Una historia desconocida se esconde tras la radio AM. Sin ella la vida de millones de colombianos no habría sido igual. Aquella onda que cruzaba montañas informó la muerte de Gaitán, persiguió a Cochise en las carreteras, educó a los campesinos en los cultivos, enamoró a las jóvenes en las ciudades y dibujó una radiografía de nuestra nación.
Por: Kelly Sánchez, María Camila Cuenca, Laura Muñoz, Laura Soto, Erika Delgado.
¡Hay una personita atrapada en esa caja!– dijo Blanca, una niña de ochos años, con gran asombro. Jugaba a ser estilista en la sala de su casa en Cali, cuando un objeto desconocido irrumpió en los brazos de su padre. Era una caja de madera adornada con tres perillas y una pantalla numerada. Tras la aparición de la caja, una voz desconocida hizo eco en el salón. Blanca notó que venía de un lugar próximo a su papá. Sin creerlo, la pequeña revisó el aparato por todos lados. No había alguien, pero Blanca pensó que había una personita atrapada. Aquel aparato era un radio y la persona que hablaba en realidad estaba a muchos kilómetros de distancia.
Trece años atrás, en el barrio Obrero de Cali, los hermanos Jorge y Miguel Rivas parecían hipnotizados. Luego de conectar una vitrola, una corneta, dos micrófonos de carbón y algunos transistores al circuito, los hermanos se miraban para sincronizarse. Mientras Jorge intentaba captar una señal, Miguel pronunciaba palabras al azar, ansioso ante la posibilidad de que su hermano lo escuchara al otro extremo. Y sí, Jorge lo escuchó. Era 1930 y los Rivas estaban creando en el solar de su casa la primera emisora radial de la ciudad sin advertir la magnitud de su innovación.
Para entonces la ciudad era una especie de pueblo con grandes potreros despoblados que empezaba a construir alcantarillados y carreteras para modernizarse. A los hermanos Rivas se unió Luis Estupiñán, un nuevo compañero de experimentos. Los tres tenían los únicos dos radios del barrio. Una tarde, después de varias pruebas, se reunieron para presentar ante los vecinos la creación.
Luis trastea su radio hasta la casa frente a los Rivas donde la gente comienza a aglomerarse. Mueve el aparato ante la mirada expectante de mujeres y hombres, y un sonido interrumpe los murmullos de la calle. Luis logra sintonizar la señal radiofónica de los hermanos Rivas. Un sonido nace tras otro en medio de la incredulidad de los vecinos. ¿Cómo es posible escuchar ahí lo que se dice dentro de la casa de los Rivas?, se preguntaban asombrados. Había nacido la primera radio local con una cobertura de treinta metros a la redonda.
El invento era el furor tecnológico del momento y solo un año antes del experimento de los Rivas, en la mañana del 5 de septiembre de 1929, sobre el costado sur de la Plaza de Bolívar, se reunían el ministro de Correos y Telégrafos, José de Jesús García, el técnico alemán Karl Klemp, miembros del Congreso y servidores públicos de orden nacional para inaugurar la primera emisora estatal del país, la HJN de Bogotá.
El gobierno le había encargado a Klemp la construcción de la estación de transmisión. Para ello Klemp adecuó el Capitolio Nacional para transmisiones de la radiodifusora. La obra costó en su momento mil doscientos pesos. El presidente Abadía Méndez estaba interesado en entregar la emisora antes de terminar su periodo presidencial y fijó la apertura para el 20 de julio. Sin embargo, el sistema no estuvo plenamente acondicionado. Dos meses después un reportero de El Espectador entrevistó a Klemp y éste en un confuso español le informó al país que aún faltaban “algunos enseres” para finalizar la instalación.
Pero a pesar del apresuramiento político, la radio había llegado para quedarse. En adelante el nuevo sistema de comunicación humana se desarrollaría tejiendo una radiografía de momentos y emociones que modularon la vida de los colombianos.

En sus inicios la radio era para los tres inventores de Cali un pasatiempo, pero un año después los hermanos Rivas empezaron a transmitir desde el Edificio Ávila en los alrededores de la Plaza de Caicedo, la principal de una ciudad que no paraba de crecer. Consiguieron un nuevo socio, Antonio Benítez, y fundaron la primera emisora local llamada La Voz del Valle. A través de ella daban complacencias, dedicaban canciones y leían informes gubernamentales hasta la diez de la noche.
