“Sólo hay una manera de poner término al mal, y es el devolver bien por mal.” — León Tolstói
Pasaron varios meses y volvimos a hablar de Trujillo. Ya se había acomodado en lo profundo de la memoria, en lo más recóndito, hasta perderse con el olvido en el inmenso laberinto que todos tenemos al interior de la cabeza. El deber nos exigía escarbar, volver sobre aquello que nos conmovió o interesó en esta esquina del mundo, tan cercano a la capital vallecaucana. Apuntes y fotografías refrescaron lo que entonces había sido el recorrido, pero nada seducía la atención, nada atraía el interés ni mucho menos la agudeza mental.
Hasta que llegó una fotografía realmente curiosa. De ella destaca un árbol acabado por los años, atrás la iglesia del parque central, pero a los ojos inquietos no se le escapa nada. Un letrerito que reza Prohibido olvidar. La memoria transforma el dolor en esperanza, la muerte en vida, la impunidad en justicia. Elegimos hablar de la memoria y aún no sabemos precisamente por qué. Quizá fue por la magia de las pequeñas cosas dentro de la fotografía o porque la memoria había vuelto a ser tema de discusión en la mente gracias a la instantánea.

Memoria y olvido. Hablar de una significa hablar de la otra. El olvido suele aparecer en pequeñas dosis, pero corre el riesgo de volverse crónico y adquirir un valor destructivo y degenerativo. Es ahí cuando se convierte en amnesia, un malestar que resulta más colectivo que individual.
La amnesia colectiva en un país como Colombia no es un mero desfase en el calendario, es el borrón silencioso que facilita la repetición de la violencia. Cuando olvidamos sistemáticamente las violaciones de derechos y silenciamos a las víctimas, construimos comunidades anestesiadas, incapaces de reconocer el dolor ajeno como propio. Esta indiferencia organizada crea un espacio donde nuevas masacres encuentran suelo fértil para germinar.
Estos terrenos favorables para la indolencia humana encuentran una semilla más para la anestesia colectiva. Aquí vamos con el ganador de la lotería: el descarado tratamiento de la memoria del que se jactan los medios de comunicación. Una combinación de factores que se encargan de enterrar metros bajo tierra la narración digna de las historias del conflicto armado en Colombia. Desde la revictimización hasta la construcción de una desmemoria y anti-memoria.
En este caso “Desmemoria” a pesar de no ser un término del que exista una definición oficial, se refiere a un fenómeno cultural que afecta el plano político, social y mediático. De forma más precisa, es una estrategia cultural, política y mediática usada para impedir la elaboración crítica del pasado.
La socióloga argentina Elizabeth Jelin en su texto “Los trabajos de la memoria” amplía sobre el término, partiendo de que la memoria no opera como un acto pasivo, sino que se articula como un ejercicio constante entre distintos actores sociales. Cada adversario impone su verdad o versión del pasado en medio de esta disputa por el silenciamiento.
“No se trata de que la memoria ‘no esté’ o ‘falte’, sino de que está constantemente siendo construida, seleccionada, legitimada o deslegitimada. Hay luchas por el sentido del pasado. Las políticas de la desmemoria operan cuando ciertos sectores buscan imponer el silencio, la negación o la banalización del pasado traumático.” — Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria, 2002.
Decimos que no es únicamente desmemoria, comprendiendo que lo único que se narra es la verdad absoluta; es anti memoria porque aparte de excluir unos hechos frente a otros trae consigo un peso negativo, contrario a una historia más digna sobre los hechos. En ese sentido, los tratamientos de la anti-memoria no cumplen con ser el vehículo que permite el esclarecimiento de los hechos violentos, ni mucho menos la dignificación de las voces de las víctimas.
Esta anti-memoria, que aquí se propone como una respuesta a la desmemoria, no surge desde el panóptico de quienes dictan la versión oficial de los hechos. Nace, más bien, desde abajo; es decir, de las experiencias del colectivo popular, donde los crímenes de odio no son una estadística, sino una herida abierta. Son los actos excluyentes entre clases sociales, aquello que le heredan a sus hijos. Debe entenderse como las consecuencias de la desmemoria entre las audiencias.
Los ecos de Trujillo no deberían apagarse con el tiempo, su comunidad se ha encargado de ello con los rituales que mantienen en pie la memoria: el Parque Monumento, las peregrinaciones anuales y los trabajos de memoria realizados por AFAVIT. Sin embargo, la falta de conmemoraciones activas y pedagogías críticas que vayan más allá del territorio afectado han tejido un velo de olvido sobre sus protagonistas. Esta forma de impunidad lleva a que la sociedad colombiana corra el riesgo de normalizar el horror: la ausencia de relatos compartidos diluye la empatía y legítima nuevos crímenes. Romper este ciclo exige rescatar la memoria como acto político y devolverle a cada víctima su lugar en el espacio sensible que todos habitamos.

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Los medios de comunicación tienen un papel crucial en la construcción de la memoria colectiva únicamente por su capacidad masiva de comunicación, sino también porque forma parte de los ejes que componen la memoria histórica. Archivos de registro como piezas radiales o televisivas terminan convirtiéndose en parte del material que, en algún futuro, será leído como fragmentos de la historia que marcó una nación.
