Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

EL MIGRANTE, EL NARCO Y EL CRISOL

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Desplazamiento, narcotráfico y mestizaje: aristas de una misma ciudad. Mirada a un pasado latente. Hoy Cali muestra las marcas de décadas de migraciones masivas y asentamientos, de tiempos conflictivos con dinero líquido ilegal, y de una cultura que, a fuerza de cambios, se empieza a resquebrajar, a fundir su forma tradicional de imaginarse.

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Por: Redacción Ciudad Vaga

Desplazamiento, narcotráfico y mestizaje: aristas de una misma ciudad.

Mirada a un pasado latente. Hoy Cali muestra las marcas de décadas de migraciones masivas y asentamientos, de tiempos conflictivos con dinero líquido ilegal, y de una cultura que, a fuerza de cambios, se empieza a resquebrajar, a fundir su forma tradicional de imaginarse.


Por: David Moreno, Oscar Marino, Natalia Jaramillo, Carolina Mora y Grace Polanía 

Un joven hincha muerde la camisa de su equipo como si su vida dependiera de ella. La suya y la de 35 mil personas más junto a él, vestidas de rojo y blanco, con gorros, trompetas y banderas donde ondean diablos con balones. Es una noche agitada del 18 de diciembre de 2011 en Cali. En el Estadio Pascual Guerrero un silencio expectante recorre las tribunas ante un penalti que para muchos marcará la historia… Cuando el balón entra en la red, la multitud roja se desfigura. En el instante en el que el hincha suelta la camisa mordida y se recubre la cara, hay un padre de familia que a su lado, en su propio desconcierto, consuela el llanto desesperado de su hijo. ¿Quién podría hacer entender la realidad de que el América de Cali, el equipo más antiguo de la ciudad, estaría irremediablemente en la B? El joven sale del estadio con sus amigos y se sumergen en las calles en busca de un taxi que los lleve lejos de allí, de ese sentimiento que muchos compartieron, también, en las casas y apartamentos cuando apagaron la televisión. El sentimiento de que algo había cambiado por completo en las últimas décadas.

Esta no es una historia de fútbol, es una historia de cambios. De una ciudad que se ha transformado a lo largo de 60 años: un relato sobre sus pobladores migrantes y su economía agitada, sus espacios transformados y su identidad en quiebre y fusión.

El Migrante

Con el despertar del día las montañas de Cali abren los ojos. Quien desee entender la historia de esta ciudad tendría que mirar sin duda hacia sus laderas. Cali, ciudad de migrantes. En las montañas las torres de electricidad son como guardianes de acero que atraviesan la cordillera, surcando el cielo con cables y capturando cometas perdidas. Para muchos siguen siendo, tras 60 años de migraciones, las puertas de la sucursal.

A las 10 de la mañana en El Árbol, asentamiento del Alto Nápoles en el suroccidente de Cali, tres jóvenes en pantaloneta y gorras se acomodan junto a sus casas de polisombra, observan allá en lo bajo la planicie urbanizada y el smog gris que difumina los límites de una ciudad de más de dos millones de habitantes. Diez metros hacia atrás un niño sin camisa y en chanclas azules, con un salto convierte en arco de fútbol la base de la torre de electricidad, alrededor de la cual su familia y vecinos han construido sus casas. Desde el cielo sin nubes, un “moto-ratón” luce como un punto que deja una estela de polvo mientras recorre los caminos sinuosos del Alto Nápoles: cruzará Meléndez y Los Chorros, Pampas del Mirador y Las Palmas; y parecería, al verlo avanzar sobre caminos rodeados de casas de ladrillo, tierra embarrada, perros, ferreterías y tiendas de misceláneas; el espacio no podría soportar tal congestión. Y sin embargo, la soporta.

Bajo los caminos por donde el moto-ratón sube y baja transportando pasajeros, un yanacona robusto acomoda su asiento de madera frente a su casa y contempla el paisaje. Su nombre es Bonifacio Correa Palechor y su vida en Cali es una crónica de ciudad que se ha repetido durante décadas.

Es un hombre de pelo corto y negro con ojos oscuros y un tono parsimonioso: se toma tiempo cuando habla. Luce una camisa del Barça y una pantaloneta de dril azul claro. Se desespereza bajo la sombra de su casa, hecha con techo de zinc y paredes de esterilla. El calor inunda la tierra. Frente a él, de repente, pasan dos niños con una cometa de papel periódico: ante todo, Bonifacio no está solo. Dentro de poco despertará su esposa, María Emérita y sus hijos, Leidy Isabel, Yenni Yohana, Norbey Andrés y Anuar Stiven. En algunas horas despertarán otros familiares que viven en las casas de la misma cuadra. Hoy es domingo y Bonifacio está contento por el buen clima. Es día de minga y en algunas horas, algunas de las 45 familias de este asentamiento Yanacona se reunirán para terminar de instalar un fragmento del acueducto comunitario.

Llevan muy poco tiempo en esta ciudad. Cada vez que Bonifacio observa el panorama de Cali desde lo alto de la ladera, siente una extraño sentimiento, amalgama de satisfacción y melancolía. Recuerda los paisajes montañosos a los que se acostumbró durante 39 años en La Vega, municipio al sur del Cauca; allá se quedaron sus tiempos de niñez, la memoria de su juventud y una vida estable.

En el 2008, los Correa Palechor escaparon de sus tierras en el corregimiento de El Diviso, en La Vega. Fue un tres de marzo a las siete de la noche. Varios hombres del Frente 13 de las FARC. Consigna clara: o dejaban que los muchachos se fueran con ellos, o se iban todos de El Diviso o se morían. 221 kilómetros separan el sur del Cauca de Cali. Para los Correa Palechor fueron dos horas y media a pie por caminos de herradura, 45 minutos en jeep, tres horas en taxi y tres horas en bus. 21 kilómetros son un sendero que los convirtió en desplazados y que no sólo ellos recorrieron. Al mismo tiempo, centenares de familias indígenas campesinas de municipios aledaños como Sucre, huían ante la difícil situación laboral que empobrecía sus condiciones de vida.

