Hace seis meses y veinticinco días la señora flacuchenta que compraba media libra de carne en la tienda de los paisas, aquella que queda en una de las esquinas del barrio Los Robles, al oriente de Cali, dijo un tanto preocupada y asombrada: “¿Sabían que ayer en la tarde mataron al esposo de La Reina?”.
Por: Maryoli Ceballos Vivas
Fotografías: Álvaro Ruales
El tendero la miró con picardía, le pasó el Q´hubo señalándole con la mirada la pequeña nota que aparecía en la esquina del periódico. Fue cuando me enteré de que en el barrio había una reina.
La conocían
Los vecinos viven en Los Robles, barrio que tiene una sede Comunal propia y unas zonas verdes en mal estado. Hace parte del “temible» Distrito de Aguablanca, en la comuna 13, la comuna con la mayor población de la ciudad. Los que habitan este barrio saben poco de la vida de La Reina, de este personaje que es parte de la fundación de Los Robles. La conocen como La Reina, pero algunos no saben la razón de su apelativo.
El Jugador de Tejo
En una de las calles angostas, adornada con lámparas altas a los lados -algunas sin funcionar-, encontré al señorbarrigón que siempre usa una gorra negra, y que con su fragancia empalaga el aire de la cuadra. Tiene 70 años, pero quiere ocultarlos para verse como un jovencito que vive la vida a su manera. Se olvida de los riesgos que corre con su presión y alta y quiere seguir tomando cerveza. Dice que desde que la conoció la llama La Reina.
-Ella era una mujer hermosa, con su piel canela como dice la canción. Hubo una vez un concurso de belleza y ella merecía ganarse el premio porque era la más bonita. No recuerdo cómo se llama, sé que es la dueña del parqueadero, ahora es viuda y a la pobre le mataron como a tres hijos.
El apuro de aquel hombre por marcharse era evidente, movía los pies, las manos y la cabeza, iba para Mariano Ramos a jugar tejo y a tomar cerveza.
Gloria, la de los minutos
-Pobrecita, -dice extendiendo su mirada en el vacío-, sé que se quedó viuda. Nosotros somos de Bogotá, llegamos acá hace como siete años, por eso del concurso no sabemos nada. Muy pocas veces he visto a la señora.
-Doña Gloria me regala un minuto a Comcel, llega diciendo una chiquilla con su short diminuto y una blusa menor que una ombliguera.
Cuando llegué, Gloria tenía las manos mojadas, ahora aprovecha para secarlas con un trapo azul parecido a la cortina que cubre la ventana.
-Claro mija, aquí tiene, le dice pasándole el celular que ata a una cadena como perrito que se saca a pasear.
Gloria está casada con Jorge, un constructor, los dos son cristianos. Llegaron a Cali en busca de un empleo, “en Bogotá las cosas iban mal, allá nos tocaba pagar arriendo, aquí vivimos en la casa de los padres de Jorge”. Sabía que a alguien le decían La Reina, pero no sabía que era a la señora del parqueadero, -me cuenta luego-. De pronto mi esposo sepa algo de ella, pero está trabajando y no regresa hasta la noche. Llega cansado”.
-Gracias doña Gloria, dice la muchachita.
-Dos minutos
-Hasta luego, dice la joven cliente pasándole una moneda de doscientos.
Doña Gloria me mira en silencio, comprendo que ya no tiene nada más que decir de La Reina.
-Espero haberle podido ayudar, terminaré de lavar los platos.

Rocío, la que pasea a los perros
Con su pelo corto y ondulado, tinturado recientemente de rubio pálido, y con una licra fucsia que combina con la banda que ata alrededor de su cabeza, sale a pasear perros quién sabe de qué dueños: son de razas finas y caras, de los que escasean por estas calles.
A las seis de la mañana, los niños que van al colegio ven pasar la caravana de canes que caminan con la elegancia que a Rocío le falta. A las ocho ella regresa del largo paseo, llega con los dos últimos perros. A la derecha sujeta a uno que tiene aspecto de asesino y que no para de ladrar, es un bullterry; a la izquierda lleva un tímido frespuderque se esconde entre sus piernas, desde ahí acolita el ladrido de su amigo.
-¿La Reina?, ¿ella es la señora del parqueadero? Aura, la esposa de don Julio, debe saber mejor, ella es íntima amiga de esa señora. Eso es lo que dicen en el barrio.
