Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Sufrida vocación

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La médica Catalina Gutiérrez Zuluaga se quitó la vida después de dejar una nota con un mensaje de apoyo en la que se despedía de sus compañeros. El suicidio de la joven desencadenó una avalancha de denuncias contra médicos especialistas y a universidades por el maltrato hacia los estudiantes de medicina, reacciones en la política del país y un debate sobre si alguien debe asumir la responsabilidad frente a la decisión de otra persona de quitarse la vida.

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Por: Isabella Hoyos Zúñiga

*Los nombres que presenten este signo (*) fueron cambiados por petición de los entrevistados.


El 17 de julio de 2024 fue encontrada sin vida en su casa Catalina Gutiérrez Zuluaga, médica de 26 años y residente de primer año de cirugía general de la Pontificia Universidad Javeriana, en el Hospital Universitario San Ignacio, en Bogotá.  Según declaraciones a los medios por parte de la familia de Catalina, la residente había expresado su temor frente a las represalias que podría tener por haber pedido un tiempo de vacaciones al Hospital. Su padre, Marino Gutiérrez, dijo a La Patria que «Catalina nos decía: yo sé que estas señoras me van a cobrar el hecho de haber sacado las vacaciones, me lo van a cobrar con sangre», y así fue. Al llegar, la doctora se encontró con tres jornadas seguidas de 24 horas que en ocasiones se extendían hasta las 29 horas, además de regaños y humillaciones de parte de sus superiores por remitir pacientes a cirugías. 

Por el suicidio de la joven se generó una serie de denuncias en redes sociales a médicos, profesores y directivos de distintas facultades de salud en el país por el maltrato, humillaciones y sobrecarga de trabajo que reciben los estudiantes de medicina, así como la indiferencia por parte de organismos encargados. Incluso el presidente Gustavo Petro se pronunció y cuestionó la política de educación en el sistema de salud en Colombia, señalando el impacto que tienen las largas jornadas, la presión y la exigencia académica en el personal de salud e hizo un llamado a la revisión de las políticas para lograr el apoyo al personal de salud: “Indudablemente hay un aspecto ahí que no se quiere mostrar, porque da pena o porque muestra una podredumbre en la política pública”

Según el informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) 2014-2019, en la Región de las Américas hubo un promedio de 93.737 muertes por suicidio y el reporte anual de 2019 estima 97.339, lo que representa un aumento en la tasa estandarizada. En Colombia, Medicina Legal reportó para los primeros ocho meses de este año 1.942 muertes por suicidio, mayoritariamente entre adultos jóvenes de 25 a 29 años y siendo Bogotá D.C. la ciudad con la cifra más alta en este lapso, 229 en total. Estas cifras, si bien representan una disminución en comparación con el 2022 (el año con más suicidios en el país), no dejan de ser alarmantes.  

Desde julio de 2024 se han reportado otras tres muertes por suicidio de estudiantes de medicina en Colombia: Girley Villada, estudiante de séptimo semestre en la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP); Frank Felipe Díaz, de segundo semestre en la Universidad del Tolima; y el caso más reciente, Camilo Andrés Velasco, de sexto semestre de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. 

El aumento de casos de crisis de salud mental en médicos es aún más alarmante si tenemos en cuenta que el número de médicos en Colombia va en aumento. Según Epicrisis, medio de comunicación del Colegio Médico Colombiano, la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (Ascofame) está compuesta por 63 facultades de medicina, 34 programas acreditados en 22 departamentos del país. Estas facultades cuentan con más de 50 mil estudiantes y ofrecen 540 programas de posgrado, que hasta 2020 contaban con 5.300 médicos residentes. Actualmente se gradúan 6.300 médicos cada año, pero se estima que esta cifra aumente a más de 6.500.

La conducta suicida, que incluye ideación, intento y suicidio consumado, generalmente ocurre en personas que presentan trastornos como depresión, estrés postraumático o trastorno bipolar. No obstante, factores tales como problemas financieros, dificultades en las relaciones interpersonales o situaciones de acoso, también pueden llevar a una persona a tener sensación de desespero, hastío y, en un momento de desesperanza, a atentar contra su vida. 