La innovación de la radio y el deseo de estar a la moda del AM se fue propagando entre los ciudadanos. Pasado un tiempo los aparatos radiales empezaron a arribar por Buenaventura y a hacer parte de la cotidianidad de los caleños. Los radioaficionados del país, que en 1923 llegaron a ser 450 -hoy no pasan de 30-, trajeron a Colombia los primeros receptores de ondas electromagnéticas. Estos radios, mucho más evolucionados, ahora se conocen como receptores o transmisores de baja potencia. El invento tardaría casi una década en hacerse popular en el país, había sido llevado de Estados Unidos a Cuba y posteriormente había arribado al pacífico colombiano.
La radio se propagó poco a poco, al ritmo que se extendía la electricidad en los hogares. Ésta última en sus inicios se limitaba a alumbrar los espacios públicos. Pero luego la energía eléctrica se extendió al comercio y a las casas de los más privilegiados. Para 1930 el país contaba con poco más de 6 kilovatios de potencia instalada por mil habitantes; hoy para una población similar se dispone una potencia cincuenta veces mayor.

A pocos meses de la inauguración de la emisora estatal, el 14 de enero de 1930, nació la Universal Radio Corporation, la primera emisora comercial del país. El entusiasmo por la radio se iba multiplicando y ocho años después ya había seis emisoras más. Doce años más tarde operaban 71 en 27 centros urbanos.
Para la época Cali alcanzaba los 122.000 habitantes, una población similar a la que hoy tiene un municipio como Cartago, en el Valle. En el país solo existían alrededor de cinco mil radios, una cantidad que no alcanzaba ni para la mitad de las 11.000 familias que habitaban Cali. Como gran innovación la radio era un objeto suntuoso, costaba ochenta pesos, el valor equivalente a $516.000 en la actualidad. Un obrero ganaba alrededor de treinta pesos mensuales y un campesino recibía seis pesos cada mes por los duros trabajos del campo. Para adquirir un radio, un obrero debía ahorrar la mitad de su sueldo por cinco meses y un campesino la mitad de su salario por más de dos años. Pero el acceso a la cajita parlante iría avanzando en las décadas siguientes, al ritmo que avanzaba la historia del país.
La guerra con Perú en Amplitud Modulada
En las casas o establecimientos con radios, entre 1932 y 1933, la tensión era palpable al escuchar las voces graves que emergían de los aparatos reportando las escaramuzas ocurridas en la cuenca del Río Putumayo y Leticia. Colombia libraba un conflicto con Perú. A falta de un gran ejército que contrarrestara las embestidas peruanas, la radio convenció a la audiencia de que estuviera preparada para defender la patria. Como muchos colombianos no contaban con radiotransmisores, algunas emisoras instalaron radioparlantes para llegar a más personas e informar sobre el conflicto. El himno nacional sonaba con frecuencia y los locutores invitaban a conformar batallones cívico-militares. Colombia era la víctima innegable del conflicto, al menos así lo hizo pensar la radio. Las transmisiones permanecían cargadas de un patriotismo del que muchos se contagiaban. Durante y después de la guerra, el sentimiento de “ser colombiano” se hizo fuerte. La radio empezaba a demostrar su gran poder de influencia.
El crecimiento de la sintonía y el impacto empezó a afectar a otros medios como la prensa. Los locutores leían los periódicos en las emisoras pero las empresas periodísticas sintieron que la radio usufructuaba sus trabajos. El gobierno le dio la razón a la prensa y en 1934 prohibió la lectura de noticias publicadas en periódicos. En adelante solo se podrían leer 12 horas después de que los tabloides fueran puestos a la venta. Ante la prohibición los productores radiales no tuvieron otra opción que crear sus propias noticias.

