Fotografías: Salvador Mendieta.
Día a día cuando me despierto pienso en vos. Alguien colgó en el aire gritos de pájaros como si fueran joyas.-Anne Carson
Durante más de medio siglo, Colombia se ha llenado la boca de violencia. Mal que bien, tanto tiempo le ha servido para consolidar una voz.
La voz cambia el timbre y los propósitos, pero es siempre la misma. Es la voz del noticiero de mañana-tarde-y-noche, la de los informes especiales, la de los manuales periodísticos y la de no pocas leyes y alegatos. Es la voz oficial, y la de la costumbre. Se escucha en ciudades y pueblos. Una voz inagotable y pegajosa. Es nuestra: la voz sobre violencias.
De tanto en tanto, esta voz se concentra en zonas de interés, traducidas en tragedias y masacres. Suele suceder, en este país, que la «zona de interés» no tiene ningún interés hasta que pasa algo jodido; una vez tocada por la voz sobre violencias, la zona agarra cuerpo e interés.
Por ejemplo: sucedió, hace años, que la voz dijo: “Trujillo fue masacrado”, y solo entonces supimos que fue en el Valle, más allá de Cali, 116 kilómetros al norte. Un horror que duró más de cinco años, y en el que se dieron cita la codicia, la apatía y la desvergüenza de este país. Pero hay quienes viven sin querer saberlo; dicen estar cansados, y que “¡se han dicho tantas cosas horribles!”.
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Eran las primeras horas de la mañana. Íbamos en bus. Tiré el respaldo para atrás, me acomodé a gusto. Un aire tibio ingresó por la ventanilla, de fetidez orgánica e intestinal. Asomé la cabeza, fatigado, y recibí la disculpa irrechazable de las palmas, que deposité en una impresión de agujas capoteras chantadas en la hierba como en un cojín. Luego contemplé el río Cauca, su flujo de café con leche, y al fondo las montañas. El dorso de un puño vegetal.
En adelante no hubo más montañas, sino paredes de monte, y un camino ahogado al que no sobrevino ningún pensamiento. Entonces, me dediqué a leer.
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La Asociación de Familiares Víctimas de Trujillo (Afavit) registra, de momento, 342 víctimas de la masacre. Personas que fueron torturadas, desaparecidas y asesinadas entre 1989 y 1994. Eran, en su mayoría, campesinos, sindicalistas y líderes sociales. Pero ciertos agentes estatales (y paraestatales) resolvieron juzgarlos y tratarlos como cómplices de la insurgencia, servidores del crimen y enemigos del Estado. Sucede que Trujillo tuvo la desdicha de ubicarse en medio de una ruta estratégica para los actores armados ilegales del país: la del Cañón de Garrapatas, una salida discreta al mar Pacífico. Se aliaron la Fuerza Pública, los paramilitares y los narcotraficantes del Norte del Valle, bajo la consigna de frenar una supuesta escalada guerrillera en el municipio. El resultado: trescientas cuarenta y dos víctimas, según Afavit.
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“Buen día, caballeros, ¿me podrían indicar dónde queda Afavit?”.
Dos veteranos le respondieron al conductor. Ahí me enteré de que la gente de Trujillo (cuyo gentilicio es trujillense), tiene acento paisa. Claro que eso lo explica la Historia: el territorio fue poblado por colonos antioqueños, en los años 20. Según un repositorio de publicaciones académicas de la Javeriana de Bogotá: “Desde el siglo XIX, con la llegada de la ola de colonización antioqueña, el centro y norte del Valle comenzaron a perfilarse como zonas cafeteras. De hecho, fue gracias a la viabilidad de la economía cafetera que Trujillo se erigió como municipio”1. Al menos así funciona todavía en las laderas, pues en la zona plana, como en el grueso del Valle, el cultivo predominante es la caña. Esa plaga agrícola impulsada por industriales y hacendados, que también son plaga.
No habían pasado diez minutos desde el cruce con los veteranos cuando el bus ya trepaba a las malas una pendiente muy pronunciada. Dimos con el tope, me bajé del bus e inhalé profundo un aire que me supo a menta. Había un portón al frente. Salió a recibirnos una señora cuyo nombre no recuerdo porque ni la escuché, ni le pregunté, ni la vi más; ignoré sus siguientes movimientos por atender, en cambio, las primeras imágenes de Afavit. Un murito de piedras enmalladas… Pinturas y letras en cada pared… Una huerta de pepino y cilantro… Muchos árboles, arbustos, flores. En manada, avanzamos en dirección al primer piso de un edificio de dos.