La doctora Juana Fernández*, médica general egresada de la Unidad Central del Valle (UCEVA), ha sido víctima de acoso sexual por parte de médicos especialistas (hombres y mujeres) que, de alguna u otra manera, conseguían los números personales de las estudiantes para invitarlas a salir, elogiarlas y hasta sobornarlas ante sus negativas. Algunas de sus compañeras fueron víctimas de intentos de abuso sexual. Estas conductas estaban normalizadas e incluso recuerda cuando las rotaciones de una de sus compañeras se vieron afectadas por la falta de garantías de un hospital en Cali: “Nos tocaba aguantarnos todo mientras acabábamos la rotación, porque sentíamos que si decíamos algo iban a empezar a haber repercusiones en las notas. Una chica puso una queja en el hospital y la solución fue decirle que buscara otro hospital para terminar sus prácticas. Entonces era mejor no decir”, expone. 


Mucho trabajo, poco sueño y nada de garantías

Los problemas de salud mental en este ámbito son un tema que permanece bajo las sombras, del que no se habla más allá de las charlas entre colegas y compañeros de turno y que está tan normalizado que desde hace unos años viene causando preocupación en expertos. Los médicos investigadores Óscar Castejón, Helga Hernández y Jorge Díaz definen el abuso como cualquier acto de lastimar intencionalmente de manera física o emocional a una persona de manera repetitiva y aprovechándose de la indefensión de la víctima. Además, los autores mencionan cuatro tipos de acoso a los que se enfrentan los médicos residentes: físico, verbal, psicológico y social. Entre las situaciones de acoso a las que se enfrenta el personal de salud están los altos niveles de exigencia, el estrés, la humillación pública y el burnout o síndrome de desgate profesional, que provocan fatiga crónica y sensación de desesperanza.

Otro de los aspectos de los que poco se ha hablado es el sentimiento de maltrato que reciben los médicos de parte de sus pacientes. La doctora Fernández trabaja en el área de trauma en un hospital en Palmira y pasa sus días, noches y madrugadas entre afectados y familiares quienes, salidos de sus cabales y temerosos por la situación, exigen atención prioritaria pasando por encima del personal de salud. Estas situaciones de violencia laboral son reportados ante el hospital donde, según la doctora, los agredidos son cuestionados sobre qué hicieron para que el paciente reaccionara en su contra y desencadenara el ataque.

El caso más reciente que recuerda la doctora fue el de un hombre afectado por un accidente de tránsito bajo el efecto de sustancias psicoactivas que agredió física y verbalmente a un tecnólogo de rayos X. “El compañero hizo la denuncia, pero la policía dijo que el hombre estaba bajo los efectos del alcohol y luego se disculpó”. Por parte del hospital la respuesta no fue diferente: “Muchos pacientes me han gritado, muchos familiares de pacientes me han gritado. ‘Inhumana. Es que usted no entiende’. Mi jefa nunca me ha defendido”, complementa.

La doctora María Hoyos, que hasta hace poco se desempeñaba como médica general en una EPS en Guadalajara de Buga, vivió una situación lamentable con un paciente quien la amenazó a ella y a una de sus compañeras directamente por medio de WhatsApp cuando no fue agendado para una cita. “Al parecer era un paciente psiquiátrico. Acá hicimos el reporte a la jefa, pero la respuesta fue ‘eso no pasa nada, doctora. No se preocupe’. Cuando el paciente volvió, me encerré en el consultorio y llamamos a la policía”. Además, cuando María trabajaba en un hospital de la ciudad, sufrió acoso sexual por parte de una paciente mientras la atendía. Este tipo de conductas están tan normalizadas que la respuesta que recibió al hacer el reporte fue “Bienvenida al hospital”.

Durante la pandemia de covid-19, la discriminación, rechazo y maltrato a los médicos eran situaciones que estaban a la vuelta de la esquina, todo por el temor a contagiarse. La crisis sanitaria cada vez empeoraba más y los ‘héroes de bata blanca’ se enfrentaban a condiciones deplorables de trabajo, con niveles de exigencia que rayaban en lo abusivo. Camilo González, médico general de la UCEVA, hizo su año de internado en un hospital de Buga, lugar donde debía reponer turnos a los que faltaba aún por incapacidad médica y por orden de su coordinador tuvo que cumplir con sus turnos aun después de haber sido diagnosticado con coronavirus.

