Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Familia Cortéz Valencia

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En La Buitrera no hay agua potable, tampoco hay acceso al acueducto para todos sus habitantes. Allí vive la familia Cortéz Valencia, una de las más afectadas por esas problemáticas. Son una familia unida y amorosa, pero dividida por la distancia y los problemas económicos. Ana sostiene a su esposo y a sus hijos y, al mismo tiempo, ellos la sostienen. La familia Cortéz Valencia sufre el desamparo del Estado, pero también el destino de una vida marcada por el dolor y la pérdida.

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Por: Rosana Hincapié

La vida que lleva doña Ana no sería la misma si su hijo Edwin siguiera vivo. “No estaría trabajando en esto”, cuenta, “él jamás lo hubiese permitido”.

Todos los lunes, miércoles y viernes se levanta antes de que pase el camión de la basura para separar residuos que se puedan reciclar. Le ayuda su hijo Jhon, quien sufre una discapacidad producto de una caída a pocos días de haber nacido, y su esposo José Félix, quien en su juventud fue marino. En su trabajo siempre utilizan guantes para evitar el contacto directo con la basura y visten ropa modesta, pero en buen estado. Jhon utiliza unas botas amarillas muy llamativas que, respaldadas por su sonrisa y sus ánimos constantes para trabajar, le dan un aire amigable y carismático. Es un hombre robusto y físicamente ágil, pero tratado como si fuera un chico por su dificultad para expresarse y poca habilidad con los números: para él la respuesta a todo es “ocho”, y de los números compuestos solo logra pronunciar la última cifra.

Félix es más bajo que Ana Isabel, pero igual de sonriente. Le extiende una bendición a todo el que pase y salude. Esto sucede con mucha frecuencia durante sus jornadas laborales, todos los vecinos conocen a la familia. Ana camina despacio, pero constante, le sigue el paso a Jhon. Siempre luce turbantes y vestidos de diferentes patrones que se extienden hasta debajo de sus rodillas. Comparte historias con su voz dulce, calmada y con un ligero acento del Pacífico, donde nació. Es cariñosa incluso al llamarle la atención a su hijo, quien a veces va un poco acelerado.

De camino a su casa, Jhon empuja la carreta llena de reciclaje, pesada y con una rueda que a veces falla, avanzando con cautela para que la montaña de residuos no caiga al suelo. El trayecto desde la casa de los Cortéz Valencia hasta el punto de desechos es de aproximadamente un kilómetro. No es muy largo si se hace una sola vez, pero pueden llegar a recorrerlo hasta seis veces en una sola mañana, por lo menos tres veces por semana. En ese tiempo recorren el equivalente a caminar todo Cali de sur a norte y, durante un mes, más de lo que implicaría darle la vuelta a la ciudad, aproximadamente 72 kilómetros.

La Buitrera es un corregimiento ubicado al suroccidente de Cali sobre las laderas de los Farallones. El recorrido que hace doña Ana, a pesar de la ardua labor, le resulta agradable. De las cosas que más le han gustado de vivir aquí es la tranquilidad. El camino está destapado, pero rodeado de árboles altos y frondosos que aportan frescura, pájaros de diferentes tamaños se escuchan cantar y el ruido de la urbe se olvida en la distancia. Al llegar a la entrada de la casa, disponen todo en un depósito que vacían cada dos o tres meses, cuando venden lo que han recolectado para así poder obtener su sustento. En los tres años que llevan viviendo aquí, lo máximo que les han dado en una venta ha sido $700.000, que corresponde a menos de la mitad de un salario mínimo mensual del 2025.

Con los ingresos que obtienen del reciclaje, la familia difícilmente lograría sostenerse. En la práctica, la supervivencia cotidiana es posible gracias al apoyo constante de sus otros dos hijos: Ana Victoria y Jhon Breinner, quienes les envían dinero cada mes para cubrir principalmente la comida y los gastos de transporte cuando deben desplazarse a la ciudad. Ana Victoria vive en Chocó y Breinner en Barranquilla, ciudad en la que residió la familia por mucho tiempo, de donde Félix es oriundo y donde conoció a su esposa. Además de esas ayudas, el hogar se sostiene a partir de trabajos ocasionales. Cuando surge la oportunidad, Ana hace aseo en casas o cocina para reuniones, aprovechando su habilidad para preparar comida de la costa, saber que conserva como herencia de su origen. A esto se suma el apoyo solidario de algunos vecinos que los conocen, los aprecian y, en ocasiones, les regalan dinero o alimentos.

