Cuando a Jesús se lo llevaron, María, su madre, quien lo había concebido entre paja y animales, sabía exactamente cuál sería su destino final. A ella ya le habían informado de la misión mesiánica que debía cumplir, incluso desde antes de traerlo al mundo. Además, con lo mediática que fue su detención era casi imposible que no se enterara del minuto a minuto del calvario que estaba viviendo su hijo. María le vio lacerado, torturado y colgado en una cruz junto a dos criminales de la época sabiendo que tanto su reputación como su cuerpo habían sido sometidos a un sinnúmero de injusticias. María le enterró y supo en dónde yacían sus restos. La cosa aquí es que, según el relato, Jesús resucitó y ahora habita en un plano celestial. Pero hay quiénes mueren y no resucitan, y hay quienes son detenidos y desaparecen. ¿Qué pasa con las madres de quienes son obligados a dejar de existir? ¿Qué pasa con las madres que, a diferencia de María, no tienen oportunidad de dar un último adiós? y entonces, también me pregunto, María, madre de Dios, ¿Hasta cuándo tendrán que sufrir las madres?
“El desaparecido no eligió su destino, fue suprimido por otros del paisaje de la vida”.
– Javier Osuna, Ausencia (2019)
Cuando tenía 7 años mi mayor miedo en la vida era que a mi mamá la secuestraran. Nunca vivimos en un contexto riesgoso; sin embargo, la narrativa mediática de la época giraba en torno a los peligros que representaba la guerrilla y existía un afán particular por describir la manera en que reclutaban gente para “llevarla al monte”. Nunca vivimos en zona rural. Cuando su hora de llegada a casa se retrasaba, una sensación de agobio se encajaba en mi pecho. Pensaba que no volvería a verle. Con el tiempo, al crecer en edad y estatura, comprendí que el motivo de mi angustia no radicaba, como tal, en la construcción mental de un escenario hipotético en el que ocurriera un rapto, sino que, más bien, tenía que ver con la idea de afrontar una ausencia sin rastros, sin cuerpo, eterna y sin explicaciones aparentes. Hoy, 15 años después, ese temor aún me invade.
Colombia, como muchos países de latinoamérica, ha sido convertida en un gran fosa común en la que yacen los restos de tantos que fueron despojados de sus identidades, de sus nombres, y reducidos a polvo, a huesos, a cifras. Figuras, deformadas por la crueldad humana, de quienes nunca lograron despedirse; de quienes salieron y no volvieron; de quienes dejaron huellas casi invisibles, que solo los que buscan con detalle logran hallar. Seguramente mi relato sobre mis preocupaciones de infante se queda corto frente a la cantidad de historias violentas que, desafortunadamente, retumban desde los Andes hasta la Amazonía. Pero me parece relevante destacar que hay un tema transversal que como sociedad nos ha atravesado, ya sea desde la experiencia propia o desde lo escuchado, independientemente del lugar desde el que hayamos experimentado la guerra y es la desaparición forzada.
La desaparición forzada, según la Comisión de la Verdad, es “un crimen que busca eliminar cualquier prueba de que se cometió, que deja al círculo cercano de las víctimas sin información alguna de su ser querido y que se basa en el ocultamiento del paradero de la persona, el miedo y la zozobra” (Comisión de la Verdad, 2022). Es un delito que, en palabras de Carlos Ernesto Toro, Magíster en Estudios de Paz y Resolución de Conflictos de la Universidad Javeriana, atenta contra la dignidad humana, en tanto representa un acto de negación total de la humanidad, ya que no solo niega la vida de quienes desaparecen sino que también le quita el derecho a los familiares de llorar a sus muertos, puesto que éstos, por lo general, quedan vagando bajo el título de “NNs” (Toro, 2019). En nuestro país, la desaparición forzada ha tenido cabida en la mayoría de relatos que se refieren a la guerra nacional.