En Colombia, buena parte de los medios se han convertido en curadores de la sensibilidad pública, muchos deciden qué actos violentos merecen un “minuto de indignación” y cuáles pasarán como una nota al pie. Fracasan en lo que debería ser una obligación inherente al acto de informar: contribuir a la construcción del pasado a través del vínculo entre comunicación y memoria. Se venden al mejor postor, alimentan el archivo de historia con las primeras planas que siguen las agendas que le importan a un par y que se olvidan del todos, ese que constituye a un país de más de cincuenta millones de habitantes. Se encargan de edificar la antimemoria que se instaura en el colectivo, ese que piensa solo con lo que los medios dicen. Nos obligan a recordar y a olvidar lo que ellos quieren; como el refrán de “a rey muerto, rey puesto”, los medios de comunicación condicionan la memoria histórica del país, generan imaginarios colectivos, realidades sesgadas y manipuladas. Aprovechan la vulnerabilidad de un pueblo que olvida y acepta, como un abrazo cálido, la manipulación de la información y de las formas de contarla. No narran la otra historia, esa que representa el cara y sellazo donde todos escogen cara y nadie sello; o en otras palabras moldean una realidad que pierde su visión crítica. Cometen mala praxis informativa, lo que conduce al punto final de la antimemoria.

Y es que resulta lógico afirmar que los medios ocupan un lugar destacado en la labor de levantar columnas dentro del edificio de la memoria colectiva; por consiguiente —como acto de justicia— es imperativo afirmar que en Colombia, muchos de ellos no cumplen con una labor sincera de construcción de memoria. Y si la comunicación, como un acto profesional y humano, tiene el deber de hacer valer lo que no se cuenta, y si es la memoria la que le da sentido a la comunicación, ¿por qué los medios adoptan un papel selectivo en esa tarea?
En la distribución de lo sensible de Rancière, “lo político” emerge cuando cuerpos y voces marginadas irrumpen en la esfera común; sin embargo, la insensibilidad opera como una barrera que expulsa a las víctimas de ese escenario compartido. Rancière plantea que la política verdadera comienza cuando los excluidos logran hacerse visibles e imposibles de ignorar, cuando se hacen un lugar al interior de la institucionalidad.
Rancière podría mirarnos a la cara y decir, con un par de palabras desalentadoras, “oiga, esta es una forma de reparto de lo sensible”. A partir de él, la política del dolor se define por lo que se muestra y se calla. Aquello que tiene un lugar dentro de lo que podemos definir del común (lo que es de todos). Basta recordar cómo, durante las masacres del 2020 en el Cauca y Nariño, algunos noticieros como Noticias Caracol apenas dedicaron unos segundos al tema, sin dar voz a los líderes comunitarios ni explicar el entramado de intereses tras esos crímenes. De forma similar, el cubrimiento de las protestas del 2021, durante el Paro Nacional, se centró en las vitrinas rotas, mientras invisibilizaba los testimonios de las víctimas de abuso policial. Benjamin advertía que la “estetización de la política”, cuando se combina con la lógica del espectáculo, produce imágenes de violencia que no invitan a pensar, sino a consumir el horror como un producto más: planos cerrados de cadáveres, titulares con cifras frías y cero contexto histórico. En ese escenario, el riesgo es evidente: una sociedad que solo recibe flashes de violencia, sin memoria, termina anestesiada frente al dolor ajeno. Y ni hablar de los demás temas donde los medios se la juegan a guionistas, con casos más recientes como “la cuantiosa deuda del Estado con las EPS”.
Lo que para Rancière es una exclusión del reparto de lo sensible, para Benjamin es una estetización del dolor: ambas dinámicas despolitizan el sufrimiento y lo convierten en ruido.
Tan amarilla y deseada como una Póker en un día caluroso resulta una noticia cruda y visceral al medio día, justo antes o después de arrimar del colegio. Una receta típica y cochina que nos han servido los medios de comunicación desde antaño, del infante hasta el anciano. Y como nos dicen cuando andamos con resabio: al que no le gusta el caldo, le dan dos tazas.
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La masacre de Trujillo (Valle del Cauca), ocurrida entre 1986 y 1994, es un ejemplo doloroso de cómo los medios han fallado en construir una memoria crítica. En su momento, varios noticieros y periódicos cubrieron los hechos con un tono ambiguo, de forma marginal, usando un lenguaje vago y eufemismos que diluían la responsabilidad estatal y evitaban señalar a los verdaderos responsables. Un ejemplo claro fue la manera en que El Tiempo, en sus escasas notas de los años 90, se refería a los hechos como “enfrentamientos” o “acciones de grupos armados al margen de la ley”, borrando de tajo el rol activo de miembros del Ejército y la Policía Nacional, y sin nombrar con claridad la complicidad entre paramilitares, narcotráfico y estos mismos agentes de seguridad nacionales, en la tortura y asesinato de más de 340 personas.
