Yeraldin Villate Arredondo habla el lenguaje y el saber de la calle. Dice que se “le salió de las manos a la mamá” cuando era adolescente: quedó embarazada a los quince años. Vivió en un barrio violento, lo que veía era lo que conocía, se encontraba cercada en un mundo pequeño que no le ofrecía otros horizontes. Hoy, tiene 34 años y se declara una mujer multifacética; ha sido guarda de seguridad, técnica en belleza integral, promotora turística, ama de casa, gestora social, madre cabeza de hogar, ayudante de gualas, y la lista sigue.
Por mucho tiempo, su barrio fue Lleras Camargo, en la Comuna 20, hasta que la violencia del sector la obligó a marcharse a un exilio de siete años en Ecuador. Yeraldin huyó para sobrevivir, pero a su regreso asumió un liderazgo comprometido. Fue una de las tantas mujeres que puso el cuerpo para resistir en el punto de la glorieta de Siloé durante el estallido social del 2021. Como mujer valiente, fue conciliadora: intervino en los acercamientos con el Estado para levantar el punto. Y, por ser una de las caras visibles en los diálogos, llegaron represalias. Encontró su casa en llamas. Los bomberos concluyeron que había sido provocado por alguien. A pesar de todo, la comunidad le ayudó a reconstruir su hogar, que también era el de su madre y su abuela.
Paralelamente, tuvo la oportunidad de radicarse, por fin, en el lote que había comprado hace ocho años en Alto La Sultana y que, en un futuro bastante próximo, sería parte del proyecto Yeloka. Alto La Sultana está ubicado en la zona de ladera de la Comuna 20. Se trata de un barrio rural, recién bautizado por la comunidad que votó y escogió ese nombre por el límite con el barrio La Sultana. Yeraldin, por su parte, se encargó de que el lugar, invisible por mucho tiempo, fuera reconocido por la Secretaría de Planeación.

“Estar en la calle y buscar una forma de sobrevivir ha hecho que yo también conozca un poco de todo lo que hay aquí en la Comuna”. – Yeraldin Villate.
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Yeloka nació a causa de una problemática con varias aristas que atender. Pasado el estallido social, muchas personas desplazadas por el conflicto armado se asentaron en el entonces poco conocido Alto La Sultana. Indígenas Yanaconas, Wounaan, y comunidades afrodescendientes buscaban un hogar en la cúspide frondosa, talando árboles, erigiendo paredes de cartón con techo de lámina en unas parcelas que no cuentan con la red de servicios públicos.
“La necesidad tiene cara de perro”, dice Yeraldin. Razón por la cual ella también decidió comprar un pedazo de tierra aun sabiendo de todo lo que carecía. Conoce muy bien lo que es no tener un techo y lo que es vivir en condiciones complejas. Por eso, en lugar de señalarlos, quiere crear conciencia, oportunidades, vida digna en su territorio.
Mauricio Castrillón, del colectivo Turismo con Propósito radicado en Tierra Blanca, nos cuenta que Yeloka se presenta como un proyecto pluricultural porque en él se articulan las costumbres, la ancestralidad y las tradiciones de las distintas comunidades que habitan la zona, sin que se interfieran unas con otras en sus sistemas de gobernanza. Por otra parte, se define como ecológico porque sobre el terreno se extiende una huerta sostenible de árboles nativos del territorio y de plantas medicinales. Su último apellido, “turismo territorial”, se le asigna porque buscan que los extranjeros vivan lo que esté sucediendo en el momento en la posada comunitaria. Por ejemplo, pueden presenciar distintas actividades de los indígenas Wounaan.
Yeloka no es una ruta comercial con una estructura rígida o fija. Cada experiencia es distinta, lo único que se mantiene siempre es la guianza nativa por el territorio. Además, destacan que el turismo en Siloé está en desarrollo, por lo que muchas cosas se aprenden sobre la marcha. Las rutas a veces se promocionan con el voz a voz, otras, a través de enlaces con instituciones y eventos en la ciudad. Normalmente, se realizan uno o dos tours por semana que incluyen transporte de ida y vuelta desde la estación Cañaveralejo. Una vez están en el punto de encuentro, los visitantes tienen la opción de ir en moto, Miocable o guala. Todo dura aproximadamente cuatro horas. Durante el recorrido, los turistas conocen la historia, los grafitis, los miradores emblemáticos. También se adentran en la comunidad practicando la siembra de árboles y otras actividades con los grupos indígenas y afrodescendientes. Cada ruta cuesta, en promedio, 92 mil pesos para nacionales y 40 dólares para extranjeros.