Al fondo, había sillas organizadas. Del lado contrario, una cocina.
Nos acomodamos en las sillas. Escuché:
“Tengan ustedes un cordial saludo de bienvenida. Este es el Parque Monumento, parque en memoria de las víctimas…”.
Era la voz de un hombre pequeño y cano, cuya función de allí en adelante sería guiar nuestra visita: Nelson Fernández.
“Vamos a hacer el recorrido por la parte externa. Encontraremos allí unos monumentos significativos que guardan la memoria de las víctimas. Ahora salimos… Llegamos hasta un árbol frondoso que está ahí afuera”, señaló con el dedo: “ahí inicia el Sendero de Memoria Nacional…”.
Estábamos en el salón de Afavit. Un sitio de atmósfera parroquial y maximalista. Había pinturas, poemas, fotografías, libros, cruces blancas, carteleras, infografías y fragmentos de archivos de prensa que hablaban, más o menos, de lo mismo: las masacres colombianas. En especial, por supuesto, la de Trujillo. Y mientras anotaba en mi libreta lo que veía y escuchaba, sentado en una de las veintitantas sillas, pensé: “cualquiera puede encontrar esto en Internet”. La masacre de Trujillo, como tantas otras, se ha registrado en documentos oficiales, tesis universitarias, obras artísticas, documentales… En la última página escribí: ¿qué podría decir que ya no se haya dicho?
Continuó don Nelson: “…luego entramos al sendero de Los Osarios, que son 235, en siete módulos. Cruzamos Los Osarios y llegamos a la plazoleta, allí está un monumento que se llama La Sombra del Amor… veremos qué significa ese muro; y está El Mausoleo, que guarda los restos mortales del sacerdote Tiberio Fernández. Supongo que ustedes ya han oído hablar de él”.
Algo había oído, sí.
Me reduje a lo esencial: Sendero Nacional, Osarios, plazoleta: Sombra de amor, Mausoleo. Consideré que debía meter aquello en la libreta, y así lo hice. Por lo demás, me desconecté: moría de hambre. La condición me había arrastrado a la orilla de lo esencial; ese era el motivo. Tuve que aferrarme a aquello, desterrado de los dominios del tiempo… Sendero Nacional, Osarios, plazoleta: Sombra de amor, Mausoleo. Lo demás era un balbuceo. Reservé el reducto de mi atención para la remota imagen del milagro, que debía surgir en la cocina; entonces miraba la cocina y la cocina me miraba de vuelta, indiferente. Me iba quebrando la fe. Al cabo de ese periodo inconcreto en que Dios me puso a prueba, se me presentó el milagro en una bolsa de papel.
–Mijo, ¿pandebono?
Piadosa voz, piadosas manos.
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La parte externa está rodeada por un jardín amplísimo y florido, de flores que parecen mechones tinturados del follaje, tonos escandalosos, similares a los que utiliza la gente que se ha aburrido demasiado: fucsia, rojo, violeta. Un lugar objetivamente bello, donde los pájaros se reúnen a cantar. Por allí, en un recodo, empieza el recorrido: Sendero de Memoria Nacional.
Junto al árbol referido por don Nelson, hay un cartel. Don Nelson dijo:
–¿Quiere alguien leer, así en alta voz?
Alguien, valiente, o menos cobarde que el resto, tomó la palabra:
–Sendero Nacional de la Memoria.
La memoria de Colombia camina en Trujillo.
Caminamos porque las víctimas siguen vivas.
¿Caminados?2 porque la vida con dignidad lo exige.
Caminamos como un derecho y un deber, compromiso y exigencia.
Caminamos en resistencia para mantener la lucha y la esperanza.
Caminamos construyendo verdad, justicia y reparación integral.
Caminamos con sueños agarrando el sol que calienta corazones…
alumbra el sendero de la memoria… en fe y libertad.
La memoria seguirá caminando dejando huellas… de… dignidad
para que nunca más se repitan estos crímenes.