Gardel y Gaitán reviven en la radio
El accidente aéreo del 24 de junio de 1935 es trágico. El avión en el que viaja el cantante Carlos Gardel se estrella contra el trimotor Ford F-31 de Ernesto Samper Mendoza, tío abuelo del ex presidente Samper. En el accidente mueren trece personas además del cantante argentino. Para ese momento en Bogotá se contaban más de 6.500 teléfonos y los periodistas de radio se valieron de este recurso para inaugurar una forma de hacer noticias. Ese día llega a las casas de los colombianos la voz de Antonio Henao Gaviria, corresponsal para La Voz de Antioquia, desde el aeropuerto Olaya Herrera en Medellín. Por vía telefónica las estaciones radiales mantienen informados a los colombianos sobre el accidente. Es la primera vez que se trasmite en vivo a través de la radio.
Años más tarde Jorge Eliécer Gaitán sale de su despacho junto a Plinio Mendoza, Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla. Era la una de la tarde del 9 de abril de 1948. Mendoza toma del brazo a Gaitán, adelantándolo a los demás. Del otro lado, lo esperaba Juan Roa Sierra. Instantes después se escuchan algunos disparos. Tres balas atraviesan el cuerpo del caudillo liberal. Los testigos del hecho dirigen una cacería contra Roa Sierra, al que muchos dicen haber visto desenfundar un arma y disparar. El hombre sería alcanzado por la multitud, linchado y arrastrado por la carrera séptima de Bogotá. Su cuerpo irreconocible es abandonado frente al Palacio de Nariño. En la Clínica Central, mientras recibe una transfusión de sangre, Gaitán muere. La emisora La Voz de Bogotá es la primera en anunciar la noticia. Rómulo Guzmán, el locutor a cargo, no intenta camuflar la ira en su voz. El suceso, una vez se da a conocer por las emisoras del país, provoca una ira similar en los oyentes. Se genera el caos, las emisoras informales salen al aire y locutores desconocidos empiezan a desinformar a los oyentes hablándoles de supuestas manifestaciones en el país. Los colombianos, ciegos de rabia, salen a las calles. Incluso las emisoras radiales más reconocidas sufren estragos: las turbas se van contra ellas por haber transmitido la noticia que nadie quería oír.
En Cali, Radio Pacífico y La Voz del Valle son las más afectadas. Una multitud decide prenderles fuego. En Bogotá, el Ministerio de Comunicación también ardía. Después de ese trágico 9 de abril, conocido como el Bogotazo, todo aquel que contara con algún tipo de documentación sobre el estado de la radiodifusión en Colombia podía considerarse afortunado. Antes de los años 50, las emisoras tenían como política deshacerse de los archivos de programación anteriores a tres meses. No había lugar para almacenarlos. No se dimensionaba el valor que alcanzarían con el tiempo. A partir de 1948, la documentación cubre aspectos técnicos de la evolución radial, no obstante, aun advirtiendo la importancia de contar con archivos oficiales, solo después de 1960 se empieza a recolectar información sobre los contenidos y programación radial. El interés por los documentos, sin embargo, estaba lejos de ser memorístico. Al implementar tal sistema de “monitoreo”, que consistía en tener resúmenes o transcripciones del material transmitido en las emisoras, se pretendía llevar cuentas de las informaciones controversiales de las radiodifusoras disidentes.
El radio: ese costoso objeto del deseo
La calurosa Cali de mediados de los años 50, contaba con más 33.600 viviendas familiares. La radio ya era un medio masivo y había empezado a transformar la vida de las personas. Era mucho más que una radiodifusora. En Siloé, donde hacía poco había llegado la electricidad, Nora Chico, una joven morena rumbera y extrovertida, carece de radio. Sus vecinos no. Mientras ella pela papas para el almuerzo, el sonido de la radio vecina se cuela por las paredes de esterilla de su casa, y ella se mueve al ritmo de la música. Baila frente a un espejo quebrado, inventa y ensaya los pasos que exhibirá en su próxima rumba, a la que irá escapada de sus padres y bailará al son que ponga la emisora.
Algunas familias, como la del pequeño Carlos Delgado, de seis años, no concebían sus días sin la compañía del aparato trasmisor. Para su desgracia, los Delgado deben pasar mucho tiempo sin radio, sin tangos y boleros, sin noticias y radionovelas que rompan el silencio provocado por la ausencia del aparato. Un día cualquiera el niño de pequeños ojos cafés, había presenciado cómo un hombre joven robaba el único radio que tenían en su casa, lo amarraba en una bicicleta y se perdía entre las calles.