El impacto de estos casos ha llegado hasta el congreso. Desde agosto de este año se puso en marcha un proyecto de ley promovido por los representantes Álvaro Rueda y Héctor Chaparro. La “Ley Doctora Catalina” busca modificar la Ley 1917 de 2018 para mejorar las condiciones de los residentes en Colombia, prevenir el acoso y el maltrato y establecer canales de atención y seguimiento. Todo esto es necesario ya que los médicos y estudiantes de medicina hacen su trabajo durante más de doce horas al día y se alimentan mal debido al alto flujo de pacientes que a veces suele presentarse en los turnos. 

Estefanía Gutiérrez es ingeniera física de la UTP, estudió cuatro semestres de medicina y durante tres de estos fue representante de la oficina de Bienestar Universitario, hasta que se retiró. Durante su período como representante, se reportaron tres intentos de suicidio en la universidad, además de varios casos de estudiantes en busca de ayuda por problemas de salud mental, violencias basadas en género y acoso. Por motivos económicos, estos estudiantes solo podían recibir atención psicológica primaria en la que Estefanía también participaba.No quiero hablar mal del PAI (Programa de acompañamiento integral de la Universidad) pero es insuficiente. El PAI brinda un acompañamiento psicológico básico a los estudiantes y hace brigadas en las facultades, pero hay muy poquitos profesionales, no hay recursos. Eso fue una pelea continua durante los tres semestres que fui representante, porque el presupuesto que llega a Bienestar es peleado”.

Esta falencia no es propia de esta Institución. El doctor González recuerda que la oficina de Bienestar de la UCEVA no era de mucha ayuda y que contaban con una sola psicóloga que debía encargarse de todas las solicitudes que se reportaban en la Institución: “La Universidad siempre decía: ‘contamos con un área de Bienestar Universitario para brindar garantías a nuestros estudiantes’, pero hay muchas cosas que omiten. Por ejemplo, que la psicóloga no estaba muy presta a atender las situaciones que pasaban”. 

González también comenta que mientras era médico interno vivió situaciones lamentables que, a pesar de ser negativas para su formación profesional, fueron archivadas por el hospital debido a que involucraban a un especialista. Una de las experiencias que más lo marcó fue cuando el ginecólogo hizo comentarios xenófobos a una migrante embarazada, situación que lo llevó a confrontarlo y a dejar el turno cuando este le dijo que se limitara a “cumplir órdenes”. “Me reportó a mí por irme del turno. Lo que me dijeron en coordinación fue ‘el doctor ya es así, no hay forma de cambiarlo. Le recomiendo que se adecue a la rotación’”, dice González.

Este no fue el único caso en el que el doctor se vio envuelto. Más de una vez fue reportado por hacer frente a injusticias y abusos que cometían sus superiores y en todas las situaciones la respuesta fue la misma. Además, denuncia que una enfermera jefa se puso de acuerdo con el especialista y lo acusó en coordinación por desatender las órdenes y faltar a los turnos.

Estefanía Gutiérrez cuenta que las denuncias de los estudiantes por acoso, maltrato, humillaciones y sobrecarga de trabajo no reciben respuesta alguna por parte de las oficinas correspondientes en la UTP. Mientras era representante de bienestar recibía a la semana hasta dos casos de estudiantes solicitando ayuda para su salud mental. Incluso ella misma cuando era estudiante se enfrentó al acoso por parte de directivos, docentes y sus propios compañeros. Esta situación, sumada a su diagnóstico de trastorno de adaptación, depresión y ansiedad, la llevó a atentar contra su vida en enero de este año. Finalmente, decidió abandonar la carrera: “La frase que más escucho es ‘soy una inútil’, ‘yo no sé nada’, ‘soy una boba’. Todos los días se enfrentan a que los especialistas les exijan a los estudiantes que sepan al mismo nivel que ellos. Todos los semestres hay quejas, pero la respuesta es ‘debe primar la excelencia académica’”.