Así fue leído. Y fue escrito por Maritze Trigos.
“Maritze Trigos y Teresa Cano son dos religiosas de la comunidad dominica3 que nos acompañan aquí. Son coordinadoras. Ellas vienen cada mes y nos ayudan acá en esta labor…”.
Maritze Trigos es de Ocaña, Norte de Santander. En Afavit, sucedió con Maritze Trigos esa clase de adopción simbólica que provoca el buen servicio. Se volvió figura de Trujillo, como lo hacen los grandes foráneos. Don Nelson hablaba de ella, anunciaba al prodigio sin sufrir de envidia; agotados los elogios, inició la caminata. Dos perros juguetones, cuyas apariciones son un misterio personal, nos siguieron el paso. La dinámica fue la siguiente: un cartel adornado con pequeñas tejas de barro contiene el resumen de una de las tantas masacres colombianas. Alguno de nosotros lee el cartel para todos, y don Nelson agrega un breve comentario. Avanzamos al siguiente cartel. Se repite, con un lector diferente. Eso hicimos, moviéndonos colina arriba, aunque sin estancarnos en cada cartel, porque son 25 carteles, y cada cartel nos demoraba unos cinco minutos, para un total de casi dos horas de carteles que no podían destinarse únicamente a eso. Los perros, en cambio, se la pasaron revolcándose en hojas secas.
Hicimos una pausa a medio recorrido. Alrededor de un pozo lleno de piedras.
“Este rústico tanque significa un monumento que se le hizo a un periodista, Rodrigo Grajales”.
Rodrigo Grajales es de Pereira, es fotógrafo y documentalista, y en pleno ejercicio de su profesión ha acompañado el proceso de Trujillo. Un día, Grajales se le acercó a don Nelson y le dijo que le habían negado trabajar en La Rochela (corregimiento de Simacota, Santander). Que se lo habían negado ciertos grupos al margen de la ley. Con mucha rabia le dijo a don Nelson: “¡me sacaron la piedra!”. Y Afavit decidió que debía recordar ese episodio.
“En este rústico tanque tenemos estas piedritas, y al que quiera expresar cómo le saca la piedra la situación que vivimos, puede tomar una piedrita y arrojarla acá. Expresarse brevemente”.
Algunos lo hicieron.
Alguien dijo que le da piedra que los medios de comunicación no contaron a tiempo lo que estaba pasando, y tiró la piedra. Alguien dijo que le da piedra que todavía seamos tan indiferentes, y tiró la piedra. Alguien, que le da piedra los que niegan la Historia, y tiró la piedra. Alguien, que le da piedra la impunidad, y tiró la piedra. Alguien, que la revictimización. Alguien, que la estigmatización. Alguien, que la falta de apoyo del Estado.
“Muy bien, está muy buena esa expresión porque realmente no nos están apoyando”, agregó don Nelson.
“No nos están apoyando. Nosotros guardamos la memoria acá, pues, para que no haya repetición de esos hechos violentos… Pero esa indiferencia del Estado… Parece como que no le importara”.
Finalmente, don Nelson tiró su piedra. “Me da piedra los que no sienten nada por nada”.
A mí no se me ocurrió nada. Me da piedra eso, pero no tanta.

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La «evasión del discurso»4 es una reacción psíquica provocada por la exposición prolongada a la voz sobre violencias. A quien evade el discurso le basta con tumbarse en el sillón de la sala y declarar seguidamente: “nada existe, salvo yo”. El evasor del discurso vive con relativa tranquilidad; de la violencia no sabe dónde, ni cuándo, ni cuántos, ni culpa de quién. Sus pensamientos predilectos son: “¿qué se la va a hacer?”, “aquí no pasa eso” y, la favorita, “eso es cuento viejo”. La obsolescencia es la gran amiga del evasor del discurso.
Pero a toda expresión, por obsoleta que sea, le sobreviven algunas resonancias. Partículas viejas que el aire insiste en empujar, al servicio de una necesidad: hacer memoria. Don Nelson hacía memoria con nosotros. La hacía en voz alta, viendo y haciéndonos ver las paredes del sitio en que estábamos entonces. Nos ayudó a mirar con su memoria. Lo que de otro modo no hubiera sido más que un relieve simpático en una pared blanca y, con frecuencia, sucia, se convirtió con don Nelson en una exposición de época: la vida del cantinero, entregado a la barra de servicio; de la campesina, sus manos severas para el maíz; del arriero, de la mula, acosados por el peso del sol; del jornalero recio y su eterno azadón. Don Nelson dijo no, ningún relieves: esculturas. Y fueron hechas primero en barro, luego en cemento, y hechas, además, por los dolientes de las víctimas, quienes, por supuesto, no sabían esculpir. Pero sintieron necesidad.