Faltan quince minutos para la una. En la zanja recién creada, Bonifacio evalúa, junto a Ciro Palechor, cómo unir los tubos de PVC. A su lado esperan indicaciones un grupo de 12 vecinos en pantalón de jean salpicados de tierra con sus respectivas palas, entre ellos Juan Sánchez. Tiene 59 años y conoce bien los campos de La Vega, allí trabajó en numerosas mingas como aquella de la cual hoy participa. Sabe cómo es vivir allá. Hace dos meses estuvo de visita y la cosas no han cambiado: el pago por el jornal es entre seis y siete mil pesos por trabajar entre las ocho y las cinco de la tarde; totalizan cada mes alrededor de doscientos mil pesos, la mitad del costo de vida de una familia promedio de la zona. Desde hace 30 años, con la aparición del negocio del narcotráfico, los cultivos legales se desvalorizaron a tal punto que el único trabajo sustentable para las familias del sector fue la venta de la copa de goma de amapola. No sólo Sánchez en la comunidad es consciente de que hoy, 500 gramos de ulluco, que tarda 13 meses en crecer, se pagan en algunos corregimientos de La Vega a 400 pesos, a 500 pesos la libra de trigo y el atado de cebollas y a 200 pesos la libra de papa. Sólo el bulto de abono de cuatro arrobas 10301 de ABACOL para cultivar este tubérculo llega a costar cuatro veces más que el bulto de papas cosechadas: las cuentas no resisten la subsistencia.

Para 26 de las 45 familias del asentamiento que llegaron a Cali en busca de mejores empleos, en su condición de campesinos la decisión ya estaba tomada ante la elección entre el cultivo ilegal y el legal. Pero la decisión de desplazarse del campo quedó zanjada cuando la intervención estatal consistió exclusivamente en la erradicación y fumigación de los cultivos ilícitos, y en la persecución a sus cultivadores. Patricia Palechor recuerda muy bien además, a sus 24 años, la ausencia de propuestas de desarrollo económico alternativo del gobierno.

Los Correa Palechor y varias familias del actual asentamiento comprendieron, una vez en Cali, que la estabilidad económica no estaría asegurada. Al incorporarse al 53% de la población caleña que actualmente vive en estratos uno y dos, los yanaconas entendieron que pagar un alquiler podía ser un fardo económico insostenible.

Un día le llegó una noticia a María Emérita: “El hijo mayor y mi esposo estaban trabajando en construcción, cuando un sobrino me dijo: tía, venga para allá por el lado de Las Palmas que van a hacer una reunión. Que van a invadir unos lotes”. No fueron los únicos que se enteraron. Entraron a los predios de Las Minas bajo la lluvia de una noche, a mediados de 2009, para dar inicio a un asentamiento que ya cumple cuatro años. En este tiempo se han presentado litigios con la Alcaldía y la Policía, comunicados de desalojos y acciones de tutela, búsqueda de apoyo en partidos políticos y asesorías con las empresas municipales para resolver el abastecimiento de los servicios básicos. Han sido años en los que los indígenas han conservado sus prácticas políticas tradicionales: han conformado un comité organizador y cada mes se reúnen en asambleas; han obtenido fondos a través de festivales y han convertido el monte, de minga en minga, en decenas de ranchos, callejuelas semi-pavimentadas, sistema de acueducto y alcantarillado. No obstante, traspasadas las puertas de la sucursal, al recién llegado le aguarda no sólo el desalojo impredecible sino también el impredecible resultado laboral de cada día.

Rosa Amelia Zamorano se preocupa. Varios kilómetros hacia el centro de la ciudad, mientras los yanaconas en la montaña finalizan su minga, hay una mujer muy delgada de piel oscura y cuarteada, de labios frágiles y morados, de rostro opaco y envejecido que vende guarapo cerca de la estación del MIO de San Pedro. Espera, simplemente espera. “Ahí uno va viendo”, dice. No se hace mayor ilusión. Intenta conseguirse cada día entre 15 y 30 mil pesos para vivir ella y su hija Maryuri Condomí de 13 años. Y su hijo Ambrosio de 11. Y su hijo Juan Carlos de 18 con su esposa Jaqueline de 17. Y su hijo Robinson de 20, con su esposa Alba Lucía de 15. Tal vez le alcance, tal vez no. “Si Dios quiere…”, susurra. Una mujer de 44 años en los límites de la resignación, sabe que aguardan por ella en los límites de esta ciudad, en la frontera suroriental.

Hoy como ayer, cuando acabe la venta, Rosa Zamorano tomará el MIO y regresará al oriente donde a lo largo de las últimas seis décadas esta ciudad se ha extendido. A través de la ventana, Rosa observa en un mutismo gris un paisaje que variaría muy poco si recorriéramos desde la Ciudadela Floralia, en la comuna 6, al nororiente, pasando luego las tres etapas de Alfonso López, Manuela Beltrán, Pízamos II, El Vergel, la Unión de Vivienda Popular y El Vallado en la Comuna 15. El bus transita junto a calles estrechas con postes de luz que sostienen enredaderas de cables de electricidad; cuellos de andén pintados con franjas rojas, blancas y verdes de las últimas navidades, y que acompañan las imágenes descoloridas de Papá Noel o los escudos de equipos de fútbol tatuados en el asfalto. En las esquinas los parches de pelados y peladas hablan y escuchan reggaetón en sus celulares. Algunos niños juegan fútbol o rebote uno contra las paredes junto a casas de dos o tres pisos en ladrillo sucio, conectados por escaleras de caracol. De varios pisos para que cada generación de la familia esté cerca de los padres. En ladrillo sucio porque los acabados son siempre lo más caro… En el portón de las casas, normalmente con altas rejas para evitar los ladrones, los vecinos y vecinas, de pie, conversan y chismosean mientras ven cómo el día cambia de color, cómo la vida pasa en la calle, ya que ante todo la calle es eso en los barrios populares de Cali: el punto de encuentro, el medio de comunicación, la sala, la vida diaria.

