Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

La guerra en el cuerpo

✦ ✦ ✦

El cuerpo es la principal víctima del conflicto armado. ¿Cómo resignificarlo a través del arte? La obra "Balas Al Aire" nos habla sobre esto.

✦ ✦ ✦

Por: Valentina Quintero López

“El cuerpo es un templo sagrado”. Una frase que he escuchado desde pequeña. Me han dicho que debo cuidarlo y que no cualquiera debe acceder a él. Que soy yo la que concede el permiso para que alguien lo toque. Pero crecí y me di cuenta que esto no es así. La frase es una interpretación de un versículo de la biblia católica, 1 Corintios 6:19-20: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. Mi cuerpo ni siquiera es mío, es de Dios. 

Entonces, ¿por qué Dios ha permitido que otros toquen mi cuerpo, lo ultrajen y se crean dueños de él? ¿Por qué soy yo la que debo cuidarme de que alguien se acerque a él para violentarlo? ¿Por qué no, mejor, los otros evitan acercarse a él sin mi consentimiento?

Henya Godoy, en su dramaturgia Balas Al Aire, retrata cómo los cuerpos son una víctima más de la guerra, cómo la violencia ha sido normalizada en nuestro país, cómo se ha vuelto parte del paisaje. Desde la danza folclórica y contemporánea, Henya creó una obra de danza teatro que habla del conflicto armado en Colombia, el desplazamiento forzado, la violencia hacia los cuerpos no hegemónicos, la discriminación y el duelo. Para Henya, el cuerpo también es sagrado, pero no desde una visión católica, sino por todo lo que nos permite hacer y expresar. Y la danza es la forma de honrar al cuerpo.

“Yo tengo muchos problemas de salud. La danza me ha permitido fortalecer mi cuerpo, empezar a conocerlo mejor, a mirar otros lugares”, me comentó un típico domingo soleado y picante de Cali, a las 9 a.m, antes de empezar uno de los ensayos de su obra. “A mí me gusta mucho la danza porque es el único campo de estudio que realmente se enfoca en el cuerpo desde todas sus vertientes. Desde lo anatómico, lo fisiológico, pero también desde lo fenomenológico. Hay muchos puntos que convergen y la danza como que se toma ese tiempo de estudiar el cuerpo que habitamos y que muy pocas veces pensamos”. 

Actores de la obra «Balas Al Aire» en uno de los ensayos. Foto propia.

Henya siempre está sonriendo. Tiene en sus ojos una mirada llena de esperanza. Ella cree en el arte y, específicamente, en la danza, como lugar de sanación y reconciliación con otros y con uno mismo. Su piel es trigueña y no mide más de un metro y sesenta centímetros, pero su voz, su tono de autoridad y sus palabras la hacen ver más alta. Tiene 24 años, nació en Bogotá y hace cinco años vive en Cali. Llegó a la capital del Valle porque le parece que Bogotá es muy caótica y quería otro aire. Decidió que Cali sería esa oportunidad de volver a empezar y construir lo que realmente quería para su vida. Y así, sin nada más que sus maletas y su gato, llegó a esta ciudad calurosa en el 2019 para convertirse en licenciada en danza de la Universidad del Valle. 

Ha trabajado en diferentes proyectos de investigación y creación, como “Cuerpos Resilientes: mujer, voz y cuerpo como territorio de resignificación, en el que colaboró desde su colectivo Seremos con la Fundación SAMA, para compartir los testimonios de las mujeres desplazadas por el conflicto armado. A través de la danza y el teatro, crearon monólogos en el que resignificaron sus historias de vida. También creó la obra “¿Quién mató a Rosario?”, una readaptación del libro de Rosario Tijeras, en el que cuenta cómo Rosario pasó de ser víctima a ser victimaria y cómo las violencias de género determinaron y estuvieron presentes en su vida. La propuesta artística ganó una beca de la Secretaría de Cultura de Cali en 2024. 

Este año, “Balas al aire” también fue ganadora de un estímulo de la Secretaría de Cultura, en el que se retrata la vida de tres personajes que desde diferentes lugares se ven atravesados por el conflicto y el desplazamiento forzado. 