Por su parte la familia Parra se sentaba todos los días en la sala de su casa a escuchar con atención las voces expresivas de los actores de sus radionovelas favoritas: “La doña”, “Arandú” y “Kalimán”. Otras veces se concentraban en el tono agradable de la lectura de complacencias. Pero en una ocasión estuvieron tensos en sus sillas, pendientes de la voz grave del locutor que anunciaba las defunciones. Dos días atrás los Parra se habían enterado, por la radio, de la condición moribunda de un familiar en Bogotá. Cuando el locutor comenzó a leer la única carta con motivo de fallecimiento que había llegado ese día a la emisora, Nelly Parra, a sus doce años, escuchó con atención, mientras su madre, temblorosa rezaba el rosario. Ante la lectura del nombre del difunto, sus padres se abrazaron en un llanto triste. Pero no sería la única noticia trágica que tendrían que escuchar por la radio, estaba por venir un suceso que dejaría una gran huella en la memoria de la ciudad.


La explosión del siete de agosto
El fallecido padre Alfonso Hurtado Galvis se hizo famoso, entre otras cosas, por su programa en el que afirmaba “Nadie se acuesta en Cali sin oír La voz del prójimo”. En los homenajes a la vida del padre Galvis transmitidos desde el 12 de mayo de 2014, día de su muerte, se destacan las imágenes y videos de una tragedia del siete de agosto de 1956: “Cuando llegamos a la Calle 25, la fetidez era grande y el olor a humo espeso, asfixiante; entonces vimos aclarar el día y nos dimos cuenta de la magnitud de la tragedia. En la fosa común del Cementerio Central yo vi enterrar 3.725 cráneos…”.
En la madrugada de aquel día seis camiones recién llegados de Buenaventura, con 42 toneladas de explosivos para la construcción de carreteras, estallan frente a la antigua estación del Ferrocarril del Pacífico. Algunos investigadores estiman que en menos de un minuto murieron más de 1.300 personas. Pero si las cuentas del padre Galvis son correctas y murieron casi 4.000 personas, esto equivaldría al 3% de la población caleña de la época, una magnitud similar a que hoy desaparecieran los barrios La Nueva Base, Villacolombia, El Troncal, La Floresta y 14 más de la comuna 18, con sus 365 manzanas. El estallido produce un temblor de 4.3 grados y el sonido se alcanza a escuchar en Buga, Palmira y Caloto. Las personas reaccionan de inmediato volcándose a las calles a socorrer a los heridos y a buscar a sus familiares. La radio difunde, reporte tras reporte, los listados de muertos y desaparecidos. En medio del caos, las familias escuchan las transmisiones mientras se lamentan por los nombres desconocidos y por los que tal vez reconocerán.
Pero no todo era tragedia. Victoria Rojas, quien vivía a las afueras de Cali, en Felidia, a sus 17 años, llevaba cartas con sus dedicatorias, las de vecinos y amigos, a La Voz del Valle. En otra zona rural de Cali, Nelly Parra piensa años más tarde, mucho después de la época en que casi todos los jóvenes se sentaban en sus casas a escuchar complacencias, que era increíble cómo la noticia de la muerte de un familiar en Bogotá o la canción que algún amigo le habría dedicado desde Cali atravesaba volcanes, ríos y montañas hasta llegar a su casa en el campo vallecaucano. Sin embargo, la que emprende travesías por la geografía colombiana no es ni la noticia ni la canción, es la onda.
De los términos “Amplitud Modulada” o “Modulación de Amplitud” viene la sigla AM, un tipo de onda que por sus características puede desplazarse, cual gigante, saltando obstáculos como grandes montañas, rebotar en la ionosfera sin que nada la detenga y llegar a los más recónditos lugares. A diferencia de la moderna Frecuencia Modulada, FM, que no puede cruzar montañas. Es fácil percatarse de este fenómeno cuando se viaje en un vehículo por zonas montañosas; la señal FM se pierde mientras que la AM se mantiene. De ahí la posibilidad de que en el campo Nelly Parra y muchas otras personas pudiesen escuchar las transmisiones de la ciudad.