Rosa desciende frente al colegio Santa Isabel de Hungría junto al barrio El Recuerdo. Pero ella no vive en El Recuerdo. Justo a un costado, en un espacio donde los mapas municipales sólo muestran terrenos de cultivos y humedales, está el sector de invasión Brisas de Comuneros con más de 30 años de historia. Alrededor de 800 familias están distribuidas en cinco sectores, entre los cuales está Chile, la zona hacia la cual se dirige Rosa Amelia. No sabe que el camino hacia su casa es un retorno a lo que en algún instante fueron muchos de los barrios del oriente de esta ciudad. Desde mediados del siglo pasado, fruto de la confluencia entre desplazamiento por bandolerismo político y económico, y el mito de fácil adquisición de vivienda, miles de hectáreas fueron urbanizándose especialmente entre los años 50, 60 y 70. El resultado de invasiones y urbanizaciones “piratas”, de la actividad constructora de cooperativas y de asociaciones de vivienda popular. Según el historiador Edgar Vásquez, esto se dio por “la afanosa actividad de entidades públicas (Instituto de Crédito Territorial, Invicali, Municipio) para atender las necesidades y demandas de tierra y vivienda por parte de los sectores sociales marginados y las clases medias, debido a la inexistencia de una política de tierras que reservara áreas del suelo urbano para afrontar la expansión ilegal o irregular de la ciudad”. Rosa llega a Chile. Pero ella es del Charco, Nariño y hace dos años no puede retornar.

Una mujer en el borde de la ciudad, con la mirada triste —como si todo el tiempo estuviese al borde del llanto—, camina junto al caño que rodea el asentamiento. A su lado, kilómetros de cultivos de caña de donde ella y sus vecinos consiguen los insumos para el guarapo. Más allá, muy a lo lejos se ven altos edificios de las unidades residenciales estrato cinco de Valle del Lili, dispuestas al sur de la ciudad. Con los pómulos hundidos bajo ojeras pronunciadas, Rosa ve su casa de 32 metros cuadrados hecha de paredes de costal, deshechos y lona; de suelo en cemento y barro, de láminas agujereadas. Todo al lado de una escombrera donde transitan los recicladores y sus carretas. Dentro de la casa, en uno de los cuartos, su hijo de 18, desmovilizado hace dos años de los grupos paramilitares de las cercanías de El Charco, yace en su cama sin uno de sus brazos, le fue amputado. Hace mes y medio un disparo lo desplomó a esa condición en un tiroteo entre la banda de la que hace parte y la de Haití, el sector aledaño, durante uno de los tantos enfrentamientos por la lucha territorial. Rosa Amelia Zamorano cambió dos veces de barrio antes de llegar a Chile; hoy, en medio del conflicto, está buscando la manera de mudarse. Tal vez sí, Tal vez no. “Si Dios quiere…”, susurra en la oscuridad de la cocina.

Uróboros. La serpiente que se muerde la cola. El esfuerzo eterno, la lucha perpetua, el esfuerzo tal vez inútil porque el ciclo vuelve a comenzar una y otra vez. Siloé hoy de blanco en espera del Metrocable, Terrón Colorado de fachadas multicolores, ambas visibles desde el cerro donde Bonifacio se reposa, parece que le hablaran, que le dijeran que ya saben hacia dónde se dirige. Uróboros. El esfuerzo eterno lo han vivido caucanos, huilenses, chocoanos, nariñenses, tolimenses, caqueteños, putumayenses, antioqueños y caleños mismos, tras las puertas de la sucursal. En una ciudad que para 1996 sólo la tercera parte de su población era nativa, contar su historia es narrar sus migraciones. 50% de la tasa de crecimiento poblacional entre 1945 (200.000 personas) y 2013 (2.300.000) corresponde a ese movimiento migratorio.

Pero eso no lo saben Bonifacio ni Rosa Amelia, como tantas cosas que desconocen de esta ciudad en la que están, a fuerza de todos los días, haciéndose ciudadanos. Así como muchos no conocen la historia de ellos, ellos poco saben de la historia de esta urbe serpentiforme. “Quizás una ciudad sea una cosa viva. […] Los Ángeles no es Viena. Londres no es Moscú. Chicago no es París. Cada ciudad es una colección de vidas y edificios y tiene su propia personalidad”, afirma Neil Gaiman, escritor británico. Y si es así, para entender cómo esta sucursal se construyó un carácter al final del siglo XX, debemos explicárnoslo desde los tiempos de las celebraciones de los grandes carteles.

El Narco

Cuentan algunos que en Cali, imitando el ritual del Cartel de Medellín, durante los años 80 y primera mitad de los 90 se disparaban fuegos pirotécnicos cada que “se coronaba un viaje”. ¿Por qué tanta felicidad sobre el cielo de La Sultana?

Consideremos para empezar que en 1982, el gramo de cocaína pura costaba 260 dólares en el mercado internacional. Vamos a suponer que usted es Miguel Rodríguez Orejuela, o por lo menos uno de los centenares de “traquetos” que entablaron negocios con él, con Chepe Santacruz, con Hélmer ‘Pacho’ Herrera, con “Rasguño” u otro de los grandes jefes del Cartel de Cali o del Norte del Valle. Luego supongamos que decide enviar un cargamento de unos 100 kilos de cocaína a Estados Unidos o a Europa. Después de que llegue sana y salva escondida entre la ropa, las maletas, los juguetes, los implantes de senos o el interior de algún estómago, empiezan las cuentas:

-100 kilos son 100.000 gramos.