El dolor de la pérdida

En Colombia se ha normalizado la imagen de los cuerpos como “un bien público”. Primero, cuando llegaron los españoles a invadirnos y atacaron a los y las indígenas que no quisieron doblegarse ante la Corona Española. Los esclavizaron con el pensamiento de que sus cuerpos les pertenecían – sobre todo el de las mujeres indígenas, a las que violaban – por ser “una raza inferior” y no tener una civilización como las europeas. Luego, durante la guerra de la independencia, ambos bandos masacraron a quienes consideraban sus enemigos, como si aquellos cuerpos no importaran y la vida de otros les perteneciera. También violaban y esclavizaban a mujeres y niños. Lo mismo se repitió en la Guerra de los Mil Días, en la época de La Violencia y cuando surgieron los grupos contrainsurgentes. El cuerpo, durante la guerra, siempre ha estado a merced del otro. En la mayoría de los casos, a merced de los hombres. 

Y la guerra actual, esa que lleva tantos años que hemos perdido la cuenta, entre las guerrillas, los militares, los paramilitares, los narcotraficantes, el Estado y la delincuencia común, ha usado al cuerpo como territorio de diferentes tipos de violencias. Como un lugar de conquista y expropiación. Lo peor de todo es que se ha convertido en un paisaje. Las desapariciones, los asesinatos, los secuestros, las extorsiones, las masacres, los atentados, las torturas y las violaciones hacen parte de nuestra historia, así como las nubes hacen parte del cielo. “Los desaparecidos se nos volvieron paisaje”, “la sociedad no siente empatía por estos temas porque le parece paisaje”, “normalizamos el crimen de la desaparición, se nos convirtió en paisaje”, son algunas de las frases que recuerda Javier Osuna en su texto “Diálogos con la ausencia” (2018), pronunciadas durante una mesa de expertos del Consejo de Redacción sobre las desapariciones en Colombia. 

En Colombia, 9,8 millones de personas se han visto afectadas por la violencia armada en el país, según el Consejo Noruego para Refugiados. También es uno de los cinco países con mayor número de desplazados internos en el mundo, unos 7 millones, según el informe anual sobre tendencias globales de desplazamiento forzado, publicado por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur).

Las desapariciones son una forma de violencia hacia los cuerpos. Una forma de expropiación. Los actores armados se creen con el derecho de ultrajar un cuerpo solo por el hecho de tener una diferencia ideológica, por asuntos de dinero, por la venta de drogas o por disputas de poder. No devolver un cuerpo tiene una intención detrás. Buscan demostrar quiénes son más fuertes, a quiénes les pertenece cierto territorio. Es una manera de decirle a sus familiares que no merecen siquiera enterrar a su ser querido, porque lo que él hizo, o lo que se supone que hizo, no merece ningún perdón y debe ser castigado de la peor forma.

Durante uno de los ensayos de la obra Balas Al Aire, los actores corrían descalzos por toda la habitación llena de espejos que llegaban al techo blanco desde el suelo de baldosas cafés. Contorsionaban sus cuerpos al ritmo de tambores que salían de un equipo de música. Saltaban uno detrás del otro. Los músculos de sus piernas se marcaban por la tensión de sus cuerpos. De un momento a otro, la tensión se transformó en un grito descomunal que me tomó por sorpresa. Era el dolor de la pérdida, el dolor de no volver a ver nunca más a un ser querido. 

Actores de la obra «Balas Al Aire» en uno de los ensayos. Foto propia.

Cuando Henya tenía quince años, asesinaron al esposo de su hermana mayor. Henya lo conocía desde bebé, y para ella y toda su familia ha sido un dolor impregnado en sus vidas. Su hermana sufre episodios de depresión complejos. Nunca pudo procesar el duelo por el afán de seguir adelante. Por eso, Henya decidió crear una obra que le permitiera a su hermana hacer una catarsis de aquel suceso tan doloroso. 