El perro de apariencia peligrosa se aburrió de ladrar y empieza a halar. Rocío se pliega a los deseos del perro y se va.
Aura, la amiga
Hasta ahora nadie sabía a ciencia cierta quién era La Reina. Tampoco la esposa de don Julio, el viejito panzón que cada tarde se hace en la esquina de su casa a jugar parqués, esquina que está invadida por el fétido olor a orines de perro. Suelen acompañar a don Julio don Eduardo, un hombre que hace 20 años quedó viudo, su esposa murió al caer por accidente desde la terraza de su propia casa; don Miguel, el anciano padre de Rocío, y don Jorge, el hermano de Gloria. “Es mera casualidad que su esposo y su hermano lleven el mismo nombre, por cierto su hijo mayor también se llama Jorge”, me había dicho Gloria, de vez en cuando un hombre alto, blanco y flaco se les une a la partida, le dicen «pañuelito”, pero nadie sabe más.
Aura se enamoró de don Julio y se casaron, él es paisa y tuvo amoríos con una prostituta. Ella es caleña y Julio ha sido su único amor, llegaron a Los Robles hace 30 años. La Reina había llegado primero.
-Ella se llama Leida, otros le dicen Leila, yo le digo negra, aunque su piel no es morena. Su esposo se llamaba Isauro, lo mataron. Cuando el barrio apenas estaba empezando se celebró un reinado para conmemorar el nacimiento de un nuevo barrio; yo pensaba inscribirme. Leida era muy bonita, por eso muchas mujeres la envidiaban. A ella no le gustaba robarle el marido a nadie, ellos la buscaban, menos mal Julio ya se había casado conmigo. Un día me la encontré en la tienda, no recuerdo bien, el todo es que hablamos y me di cuenta que era buena gente y que en verdad era bonita. Nos hicimos amigas, ella venía a mi casa y yo iba a la de ella, nunca llegamos a tener problemas. La pobrecita ha sufrido bastante, le mataron a unos hijos y, apenas no más, a Isauro.
Ella para qué… -se queda en silencio unos segundos, mueve su pequeña cabeza de un lado para otro, conmovida, y continúa diciendo-, ha sido una persona muy fuerte, pero ahora está enferma.
El amor bajo la lluvia
Entre una panadería y una sala de internet se ubica el parqueadero que la madre de Isauro le dejó como herencia. Isauro y Leida nacieron en Cali, se conocieron en el barrio La Floresta cuando apenas eran unos muchachitos, se enamoraron y se casaron. La madre de Isauro, le emprestó los terrenos de lo que se convertiría en parqueadero para que llevara allá a su mujer. Ella tenía 16 años cuando se casó y estaba embarazada.
Aquellos muchachos todavía inexpertos en los negocios aceptaron la propuesta. Cuando se instalaron en el barrio, esto fue hace 32 años, el caserío era parte de una invasión, la gente empezó a armar casas de cartón para meter la cabeza en esos tiempos que tanto llovía, y todo se volvía un barrial. La gente que debía salir a trabajar se ponía botas, o algunas personas salían descalzas y en un chorro de agua que se les cruzara desvanecían el barro incrustado entre las hendiduras de los dedos.
Como Isauro y Leida no tenían ningún tipo de educación, a pesar de que sabían leer, hacían el intento de escribir, no contaban con un trabajo que les diera un sueldo fijo. Isauro propuso convertir aquel extenso terreno en un parqueadero.
La gente que llegaba a edificar sus casas, o ayudar a que otros las construyeran, llevaban volquetas, la mayoría llegaban en bicicletas, y como la inseguridad nació antes que Jesucristo, muchas se desaparecían. ¿Y qué tal un parqueadero?, se preguntó Isauro, y le pregunto a su esposa, quien dijo que lo apoyaría en cualquier decisión.
Así nació el parqueadero
Es 28 de abril. Camino dos cuadras hasta llegar a él, un campo inmenso en el que se riega un conjunto de carros hacia los lados. El centro se encuentra despejado.
Un hombre alto se aproxima, vestido con una camisa azul y un pantalón blanco, camina bajo la lluvia, al divisar su rostro noto que se parece tanto al de Isauro, si no fuera porque lo vi en la foto del periódico, y por que los vecinos también lo dan por muerto, pensaría que ese hombre de tez blanca y bigote corto es el fantasma de Isauro. Le pregunto por doña Leida.