Ahora bien, desde hace un tiempo, me ha parecido inquietante el pensar no solo en quienes desaparecen y en lo que pasa con ellos en el silencio, en la sombra que se produce a partir de su privación de la libertad, sino también en quienes se quedan del otro lado de la puerta, con la esperanza entre las manos, suspendidos en el tiempo, esperando que un día toquen el timbre o den palmadas y encuentren detrás a aquellos que daban por perdidos. Recuerdo, puntualmente, que a principios del 2024 fuimos a la exposición Huellas de Desaparición, expuesta en el Museo La Tertulia. A lo largo del recorrido nos presentaron un montaje realizado por la Comisión de la Verdad y Arquitectura Forense compuesto por la investigación de tres casos que se enmarcan dentro de la historia del conflicto colombiano: La toma y retoma del Palacio de Justicia, las masacres en el Urabá y el desplazamiento forzado de la comunidad indigena Nukak. Todos ellos impactados por el delito de desaparición forzada.
Luego de todo, a mí, particularmente, me retumbaba en la cabeza el punto rosa que hacía parte de la línea de tiempo que mostraban en la sección de la toma y retoma del Palacio. Según las letras blancas que acompañaban la línea, este punto rosa indicaba el año en que murieron los familiares de alguna de las personas desaparecidas en medio del operativo militar. Muchos de ellos dejaron este plano terrenal sin saber cuál había sido el destino final de los hijos, hijas, hermanos, hermanas, padres, madres, que buscaron por años. Angélica, la mediadora del museo, dijo que, en realidad, era ese punto rosa el que humanizaba toda la información colgada en la pared. Y con esto, a mí me suscitaron un millón de interrogantes en torno a lo que pasa con las personas que emprenden una búsqueda sin rumbo fijo y sin pistas claras, para encontrar a sus seres queridos.
“El llanto de una madre hace más eco que una bala”
“Madre
No llegaré a la hora de la cena
Aparecí en un lugar
Que no era mi hogar
Me duele estar tan lejos
Oigo me están llamando”
– ¿Quién los mató?
Hendrix, Alexis Play, Junior Jein (2020)
En el 2008, en medio del segundo periodo presidencial de Álvaro Uribe Veléz, él y su Seguridad Democrática habían constituido una dinámica militar que procuraba exterminar, como si fueran una plaga, a los participantes de los grupos guerrilleros. Tanto era el afán por vender una idea de “seguridad”, que los militares contaban con diversos incentivos económicos, que se hacían efectivos dependiendo de las “bajas” que hubiera. En el municipio de Soacha, que colinda con el sur de Bogotá, 19 jóvenes fueron reclutados con la esperanza de una oportunidad laboral y, posteriormente, asesinados y presentados por el ejército colombiano como integrantes de grupos al margen de la ley. Esto dio lugar a lo que se conoce como Falsos Positivos: un reclutamiento sistemático que tenía como fin conseguir “presas fáciles” a quiénes pudieran engañar, desaparecer, matar y luego hacer pasar por subversivos para “probar” el éxito que estaba teniendo la fuerza pública en cuanto a la contención de las guerrillas.
Si bien estos casos representan algunos de los hechos más atroces de la historia del país, hay un punto que me interesa resaltar y es la estrecha relación que cada uno de estos jóvenes tenía con sus familias y, en especial, con sus progenitoras. Según el análisis realizado por Toro:
“Un común denominador de los jóvenes de Soacha es la potente e importante relación con su madre y con sus familias, pero sobre todo con los miembros femeninos de sus familias. Madres y hermanas eran para los jóvenes asesinados el sujeto de la protección, y sus sueños iban encaminados a perseguir un mejor futuro para ellas” (Toro, 2019).
En cierta medida, esta figura de cuidadora, que buscaba salvaguardar a su hijo – hermano, continuó vigente aún después de las desapariciones y homicidios de los mismos, pues han sido ellas quienes han luchado de frente con el estado para reclamar justicia.
El movimiento de las Madres de Falsos Positivos de Soacha y Bogotá (MAFAPO) inició como una forma de resistencia ante la impunidad. En principio, el solo hecho de que los jóvenes fueran reportados como desaparecidos tomó alrededor de dos meses, en los cuales sus familias, encabezadas por sus madres, tuvieron que hacer un recorrido agotador por los pasillos de las fiscalías, comisarías y estaciones de policías. Posteriormente, tuvieron que enfrentarse a la estigmatización y al señalamiento de sus hijos por parte de la sociedad y del Estado mismo. Vale la pena recordar las palabras del expresidente Uribe Vélez, en el marco de un evento realizado en la sede de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras en Colombia, al referirse al caso de los jóvenes de Soacha: «No fueron a coger café, iban con propósitos delincuenciales y no murieron un día después de su desaparición, sino un mes más tarde» (Sitio de archivo de la Presidencia 2002 – 2010, 2008). Según Toro “la sospecha se usa como una herramienta que lanza un mensaje a la opinión, con el fin de decirle que la están librando de individuos indeseados, que no son buenos, que no son como “nosotros” (Toro, 2019). En este caso, se evidencia que los jóvenes no solo fueron víctimas de transgresiones físicas sino que aún sus nombres fueron manchados por falsas acusaciones. Por tanto, es de la búsqueda de la verdad y de la necesidad de limpiar la reputación de sus hijos que nacen los procesos de movilización social de las madres.