-100.000 gramos son 26 millones de dólares.

-26 millones de dólares son más de 1500 millones de pesos colombianos, en 1982.

Ahora considere, para cerrar esta ilustración, que si el salario mínimo mensual en Colombia en el 82 era de $7.410 pesos, usted acaba de ganar de un sólo golpe, 224.877 veces el valor del trabajo mensual de un ciudadano promedio en Colombia. Cifras de dinero descomunales que florecieron durante años en nuestra ciudad.

La historia de Cali en las últimas décadas no puede contarse sin considerar la influencia del narcotráfico. Es la historia de un negocio alrededor del cual se articularon, en mayor o menor medida, con mayor o menor grado de voluntad, todos los actores de la sociedad y sus instituciones. Fueron los años en los que, al mismo tiempo, la imagen de Cali como una “aldeíta en un cruce de caminos” pasaba definitivamente al olvido, así como el de la ciudad cívica en donde se hacía cola para tomar los buses. Ambas fueron arrastradas por las corrientes del dinero líquido del narcotráfico, el cual, hecho un caudal desbordado, llegó como tal vez nunca antes en la historia de la ciudad a cada uno de los barrios por los que pasan sus siete ríos: desde El Ingenio hasta San Judas.

Dinero líquido. Y todo líquido tiene la propiedad física de filtrarse y de permear cualquier terreno.

No fue obra del Espíritu Santo que “La Mechita” empezara a jugar tan bien a partir del 79. A menos, claro está, que la Divinidad tuviese el nombre de Miguel Rodríguez Orejuela. El Cartel de Cali aprendió a darle alegrías a la hinchada americana con la compra de jugadores exitosos como Julio César Falcioni, Hernán Darío Herrera, Roberto Cabañas y Ricardo Gareca. “Entonces [Miguel] conformó un equipo casi invencible que se paseó todos los estadios de Colombia. El dinero producto del narcotráfico influyó en ciertos resultados, no solamente por los grandes jugadores, sino también cuando empezaron a pagarles a los árbitros para que favorecieran al equipo”, lo explicaba así Fernando Rodríguez Mondragón, hijo del extraditado narcotraficante Gilberto Rodríguez Orejuela, al diario El Universal de México, en junio de 2009.

Pero El América sólo fue un caso. En 20 años Cali se atiborró de centros comerciales, industrias, laboratorios, restaurantes, estaciones de servicio, bancos e incluso panaderías; todo en el contexto de una lavandería fiscal sin precedentes que la dotó entre otras cosas, de arterias de transporte coloreadas de Amarillo Taxi, y de una enorme variedad de moteles, no precisamente porque hubiera mucho amor en el aire2. Empresas fachadas abundaron. Drogas La Rebaja, Sandrana Ganadera, Intercréditos Cali, Inversiones El Paso, Inversiones Santa Ltda., Inversiones Miguel Rodríguez e Hijo… Sólo en 1995 la Lista Clinton oficializó las procedencias ilegales de empresas como las anteriores, pero desde antes ya era un secreto a voces que palabras como ‘Inversiones’ o ‘Inmobiliaria’ escondían “dineros calientes”. No es gratuito que entre 1990 y 1994 la actividad constructora se haya disparado: en sólo cuatro años el área de construcción de viviendas literalmente se duplicó. Grandes ostentaciones como la réplica del Club Colombia de “Chepe” Santacruz o El Palacio de Cristal de Juan Carlos Ramírez Abadía, alias “Chupeta”, fueron sólo algunos emblemas de un negocio que influyó de tal forma en la arquitectura de Cali, que gran parte de barrios y urbanizaciones como Ciudad Jardín, El Ingenio y La Cascada —y no fueron los únicos— llevan hoy el sello de esta época.

***

Jhon Jairo Ospitia es un maestro de obra de 46 años. En su opinión, con los “narcos” la ciudad se estratificó. “Uno sabía que Ciudad Jardín era sólo para los ricos. Pero el sur era para los “ricos malos”, del norte eran los ricos tradicionales. La estética cambió: se empezaron a hacer las casas con el frente redondo, a salirse del parámetro de las fachadas rectas. Cambió la calidad de los materiales: ellos ponían las ventanas en aluminio, como hoy. Aquí no se veían las puertas de control remoto. Ellos las pusieron. También las fuentes, las molduras, las gárgolas y ese poco de cosas todas «lobas»”. Jhon Jairo debía saber muy bien que en su momento, aunque muchos lo desearon por el prestigio y el respeto que concedía, no era muy aconsejable construirle a los narcos. Por los corredores de la ciudad se escuchaban historias de arquitectos, ingenieros e incluso obreros que terminaron enterrados con las caletas que ayudaron a esconder. Tal vez fue por esas historias que Alicia Cifuentes3, una mujer de 45 años de largo cabello crespo y oscuro, se reunió a orar con su hermana Yolanda, el día en que su esposo se dirigió a la casa del “patrón”. Iba a cobrar un trabajo que en un principio él no había escogido realizar.

Pero en aquel entonces no era una cuestión de elegir.

Hoy a sus 58 años, Álvaro García recuerda bien la historia. Era 1987 y “yo tenía como 33 años. Llevaba como tres años de graduado y un día me salió un contrato con EMSIRVA para hacer las adecuaciones de unas canchas de fútbol y unos parques en el barrio San Carlos, al oriente de Cali. Yo hice los parques y luego fui a hacer la cancha. El trabajo consistía en hacer una empradización, pero el presupuesto no daba para hacerla toda, sólo media. Yo estaba haciendo la marcación con mis trabajadores cuando al segundo día llegó un grupo de muchachos a preguntar quién era el ingeniero de la obra.

