Han pasado tres horas desde el último sorbo de agua que le di a la botella. Tampoco he parado de pedalear para comer, el trayecto es demasiado largo desde el barrio hasta el centro y norte de la ciudad, donde están mis clientes. El camino es largo por la Quinta pero es mucho más seguro, al menos eso me ha dicho mi experiencia. Dedicarse a vender productos puerta a puerta es uno de los oficios casi extintos al día de hoy; tristemente, soy uno de ellos. Sobrevivo vendiendo el mismo sellador para pintar que vendía el viejo. No lo hago igual que él, no me animo a gritar o poner mi voz en una grabadora y parlante promocionando el producto. Soy más privado, íntimo, en ocasiones entrañable; lo mío es husmear las ferreterías y los resabios de los clientes, de mis clientes.

Con una fuerte ráfaga de viento, el MIO se llevó consigo aquella cadena introspectiva. Los pensamientos que estábamos empezando a conocer se habrían desorganizado por completo si el joven pedalero no estuviera habituado a los estruendosos recorridos del bus azulado. El ruido de los vehículos se hace más intenso para las bicicletas en la intersección de la calle Quinta con carrera 56, justo donde el camino se bifurca y deja la decisión a cada usuario de ir por el bicicarril, o escoger un carril antiguo que circunda la antigua Plaza de Toros. Obviando los pros y contras de cada elección, sabemos que nuestro vendedor escogerá el camino por el carril “seguro” para las bicicletas. Él no se ha fijado en los pros sino hasta ahora.
Los topes amarillentos no me dejan zigzaguear como antes, cuando solo había una línea blanca intermitente en su lugar. Ahora solo puedo mirar hacia adelante, sin más, como un caballo chicaneando sus viseras, aunque al menos yo puedo mirar con calma hacia los lados. Miro a la derecha y una vista sospechosamente ligera y aburrida me espera: algunos almacenes, una bomba de Terpel y más edificios. Por la izquierda hay mucho más para ver: los afortunados en su carro y los afanados de las motos; un poco atrás todo el carril del MIO y más allá la Plaza de Toros. Y mucho, muchísimo más atrás, hay una montaña inmensa con un millar de casas sembradas y una estrella. A lo lejos también se alcanzan a ver unas cajitas azules que cuelgan por el aire y rondan sobre la loma, son las cabinas del MIO Cable.

Mucha gente lo llama el pesebre de Cali, por su distintiva estrella. Yo no lo veo así, porque los pesebres están muertos y solo importan durante la novena navideña. A mí me recuerda a la fuente dañada que la madre de mi papá usó como una gran matera. Era una fuente central, desgastada por el tiempo, con un montón de plantas indistintas entre sí por cada nivel. La antigua fuente, que ya no era fuente sino macetota, me recordaba a esa inmensa loma porque también estaba llena de vida y siempre estaba en movimiento, aunque a lo lejos pareciera el pesebre del que todos hablan. Pero no, en esa montaña no viven muñecos de plástico ni las ovejas torpes que siempre se nos caen del pesebre, ahí vive mucha gente de la que no sé nada, tienen una estrella hipnotizante que no sé cómo carajos llegó allí. Su estrella me recuerda una vieja estatuilla de la abejita de CONAVI también plantada en la fuente de la abuela. A su alrededor, un par de suculentas —que extrañamente florecían solo en octubre— escoltaban la figura de una entidad financiera absorbida por Bancolombia. Tal parece que la magia verde no fue suficiente contra el poder de las grandes corporaciones bancarias.


Cuando era un niñito y visitaba a la abuela, me sentaba frente a la fuente los primeros 10 minutos al llegar a su casa. Éramos mi bonyurt de zucaritas y yo frente al verde intenso. Paseaba mi mirada por las plantas que habitaban en cada piso, bajaba al siguiente piso cada tres cucharaditas. Bajaban nueve cucharadas hasta mi panza cuando llegaba a la estatua de la Abejita, su mirada era firme y su sonrisa agradable e inquietante. Sentía que me hablaba, me pedía lo que quedaba de mi bonyurt como un regalo obligado, y así lo terminaba: como una ofrenda alrededor de las suculentas que distraían a las hormigas de comerse las hojas de algunas plantas.
Es una suerte para nuestro vendedor no tener un bonyurt mientras pasa por la Quinta, justo al lado de Cosmocentro. Habría subido hasta La Estrella de Siloé y se la hubiera “ofrendado”, por la sensación atrayente que lo traía de vuelta a su infancia. Aquel intento de ayuda —infantil e inconsciente—, la fascinación por la estatuilla, revelaba el instinto de supervivencia de las plantas contra las hormigas. Por descabellado que parezca, los meses de severo cercenamiento pudieron obligarlas a organizarse para sobrevivir. Gracias al micelio en la tierra, las plantas hicieron sus consensos y disensos hasta encontrar la respuesta. Por las variaciones en la tierra y vibraciones, las plantas sabían que nuestro amigo comía bonyurt cuando visitaba a su abuela, también sabían que a las hormigas les apasionaba el azúcar. Entonces debían aprovechar el reflejo de la luz que bajaba a las cuatro de la tarde; ese amarillo ocaso provocaba un aspecto atrayente en el rostro de la Abejita, el trabajo de las suculentas era aguantar todos los nutrientes y florecer en una temporada en específico, siempre la misma. Todo debía sentirse místico e intenso.
Este era el funcionamiento del ecosistema en la gran maceta de su abuela. Es el nacimiento de una sólida suma de fuerzas a partir de la contingencia de la vida, lista para cuidarse. Era el poder en comunidad, era la idea de comunidad. Esta noción era inconsciente, pero rondaba la cabeza del joven, tanto que al llegar al semáforo de la calle Quinta con carrera 50 se preguntó: ¿qué hay allá arriba? ¿qué hacen las personas de Siloé?, ¿cómo es su cotidianidad?…



¿Qué celebran o lloran? Me pregunto qué hay en esa Loma inmensa. Me atrevería a subir, pero de allá se ha dicho mucho y poco es agradable. Aunque del oriente mío dicen lo mismo. Allá los pelaos míos se inventaron un campeonato grandísimo de fútbol y básquet en las canchas, que ellos mismos terminaron de construir. También están las casas donde nos dan comida a todos, esas ollas comunitarias. Creo que está eso y se me pasarán un montón de cosas más que no recuerdo porque no mantengo en la casa, solo trabajo y trabajo. La verdad sí quisiera saber qué hacen allá arriba, cómo se ve mi casa desde La Estrella, hasta imaginarme pasando por la quinta en la bicicleta con mis barriles amarrados sobre la parrilla. La verdad es que sí quisiera conocer algo de allá. Darle la cara a La Estrella, comerme un bonyurt en frente suyo y reírme de la abejita de CONAVI mientras le echo ese cuento a cualquier aparecido o aparecida que vea.

