Estas mujeres han resignificado el dolor y la angustia que las ha acompañado desde que vieron a sus hijos por última vez. A través de la acción colectiva, resultado de la solidaridad y empatía que las ha unido, han logrado convertirse en actores políticos que no solo luchan por sus causas individuales, sino que también apoyan a todas aquellas que se encuentran en situaciones similares. Esta es una característica que puede ser semejante a lo ocurrido en Argentina con las madres de la Plaza de Mayo, que han luchado por décadas con el fin de conocer el paradero de los desaparecidos durante la dictadura militar. Tanto las madres de la Plaza de Mayo como las de Soacha han cambiado su posición de sujetas y han reconfigurado su identidad. En palabras de Abril Zarco, han pasado de ser madres biológicas a convertirse en madres políticas, que se resisten a la impunidad, que configuran y reivindican quiénes son a partir de la pertenencia al movimiento, y que asumen su rol de madres desde las acciones colectivas (Zarco, 2011). Lo anterior, les ha permitido atravesar un proceso de empoderamiento, marcado por la construcción de la memoria, pilar fundamental de su activismo político, para hacerle frente a la situación (Toro, 2019).
Si bien sus esfuerzos han sido determinantes en medio de los procesos de búsqueda de la verdad y el esclarecimiento de los hechos ocurridos con los jóvenes mal llamados Falsos Positivos, aún hoy, en la actualidad, no solo tienen que sobrellevar su lucha contra la impunidad, sino que también deben enfrentarse a las violencias físicas y simbólicas ejercidas por quiénes se declaran detractores de las investigaciones que han surgido alrededor de este caso. Por ejemplo, no podemos olvidar que el pasado 6 de noviembre del 2024, el congresista de la república, “casado con el capitalismo” y al parecer, unido voluntariamente con la ignorancia, Miguel Polo Polo, en tan solo 1 minuto y 24 segundos llevó a cabo un acto tremendamente ofensivo contra los familiares de los desaparecidos y en especial contra las madres de MAFAPO, al arrojar a la basura unas serie de botas, que habían sido intervenidas artísticamente por ellas y expuestas en el congreso dentro de un ejercicio de conmemoración a las víctimas de las ejecuciones extrajudiciales. Este hecho no solo representa un momento nefasto, protagonizado por alguien que, al parecer, no posee ni un mínimo de respeto por el dolor de otros y que ni siquiera es capaz de discernir lo que representa este ejercicio en términos generales; aquí se dibuja, a la perfección, la perversión que habita en las construcción de las narrativas que niegan la existencia de estos crímenes ejercidos contra aquellos jóvenes que nada tenían que ver con la guerra.
A partir de esta coyuntura podemos evidenciar la trivialización de los crímenes de desaparición forzada y ejecución extrajudicial que algunos representantes del gobierno insisten en perpetuar. Particularmente, en el discurso de Polo Polo se hace audible lo que Fabián Padilla, fundador y director de Fastcheck Chile, asegura al hablar del negacionismo, pues éste plantea un relato en el que busca “horadar la confianza de la gente para insertar una duda poco razonable” (Vorágine & La Liga Contra El Silencio), a través de la desestimación la cifra preliminar de víctimas establecida por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la comparación de la misma con otras cifras que ni siquiera logra referenciar muy bien. Además intenta conectar -torpemente, con un tono bastante conspiranoico-, su “maravillosa idea” de botar las botas con una serie de afirmaciones en contra del presidente Gustavo Petro.