Un legado de voces de la radio
A través de las ondas de amplitud modulada viajaron las voces de hombres y mujeres que llegaron a su puesto frente a un micrófono y consiguieron hacerse un lugar en los hogares caleños. Voces profundas como la de Joaquín Marino López, conocido locutor y narrador deportivo. Voces apasionadas como la del ecuatoriano Fernando Franco que se destacó en Todelar como locutor y comentarista deportivo y creó el programa radial Gaceta Deportiva. Voces como la de Guillermo García Jaramillo que en los 50 debutó en RCO para luego ingresar como periodista deportivo en Todelar por 32 años. Voces amables como la de Judy Lizalda, una de las mujeres más destacadas en la locución radial en Cali, quien pasó de secretaria a investigadora de noticias en Todelar y Colmundo Radio. Hoy es una de las voces emblemáticas de la ciudad.
Voces simpáticas como la de Trinidad González,quien en los 70, cuando trabajaba como secretaria, era habitualmente elogiada por su voz. “La esencia de la radio son las voces y el sonido. Usted tiene la voz y yo el sonido”, le dijo un día el operador de Radio Uno para invitarla a trabajar en la emisora. Algunos años después, tras aceptar, empezó a emitir en el noticiero Todelar del Valle. “Usted puede estar al aire, pero no lee las noticias”, fueron las primeras palabras que escuchó de su jefe tras ser nombrada como directora. Según él, “por oírle la voz tan bonita, no le oyen las noticias”.
Voces imponentes como la de José Pardo Llada, un periodista cubano que escapando del régimen castrista se refugió en Cali, ciudad de la que se enamoró y donde lideró campañas cívicas mediante su programa “Mirador en el Aire” en Todelar. Pardo Llada es recordado como un extranjero que se convirtió en caleño. Sacó la Feria de Cali de los clubes y la llevó a la calle, hizo que los eventos fueran populares.
La educación sentimental
Voces encantadoras como la de Jaime Echeverry Loaiza, hombre de porte elegante que inició como operador de radio en programas como “Boleros para ti” de La Voz del País, donde le pagaban 10 pesos mensuales. No muchos pueden creer que su debut en la radio fue a sus 17 años con un “Siga, señora ¿cómo le va? ¿Va a consignar? Okay. Un segundo. Que esté muy bien”, en el célebre programa “La Ley Contra el Hampa”, una radionovela serial que todos los días a las ocho de la noche en Todelar dramatizaba la noticia del día. Jaime Echeverry recibía cincuenta pesos por capítulo. Más tarde, con su papel protagónico en “Dos vidas y una canción”, su fama aumentó, al igual que su salario. Jaime hizo, además, el papel del agente de policía que acompañaba al detective chino Chang Li Po en la radionovela del mismo nombre, una de las más escuchadas y que popularizó el género.
Voces como la de Jaime resultaban una poderosa arma de seducción: los oyentes, hombres y mujeres, se enamoraban de su voz. A tal punto que Jaime llegó a recibir propuestas indecorosas, consiguió una novia libanesa con la que duró seis años y sostuvo conversaciones telefónicas en la emisora con una mujer que afirmaba que su voz le ocasionaba orgasmos.
Frente a un micrófono y sobre un atril, se ponía un libreto central y cada locutor tenía una copia con las indicaciones sobre el tono y el sentimiento de la voz. Actuaban de pie, los besos se daban en la mano, las pisadas en la hierba se hacían con hojas de papel. Al principio los radioactores eran también sonidistas y aprendieron a crear sonidos como el galope de un caballo o el susurro del viento. Aprendieron a envejecer la voz, doblar y emitir en directo. A veces hacían la voz de dos personajes distintos en la misma radionovela y dado que era en vivo se cometían muchos errores: no cuadraban los tiempos, se confundían en el guion o el operador se equivocaba con los efectos. Al principio ni siquiera ensayaban en grupo antes de salir al aire; cada uno conocía su papel y la cabina se convertía en campo de improvisación. El resto lo hacía el oyente pintando los escenarios en su mente.