“Estos son Los Osarios”, dijo don Nelson. 235 víctimas allí reunidas. Y sobre la voz de don Nelson, la de los pájaros. Una sinfonía sutil y agradecida.
En las placas fúnebres de Los Osarios aparecen los términos «desaparición», «ejecución extrajudicial», pero casi siempre «asesinato». José Aldemar Marín P, asesinato. Luis Humberto Umaña O, asesinato. Lubing Gonzales Ortiz, asesinato. Hugo Herrera Betancurt, asesinato. María Élida Gómez Díaz, asesinato. Rodrigo Correa Román, asesinato. Sócrates Antonio Mejía, asesinato… El asesinato, que es la acción definitiva del conquistador y del salvaje. La determinación de sustraer una vida ajena, concibiendo esa vida como una materia en condición de ser tomada. Una cosa arrebatable. Todo asesino se apodera de la vida que arrebata: en el instante en que asesina, la biografía del muerto es absorbida por el hecho, y el paquete cae en manos del responsable. El asesino se lleva esa muerte al bolsillo, y ese es su certificado irrevocable de propiedad. Nadie podrá quitarle la vida que quitó. Una vergüenza absoluta.
Convendría que al leer «asesinato» se le remita al lector a una experiencia profundamente vergonzosa: que el lector, idóneamente sensible, se revuelque en la vergüenza que debiera sentir no él, sino el asesino. Convendría no por darle castigo gratuito al lector, sino para hacerlo consciente del horror que la palabra entraña.
Sin embargo, sucede que durante cualquier ola de violencia, las palabras son vaciadas de sentido. «Asesinato» se convierte en un silencio. Basta hacer el ejercicio de repetir una palabra sin detenerse para notar cómo, gradualmente, va perdiendo sentido. De manera que cuando «asesinato» se torna redundante, pierde su potencia atroz. Empieza a parecer absurdo. Se desnuda.

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Al llegar a la plazoleta me dolían las piernas, la espalda baja. Fantaseaba con la idea de un asiento. Un asiento que podía ser cualquier cosa con vocación de asiento. Pero lo que vi fue el muro del que nos habló don Nelson al principio, La Sombra del Amor, y en absoluto me pareció un asiento, sino la zona de duchas de una piscina. Alguien leyó la placa. En pocas palabras: un artista kurdo llamado Hoshyar Rasheed decidió construir siete muros curvos en siete países para que juntos formasen un círculo imaginario. El de Trujillo, que fue el primero, lo atraviesa de manera horizontal, por ambas caras, una cenefa de motivos astrales, abstractos, expresionistas. Pero antes que elaborar mayores y superfluas descripciones, me parece importante admitir que desconocía la existencia de la palabra “kurdo”, y de una nación llamada “Kurdistán”, como nos dijo don Nelson que se llamaba. Tampoco sabía que es una nación sin Estado, que se ubica en Siria, Turquía, Irán e Irak. Tampoco que es uno de los pueblos más antiguos de Asia Occidental: treinta siglos ubicado en esa zona. Tampoco que perteneció al Imperio Otomano, que lo jodió la Primera Guerra Mundial, que lleva más de un siglo luchando por una tierra propia. Tampoco que para los nacionalistas turcos eso es mentira, que el pueblo kurdo no existe. Más de 30 millones de personas inexistentes, entre ellos Hoshyar Rasheed, que entonces quién sabe cómo levantó un muro en Trujillo.

Allí nos sacamos una foto grupal. Don Nelson dijo:
“Bueno, acá en esta plazoleta hemos tenido, pues, visitas grandes. Las hacemos cada año. Aquí se celebra parte de la misa de las homilías que nos vienen a celebrar en la peregrinación5. Normalmente nos acompaña el padre Javier Giraldo, uno de los actores del proceso que llevamos acá… Padre Javier Giraldo, cuyo amor se ha dedicado al Parque Monumento”.