“Yeloka en su esencia es transformación, resiliencia, porque Yeraldín viene de un proceso paralelo de violencia” – Mauricio Castrillón.
Si hablamos de orígenes en un sentido estricto, el estallido es el hito. Dice Mauricio: “Después del estallido social se abrió como una metamorfosis la Comuna 20”. Los ojos del Estado y del sector privado al fin se giraron —aunque solo parcialmente— hacia Siloé. Como Yeloka, muchos de los proyectos se concibieron después de aquel período de incertidumbre violenta.
Si hablamos de etimologías, Yeloka tiene sus raíces en la palabra Maloka pues, como bien lo afirman, la transversalidad con enfoque en los saberes de las comunidades es lo que distingue esta iniciativa. La Ye es de Yeraldin. En Loka, la K proviene de su apodo del barrio, “la flaka”. No niega, tampoco, que existe otra idea cargada de sentido en la interpretación del nombre: la lo(k)ura. Más allá del significado con el que ella misma ha bautizado a su palabra, está esa imagen de su propia personalidad que la comunidad asocia con el título que lleva el proyecto.
Lejos de molestarle, lo admite riendo.
Asimismo, es un trabajo sostenido por una red humana que va en varias direcciones. Su familia es el eje central. Su madre, su hermano y su hija cumplen distintas labores que van desde la cocina comunitaria hasta el diseño de camisas para la venta alusivas a la Comuna. Entre las primeras preguntas que le surgieron al crear su ruta siempre estuvo “¿Cómo inmerso a mi familia en este proyecto?”. La economía es parte fundamental de la sostenibilidad de su ruta y ella, junto a sus familiares, se la han rebuscado de distintas maneras.
En una capa debajo del escalón compuesto por su círculo sanguíneo —pero no menos importantes— están las corporaciones, fundaciones y asociaciones pertenecientes a diferentes lugares del sector. Es decir, otras organizaciones de base.
Durante los diálogos con el Estado, Villate estuvo en la Unión de Resistencias Cali (URC), una de las mesas más importantes del país. Allí conoció el surgimiento de decenas de liderazgos como Castrillón, de Tierra Blanca; Chocue, de Pueblo Joven; y María del Pilar, de Brisas de Mayo. Cuenta que se fueron encontrando y conociendo entre sí poco a poco. Gradualmente cada uno definió cuáles eran sus intereses particulares, hasta lograr articularse en cada ruta a fin o con características que pudieran resultar complementarias.
Castrillón lidera la ruta Turismo con Propósito, que busca acercar a los visitantes a los procesos de transformación en el territorio, como las expresiones de arte urbano: hip-hop. rap, murales, entre otras. Chocue lidera la ruta pedagógica, orgánica y ambiental Vivencias Ecobarrios, donde las personas aprenden sobre las huertas urbanas, las fuentes hídricas, la soberanía alimentaria y el avistamiento de aves. María del Pilar Ruiz lidera el colectivo Siloé Ruta La 53, que incorpora distintos elementos culturales de la Comuna 20 para exponer a los turistas sobre la memoria colectiva y la historia de resistencia.
Por su parte, las organizaciones de apoyo provienen tanto del sector empresarial como del gobierno local y departamental. Castrillón, que trabaja mano a mano con Yeraldin, brinda una lista amplia: la Gobernación del Valle; la Alcaldía de Cali; el DAGMA; la Secretaría de Turismo; IKEA; productoras musicales del género urbano; la Universidad del Valle; entre muchas otras.
Aunque ha sido un camino difícil, Yeraldin asegura que su objetivo es dejar un legado. Algo que le quede a su hija y a la comunidad. Reconoce que en ocasiones puede ser difícil tratar con la gente, pero no se rinde. Los niños necesitan un parque para ir a jugar, los jóvenes merecen salir a explorar lo que hay más allá de su territorio. Todos merecen una buena red de alcantarillado, agua potable, luz eléctrica.
Mauricio agrega, muy orgulloso de sus resultados, que no le gustaría terminar su intervención sin exponer este dato:
“Mira, la Comuna llegó a ocupar el tercer lugar como la más violenta de Colombia y de Latinoamérica, ¿sí? Después de que se da la transformación, ahora estamos en las Comunas de menos violencia”.