Ambos hijos han formado su propia familia y cada uno tiene un niño pequeño. Sin embargo, Ana aún no conoce a ninguno de sus dos nietos: Jael, de dos años, y Samuel, de tres, pues no ha tenido la oportunidad de viajar para verlos en persona por primera vez. José Félix, en cambio, a veces logra desplazarse solo y sí ha podido visitarlos. Para Ana, dejar a Jhon no es una opción, y viajar todos resultaría económicamente inviable. La distancia es una presencia constante y abrumadora.

Ana está recién titulada del programa Yo te cuido y me certifico, una iniciativa del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) pensada para personas como ella, para quienes el cuidado es una tarea que lo atraviesa todo. El proyecto reconoce y certifica los conocimientos y habilidades que los cuidadores han adquirido a lo largo del tiempo, desde actividades básicas de la vida diaria hasta el acompañamiento emocional y social. Durante más de un año, asistió a encuentros virtuales y presenciales en los que evaluaron las necesidades de Jhon y también las suyas, mientras participaba en talleres donde aprendió nuevas formas de adaptar el entorno y las prácticas de cuidado a las particularidades de quienes están bajo su responsabilidad.

El certificado que obtuvo Ana representa un reconocimiento oficial de su experiencia como cuidadora, fortalece su hoja de vida y sus posibilidades de participación en futuros procesos laborales o servicios asociados al cuidado. Aunque durante el programa le señalaron la posibilidad de que con ese título en el futuro pudiera acceder a algún tipo de beneficio pensional o apoyo estatal (una idea que ella menciona con esperanza), no se encuentra información pública en las fuentes oficiales del SENA que confirme que este certificado otorgue directamente derecho a pensión o jubilación automática. La certificación, según la información disponible, no sustituye el sistema de cotización pensional obligatorio ni garantiza pensión por sí sola.

El hogar de la familia está cubierto con tejas de zinc, algunas nuevas y otras rotas, soportadas sobre palos de guadua. Las paredes son, en su mayoría, de tablas lijadas y bahareque, pintadas de blanco. El suelo de la casa es de tierra, a veces cubierto con superficies de cartón o alfombra, exceptuando la sala, que es de cemento, y el baño, que tiene algunas baldosas de cerámica. Cuentan únicamente con servicio de energía eléctrica, no hay agua potable ni conexión propia a internet, ambos facilitados de manera informal por una vecina. Para acceder al agua, la familia debe desplazarse hasta la casa de la vecina y llenar los recipientes que luego utilizan principalmente para cocinar. La conexión a internet, por su parte, es inestable y solo logra captarse en el exterior de la vivienda, en el punto más cercano a la casa de la vecina. Tampoco cuentan con sistema de alcantarillado (en la Buitrera solo hay en algunas zonas muy cercanas a la carretera principal), ni con servicio de gas natural. La preparación de los alimentos se hace con gas de pipa, y el inodoro debe vaciarse manualmente mediante baldes de agua que se llenan con la lluvia y se acumulan en el baño.

Durante la temporada de lluvias, la casa presenta serias dificultades estructurales. El agua se filtra con frecuencia tanto por el techo como por algunas paredes, lo que genera humedad constante en el interior, inundaciones en la sala y obliga a reorganizar los espacios para evitar que las pertenencias se mojen. Esta situación ya ha provocado daños en algunos objetos del hogar, como el único televisor que solía funcionar de los dos que poseen, el cual constituía el principal entretenimiento de Jhon fuera del trabajo y resultó afectado por las fuertes lluvias ocurridas pocos días antes de las fotografías.

En la cocina abundan electrodomésticos viejos y descompuestos, al igual que la acumulación de ollas, platos, cubiertos y otros utensilios, el espacio está saturado. Entre los enseres se encuentra una lavadora antigua, pequeña, pero aún funcional, así como numerosos objetos recolectados o reutilizados que dan cuenta de una lógica de aprovechamiento y conservación de todo aquello que llega al hogar. Cuadros, relojes o figurines cubren paredes y superficies; ropa, colchones y lámparas se lavan diligentemente y se organizan antes de ser almacenados.