El automaltrato y autosabotaje no son gratis; son el resultado de las relaciones en el sistema familiar o social en el que los estudiantes de medicina se desempeñan, en las que son desvalorizados y se desencadenan problemas de autoestima, ocasionando que los estudiantes se desconecten de sus capacidades e interioricen la creencia de que no son valiosos. La doctora Juana Fernández* conoce distintos casos en los que sus compañeros se vieron obligados a maltratarse a sí mismos en frente de los demás estudiantes y pacientes: “Había un especialista muy respetado que en la ronda le hizo una pregunta a una residente, ella no supo responder y bajo amenazas la obligó a que repitiera frases como ‘soy una bruta’, ‘yo no sirvo’. Ella lloró como dos horas y continuó”.

Los problemas de autoestima tienen más consecuencias de las que se puede llegar a creer. Una de estas es el afán de evitar la situación y buscar distracción y descanso en el consumo de drogas. El personal de salud tiene fácil acceso a drogas depresoras del sistema nervioso con las que tienden a automedicarse. Según un estudio de 2013 hecho por los médicos y docentes Alexander Pinzón-Amado, Sonia Guerrero, Katherine Moreno, Carolina Landínez y Julie Pinzón, publicado en la Revista Colombiana de Psiquiatría, el 23% de los estudiantes encuestados reportaron tomar antidepresivos sin prescripción ni supervisión médica. Además, los médicos y estudiantes son regulares consumidores de alcohol y marihuana, ambas drogas ansiolíticas, tomándolas al menos una vez por semana. Esto puede resultar efectivo para aliviar temporalmente la irritación y el malestar emocional, pero a costa de dañar la salud y, eventualmente, caer en conductas autodestructivas. 

Para Laura Villegas, estudiante de medicina en la Corporación Universitaria Uniremington en Medellín, tomar alcohol regularmente era la forma más sencilla de desestresarse por las consignas de los primeros semestres, por lo cual cada dos o tres semanas se reunía con sus amigos a intentar distraerse. El problema empezó cuando el nivel de estrés era tanto que Laura tomaba sola en su casa con la única intención de olvidarse por un rato de la universidad. Al ser diagnosticada con trastorno de ansiedad y depresión, Laura dejó el alcohol, pero sus compañeros y conocidos no. “Yo tengo compañeros que sí consumen de todo: marihuana, tusi, cocaína. Pero lo que más veo en la universidad es el vape y el alcohol” comenta.

Los cigarrillos electrónicos (también conocidos como vaporizadores o “vapes”) han ganado popularidad entre los jóvenes desde hace unos años como un reemplazo a los cigarrillos convencionales. Estos dispositivos usualmente calientan líquidos que contienen nicotina (la misma sustancia que tienen los cigarrillos convencionales), pero también pueden contener tetrahidrocannabinol (THC), cannabidiol (CBD) o esencias aromáticas y generan un aerosol erróneamente catalogado como vapor. Lo anterior hace que los “vapes” sean altamente adictivos y nocivos para la salud física y mental, ya que  pueden ocasionar daño cerebral y enfermedad pulmonar grave. Además, el consumo de esas sustancias empeora la ansiedad y la depresión a largo plazo.

“El suicidio no tiene culpables”

Los suicidios normalmente son asumidos de manera profundamente emocional y la primera reacción de los afectados es buscar culpables sin mirar a detalle los casos. Frente a las reacciones que hubo por el caso de la doctora Catalina, la escritora Carolina Sanín hizo una publicación en la red social X que decía “El suicidio no tiene culpables”. Una semana después, Sanín se pronunció en un monólogo llamado Consideración o condena, publicado en el canal de YouTube de la revista Cambio, en el que explicaba sus motivaciones a escribir la publicación y sostenía su punto, además de asegurar que buscar culpables a los suicidios es, en el mejor de los casos, inmoral.