Mientras el cielo se tiñe de visos rojos, desde la ventana de una casa del barrio Colón de Bogotá se escucha a Gaspar Ospina y Erika Krum calentando sus voces minutos antes de dar inicio a un nuevo episodio de “Kalimán”. A más de 300 kilómetros, en el Valle del Cauca, la radionovela retumba con eco en las casas de las familias, quienes se sienten transportadas al universo del emblemático héroe; la radio pone los sonidos, ellas la imaginación. Ospina, quien era a su vez el director, hacía la voz de Kalimán, y Solín era interpretado por Krum, recordada por su papel de ‘la tía Loli’ en la serie de televisión “Dejémonos de vainas”. Kalimán es un héroe justiciero con quien miles de colombianos quisieron identificarse en medio de una sociedad atravesada por la violencia.
En Cali, las manecillas del reloj señalan las ocho una noche de 1964 y a través de un aparato rectangular de unos 20 x 40 cm, con rejillas y dos perillas, el narrador susurra en tono grave y misterioso: “Kalimán, la hermosa Sacha y el pequeño Solín, se disponen a reanudar su viaje rumbo a Estambul, después del suceso conocido al llegar a París”. Las familias caleñas escuchan atentas cada interpretación, se miran, comentan, se entusiasman, temen… viven cada emoción de los personajes. Los imaginan. Les hablan: “no se deje Kalimán”, “espere y verá que Kalimán siempre gana”. El capítulo termina en suspenso, con interrogaciones del narrador: “¿Qué planea el astuto jefe de la organización criminal? ¿Kalimán lo descubrirá? ¿Qué trampas acecharán a Kalimán?”, generando el suspenso para el próximo capítulo.
A diario, pasado el mediodía, la familia del joven Óscar Aragón prendía su radio para escuchar las noticias. Las voces de los locutores de “El mundo sigue girando”, programa de Radio Libertador, narraban durante una hora los sucesos caleños más importantes. Una vez terminado el almuerzo, el joven Óscar se sentaba frente al radio para escuchar “La voz de los recuerdos”, franja en la que los viejos boleros sonaban hasta las seis de la tarde. Para los años 60, los radioteatros se han popularizado entre los jóvenes caleños. Cada lunes, Óscar iba a La Voz del Valle y ahí, rodeado de bancas y enormes parlantes, en un salón en el que los sonidos reverberan al chocar contra las paredes, disfruta de los artistas del momento.

Cuando ser Play fue ir a radioteatro
Mario Salamanca, a sus 22 años, gozaba de las orquestas y presentaciones en vivo en La Voz de Cali. Cuando recuerda aquella época le enorgullece haber conocido a todos los locutores de la emisora, quienes en ese momento estaban en la cúspide farandulera de la ciudad.
Los radioteatros tuvieron su época dorada en Cali y solían ser el sitio de encuentro de las juventudes de los años 50 y 60. Eran espacios acondicionados por emisoras con tarima, sillas y parlantes para llevar a cabo shows en vivo. En la capital del Valle, los radioteatros albergaron artistas de la talla de Leo Marini, Pedro Infante y Toña La Negra.
A sus cortos siete años, la pequeña Amanda Ágredo es llevada por su madre al radioteatro de La Voz de Cali, a un programa para que niños entre siete y nueve años canten. Emocionada y nerviosa, sube las escaleras de la enorme tarima, se ubica frente al micrófono y, ante la mirada de decenas de personas, canta mirando hacia el techo y con las manitos apretadas en la espalda. A Jorge Caicedo, de cuatro años, el ambiente festivo de los radioteatros también logra intimidarlo. El pequeño, de pie frente a un micrófono, empieza a cantar la canción que había repetido mil veces en su casa, pero tras la primera frase, “lloran, lloran los guaduales”, queda paralizado. La gente lo aplaude mientras es bajado del escenario totalmente rígido. Como premio de consolación, recibe un carro de juguete.