En medio de esta acumulación, la alimentación ocupa un lugar central en la vida cotidiana y se organiza en función del trabajo y del esfuerzo físico diario. Don Félix exige un desayuno abundante antes de salir, pues lo considera indispensable para rendir durante la jornada, por esta razón, es la comida más importante del día para la familia. El almuerzo también es vigoroso para recuperar fuerzas después del trabajo, mientras que en la noche optan por una cena ligera, tal vez tostadas de plátano con huevo. A Ana no le gusta repetir en la noche lo mismo del almuerzo y prefiere guardar esas preparaciones para el desayuno del día siguiente. Jhon, por su parte, no es exigente con la alimentación, es tranquilo y paciente, siempre espera a que su mamá le sirva, sin insistencias ni reclamos. A la familia le gusta especialmente el pescado y los mariscos, presentes en las comidas siempre que se lo pueden permitir. Es lo que más extraña Félix de la Costa y, cada vez que viaja, regresa con una nevera llena de su pescado favorito y de camarones.

La casa fue construida por la propia familia, de manera gradual y con los recursos disponibles. Algunos meses después de llegar a La Buitrera, lograron comprar el lote donde hoy se encuentra la vivienda. Antes de eso, se alojaron con una sobrina de don Félix, quien accedió a que permanecieran en un cambuche sobre el suelo, cerca del río. Tras diversos conflictos con la sobrina, y en medio de la incertidumbre, se les ofreció la posibilidad de adquirir un terreno muy cerca, de 288 metros cuadrados, por un valor de 15 millones de pesos. Esta suma aún no se ha saldado en su totalidad, y actualmente la familia adeuda alrededor de cuatro millones.

Son abundantes las sillas plásticas de color amarillo, las cuales fueron de las pocas cosas que viajaron con ellos desde Barranquilla, cuando la familia decidió migrar como consecuencia de la delincuencia común, las extorsiones y los homicidios. José Félix alcanzó a pagar una “vacuna” de un millón de pesos producto de la extorsión. Esa fue la gota que colmó el vaso. Las amenazas constantes y el miedo de no poder proteger a su familia los obligaron a abandonar Barranquilla. La casa que habían construido allí quedó al cuidado de su hijo Breinner, quien aún la habita. Esa casa está ubicada junto a la carretera en la ampliación Barranquilla – Santa Marta y la familia espera que, en algún momento durante el próximo año, el Estado se ofrezca a comprarla. Con esa promesa, y con lo poco que pudieron llevarse, llegaron a La Buitrera. Las sillas se utilizan en el desarrollo del culto a la fe cristiana que Ana adquirió tras la muerte de su hijo Edwin, pues él era cristiano y siempre quiso que ella también lo fuera. Su creencia la ha ayudado a soportar el duelo, manteniendo la esperanza de que su muchacho se encuentra en un lugar mejor.

Cuando a Edwin José le diagnosticaron cáncer de pulmón tenía 28 años y estaba en quinto semestre de Lenguas Extranjeras en la Universidad del Atlántico. Llevaba varios días con un malestar y, cuando por fin fue al médico, le realizaron varias pruebas; a los pocos días lo llamaron para darle la mala noticia. La enfermedad avanzó agresivamente, fueron pocos meses de internamiento. Los médicos le dijeron a Edwin que ya no había nada qué hacer, pero él exigió que no se lo dijeran a sus padres, intentando protegerlos del dolor. Ana creyó hasta el final que su hijo estaba mejorando y que por eso lo enviaban de regreso a casa. Edwin había perdido la capacidad de moverse, hablaba poco y comía menos. Un día tuvo un episodio similar a una convulsión: intentaba decir algo, pero Ana no lograba comprenderlo y llamó a Félix para que la ayudara. Ella le preguntaba qué le pasaba y él intentaba hablar, sin lograrlo, hasta que dio su último suspiro en los brazos de su padre.

Edwin era protector, atento, de palabra suave como su madre y adoraba a su hermano Jhon. Le gustaba estudiar y hacer deporte, hizo muchos amigos que hasta el día de hoy se preocupan por llamar a doña Ana y le cuentan sobre sus vidas. Soñaba con terminar la universidad y ayudar a sus padres a vivir con más tranquilidad. Era un joven cuidadoso que pensaba antes de hablar y buscaba el bienestar de su familia. Tras su muerte, la casa en Barranquilla se sintió demasiado grande. Ana pasaba los días mirando sus fotos y llorando; era lo único que hacía. Sus otros hijos, preocupados por su estado emocional, decidieron deshacerse de todas las fotos de Edwin. Hoy no queda ninguna imagen suya en la casa, ni siquiera en su celular, solo los recuerdos que su madre conserva y las oraciones que le dedica todos los días para no olvidarlo.