Al padre Javier Giraldo se le atribuye ser uno de los impulsores del nacimiento de Afavit. Llegó a Trujillo tras enterarse del asesinato del párroco del pueblo, Tiberio Fernández, a quien había conocido. Para la fecha, el padre Giraldo estaba a la cabeza de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, una entidad dedicada a la defensa de los derechos humanos constituida por cristianos. Y en Trujillo, nadie quería hablar. La gente tenía miedo. El padre Giraldo, casi a escondidas, logró congregar a los familiares de las víctimas, con intención de que se escucharan entre ellos, ganaran confianza y empezaran a demandar. Aquello terminó en manos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en 1995, y fue entonces que el Estado colombiano, en mandato de Ernesto Samper, tuvo que reconocer, delante del mundo y de Trujillo, su complicidad. De los acuerdos pactados con el Estado, nació Afavit.
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“¿A quién mataron hoy?” fue una consulta que ingresó a la cotidianidad de Trujillo durante la masacre. Una normalidad espantosa. No puede saberse con exactitud cómo funciona la mente del asesino, pero lo peor de vivir rodeado de tragedia es que la tragedia consigue acomodarse.
Por eso son tan difíciles los cementerios. Son imperios del absurdo. Una placa fúnebre tras otra placa fúnebre tras otra, en sucesión ridícula, hasta aniquilar lo fúnebre, como un chiste que agota su gracia. Una placa fúnebre solo puede decir algo cuando se la aísla del resto. Y lo dicho no será tal por la placa, sino por el recuerdo del observador. La placa solo estimula al que recuerda lo que hay detrás de la placa; y quizá también a quien sabe imaginar, tanto que imagina que recuerda. A los demás no. Para los demás, hay muchas placas. Muchas placas que son mucha muerte. Y mucha muerte que no es ninguna. Es un horror difícil, indigerible: no se entiende nada.
En Los Osarios existe la alternativa de poner la mirada en las estatuas, que dicen más, que son más absorbentes que las placas; lo ensayé y me funcionó por un rato. Podía ver al cantinero, al jornalero, a la campesina. Pero la visión empezó a fallar cuando me concentré en la forma: si tal escultura estaba más o menos trabajada que la anterior, si habría que distinguir o no los «dibujos» de las «esculturas». Sentí que si no tuviera que hacerlo, no podría recordar nada. Ni una figura, ni un nombre; recordaría un vacío: «asesinato». ¿Eso es lo que debía recordar de Los Osarios? No para don Nelson, que insistía en hablarnos sobre la vida, sobre los oficios de la gente, sobre lo que se hacía en el pueblo antes de la tragedia. Pero las imágenes son más fuertes que las intenciones. Lo que yo veía era el vacío, vestido de asesinato.

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“Si mi sangre contribuye para que en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando, gustosamente la derramaré”.
Es el mensaje grabado en la tumba de Tiberio Fernández Mafla, ubicada al centro de una bóveda blanca, en la parte alta de la colina. El padre Tiberio pronunció aquellas palabras durante su última homilía en Trujillo.
Una nota publicada por el Centro de Memoria Histórica6 menciona:
“Como párroco de Trujillo, Tiberio empezó en 1985. Llegó con la idea de enseñarle a los trujillenses a dejar de depender de los grandes terratenientes, fundó un mercado los sábados para que los campesinos dejaran de ser estafados por los intermediarios. Su objetivo era transformar la economía del pueblo y por ello ayudó a montar 24 cooperativas que prestaban todo tipo de servicios a la comunidad”.
No es raro que, en los pueblos colombianos, la vocación religiosa de los hombres coincida con labores que exceden la religión y nutren al pueblo en lo material. Tiberio fue un hombre de servicio. Más aún, un hombre de verdad. Y por su inclinación a la verdad fue que los enemigos de la verdad arreglaron empujarlo a la verdad más verdadera: la muerte.
Sobre la puerta de El Mausoleo hay una figura: un Cristo mutilado, castrado y decapitado. Le llaman “El cristo de Tiberio”, y simboliza su horrible muerte.