Yeraldin es una mujer que conoce la comuna 20 como la palma de su mano. No solo se sabe sus calles, sus entradas, sus estaciones y sitios turísticos, sino que también entiende el contexto social de su territorio y tiene pleno conocimiento de quiénes lo habitan. Reconoce que la comuna es amplia y diversa, un territorio generoso que acoge a lugareños, pero que también ha recibido a familias de diferentes partes del país que han sido desplazadas por el conflicto armado. Es por esto que en la comuna 20 no solo viven blancos y mestizos, sino que también habitan comunidades afro e indígenas que han sabido construir sus hogares y empezar una nueva vida, integrándose a ese tejido de lucha y resistencia que caracteriza a este sector de Cali. Desde su llegada estas comunidades han enfrentado muchos retos, pues no están en su tierra natal y tienen otros tipos de costumbres, otras formas de vivir, tanto así que han tenido conflictos entre ellos. Ante esto, Yeloka surge como una oportunidad para ayudar a las comunidades, fomentando la unión y preservación de sus costumbres y saberes, e integrando prácticas como la siembra, el trabajo comunitario y el cuidado del medio ambiente.
“Hubo un momento por lo menos en que a mí me tocaba sacar a los indígenas a que trabajaran un día y a los afros otro día, porque ellos no trabajaban. Pero hubo otro momento donde ya trabajaron los dos, ¿sí me entendés? Entonces, esas cosas, esas pequeñitas cosas, son gratificantes”, afirma Yeraldin, que también considera tener raíces campesinas, pues todo su gusto por el cuidado del medio ambiente y el trabajo de la tierra proviene de sus abuelos que fueron campesinos.

Esta perspectiva pluricultural no es la única que define a Yeloka. También abordan lo ambiental teniendo en cuenta que en la comuna 20 crecen diversidad de plantas, árboles y especies, y el objetivo de este proyecto es fomentar su cuidado y preservación. Para esto, Yeraldin decidió trabajar en colectivo y dirigir proyectos de la mano de personas que son expertas en el tema ambiental. Por ejemplo, Mauricio Chocue, oriundo del departamento del Cauca y que fue acogido como un hijo más de Siloé. Pertenece a Ecobarrios Cali, un espacio donde se formulan estrategias para abordar el cambio climático y donde Chocue ha adquirido un amplio conocimiento sobre el cuidado del medio ambiente. De esta manera se ha conectado con Yeloka, pues los saberes ancestrales de las comunidades indígenas conducen a la siembra, a la creación de huertas y al cuidado de la tierra.
La siembra es una de sus actividades fundamentales, pues en Yeloka prevalece la idea del cultivo como una forma de vida sostenible para las familias, teniendo la capacidad de producir sus propios alimentos y sus propios remedios medicinales en casa. Por ejemplo, en el Centro Pluricultural de Yeloka se siembra desde plátano, tomate, romero, hasta hierba mora y boldo, que es la planta del acetaminofén.