—Yo soy el ingeniero.

—Vea, es que como usted va a hacer la cancha, pero no la va a hacer toda, el patrón quiere que le haga la cancha completa. Que paga lo que sea.

—¿Cómo así?, pero es que yo tengo un contrato con EMSIRVA…

—¡No, no, no! Nosotros no vamos a aceptar que ustedes nos vengan a remendar la cancha. Usted nos la va a hacer toda que nosotros le pagamos lo que falte. ¿Que cuánto vale el trabajo?, pregunta el patrón. ¡Pero que tiene que hacerlo!

“¿Y cómo les decía que no?”. Álvaro no sabía que el barrio en el que estaba trabajando era el lugar de residencia de la familia del “patrón”. No podía dejar el trabajo por el contrato que tenía con el municipio y decirle no al jefe de los muchachos era una muy mala idea.

—Ah… bueno… listo, mañana les paso el dato de cuánto vale el resto.

Al otro día Álvaro llevó el dato.

—Listo, no hay problema. ¡Ah!, y que para que le rinda y le quede mejor, el patrón le va a mandar unas volquetas y material y le va a mandar una gente, para que le ayude y que eso quede bien hecho. Y que le va a mandar unos cilindros y unas aplanadoras…

Y efectivamente, al otro día llegaron volquetas, tierra, gente a trabajar en mi obra, pero a cuenta del tipo. Yo no sabía quién era. Así fue. Eso demoró como tres o cuatro semanas. Cada semana me mandaban plata. Los manes venían por las mañanas a ver cómo iba todo. Al final se terminó. ¡Claro, se alargó la cancha, se pusieron medidas reglamentarias, tribunas, se pusieron arcos nuevos, todo perfecto! Entonces yo entregué lo que me tocaba a EMSIRVA.

Después Álvaro fue donde los muchachos a cobrar el saldo.

—Sí, bueno, tiene que ir donde el patrón, porque lo quiere conocer; le quiere dar las gracias y le quiere pagar.

“Fui a la casa del tipo. Eso era por la 66, por ahí por donde hoy están todos esos bares”. En ese momento, Alicia, su mujer, lo estaba encomendando a Dios.

Allí el tipo tenía la oficina, una de las muchas empresas que se llamaban “Inversiones”. Llegué, pregunté por el señor y me hicieron subir. Entré a la oficina y eso era una boleta. Las paredes pintadas de verde como aguamarina y amarillo, tapetes peludos, cuadros de un estilo, cuadros de otro, caballos de mármol sobre las repisas, espejos por todas partes, elefantes, pirámides, diosas… Y unas poltronas de cuero, uno se sentaba y quedaba hundido, se lo tragaban a uno. Me quedé esperando un rato hasta que me llamaron. Me tocó echar por un corredor largo hasta el fondo y entré a la oficina. Me encontré con un tipo moreno, más bien alto, gordo, me desagradaba un poco; pero ya no me acuerdo de su rostro. Estaba sentado en una poltrona con camiseta esqueleto. El hombre solo en una oficina llena de espejos por todos lados: atrás de él, a un lado, al otro, en el techo. Estaba frente a un escritorio bonito como de mármol y vidrio. Y sobre el escritorio, dos pistolas y un morro de billetes. ¡Pero un morrado de billetes! Estoy hablándole de por ahí unos 50 centímetros de billetes en el morro.

—¡Entonces qué! ¿usted es el arquitecto, hermano? Me dijeron que quedó buena la cancha, lo felicito. Vea, ¿entonces a qué es a lo que viene?

—No pues vengo a cobrarle lo que me debe, el saldo.

—Ah, bueno tranquilo, no se preocupe. Vea, allí hay una plata encima. Entonces vaya contándose que yo me voy a hacer una vuelta.

—No, no, venga usted y cuente su plata…

—¡No, ya vuelvo!

¡Y se fue! Y me dejó ahí solo, con ese morrado de billetes y esas pistolas. Yo me quedé quieto esperando a que volviera. Cuando volvió venía con otro tipo.

No, pagame vos, hermano, le dije. Entonces el otro tipo cogió los morros de billetes que eran de gruesa denominación y empezó a contarlos. Y me pagó. Ahí sí me fui. ¡Juepucha! Sin querer terminé haciéndole un trabajo a esos tipos.

Cali respiró por varios años un caldeado ambiente, mezcla de abundancia, exageración, inseguridad y apariencias. De primeras comuniones en los que los regalos para los niños eran televisores gigantes pantalla plana y collares o aretes de oro. De casas y apartamentos con pretensión de Miami y de noches de rumba donde el traqueto de turno, si le daba la gana, decidía que la novia de otro tenía que irse con él. De empleadas del servicio doméstico que dejaban de trabajar porque no se les pagaba lo mismo que lo que pagaban “otros”, o de lavaderos de carros que a duras penas atendían, a no ser de que se tratase de las grandes camionetas de rines plateados y exuberantes propinas. Camionetas que se pavonearon por calles y avenidas como la Roosevelt, en donde, según cuenta Alicia, las motocicletas Ninja bramaban de impaciencia cuando las atrapaba un semáforo en rojo. Sin siquiera pensarlo, arrancaban a toda velocidad quemando el asfalto. Por esas mismas calles se veían también “los pedos de traqueto”, motos conducidas por bellas jóvenes de pantaloncitos apretados, abundante maquillaje, colores chillones y cuerpos esculturales. Muchos sabían que no habían sido precisamente ellas quienes las habían comprado. Ni las motos, ni los cuerpos.