Hoy, Amanda Ágredo de 65 años se sienta en la sala con sus nietos a ver el programa que disfrutan los fines de semana por las mañanas: “Los Cuentos de los Hermanos Grimm”. Amanda recuerda cuando, siendo una niña de 12 años, se dirigía a casa de un amigo vecino para pedirle un favor.Sus padres le quitaban los tubos al radio y los escondían antes de irse al trabajo. Amanda sabía muy bien dónde encontrar el radio, pero necesitaba ponerle los tubos para que funcionara. Su vecino los instalaba. Luego, como todos los días cuando la casa quedaba sola, Amanda y sus hermanos se acostaban en una cama a escuchar el programa infantil “Los Cuentecitos” del medio día y la programación de la tarde. Cuando empezaba a oscurecer y se acercaba la hora de llegada de los padres, era el momento de quitar los tubos y guardarlos junto al radio. La travesura es todo un éxito.
Nora Chico, la morena que pelaba las papas del almuerzo al ritmo de la música, poco tiempo tuvo para hacer travesuras. Como muchas mujeres de estrato bajo de su época, empezó a trabajar desde muy pequeña como empleada doméstica y apenas ganaba una cifra mínima. Mientras laboraba, de la radio sólo le llegaba un rumor hasta la cocina. Solo se divertía con el aparato al volver a casa. Ante la imposibilidad de ir a la escuela y escuchar radio a cualquier hora, Nora solo aprendió a escribir su nombre y terminó haciendo parte de la población analfabeta que no pudo aprovechar la propuesta educativa estatal iniciada en 1950 por Radio Sutatenza.
¡Cómo no!, Radio Sutatenza
Sutatenza se propuso brindar educación a los campesinos, dadas las dificultades de acceso a la educación por falta de infraestructura, transporte e interés. Contrario a Nora, quien no logró aprender a leer o escribir, Andrea Londoño en su niñez pudo aprovechar junto a sus hermanos este proyecto que fue iniciativa de la Acción Cultural Popular (ACPO), liderado por Monseñor José Joaquín Salcedo Ramos. Sus hermanos menores fueron sus compañeros de clase cuando escuchaban los cursos e intentaban seguir las instrucciones de sus radio-profesores desde Bogotá. Los alumnos-oyentes compraban las cartillas para seguir las instrucciones. Podían recibir contenidos educativos como: “Noción de alfabeto” con “Curso para aprender a leer de corrido”; “Noción de número” con “Contabilidad agropecuaria” y “Las Cuentas del hogar”; “Noción de Salud” con “Alimentación, salud y curso de educación sexual”; “Noción de Economía y Trabajo”, con Apicultura; “Noción de Espiritualidad”, con “La familia”; y campañas como “La procreación responsable” y “Programa de mejoramiento de vivienda”. Con las usuales distracciones y la falta de botón de pausa, los alumnos, solían perder el hilo de la lección que se transmitía a más de 300 kilómetros. Sin embargo, miles de niños campesinos tuvieron a través de las ondas una primera relación con el conocimiento escolar.
El proyecto acabó siendo un prototipo importante para pensar las emisoras comunitarias, pues estableció una nueva forma de generar contenidos sonoros con objetivos instructivos para la población rural del país. Más tarde, durante los años 70, el formato de Radio Sutatenza se afianzó hasta ser un modelo a imitar en otras naciones en desarrollo, pero para principios de la década siguiente los malos manejos financieros y una burocratizada administración, precipitaron su crisis. En el transcurso de los siguientes años, Radio Sutatenza disminuyó sus programas educativos y las horas de transmisión, hasta que se hizo insostenible.
En los años 60, al tiempo que se popularizó la telefonía en Cali, aparecieron los primeros radios de bolsillo que funcionaban con pilas. No faltó quien metía cada noche las pilas a la nevera para que su carga durara más. Funcionara o no el truco, lo cierto es que gran número de personas preferían el radio de pilas para seguir desde cualquier lugar trasmisiones deportivas como las carreras de caballos o La Vuelta a Colombia.

Tras los pedales de ‘Cochise’
Es 1961 y a Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez no solo lo siguen los otros ciclistas que participan en La Vuelta a Colombia, también le pisan los talones los transmóviles de las emisoras que emiten el evento y cientos de personas salen a recibir la caravana de ciclistas en una histeria colectiva de la que las radiodifusoras son en parte responsables. En Cali, por ejemplo, les espera gente cerca de la Plaza de Toros. Los que no pueden salir apoyan desde casas o cantinas, reunidos en pequeños grupos alrededor de un radio. Algunos han apostado varios pesos y necesitan conocer al ganador. Los oyentes no pierden detalle. Los periodistas deportivos no paran de informar y cuando no saben qué ocurre, la improvisación es la mejor herramienta. Diez años después Cochise gana el Campeonato Mundial de Pista en los 4000 metros persecución individual en Varese, Italia. Ese mismo año Cali es la anfitriona de uno de los mayores eventos del continente americano: los Juegos Panamericanos.