-Mira que ayer la hospitalizaron.
A pesar de que no la conozco, un sentimiento de incertidumbre me abriga, pregunto por el hospital en el que se encuentra.
-En la clínica Nuestra Señora del Rosario, me dice el señor que tiene marcas en la cara que parecen surcos de sembrados.
Un taxi azul hace sonar su bocina a la entrada del parqueadero, el señor ahora camina hacia a él.
-Que le vaya bien, es lo último que le escucho decir.
Bajo Urgencias
Aquella tarde, cuando el agua dejó de caer, fui hasta la clínica, había llegado el momento de conocer a La Reina, a aquella mujer de la que muchos hablaban sin saber por qué. Otros reconocían el valor que había tenido para sobrellevar todas las angustias de madre y de viuda. Era hora se saber toda la verdad.
En la portería de la clínica pedí que me autorizaran visitar a Leida, tal como me lo había dicho el hombre del parqueadero, después me enteré de que él era Daniel, el cuñado de la enferma. El dedo índice del guarda se paseó varias veces de arriba abajo sobre una lista que tenía a mano.
-Cuándo la trajeron, me preguntó.
-El martes, se me ocurrió decirle.
-Debe de estar en urgencias, ya se lo averiguo, dijo el apuesto uniformado cerrándome la puerta de cristal en las narices. A fuera el sol casi nos derretía.
Después de un largo rato, el celador apareció con una mujer alta, de pelo indio color negro, llevaba una blusa ceñida al cuerpo, también negra. El joven que me atendió hizo señas con la mano para que me acercara. Abrió la puerta y dejo salir a la mujer que tenía cuerpo de reina.
-¿Usted vino a preguntar a mi mamá?, ¿quién es usted?
Me pareció un tanto agresiva y el color oscuro la hacía ver más temible.
-Soy una vecina, fue lo único que le dije, y le sonreí amablemente.
El silencio flotaba en el ambiente. Necesitaba verla, así que pregunté cómo estaba.
-No, pues qué le digo, la veo mal. Ahí la mujer se derrumbó en la desesperación.
-Le traje manzanas.
-Puedes entrar si quieres.
No me negué, sin embargo la preocupación que la chica mostraba predecía que lo que se escondía bajo urgencias no era lo que esperaba.
La última vez que entré en un hospital fue hace tres años, cuando mi madre fue llevada de urgencias por un piquete parecido al de las abejas que le estorbaba en el estómago. Este tipo de lugares me parecen poco acogedores, veo imágenes que arrastran a la muerte, sombras, no sé si almas que se escurren por los laberintos del hospital.
Un letrero colgaba en el extremo de una pared resistente a las impurezas decía “URGENCIAS”. Mientras caminábamos por los pasillos ella me había dicho que se llamaba Johana y que era la hija mayor de Leida.
-Siga, me dijo abriendo una cortina azulada.
Todas las imágenes que había construido en torno a La Reina, chocaron con la imagen deprimente que tenía ante mis ojos incrédulos y se despedazaron en minúsculos trocitos. Ella era La Reina, una anciana de 63 años, cuyo cuerpo arrugado se tendía en la metálica cama. Era una mujer de piel oscura pero no morena, su cabeza pequeña y redonda cubierta de escaso pelo descansaba sobre una almohada que llevaba el nombre de la clínica.
Desde su nariz se desprendía una manguera que se conectaba al oxígeno, de su mano derecha salían como venas superficiales un par de mangueras más, y su mano izquierda estaba vendada con gaza blanca. Aquí estaba La Reina, con los ojos cerrados, apenas se había dormido.
El poco aire que circulaba en ese cajón de pieza le parecía escaso a mis pulmones. Al salir me topé con un doctor de apellido Daza, estaba escrito en la escarapela ubicada a la altura de mis ojos. Tras del médico dos enfermeras entraron cargando maletines que parecían pesados.
-Vamos a hacer un examen del corazón, dijo el médico, y cerró la cortina dejándonos a mí y a Johana del otro lado.
Cuando el médico salió dijo: “Mañana ya podrán llevarla a la habitación y les daremos el resultado del examen. Que tengan buena tarde”.
Ahí estaba La Reina, ahora despierta y quejándose, gritando a su hija, a mí no me escuchaba, no sentía mi presencia en el cuarto.
-Disculpen sólo una persona puede permanecer con la paciente porque está muy delicada, dijo una enfermera pálida. Ohana me miró de reojo. Disimulé que ya planeaba irme, aunque esa no era mi intención.