Dinero líquido. El mismo que aceitó las patrullas de policía que los Rodríguez Orejuela compraron para ser escoltados personalmente a las corridas de toros de las Ferias de Cali. Dinero que apoyaría las campañas electorales de alcaldes como Mauricio Guzmán —de quien se demostró haber recibido cheques de los Rodríguez de hasta 300 millones de pesos—, y dinero que respaldaría a gobernadores y desataría procesos legales incluso contra un presidente.

Muchos creyeron que estos tiempos, amalgama extraña entre progreso económico y decadencia cultural, no llegarían a su fin. Pero ya la canción lo decía: todo tiene su final. 1995. Los hermanos Orejuela son capturados. Víctor Patiño Fómeque, alias “El Químico” se entrega a las autoridades. “Chepe” Santacruz es detenido, y al año siguiente, tras escapar de La Picota, muere en Medellín a manos de la Policía. Durante la primera década del siglo XXI, caerían otros nombres como Juan Carlos Ramírez Abadía “Alias Chupeta” y “Alias Rasguño” en el 2004, y “Don Diego” en el 2007. Figuras emblemáticas de una época que hoy comparte tanto el repudio como la añoranza de una sociedad.

Repudio. Para algunos lo que más pesa de estos tiempos son los vestigios actuales de la cultura del dinero fácil y rápido que ayudó a maximizar. Una cultura del poco esfuerzo y de irrespeto a las instituciones, la ley y el diálogo. Una cultura del no estudio porque estudiar parecía no ser la clave para el ascenso social. Y sin embargo, añoranza. ¿Por qué algunos extrañarían los tiempos de los grandes capos? “En un país desigual y jerarquizado, la dinámica del narcotráfico ofrece a los pobres del campo y de la ciudad oportunidades que la economía formal no logra. Es factor de movilidad y democratización del ingreso, por incorrecto que suene”. Tienen sentido estas palabras de Enrique Santos Calderón, periodista y escritor colombiano. Cali tenía todas las condiciones para que el narcotráfico calara. Por un lado, una recesión económica y un desempleo en aumento a comienzos de los 80, en paralelo con una población cada día más numerosa. Por otro, una creciente cultura del consumo propiciada por los medios masivos de comunicación y las vitrinas de los nuevos centros comerciales. Y finalmente, un desprestigio generalizado de los mecanismos de representación, sumado a enormes fallos de la política tradicional para dar respuesta a los grandes problemas sociales.

Los billetes de la cocaína le dieron a conocer a la ciudadanía una época en la que parecía que, por primera vez en Cali y en Colombia, las enormes desigualdades económicas y la exclusión social entre los más ricos y los más pobres al fin se desvanecían.

Hoy en el centro de Cali, envueltos en un aroma de congestionado rebusque, vendedores de minutos, emboladores de zapatos, comerciantes de Bonice y dueños de locales en La Fortuna (un laberinto de ventas de equipos informáticos) coinciden en que la “situación está cada día más dura”, “que antes había más empleo”, “que antes sí se veía la plata”. No es por hacer eco del refrán de que todo tiempo pasado fue mejor, pero es muy significativo que el desempleo haya aumentado precipitadamente justo después de la caída del Cartel del Valle: del 6,9 en 1994 al 20,6 en el 98, según cifras del Departamento Administrativo de Planeación del Valle del Cauca. Y que las ventas, que en el 94 crecieron hasta el 4.10%, al cabo de un año se desplomaran al -6,70%.

Estos datos los ha vivido en carne propia Elvia Patricia Goyes, quien durante los últimos 24 años ha sido vendedora de minutos y de cigarrillos en el semáforo de la Avenida de las Américas con Calle 18 Norte. Ella recuerda bien las camionetas que hace dos décadas solían comprarle paquetes enteros de Marlboro con los que pagó su propia casa y la educación y el taxi de su hijo. Hoy ya está acostumbrada al menudeo diario.

Muy cerca de allí, la sombra de un fotógrafo en decadencia se alarga sobre los adoquines de la Plazoleta de San Francisco en una tarde enceguecedora y anaranjada. Marcelino Vitorio recorre la plaza a sus 69 años sin mucha confianza en su negocio, hoy marginado por la tecnología digital. Él también recuerda los viejos tiempos. Lo reconoce: sencillamente ya no es lo mismo. En pocos segundos se acabará el arrume de maíz que un hombre ofrece con sus manos a una galaxia de palomas que revolotean junto a él: parecen desesperadas con sus grandes ojos abiertos. Entonces se acaba. Como canicas dispersadas por un solo golpe, un universo de aleteos levanta el vuelo en todas las direcciones del cielo caleño.

El Crisol

Desde las ventanas del octavo piso de la Gobernación del Valle de Cauca, Lucía Galeano puede ver las palomas que se elevan faltando 15 minutos para las cuatro de la tarde. Como funcionaria de la Secretaría de Educación ha visto desde hace 35 años cómo la tarde se cierne sobre el centro de su ciudad. Es una mujer madura de cabello oscuro, recogido con una moña negra de flores; de piel clara salpicada de arrugas; de sonrisa amplia y ojos cansados. Habla despacio, con cuidado, en el escritorio de una oficina recién remodelada, amplia, luminosa de baldosas lustrosas. La acompañan en un rinconcito sacro junto al computador, una virgencita y un portafotos de bordes negros con las imágenes tamaño carnet de su hija y sus sobrinos. Habla de añoranzas de pensión, de los cambios en la tecnología, de la corrupción silenciosa. Cuando piensa su juventud, la pregunta le trae instantáneamente recuerdos de Salsa que hoy le parecen lejanos.

Porque en la Cali Crisol, en los últimos 30 años de tiempos caldeados, las altas temperaturas han resquebrajado los paradigmas y han hecho de esta ciudad un punto de fusión.

