Durante años conviví con un diagnóstico de Virus del Papiloma Humano (VPH). Era una presencia silenciosa, lo suficientemente constante como para obligarme a realizar controles periódicos, pero no tanto como para dominar mis días. En aquel momento, hace más de una década, estaba casada y ya era madre de mi primer hijo; la información era escasa y la recomendación médica se limitaba a un «haga controles y ya». El virus permaneció allí, agazapado en las sombras de las cepas 16 y 18, mientras la vida seguía avanzando y yo recibía a mi segundo hijo en el 2016.
Previo a que mi mundo se dividiera en un antes y un después, yo creía que el amor era un escudo infalible. En toda mi vida, solo había entregado mi intimidad y mi confianza a dos personas, el novio de mi juventud y el hombre que luego se convertiría en mi esposo y padre de mis hijos. Dos nombres, dos historias, un círculo cerrado que yo consideraba seguro. Sin embargo, la medicina me arrojó un golpe de realidad, el virus no entiende de promesas ni de fidelidades románticas; puede dormir en la sombra durante años, invisible y silencioso, borrando cualquier rastro de su origen. Es la dolorosa certeza de que por más que amemos, por más que conozcamos los ojos de quien tenemos al lado, la confianza absoluta en el cuerpo del otro es una apuesta a ciegas. La verdad se queda bajo la piel, recordándonos que la prevención no es una duda hacia el amor, sino el único pacto real de supervivencia con nosotras mismas.
El síntoma apareció de forma sutil: sangrados inesperados durante las relaciones sexuales. Lo que creí que era una irregularidad pasajera me condujo a una cadena de exámenes y colposcopias que desembocaron en un carcinoma escamocelular infiltrante. Tenía 39 años. “Me voy a morir”. Lo recuerdo así, nítido y sin adornos. Pero el miedo no tardó en transformarse porque tenía que sostener mi realidad. Para marzo del 2020, paralelo a la decisión de realizarme una histerectomía, mi matrimonio de quince años se desmoronaba, ante la enfermedad, mi pareja no pudo estar de la manera en que yo esperaba y decidí refugiarme con mis hijos en la casa de mis padres. El cuidado de mi operación lo asumió mi mamá, mientras yo intentaba encontrar las palabras precisas para explicarles a mis niños, de apenas siete y tres años, lo que estaba ocurriendo.

Junio del 2022…“Ustedes me ven aquí con pelo bien y resulta que estoy enferma. Me van a hacer un tratamiento y voy a parecer que estoy muy enferma, pero es para curarme”, les dije, midiendo cada palabra para no sembrar un terror mayor. El menor fue quien más resintió el proceso, por lo que evité que me viera sin pañoleta cuando el cabello comenzó a caerse.
Mis hijos atravesaron una dimensión de la enfermedad que no aparece en las estadísticas médicas: aprender a convivir con la incertidumbre sin ninguna preparación.
Las estadísticas médicas respaldan el peso de esta sombra silenciosa. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Virus del Papiloma Humano (VPH) es la infección de transmisión sexual más común en el planeta, al punto de que se estima que más del 80 % de las mujeres y hombres sexualmente activos contraerán el virus en algún momento de sus vidas. Aunque la mayoría de las infecciones desaparecen de forma espontánea, los tipos de alto riesgo, como las cepas 16 y 18, son responsables de más del 70 % de los casos de cáncer de cuello uterino a nivel mundial. En este contexto, la vacunación con Gardasil 9, que protege contra nueve tipos de cepas del VPH, incluidos los de mayor riesgo oncológico, se ha consolidado como una de las principales estrategias de prevención para reducir la incidencia de este cáncer y de otras enfermedades asociadas al virus. Estas cifras transforman el estigma social en una urgencia de salud pública que no podemos seguir ignorando.


Sin embargo, alrededor del virus persisten silencios, estigmas y juicios morales implacables. Existe una tendencia violenta a culpar a la mujer, a etiquetarnos bajo prejuicios absurdos sobre nuestra vida íntima, ignorando que los hombres suelen ser portadores asintomáticos. Quienes recibimos este diagnóstico cargamos con una culpa colectiva que no nos pertenece y enfrentamos una profunda soledad.
En mi búsqueda de respuestas, choqué contra la desinformación. Tras un año y medio de creer que la cirugía me había curado, en octubre de 2021 sufrí una recaída interna en la cúpula vaginal. El oncólogo estaba desconcertado; el protocolo parecía infalible. Pero mi cuerpo estaba viviendo su propio mapa del dolor, en ese lapso mi mamá murió, mi papá enfermó, mi divorcio avanzaba y la carga física y económica de sostener sola mi hogar apagó mis defensas. Me ordenaron 28 sesiones de radioterapia concomitante con quimioterapia y braquiterapia.
Fue entonces cuando descubrí el tabú más denso de la medicina oncológica, nadie te habla de las secuelas sexuales. Tuve que indagar por mi cuenta con otras sobrevivientes para enterarme de que la radiación quema las paredes vaginales y, al cicatrizar en carne viva, el conducto puede unirse y cerrarse definitivamente. Mientras el radioterapeuta hombre minimizaba la situación con comentarios cínicos como «tenga relaciones y ya», mis amigas tuvieron que regalarme dilatadores médicos para evitar que mi cuerpo se sellara. El cáncer se aborda bajo la premisa de salvar la vida a cualquier costo, anulando por completo la identidad y el bienestar íntimo de la mujer.