-Es mejor que vuelvas mañana, dijo Johana.
Ahí se quedó La Reina, tras urgencias. Volví el domingo.

Habitación 301
Sabía su nombre completo: Leida Díaz Polo, lo había leído en la ficha de urgencias. Pregunté por ella y me remitieron a la habitación 301, tercer piso. El laberinto me condujo hasta el ascensor. Frente a la puerta de la habitación tuve miedo de abrirla, di tres golpes seguidos, hasta que una voz que no era la de Johana me dijo “siga». Era Katherine, la hija menor de Leida. Nos acabábamos de conocer, pero ya Johana le había hablado sobe mí.
Leida estaba sentada en una silla de ruedas, inmóvil con la mirada fija en un solo punto al que yo no alcanzaba distinguir.
La saludé y le ofrecí galletas.
-Tienes que hablarle fuerte porque no escucha, y las galletas ponlas en sus manos porque no ve. Me dijo Katherine.
Las cosas eran peor de lo esperaba, me acerqué, le tomé la mano que era más oscura que su rostro y empecé a acariciarla.
-Diga corazón conmigo, me dijo apretando mi muñeca, sentí miedo pero no sabía por qué.
-Estoy destrozada, me dijo buscándome en medio de su ceguera. Me dio la impresión de que sabía lo que en verdad yo estaba buscando.

Símbolos de dolor
Se escuchan ecos por todas partes, hay voces pero si uno se asoma al pasillo no ve nada; pasos, pero nadie camina.
-¿Me van a poner un calmante? -preguntaba ansiosa por deshacerse del dolor-. Quiero las pastas para la gastritis, la cremita para las hemorroides, las pastas para dormir. Va recitando el rosario de sus enfermedades y males.
Leida continuaba lanzando gemidos, mientras la hija atendía el teléfono.
-¿Aló? qué más tío (…), no pues ella durmió toda la noche (…), ¿Ya le arreglaron el carro? (…), bueno pues, estamos hablando.
Katherine tiene una cara que puede confundirse con la de una enferma. La agotada acompañante decide ir a tomar un café, mientras yo acompaño a La Reina.

Nace La Reina
-Cuando apenas llegamos, se dio un concurso, casi nadie se acuerda bien porque eso fue hace muchos años. Yo gané el concurso y por eso me dejaron de Reina. Después mi hija Katherine fue reina, de eso me acuerdo un poquito más. Una señora le regaló crema para las manos. En tres concursos ella ganó, ella es la reina, ahora yo soy La Reina de las enfermedades.
Reina de enfermedades
-Me duele el recto horrible. -dice Leida toda angustiada. Esa es una de las tantas dolencias que la agobian-. Cuando mataron a mi primer hijo, el mayor, en una pelea de pandillas, me dio muy duro. Yo sabía que él era jodido, ya no había forma de controlarlo. Era muy problemático, me dijeron los vecinos.
-A él me lo mataron en 1988, le llegaron a la casa y lo mataron con todo y mujer. Desde ahí la depresión me empezó a atacar. En el 2000 me asesinaron a otro hijo, pues él se había propuesto vengar la muerte de su hermano, y me lo terminaron de matar a él también. Después en el 2004 se me desaparecieron dos, como a los tres días me los notificaron muertos. Sentía que mi vida no daba para más, que el sufrimiento era demasiado. Ya no aguantaba. Me apegué mucho al cariño de mi marido, de mi hija Katherine y de mi hijo menor.
El hijo menor de Leida fue abaleado en la puerta de su casa en el 2005, las balas le afectaron la columna y lo dejaron paralítico, “Mala suerte” lo apodaron, pues se dedicó a vender chance, pero a nadie daba la suerte.
-Después se me fue de la casa y cuando regresó volvió muerto.
Los vecinos no quieren comentar mucho del tema porque a pesar de que cinco de los hijos de Leida han muerto, aún le quedan dos varones, y un nieto que le dejó el primer hijo.
La fama de los ya difuntos no era buena, del último se dice que su parálisis no le impidió manejar una banda de ladrones desde un taxi, “Él manejaba la nave en la que huían”, pero en la última escapada lo agarraron a punta de plomo.
Esas fueron las causas por las que La Reina de la pasarela se transformó en La Reina de las enfermedades. La tragedia que llegó a rematarla fue la pérdida de su marido.