Lucía habla con pesadumbre de las últimas décadas en las que, en su opinión, la mafia hizo sucumbir la mística del ritmo que ella ha bailado desde los diez años en el barrio El Recuerdo. Se acuerda de las salas de baile degeneradas por la droga y el escándalo, y las mujeres prostituidas bailando sin bailar. Hoy mismo, sin presencia tan evidente del narcotráfico en los grilles, el ambiente en que se vive la Salsa es totalmente distinto al que conoció Lucía en los años 70’s y 80’s. “Yo era poderoso en la pista siempre y cuando hiciera mejores movimientos que vos”, comenta. “A medida que yo hiciera mejores movimientos, que no me cayera, que mis tacones no se me quebraran, que no se me dañara el pantalón atrás, que pudiera manejar todos los movimientos hasta que se terminara el disco, yo ejercía un poder. Y la gente se comía ese cuento. Y se lo comieron porque se quedaron en él y sencillamente no hicieron nada más en la vida. No hicieron nada porque su vida era todas las noches metidos en Agapito, en El Escondite o en Honca Monka. Sus vidas estaban en los aplausos de la discoteca; quisieron que se alargaran los aplausos para siempre, pero usted sabe que los aplausos siempre terminan”. Hoy, más allá de los bailarines acrobáticos en los estadios, las postales, los afiches de la Alcaldía o la publicidad de Aguardiente Blanco del Valle, el imaginario hegemónico de Cali, Ciudad Salsera, está en debate.

Eso es justamente lo que piensa Javier Muñoz en su local de la carrera 66, a medida que la noche empieza a envolverlo todo. Con la oscuridad el espacio empieza a llenarse de parejas jóvenes, grupos con cervezas y botellas de aguardiente en las manos, y automóviles en busca de parqueaderos. Se abren las puertas de los estancos, los bares, las discotecas y los carritos de comidas rápidas preparan las estufas. Hoy es viernes. Poco a poco decenas de hombres y mujeres llegan al sector con sus mejores pintas. Una madre de piel oscura con un niño en brazos se les acerca y les hace señas, los grupos deciden entrar al Faro, a Praga o al Rancho, en donde Muñoz se encuentra sentado. Es un hombre voluminoso. Viste una camisa Polo negra de gran talla, jeanes, tenis y una gorra gris que le cubre la cabeza calva. Su rostro es serio pero joven. Javier decide quién entra y quién no a la discoteca del bar. Conoce por experiencia propia la rumba de Cali, la ha vivido; tiene 37 años y en los últimos 12 ha sido administrador de locales, vigilante, animador y DJ. Él ha visto cambiar la rumba en la última década.

El ambiente se ha sumergido en una fusión de ritmos entre las luces fosforescentes. Muñoz considera que la rumba de Cali es crossover. A lo largo de la 66 se escuchan vallenatos y merengues; un poco más lejos, rock; un poco más cerca envuelve el bajo de un reggaetón o el de la música electrónica. Crossover. Música crisol para una ciudad que, en definitiva, es mestiza. Se escucha en la 66, pero también en La Luna, en Juanchito, en Granada y en Menga. Javier asegura que muy pocos establecimientos en Cali sólo ponen Salsa. Sitios como Zaperoco, El Rincón de Hebert o Tin Tin Deo.

“A la salsa la han convertido en un producto componente de una gran estructura cultural y la hicieron un producto de exportación. La han comercializado en su indumentaria y en su escenografía, a sus colores de atuendos y a sus comportamientos, esto ha pasado de ser la esencia a ser extravagante”, reflexiona Pedro Nell García al interior del “Tin Tin”, como muchos lo llaman. Tiene 57 años y sin conocer a Javier Muñoz, podría estar de acuerdo con lo que dice. Todos los jueves Pedro Nell abre temprano Tin Tin Deo, el bar que fundó en 1987, ubicado en el barrio San Fernando. En ocasiones se ve por allí a Alejandro Ulloa: es un hombre de estatura baja, bien vestido, con zapatos de cuero en punta, los de la vieja escuela. El profesor Ulloa es tal vez una de las personas que más conoce sobre la Salsa en todo el país, y también sobre las transformaciones culturales de la ciudad. Lo afirma sin duda: una cosa es la representación totalizadora a base de la salsa promovida por los medios de comunicación, otra es que las distintas comunidades que conforman la ciudad se sientan identificadas con esa música. El problema de los imaginarios colectivos —como el de Cali – Ciudad Salsera— es que consideran las cosas como una unidad homogénea. Y esto choca con la realidad cuando tenemos en cuenta las historias de hombres y mujeres de contextos tan contrastantes como El Limonar y Puerto Mallarino, Ciudad Jardín y El Calvario, Montebello y San Antonio. “Por un lado, hay una gran riqueza en la diversidad: de miradas, de formas de ser, de vivir, de alimentarse, de bailar. Pero por otro lado, en la ciudad hay tensiones y conflictos porque esas miradas no siempre son convergentes, no siempre coinciden sino que divergen. Hay relaciones desiguales. Cuando la señora me dice «yo no soy caleña, soy aguablanqueña» ya hay una fricción interétnica. Cuando un pelado me dice « Cali no es la capital de la Salsa, la capital mundial de la Salsa es el Distrito de Aguablanca», uno encuentra dos expresiones del mismo fenómeno”.

Entre este tipo de tensiones la ciudad ha cambiado de “tumbaos” y de pieles. Han surgido fuentes de identidad más allá de íconos como la Salsa, La Ermita, La Merced o La Feria de Cali.