Aquel sufrimiento me desbordó. Atravesé quemaduras dolorosas en el abdomen, una deshidratación severa por COVID-19 en mitad del tratamiento y la devastadora noticia de que la radioterapia no había funcionado. Sentí que no lo lograría sola y le pedí al oncólogo que me remitiera a psiquiatría; necesitaba medicación para soportar semejante voltaje emocional. Inicié una quimioterapia fuerte con cuatro medicamentos simultáneos. En ese intermedio, intentando seguir el consejo médico de retomar mi vida íntima para que todo volviera a la normalidad, salí con alguien y sufrí una hemorragia. En la sala de urgencias de la clínica, vulnerable y adolorida, escuché el murmullo humillante del personal, «con cáncer y se pone a tener sexo». Nadie me había advertido que la radiación tiene efectos secundarios en los ovarios, provocando una menopausia adelantada y una atrofia vaginal severa que requería estrógenos locales y lubricación externa. Me enteré de mi propia anatomía a las patadas, bajo la mirada juzgadora del sistema de salud.
La frustración me inundó. La sociedad romantiza el cáncer exigiendo que seas una «guerrera berraca» que vea la enfermedad como un regalo, pero yo me sentía rota. Cuando me dijeron que los ganglios linfáticos seguían activos y que mi diagnóstico era crónico e incurable, me resigné. Acepté la posibilidad de morir. Frené el proceso de divorcio y me mudé a una cabañita en el campo, en Tabio, decidida a que mis últimos días transcurrieran rodeados de naturaleza. Nunca paré de trabajar de forma virtual como arquitecta paisajista porque la enfermedad arrasa con la economía y enfermarse en este país es un privilegio que los estratos bajos pagan con la vida.

Paradójicamente, soltar la lucha y aceptar la muerte fue mi punto de inflexión. Empecé a vivir sin la presión de tener que curarme a toda costa y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de medir mi vida por el resultado de un examen. Acompañé a morir a mi exsuegra en el campo, luego a mi papá en 2023 y, en 2024, a mi familiar cercana, quien también enfrentaba un diagnóstico oncológico. Cada una de esas despedidas transformó mi manera de entender el dolor y convirtió el miedo en una profunda experiencia espiritual de servicio. Mientras tanto, continué con la inmunoterapia, los controles médicos y los PET Scan periódicos. Poco a poco, los resultados comenzaron a mostrar señales alentadoras; las lesiones dejaron de presentar actividad, el dolor que tanto temía nunca regresó y los ganglios afectados empezaron a responder al tratamiento. Tras varios exámenes consecutivos confirmando la misma evolución, el cáncer desapareció de mis ganglios. En octubre del año pasado entré oficialmente en remisión.
«¿Y si esto cambia la forma en que los demás me ven?»
Me hice esa pregunta cuando lo peor parecía haber pasado. Llegó después, cuando el ruido disminuyó y tuve que enfrentarme a lo que los médicos rara vez explican en los consultorios: cómo volver a habitar un cuerpo que ya no se siente propio, cómo reconstruir una vida atravesada por el miedo y cómo seguir adelante cuando el futuro deja de ser una certeza clara.
Hoy miro mi historia sin victimizarme, entendiendo que los procesos dolorosos del alma no son castigos, sino propósitos. Sigo procesando mis duelos, reconstruyendo el vínculo diario con mis hijos y liderando un grupo de apoyo para mujeres sobrevivientes donde rompemos el silencio sobre la sexualidad y el espíritu. Volver a confiar, sanar el cuerpo y abrir el corazón al amor es un camino lento, pero estoy aquí. Sigo hablando porque entiendo que en este instante, otra persona está escuchando las mismas palabras que me derrumbaron a mí, y quiero que sepa que no está sola en la oscuridad.

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¿Necesitas hablar con alguien que ya recorrió este camino?
La protagonista de esta crónica lidera una comunidad de apoyo para mujeres con diagnóstico de VPH y cáncer de cuello uterino. Puedes encontrarla en Instagram: @escucha_resiliente, donde comparte información, recursos y un espacio seguro para quienes atraviesan este proceso.