-Todo fue por el terreno del parqueadero. Apareció el esposo ambicioso de una hermana de Isauro que vino a reclamar su parte, pero ya Isauro tenía papeles legales por el tiempo que había vivido ahí.
De aquel tipo no se tiene el paradero, ni certeza fija de que haya sido el responsable del crimen; pero ante los ojos de Leida que se han cansado de llorar tantas desgracias, él es el asesino. Al parecer este hombre amenazó a Isauro si no le daba parte del terreno. Llegó a ofrecerle 30 millones de pesos, pero Isauro se negó y por eso lo mataron.
-Ese día habíamos llegado de la diálisis, me dolían los pies, Isauro me los iba a sobar cuando alguien lo llamó.
Leida ya había perdido la vista, así que no se dio cuenta de nada, hasta que los gritos de sus hijas le avisaron: “mataron a mi papá, mataron a mi papá”.
La casa estaba quedándose vacía, se hizo más grande y más honda. Había temor de hablar en voz alta porque el eco asustaba. La voz de Leida se fue apagando y volviendo fina, tan fina como uno de los hilos que colgaban de su vestido negro floreteado; se la escuchaba hablar muy poco, permanecía llorando y pidiéndole explicaciones a Dios por lo que consideraba un castigo.
-Yo no he sido mala madre, ni mucho menos mala esposa, terminar así es lo peor.
Tras la muerte de Isauro, Leida decidió tomarse un tiempo lejos de aquel lugar que tantos recuerdos le traía. Estando en la casa de su hija mayor enfermó a causa de la neumonía, estaba tan grave, que por eso la hospitalizaron. Se le alborotaron todas las otras enfermedades.
A cada rato pide agua, pero su problema de los riñones le impide saciar su sed. Tres días a la semana tiene que someterse a diálisis, recostada cuatro horas en una cama mientras la conectan a un conjunto de máquinas que siente, le succionan la sangre. En estas sesiones ella trata de dormir, pero no lo consigue. No encuentra medio de distracción. Se refugia en los recuerdos que se sumergen en la profundidad de la oscuridad en la que vive, y así pasa el tiempo.
Tiene una obsesión con la hora. Cada quince minutos pregunta ¿qué hora es? Se siente sola, y para ella las horas pasan terriblemente lentas, llevan el mismo ritmo de sus dolencias.

La soledad
-Yo estoy sola-, dice Leida a pesar de que tiene sus dos hijas y dos hijos varones de los que no da ninguna razón, y su nieto y el cuñado que se ha convertido en su ángel de la guarda. Siente el flagelo de la soledad, extraña a su esposo con el que compartió 42 años de matrimonio, con el que tuvo problemas, pero no fuera de los comunes. Él la amaba y ella también.
Acaricia la argolla de matrimonio que casi parte en dos su dedo, y una lágrima resbala por su mejilla.
–Me da una tristeza -. A lo lejos se escucha el llanto de un niño que se va perdiendo por los laberintos del hospital. – De los dos hijos que me quedan no se qué será de ellos, mi nieto es joven y no se preocupa de los viejos.
Katherine y Johana se aburren de estar suministrándole el medicamento, lo hace mejor una enfermera que contrató Daniel, aquel hombre que caminaba bajo la lluvia, él se hace responsable de todos los cuidados que necesite la esposa de su hermano asesinado.
La Reina.
Tiene 63 años
Nació en Cali
Fue dada de alta el martes 03 de mayo,
Sufre de las hemorroides, del corazón, tiene diabetes; sufre de gastritis. Desde hace seis años fue perdiendo la vista hasta quedar completamente ciega. Desde hace dos años ha perdido la audición, hace cinco asiste a la Clínica Nuestra Señora del Rosario para hacerse diálisis por su problema de riñones. La acompaña su cuñado. Hace cinco años que su hija, y los que no la entienden y no comprenden su dolor, le gritan “ya no joda”.
No sé con certeza hace cuánto tiempo Katherine le da pastillas para dormir en la noche, mientras se va de rumba. Fui testigo de eso. Por cierto, mañana es lunes. Leida, La Reina tiene que madrugar a diálisis.
Aquí se queda ella, meciéndose en la oscuridad de la noche, de su sordera y de su ceguera. Ella sólo pide que el dolor se vaya.
-¡Enfermera!, ¡enfermera!, póngame el calmante.