Para Estefanía, Juana*, Camilo, María y Laura la culpabilidad en el suicidio es un tema complejo, un tema que se debe investigar, con más preguntas que respuestas. Todos coinciden en que el trato abusivo y la alta exigencia terminan deteriorando la salud mental de los médicos y estudiantes de medicina. Sin embargo, las responsabilidades deben dividirse, pues el maltrato y el acoso son situaciones completamente aleatorias que le pueden ocurrir a cualquier persona, que puede saber identificarlos, gestionarlos y enfrentarlos…o no. 

Algunos suelen dejar pasar las situaciones que han tenido con sus docentes, pero aun así conocen de primera mano otros problemas que han tenido los demás estudiantes y el hecho de que a todos les afecta en distinta medida. Y es cierto. Es claro que la medicina ha sido históricamente una labor de arduo esfuerzo, que conlleva completa disposición y hacer sacrificios, pero ahora mismo el factor emocional debe empezar a ser tenido en cuenta en los programas de las universidades, ¿por qué parece que en medicina es casi inconcebible esta idea?

Para César Farfán, psiquiatra con diez años de experiencia y docente, la conducta suicida puede presentarse en cualquier circunstancia de la vida, en cualquier ambiente y si bien está relacionada con trastornos de la salud mental, no necesariamente debe existir una patología de base para que una persona decida atentar en contra de su vida. Para el doctor Farfán, los suicidios son enigmáticos y no existe la posibilidad de conocer todo lo que compone la conducta cuando los estudios en suicidiología avanzan lentamente y no pasan de un reporte trimestral.

Farfán también asegura que en la docencia las estructuras jerárquicas son necesarias y más en un ámbito como la medicina en el que es relevante contar con experiencia. Para el doctor, el verdadero problema radica en el abuso de esa jerarquización. La condición de maltrato y su normalización, que él vivió incluso cuando era estudiante, ha ido cambiando a favor de los estudiantes desde que comenzó a transformar esta situación como profesor y encargado de las rotaciones en su área. Ahora, recomienda este cambio a la nueva generación de médicos. La doctora Fernández, por ejemplo, refiere que ha tenido más inconvenientes con médicos veteranos que con los contemporáneos, lo cual no extraña al doctor Farfán, pues los tiempos están cambiando: “El maltrato es lo que hay que corregir y es lo que seguramente influye en los casos que facilitan la conducta suicida por parte de estudiantes”.

Si bien cada caso de esta conducta debe individualizarse para ser estudiado más a fondo, el psiquiatra da una serie de recomendaciones sobre las actitudes que deben ser tenidas en cuenta al momento de identificar patrones suicidas. Resalta la importancia de factores como la falta de sueño y su impacto en el estado anímico del ser humano, el aislamiento y los cambios comportamentales, pues el suicidio es un acto multicausal y depende tanto de factores genéticos en pacientes con trastornos; factores psicológicos en pacientes con poca tolerancia a la frustración; y factores externos, como las situaciones socioambientales y de entorno. Por esta variedad de condiciones para el especialista la conducta suicida en general no tiene responsables o culpables.

“Todavía hay muchas incógnitas para culpar a alguien de manera directa por el suicidio de una persona”.

Sin duda el suicidio de la doctora Catalina Gutiérrez nos lleva a cuestionar la formación médica y deja al descubierto la indiferencia con la salud mental y las patologías mentales que existe en la sociedad. Identificar los riesgos y actuar a tiempo sí es responsabilidad de todos. La excelente formación académica no debe ser una excusa para sufrir agresiones por parte de los mentores, de quienes se espera apoyo. Con pasos pequeños, cada vez son más los profesionales en la docencia que tienen en cuenta la salud mental de sus aprendices, y cada vez más los aprendices tienen menos temor de pedir ayuda. 

La conducta suicida en estudiantes de medicina está al orden del día y no está siendo estudiada con el rigor que amerita. Cada año tendremos más médicos que cuidarán de nosotros pero que aún no tienen quién los cuide. El psiquiatra Farfán hace una invitación a los ciudadanos para sobrellevar esta situación de salud pública que pide a gritos atención, pero que con preguntas y acompañamiento de seguro se hace más llevadera: “Es clave familiarizarnos con los aspectos emocionales de los individuos que conforman la sociedad, la salud mental es un asunto de todos”.