Yeison acababa de retirar dinero de un banco en Bogotá. Caminaba por las calles frías y grises de la capital, y estaba contento de al fin tener la plata para pagar el semestre de la universidad. Al llegar a una esquina, frente a una panadería típica de barrio popular, unos hombres se le acercaron e intentaron robarle el dinero que llevaba consigo. Yeison sólo pensaba en cómo pagaría su semestre si le robaban la plata, por lo que forcejeó con los delincuentes y se volteó hacia la panadería. En ese momento, tres balas lo alcanzaron y cayó dentro del local. “Lo más doloroso es cuando el señor de la panadería le dice: muchacho, levántese que me está espantando a la clientela. Pero él ya estaba muerto”, recordó Henya con un rastro de tristeza en sus ojos. 

Desde ese día trágico, Henya se preguntó: “¿Cuántas personas han muerto así en Colombia y a cuántos realmente se ha dado esa visibilidad que se da a otras muertes? ¿Por qué unas muertes valen más que otras? Mi hermana estuvo devastada mucho tiempo por la muerte de él y nadie bajó banderas de nada, ni nadie tuvo un día de luto. A ella le tocó seguir adelante como fuera porque qué pesar, pero siga. Ese fue mi primer impulso para escribir Balas Al Aire”. 

Yeison había sido desplazado del campo hacia la ciudad en Norte de Santander. Cuando llegó a Bogotá sufrió de discriminación y luego la misma violencia de la capital lo asesinó, a los 23 años. “¿Cuántas veces somos dueños realmente de nuestras vidas y cuántas vidas en Colombia han sido determinadas por la violencia, que ni siquiera les pertenece? Es algo que pensaba mucho, porque al final, si hacemos un resumen de su vida, ésta fue determinada todo el tiempo por la violencia. Una violencia en la que él no tenía nada que ver, porque él nunca fue parte de ningún grupo armado, porque él era un pelado super juicioso”.

Henya también lleva largo tiempo trabajando con mujeres de El Rodeo, en Jamundí. Son mujeres bailarinas desplazadas por el conflicto armado. Ellas le dijeron a Henya que querían compartir sus historias personales con otros, para que el olvido no siguiera siendo parte de sus vidas. A partir de la Fundación SAMA, también conoció a otras mujeres cantoras desplazadas por el conflicto armado, que conforman un grupo de canto en la Fundación Aprender, Crear y Crecer. Así, Henya mezcló la historia de su cuñado con la de las mujeres para crear la dramaturgia y la coreografía, acompañada de una ardua investigación. Leyó libros sobre el desplazamiento y el conflicto armado. “¿Pero eso por qué yo no lo veo en ninguna obra? ¿Por qué a mí no me lo están mostrando? ¿Por qué tengo que ir a una biblioteca y encontrar un libro por allá recóndito, escondido, para entender lo que está pasando en el país?”, fueron algunas de las preguntas que impulsaron su trabajo.

Henya Godoy, directora y creadora de Balas Al Aire. Foto propia.

Bailar para no caerse

A Henya le gusta aprender y enseñar, y se nota en su forma de hablar elocuente y en su dedicación férrea en los ensayos. A pesar de que el domingo que la visité en la academia Step By Dance –donde es profesora de Ballet– estaba enferma por un resfriado, habló conmigo por más de una hora sobre todo el proceso de creación de Balas Al Aire y practicó con su equipo una y otra vez la dramaturgia y los bailes que conforman la obra. Se notaba el cansancio en su rostro después de meses de investigación y preparación, y de casi una semana enferma, pero aún así entregó todas sus energías para que cada movimiento tuviera un propósito. 

Justamente uno de los propósitos de Henya con su obra es que cualquier persona pueda entenderla y sentir empatía hacia los personajes. “Una de las razones principales para crear una obra es que la gente pueda comprender sin la necesidad de tener todo un bagaje artístico de por medio. Yo siento que en Colombia hace falta mucha investigación de lo propio y de la cantidad de fracturas sociales que hay, que la gente todavía se niega a ver o a aceptar. Yo decía: ¿cómo desde el arte podemos generar este espacio de denuncia, de reivindicación? Desde allí empecé con esta idea de investigación”. 

Desde muy joven, Henya ha estado interesada en los temas sociales y en los derechos humanos, y desde que la conocí, cuando se acercó a Ciudad Vaga para presentarnos su obra a inicios de septiembre de este año, nuestras conversaciones siempre giran en torno a ello.  