El asesinato del sacerdote Tiberio de Jesús Fernández Mafla, por ejemplo, fue reportado como un “hecho aislado” en lugar de denunciar el patrón sistemático de violencia contra líderes comunitarios y religiosos. Incluso hoy, a pesar del trabajo incansable de AFAVIT y del Parque Monumento a la Vida, el eco mediático sobre Trujillo aparece solo en fechas conmemorativas, reduciendo la memoria a notas esporádicas sin un contexto histórico profundo. Esta narrativa fragmentaria, diría Rancière, deja fuera del espacio sensible las voces de las víctimas, mientras que, para Benjamin, esta despolitización del dolor lo convierte en una imagen de consumo, en lugar de un motor de conciencia colectiva.

La voz de las víctimas fue silenciada durante más de una década, y fue solo hasta 1995, cuando el sacerdote Javier Giraldo denunció los crímenes ante instancias internacionales, que algunos medios empezaron a hacer una cobertura más comprometida, aunque aún limitada. Sin embargo, incluso después del informe de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad en 2022, que volvió a poner el caso de Trujillo sobre la mesa, la respuesta mediática fue tibia. No hubo especiales de investigación de profundidad, ni primeras planas, ni jornadas de reflexión. Trujillo sigue siendo una nota olvidada en el archivo de la historia oficial.
Los medios continúan invisibilizando los hechos de violencia que quedan opacados por otros de “mayor” impacto, aquellos que concentran la atención de la opinión pública. En lugar de profundizar en los patrones estructurales del conflicto, los medios priorizan los atentados terroristas y las masacres mediáticas. Durante la década de violencia en Trujillo, los medios dieron mayor relevancia a la lucha contra el narcotráfico y a las primeras pinceladas del paramilitarismo en Colombia, mientras que la masacre fue presentada como un conjunto de hechos aislados y dispersos. Permitiendo que se consolidara una narrativa generalizante que minimizó un problema sistemático que azotó durante diez años a un territorio abandonado.
Esta omisión selectiva no es casual; forma parte de la maquinaria de anti-memoria que los medios de comunicación sostienen con firmeza. Cuando se decide que la muerte de una comunidad entera no merece más que un recuadro pequeño en la página de sucesos, lo que se está haciendo es definir —con violencia simbólica— quién merece duelo y quién no. Se convierte en una forma cruel de decidir qué vidas son dignas de ser lloradas y cuáles no merecen ni ser nombradas.
Esta anti-memoria no solo dejó heridas abiertas para las víctimas que vivieron de primera mano el dolor del conflicto y del olvido en tiempo real por parte de la sociedad, sino que afectó al proceso de transmisión de la verdad y de la memoria. Trujillo y su historia han sido silenciados y relegados al olvido común.
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Los tiempos cambian, sí, como quien vuelve a sembrar después de un terreno regado en lágrimas y sangre. De la misma manera, muchísimas narrativas han ido conociendo el sol cual cigarra tras años bajo la tierra. Afortunadamente este presente se preocupa por el florecimiento de las verdades, aunque algunas aún sean silenciadas. Hoy, con redes y archivos abiertos, tenemos más herramientas que antes para disputar la memoria a los grandes medios. ¿Cómo construir narrativas duraderas?, ¿cómo mantener las tradiciones que valorizan la memoria colectiva?, ¿Cuánto más resistirán estos pies que cultivan el alimento del país y cargan con siglos de exclusión?
Si la memoria es nuestro velero, el reconocimiento es el viento que lo impulsa. Sin él, quedamos a la deriva en mares de amnesia. Nos toca fijar norte: prácticas cuidadosas, escucha de las víctimas, archivos vivos, pedagogías que incomoden. Primero ganarnos el reconocimiento entre nosotros; luego, pelear —aunque sea con las uñas— contra quienes se anclaron en el poder y prefieren el olvido.
Parte del viaje es mantenernos lejos de la narrativa amañada que fabrican ciertos medios: selectiva, despolitizada, cómoda para la indiferencia. Cada destello de sensibilidad que despierta en las comunidades es ya un acto de resistencia frente a esa antimemoria.
Claro está, mantenernos lejos de la narrativa amañada producto de la intervención mediática también es un deber. Al menos de quienes empiezan a despertar, o alcanzan pequeños destellos de sensibilidad. Poco podrían hacer quienes sobreviven, a pesar de que luego puedan con ello y mucho más.
¿Sensibilidad o sugestión? No sé concretamente bajo cuál sentimiento se habrán envuelto los pensamientos luego de pasar una mañana y una tarde en el Parque Monumento, pero terminar hablando de ello —a pesar de todo lo que falta— es un acto para colmarse de indignación, dolor y esperanza.
Finalmente, es imperante el cuidado y la preservación de la vida. Por si no le queda claro: porque cuando llora una madre por un hijo mutilado, tiembla toda una tierra; cuando sangra un hermano, las venas del suelo estallan de dolor. Porque cuando torturan y asesinan; la sangre que riega nuestros campos envenena el mañana, apaga la alegría en los ojos de las infancias y traiciona el trabajo de nuestros abuelos. Prohibido olvidar.
