcanzan su mayor victoria cuando dejan de ser percibidos como una forma de dominación. Cuando la obediencia parece libertad. Cuando la exclusión parece justicia. Cuando la sumisión parece pertenencia. Cuando el líder parece encarnar la voluntad de quienes han aprendido a verse a sí mismos a través de sus ojos. Después vienen las leyes de excepción, las persecuciones, las mega cárceles llenas, los desaparecidos, las ejecuciones, pero para entonces el trabajo decisivo ya fue realizado mucho antes, en el terreno de los deseos.