Este tipo de conductas, aparte de ser supremamente absurdas, únicamente contribuyen a la revictimización de los sobrevivientes del conflicto, pues, como afirmó la misma Ana Paéz, integrante de MAFAPO, después de este hecho, en medio de una conversación que tuvimos con ella en el marco de una clase [de periodismo], el presenciar esto solo revivió las imágenes de sus hijos, quienes al igual que las botas, fueron desechados en bolsas. Quienes buscan y esperan no solo tienen que lidiar con el dolor, también se exponen a la estigmatización, las amenazas y la banalización de los crímenes ejecutados en contra de sus seres queridos.
Se hicieron semilla y ahora florecen
“No está muerto, está ausente. Permanece vivo en
la memoria de sus seres queridos.”
– Javier Osuna, Ausencia (2019)
Por otra parte, un elemento que me parece importante destacar en este caso es la manera en que las madres, a pesar de haber sido sometidas al sufrimiento agobiante de perder a sus hijos a manos de entidades de poder y de que aún hoy deben combatir -en el ámbito jurídico y social- a quienes buscan minimizar sus procesos, han re-existido tramitando su duelo desde la juntanza, la cercanía con las otras y la apertura de espacios colectivos de diálogo, empatía y lucha conjunta. Considero que es ahí donde se han gestado – y se seguirán gestando – acciones de cambio que garanticen la no repetición de los hechos y la reconstrucción de la verdad en el contexto nacional, pues mediante una serie de apuestas artísticas le apuntan a que “una nueva generación de colombianos perciba en el paisaje, al menos, el rastro de sus ausentes” (Osuna, 2019).
Este tipo de propuestas promueven la dignificación de las víctimas y permiten reconfigurar la historia de quienes hoy ya no pueden contarla. Además, hacen visibles las luchas de aquellos que buscan, que esperan, que construyen el rastro de los que ya no están. Estas características no sólo están presentes en intervenciones del espacio público, sino que se trasladan aún a productos audiovisuales que tienen como fin hacer un ejercicio de evocación de la memoria. Un ejemplo de ello es el documental Generación desaparecida, dirigido por Jan Thielen, en el que se hace un recorrido por la vida de 4 personas que tuvieron que afrontar la desaparición de sus seres queridos en el marco de la dictadura argentina. En especial, me llaman la atención los fragmentos en los que se presentan los relatos de Nora y Clara, dos madres de jóvenes a los que secuestraron y posteriormente torturaron. Con Clara, específicamente, logran una aproximación a las entrepieles de su alma, lo que permite vislumbrar la trascendencia de la desaparición forzada, que desencadena una violencia en doble vía, sobre quién se va y sobre quién se queda. “De mis hijos no hay nada, de mí tampoco”, afirma en un momento. Esto abre paso a un ejercicio de reflexión que, considero, deberíamos trasegar todos y todas en torno a: ¿de qué manera se construye la vida de quienes se quedan esperando y buscando? ¿de qué se pierden quienes se van? y ¿en qué encuentran refugio quienes se quedan?
El vacío de quien desaparece es, ahora, reconstruido desde la entereza de quien busca; desde la esperanza de quién espera, aunque se canse; desde los gritos de quienes no soportan el silencio y desde la humanización de lo que para muchos es solo un número más.
Conclusión
El desaparecido no es algo, es alguien. Y es alguien que ahora existe en los pasos que dió, en los lugares que visitó, en las personas que amó y en los que deciden escuchar el eco de sus rastros. En este punto ya no sé si la pregunta debe ser “¿hasta cuándo sufrirán las madres?” o más bien “¿hasta cuándo las haremos sufrir con nuestra indiferencia?”; ¿hasta cuándo seguiremos creyendo que la desaparición sólo logra ser relevante en la medida en que el desaparecido tenga una historia “digna” de contar? Considero que, como ejercicio de reflexión personal, la elaboración de este texto me ha permitido reconocer, en las palabras de Osuna, en el trabajo de las madres de MAFAPO y en el ejemplo de las Madres de la Plaza de Mayo, la necesidad de generar una ruptura en la forma en que investigamos y narramos lo que para otros tantos representa dolor. Y esto no solo desde el ejercicio académico y profesional, sino desde lo cotidiano, desde la forma en que entendemos la realidad de los demás. El reto es, por tanto, repensarnos la desaparición forzada y el sufrimiento de las víctimas desde una perspectiva más humana y menos instrumental, pues solo así seremos sensibles a otros, sin importar quienes sean, y podremos honrar la memoria de quienes desde lo inmaterial transitan los rincones del territorio nacional.