Ocurrió el 17 de abril de 1990. Dice la nota:
“Ese día el padre Tiberio fue retenido junto a su sobrina Ana Isabel Giraldo y dos acompañantes más (José Norbey Galeano y Óscar Pulido Rozo), […] fue llevado a la hacienda Villa Paola, propiedad del narcotraficante Henry Loaiza ‘el Alacrán’, y allí fue obligado a ver cómo violaban, le cercenaban los senos y asesinaban a su sobrina”.
Luego de torturarlo moralmente, vino lo físico. Fue mutilado, castrado, decapitado, quién sabe si en ese orden. Le pegaron siete tiros. Lo que quedó de Tiberio, lo arrojaron al río Cauca. Una masa acéfala y asexuada que un campesino (al que también asesinaron) reconoció y terminó en la iglesia. De allí pasó a las manos de Afavit, 35 años después de flotar en el río, y al interior de una bóveda blanca, lo que queda, permanece.

Salí de El Mausoleo y me senté encima de un muro. Al frente vi encogida la cabecera municipal. Saqué mi libreta por hábito, sin la más mísera idea de qué escribir. Visité la última hoja, y leí: ¿qué podría decir que ya no se haya dicho? Pronto, los pájaros retornaron a mis oídos; no porque hubieran emigrado, sino porque a cierta altura del trayecto empecé a ignorarlos.
Los pájaros cantan aunque nadie los escuche.
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En la segunda planta del edificio de Afavit, en una esquina prescindible, hay un cartel sobre la vida de Benkos Biohó, líder africano que encabezó la rebelión cimarrona en la Colombia de hace 400 años. Como el padre Tiberio, fue mutilado y decapitado, y a diferencia de él, su cabeza fue expuesta por las calles como una advertencia a los rebeldes. Pero antes fundó el Palenque de La Matuna, el primer asentamiento negro del país en lograr un acuerdo de autonomía frente a la colonia española. El cartel finaliza con lo siguiente:
“La lucha la vida y la muerte de Benkos nos recuerda hoy en pleno siglo XXI que para la construcción de una verdadera e incluyente memoria nacional necesitamos nutrirnos de la grandeza cotidiana de hombres y mujeres que murieron mientras buscaban un pequeño espacio bajo el sol”.
Pienso en esta frase porque su centro no es la muerte, sino la “grandeza cotidiana”. Pero, ¿qué es eso? Quizá la simple y muchas veces ardua decisión de seguir con lo habitual: abrir la tienda, barrer la calle, cuidar a los hijos. Hacer lo que toca, incluso después del dolor. ¿No es esa la grandeza de un pájaro que canta? ¿No es el canto del pájaro, cualquiera sea la raza, el mismo objeto grave en todas partes? Todo pájaro canta el mismo canto, una forma sobria de decir: “la vida sigue”. No porque el pájaro haya olvidado nada, sino porque no puede detenerse.
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Me bajé del muro y me acerqué a la orilla de la colina. Vi techos azules y rojos invadidos por la mugre, como fichas dispersas de un juego de mesa guardado por mucho tiempo. Vi la torre afilada de la iglesia, y quise atraparla con los dedos. Vi un potrero de tierra canela, y qué ganas de armar un picadito. Vi el patio de una escuela a las doce en punto y todo el rebaño de criaturas. Nada. Escribí: la cara de cualquier pueblo colombiano. Sin embargo, la bóveda blanca a mi costado agregó a la línea: y ese fue el horror de entonces.
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- Tomado de: https://issuu.com/pujaveriana/docs/entre_tierras_y_limites_-_sampler/s/12951997 ↩︎
- Así está en el cartel. ↩︎
- Los dominicos, oficialmente conocidos como la Orden de Predicadores, son una orden religiosa católica fundada en 1216 por Santo Domingo de Guzmán. En Trujillo, así como en otras regiones, suelen estar presentes como párrocos, educadores o en labores comunitarias. ↩︎
- Término que he resuelto acuñar. ↩︎
- Evento que se convoca anualmente, a nivel nacional, en solidaridad con las víctimas de la masacre de Trujillo. El recorrido de la peregrinación puede variar, pero generalmente incluye la visita al Parque Monumento.
↩︎ - Tomado de: https://centrodememoriahistorica.gov.co/25-anos-de-la-desaparicion-del-heroe-de-trujillo/ ↩︎