Subiendo por la calle Quinta va caminando Mario Wize. Es un hombre flaco y alto, de largos brazos y pelo corto, rapado a los lados y en punta. En su morral guarda las herramientas con que convierte las paredes planas de ladrillo en una multiplicidad coloreada de rostros y letras curvilíneas. Wize es grafitero. Uno muy viejo. Lleva 30 años en las calles dibujando rostros de indígenas y negritudes, animales, ríos y dioses antiguos; es una actividad que él ha visto pasar de la ilegalidad a la aprobación pública. Wize da testimonio de cómo ciertos lugares, como la zona de la quinta con quinta y las paredes del estadio, se han convertido en sitios autorizados por la Alcaldía para la creación de murales. Hoy de hecho, él es el representante de la cultura urbana ante la Secretaría de Cultura.

Cuando Wize desciende por la quinta en busca de aerosoles, Marco Bravo lo ve pasar mientras espera a sus clientes en la fachada de su local, Old School Tatoo. Si Wize ha visto el cambio en las pieles de la ciudad, Bravo ha visto cómo las pieles de sus pobladores se han teñido. “Aquí llegan desde el artista, desde el abogado, desde el doctor, enfermeros, políticos, policías, de todas partes. La gente ha comenzado a aceptar más el tatuaje como cultura. Muchas más personas llegan ahora. Llega la mamá con la hija acompañándola para que la tatúen. Eso hace 15 años no se veía; no, para nada. Y estratos sociales: de todos”. Muy cerca de allí, por encima de las cascadas de La Loma de la Cruz, todos los jueves, adultos, jóvenes, ancianos y extranjeros se reúnen a bailar en círculos música andina. Suenan los mismos tinkus y sallas que resonarán durante el Inti Raymi —la fiesta consagrada al nacimiento del sol en la cultura inca— a mediados de junio. En ese mismo mes se celebra el Festival Internacional de Ballet y luego, en septiembre, el Encuentro de Creadores de Jazz, Fusión y Experimental AJAZZGO.

Después en agosto, una ciudad cuya población negra ronda entre el tercio y la mitad de la población total, le rinde tributo a la música del Pacífico.

El año pasado, con el inicio del Festival Petronio Álvarez los andenes se colmaron nuevamente de vendedores de minutos, asaderos de chorizos, maíz tostado, nubes rosadas de algodón de azúcar y una multitud de visitantes. En las redes virtuales, la programación del Petronio fue posteada una y otra vez. “Weno Gente¡¡¡ Ha LLegado La Hora De La Verdad¡¡¡”, decía el perfil de Facebook de Ronnald Faru Mina. Debajo de su publicación, 12 manitos con el pulgar arriba señalaban que a 12 personas les gustaba eso. Después de 16 ediciones de este festival, hoy es claro que son muchos más que una docena los que lo aprecian y disfrutan. Cada año la Plaza de Toros —o bien el Estadio o el Teatro al aire libre Los Cristales— no da cabida. Retumban las tamboras, el guasá, los pies, el baile. Se confunden los rostros oscuros, claros y grises. El sudor cae al compás de las marimbas y los pulmones que se agotan de cantar son correspondidos por los clarinetes. Los colores salen a bailar el currulao y la juga.

Hace un año, en medio de la explosión musical, Carlos Patiño Millán estaba sentado cómodamente en las graderías. De repente un muchacho se le acercó con curiosidad. Patiño es escritor y un hombre robusto, de pelo ondulado y oscuro. En sus palabras el muchacho se veía común y silvestre: joven, delgado, con una camiseta estampada, unos tenis oscuros, piel trigueña. Traía una duda.

—Disculpe, ¿usted sabe dónde quedan las piscinas Alberto Galindo?

Millán se quedó de una pieza. En la Plaza de Toros nunca ha habido piscinas. Las Alberto Galindo que estaba buscando se encontraban aproximadamente a dos kilómetros hacia el norte. Se lo explicó. El muchacho parecía desorientado. Entonces Carlos Patiño se enteró de que el joven no tenía la menor de idea de dónde quedaban unas de las piscinas más antiguas de Cali, sencillamente porque era la primera vez que salía del Distrito de Aguablanca. La primera vez en toda su vida. Un joven como tantos hombres y mujeres cuyo viaje más alejado es Cosmocentro. Uno como tantos que jamás han salido del barrio porque en él encuentra todo: El CALI para pagar los servicios, el Herpo para conseguir la ropa más barata, las tiendas para mercar, las canchas de fútbol, los juegos mecánicos, las heladerías, los amigos, la familia.

Era un joven que tenía alrededor de 23 años.

Otros tiempos

Grita Andrés Caicedo: “¡Maldita sea, Cali es una ciudad que espera pero no le abre la puerta a los desesperados!”. Cuando el hincha de la camisa mordida y sus amigos se apretujaron en el taxi y se alejaron del estadio, aquella noche esa voz resonó muy, pero muy poco, se perdió en el aire. Porque ésta ya no es la ciudad de Caicedo.

Mientras las laderas hechas tejidos de luces confirman que las puertas de la sucursal aún están abiertas a los desesperados, el hincha de fútbol recorre calles remodeladas junto a vías para grandes buses azules articulados. En tanto que el taxi atraviesa a toda velocidad semáforos en “amarillo-rosado”, por la ventana se descubren plazoletas, puentes nuevos, centros deportivos en construcción… Son otros tiempos. Los hinchas de rojo se sientan en un bar de la Sexta que ya no es una zona rosa, y escuchan listas de reproducción de ritmos mezclados; piden cerveza y piden guaro para olvidar y para recordar. Suenan viejas canciones de salsa de las que no conocen el nombre y que a duras penas saben bailar. Toman la cerveza y brindan. Por la maldita suerte, por la vida jodida, por la vida al fin y al cabo. Entonces escuchan que hace algunos días su equipo salió al fin de la Lista Clinton.

¡Brindan por eso!

Y con una confianza insegura, sueñan: quizás en algo de tiempo el América de Cali volverá a subir de categoría.