Además, para Yeraldin y Chocue también es importante realizar pedagogía desde su proceso organizativo. De esta manera no solo realizan recorridos turísticos a lugares atractivos, sino que también buscan concientizar a las personas alrededor del cuidado ambiental y que tengan sentido de pertenencia con el territorio donde viven.
“Hay personas que no saben sembrar, no saben qué es una planta de tomate o una planta de maíz, o cómo es la papa. Y somos un país campesino, netamente agro. Acá nosotros no somos una industria donde hacemos motos, hacemos aviones, no, nosotros lo que sabemos es sembrar”, afirma Chocue.
Y así como Yeloka ha podido tener muchos avances que han permitido fortalecer el proyecto, también ha enfrentado grandes retos y dificultades. Muchas veces no hay apoyo dentro de la misma comunidad, no le dan la importancia que se merece este proceso y lo único que se escucha son comentarios despectivos. Además, vivir sin agua es difícil, no solo para atender las necesidades básicas, sino también para la siembra, que es algo fundamental dentro de las actividades de Yeloka. Por otra parte, el apoyo que brinda el Estado no es del todo constante y favorable. A pesar de que pertenecen a un Comité de Planeación, no han tenido buenas articulaciones con entes estatales. La alcaldía los ha apoyado en el campo turístico, aportando indumentaria como gorras o chalecos, pero no hay un apoyo más profundo y amplío en el proceso. La mayoría de recursos que ha conseguido Yeloka ha sido por autogestión y por el trabajo comunitario de habitantes interesados. Además, ser mujer dentro del sector turístico de la comuna es complejo, pues Yeraldin ha enfrentado comentarios estigmatizantes y violentos que atacan su capacidad para gestionar y liderar iniciativas. Pero gracias a la valentía que la caracteriza, no ha permitido que dichas situaciones la derrumben.
“Algunos hombres que nos han estigmatizado nos dicen ‘bruta’, nos dicen de todo, pero pues nosotras somos resilientes, ya somos como el jabón, todo nos resbala”, afirma Yeraldin.

Yeloka es un proyecto que deja huella en el territorio, que logra transformaciones culturales y fortalece el tejido social. Su importancia no solo radica en las estrategias y los proyectos para la siembra y el cuidado del medio ambiente, o en la preservación se saberes y costumbres de las comunidades étnicas, sino que también se trata de un proceso en el que los jóvenes de la comuna 20 pueden tener otras perspectivas y realidades de vida más esperanzadoras, por fuera de la violencia o las drogas. Se trata de un proyecto que puede inspirar y motivar a otros habitantes del sector para que también tomen la iniciativa de gestionar, trabajar y resistir en beneficio de la comunidad. Se trata de un espacio que genera economía, pues visibiliza y expone emprendimientos de otras personas de la comuna o de las diferentes comunidades étnicas, y también apoyan a habitantes interesados en convertirse en guías turísticos. Se trata de un proceso que va más allá del estigma y los prejuicios sobre Siloé: un territorio diverso que resiste a través del arte, el activismo y el turismo.

En un futuro, Yeraldin espera que el Centro Pluricultural se convierta en una posada comunitaria y que los turistas o personas externas se puedan quedar algunos días allí para tener una experiencia más cercana de lo que significa vivir en la comuna 20. Espera que su proyecto sea un espacio que permita seguir ayudando y acompañando a las personas de su territorio. “Yo me imagino este lugar para las comunidades. Que sirva para traer estudio, que sirva para traer emprendimientos, que sirva para sembrar”, asegura Yeraldin.
Yeloka, al igual que la comuna 20, resiste con el paso del tiempo y se mantiene firme a pesar de las dificultades. Es un proyecto que ha logrado unir a comunidades étnicas y ha brindado el reconocimiento y apoyo que merecen sus saberes y costumbres ancestrales. Un proyecto que pone en el centro la preservación del medio ambiente, y que promueve la siembra como forma sostenible de vida. Un proyecto de muchas manos, de muchos cuerpos, de muchos esfuerzos reunidos para lograr los sueños colectivos: un territorio cada vez más esperanzador.

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