Mientras tomaba su té caliente para recuperarse pronto de la garganta, me contó sobre el Colectivo Seremos: “tenemos varias líneas de investigación, como el trabajo con comunidades vulnerables y marginadas, porque a mí me parece muy ilógico seguirnos moviendo entre el mismo gremio, porque entonces la danza iba a ser lo mismo de siempre, en el colegio, en las escuelas, en la universidad o en la academia de danza. Como que son los únicos lugares en los que se habitaba la danza. Yo decía: pero bueno, ¿cómo descentralizamos estas metodologías y las llevamos a otras personas que puedan necesitarlo?”. 

Nuestros rostros empezaron a brillar por el calor de la mañana. Estábamos sentadas en una oficina grande junto a unas ventanas amplias pero cerradas, por las que se podía observar la avenida Pasoancho. Henya puso a funcionar un ventilador de suelo que sonaba como si estuviera pidiendo su jubilación. El cuarto contiguo estaba vacío, y se conectaba con la oficina a través de una puerta de cristal. Parecía un estudio de ballet. Al lado de este cuarto, había otro en el que estaban calentando los actores. Sus gritos y cantos acompañaban las palabras de Henya.

Actores de la obra «Balas Al Aire» en uno de los ensayos. Foto propia.

Henya fundó el colectivo hace más de un año. Es interdisciplinar e integra la danza, el teatro y la historia. Su objetivo principal es mirar el arte desde otra perspectiva, desligada del “show”, para construir un lugar más académico y teórico y que resalte la importancia de estudiar danza en Colombia, donde a menudo se ve como un hobby. El colectivo no solo trabaja en la creación de obras basadas en investigaciones, sino que también realiza proyectos comunitarios con mujeres desplazadas y comunidades marginadas. Otro de los objetivos de Seremos es ofrecer espacios de formación en danza a personas que no pueden pagar cuotas altas en academias, para facilitar el acceso a un espacio de formación de calidad que les permita entender otros lenguajes a través de sus cuerpos, más allá de lo competitivo. 

Entre alabaos y recuerdos 

– ¿Cuál ha sido la experiencia de vida que recuerdas con mayor alegría?

– Cuando nací – responde Honoria entre risas. 

Honoria Guerrero Michileno es una mujer negra, que lleva consigo una sonrisa incluso en su mirada más triste. Tiene más de sesenta años, pero sus cuerdas vocales son como las de una jovencita. Es de Olaya Herrera, un pequeño municipio de Nariño. En 2005 llegó a Buenaventura, y un año después a Cali. 

Tuvo nueve hijos. De ellos, sólo quedan vivos cuatro. Tres murieron por diferentes causas y dos fueron asesinados. Quince días después de llegar a Cali asesinaron a uno de sus hijos. Hace cinco años mataron al mayor. 

“Tengo muchos recuerdos, porque sea como sea los hijos de uno son los hijos de uno. Mis dos hijos que ya no están eran muy apegados a mí. Al primero que me mataron siempre me avisaba cuando iba a salir, y si yo no estaba me llamaba para avisarme. El otro, cuando se iba a acostar me llamaba para darme las buenas noches. O si yo no tenía plata para ir a tal parte él me decía que lo llamara que él me llevaba. Pero son experiencias que ya no tengo porque ya no los tengo a ellos”. Honoria aprieta con fuerza la guasá que tiene en sus manos.

Cuando Honoria llegó a Cali en el 2006, empezó a trabajar en casas de familia como interna y en restaurantes para poder darle un techo a sus hijos. Desde hace algunos años sufre de dolores en la columna, la rodilla y los brazos, y tras una cirugía intrusiva por la artrosis que se apodera de su cuerpo, no puede trabajar. Además, tampoco le han aprobado los medicamentos que necesita. Como gran parte de los colombianos, padece un sistema de salud ineficiente. Sus hijos le ayudaban en los gastos del hogar y en el cuidado de la casa. Cocinaban y la hacían reír. La distraían del dolor del desplazamiento. “Vivo así a la deriva, como dice el dicho, como un barco a la deriva”.

El canto es el velero que la guía. En su tierra natal, en cada esquina, se escuchan los alabados y los arrullos. Su padre y sus tíos eran compositores. Desde pequeña se crió con la música como un hobby más de la infancia, que la fue acompañando a lo largo de los años.