Es 1971 y la ciudad, que no supera los 972.000 habitantes, lleva cuatro años preparándose para recibir a 2.996 atletas de 32 países, cuatro años desde aquel 22 de julio de 1967 en que José Pardo Llada dijo en su programa ‘Mirador en el aire’: “Atención, atención caleños. Cali, la bella Cali, celebrará ¡los próximos Juegos Panamericanos!”. La ciudad logró superar el reto de la construcción de un equipamiento urbano a la altura de semejante evento; se estimaba que entre deportistas, delegaciones y turistas habría que recibir a casi 5000 personas. Los VI Juegos Panamericanos contaban con una sede con fama de cívica y hospitalaria. Esta actitud es reforzada en gran medida por la voz de Pardo Llada, quien se dedicaba a promulgar campañas que fomentaban el respeto, el cuidado por las obras, la cultura ciudadana y el buen trato al turista. Durante los Panamericanos, tienen éxito en la radio programas como “La cara oculta de los Juegos” –el deportista que se cayó, el que expulsaron, el que no estuvo, etc. –, de La Voz de Cali. Locutores como Guillermo García Jaramillo y Samy Jalil, que hacen parte de Villa Prensa, Joaquín Marino López del comité organizador, y Fernando Franco García, maestro de ceremonias oficial de los Juegos, participan como protagonistas.
Un poco después, en 1973, de nuevo Cochise alegra a los casi 172.000 hogares caleños con su victoria en la 15° etapa del Giro de Italia. Su consagración mundial fue difundida por la radio. En 2014, titulares como “Amor de patria en el Giro de Italia” se pueden leer en las pantallas de los televisores de toda Colombia luego de la victoria de Nairo Quintana en la competencia ciclística. La emoción de la población, que ahora no tiene necesidad de imaginar el escenario europeo mientras la carrera es narrada por radio, rivaliza con la de la época de Cochise. La voz de grandes locutores como Pardo Llada ya no mantiene a los caleños reunidos alrededor de la radio, atentos a los Juegos Panamericanos, La Vuelta a Colombia o las carreras de caballos.
En la década de los 80 se hacen populares las radiograbadoras. Para conservar una canción los ciudadanos aprenden a grabar en un casete limpio o sobregrabar en alguno que no fuese de interés. Era muy común que al final de una canción grabada se escuchara la voz del locutor, en cuyo caso el problema se resolvía cortando la cinta en el pedazo en que hablaba y volviéndola a pegar con esmalte.
Hay un asunto sobre el que no cabe discusión: las vidas de Nora Chico, Carlos Delgado, Victoria Rojas, Blanca Lozano y millones de colombianos no hubieran sido las mismas sin la radio. Las prácticas se fueron transformando a medida que surgió la radio de Frecuencia Modulada. Las cadenas radiales y los oyentes empezaron un éxodo al FM una vez descubrieron la limpieza de su sonido. Sin embargo, no todas las emisoras ni todos los oyentes estuvieron dispuestos a desplazarse. Tal vez FM optimizaba el sonido, pero no tenía la capacidad del AM para llegar a los rincones más apartados de la geografía.
Aunque la televisión haya enterrado de a poco las posibilidades de imaginarse los mundos que podían existir dentro de aquel aparato radiofónico, y pese a todos los augurios pesimistas, la radio sigue viva y con futuro. Algunos dicen que ese futuro está en la Web, y muchas emisoras parecen de acuerdo en apostarle a la transmisión por esa vía. Pero eso que se considera el pasado de la radio, la radiodifusión tradicional, tampoco planea desaparecer. Contrario a lo que podría creerse, las estaciones en la dial se multiplican en lugar de disminuir. Porque esa onda que conquistó un pueblo no ha dejado de contagiar con su grandeza. Porque sus ondas moduladas han dibujado una geografía de la nación.