Pero los años también trajeron sus desgracias. El desplazamiento forzado de su hogar de toda la vida la obligó a dejar a la mayoría de sus hijos en Olaya, entre ellos una niña que sufre de una discapacidad. Solo pudo llegar a Cali con uno de sus hijos, que asesinaron a los 15 días. 

Honoria no visita su tierra hace veinte años, por temor a nuevas amenazas. Su hija ha ido a visitarla, pero por su enfermedad no puede hacerse cargo de ella y vive con unos tíos. 

Después de la muerte de sus hijos, Honoria no quería volver a salir de su casa. Se sentía enraizada a los recuerdos y al martirio de ya no tenerlos con ella. Una prima le insistió para que asistiera a unas reuniones con otras mujeres cantoras desplazadas por el conflicto, y después de casi rogarle, aceptó.

“Yo le doy gracias a Dios de que ella me trajo por acá, que siempre que uno se reúne y conversa, uno se relaja mucho” su sonrisa, natural en ella, se ensancha. 

El grupo hace parte de la Fundación Aprender, Crear y Crecer, ubicada en el barrio Omar Torrijos de la comuna 13. Honoria dedica sus días a la fundación, al canto, a sus nuevas amigas y a su emprendimiento de confecciones, que nació hace seis años. Se llama “Sábanas y Cortinas”. Empezó gracias a una beca que otorgó el Estado para personas desplazadas por el conflicto. Sin embargo, el dinero no alcanza y ha tenido que pedir préstamos en el banco. Antes vendía en grandes cantidades, pero ahora el negocio está estancado y no sabe cómo va a pagar las deudas que se le acumulan. 

A pesar de esto, cuando Henya le pregunta qué consejo o qué palabras le daría a una mujer que está pasando por una situación similar a lo que ella tuvo que vivir, Honoria sonríe y responde: “Que siga adelante. Que tenemos que pedirle a Dios que nos dé fuerza para seguir adelante porque hay otros hijos. Cuando yo me levanto y siento que no me puedo parar, me inclino y le pido a Dios: “dame fuerza”, y así logro comenzar el día”. 

Honoria es una de las cantoras de Balas Al Aire, y está emocionada por salir al escenario y expresar a otros su sentir a través de sus alabaos. 

Pacífica, uno de los personajes principales de la obra. Foto otorgada por Henya Godoy.

Balas Al Aire

Balas Al Aire se sitúa inicialmente en la zona rural, y luego se desplaza a la ciudad, con la intención de mostrar cómo es la readaptación y la violencia urbana. Toca temas de exclusión, clasismo y xenofobia. Es una sátira hacia una ciudad que se ha “agringado” y que se cree superior a otras, en palabras de la autora. “Yo quiero que la obra sea incómoda. Yo quiero que la gente se incomode porque el conflicto ha sido un tema incómodo para las personas que lo viven. Pero como siempre digo, si algo no me incomoda, entonces no me interesa. Yo quiero que la obra sea justamente esa representación muy incómoda de cómo ha sido el conflicto armado. La obra no es trágica, es una crítica y una sátira de cómo se ve el conflicto armado y cómo es la reacción de las personas que no lo viven ante él”. Cuando Henya me explicó esto, sentí la indignación en su voz. “Pero sobre todo, quiero que este sea un espacio de reivindicación a las mujeres que han vivido en carne propia el conflicto y no han tenido la oportunidad siquiera de procesar el duelo”.

El cuerpo deja de pertenecernos durante la guerra, y queda a merced de quien tiene las armas, el dinero, el poder. El cuerpo es golpeado, humillado, abusado, desaparecido y aniquilado. Se convierte en un botín de guerra. Pero también es un lugar de encuentros –con otros y con uno mismo–, un territorio de expresión y liberación. Aquel cuerpo ultrajado puede convertirse en un símbolo de resistencia, y a través del arte, como la danza y el teatro, se logra resignificar el dolor que ha dejado la guerra. El cuerpo es el personaje principal de la obra Balas Al Aire, que será estrenada el 8 de noviembre en el Teatro la Máscara, en Cali.