Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Después del horror, las palabras

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Entre 1989 y 1994, Trujillo, Valle del Cauca, fue escenario de una masacre. Desde entonces, a través del arte y la palabra, algunas personas mantienen viva la memoria de aquel episodio. Trujillo quiere decir: la masacre, el eco de las víctimas, la vida después del horror. Y después del horror surge la duda: ¿cómo nombrarlo, cómo hacerlo en un país que ya lo ha hecho demasiado?

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Por: Andrés Felipe Salinas

Fotografías: Salvador Mendieta.

Día a día cuando me despierto pienso en vos. Alguien colgó en el aire gritos de pájaros como si fueran joyas.-Anne Carson

Colombia ha dicho tanto sobre la violencia… Más de cincuenta años de conflicto interno le han dado suficiente arcilla para esculpir una voz: la de los informes, la de los comunicados, la de los manuales, las leyes, los eufemismos. Colombia ha aprendido a enunciar el horror con propiedad. Alguna vez esta voz prolífica encuadró su discurso en un lugar del que, antes de la violencia, no se sabía nada: Trujillo. La voz dijo: “Trujillo fue masacrado”, y ahí supimos que fue en el Valle, más allá de Cali, 116 kilómetros al norte. Supimos que fue sobre el término del siglo anterior, y durante más de cinco años. Supimos que esos cinco largos años en que Trujillo fue sometido a altas dosis de horror, son hijos de la apatía nacional. Pero los evasores del discurso viven sin saberlo; se excusan en que “¡se han dicho tantas cosas horribles!”.

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Eran las primeras horas de la mañana. Tiré el respaldo para atrás y me acomodé a gusto. Sentí ingresar el aire tibio por la ventanilla, cargado de la porquería con que se trabajan las tierras que nos alimentan: esa fetidez que evoca procesos intestinales. Me asomé a la ventana, orientado al origen de la náusea, y recibí la disculpa irrechazable de las palmas. Dichas palmas me sugirieron la imagen de largas agujas clavadas en un cojín, que era parcela. Las agujas de un sastre colosal que había confeccionado el manto verde parduzco de la llanura, con aquellos bordes cerdosos que debían ser de trigo o alguna materia similar. Luego el Cauca, ese río de café con leche, fluyendo entre los nudillos de la tierra: las montañas.

Después no hubo más montañas, sino paredes de monte, y un camino ahogado por donde no llegó lejos ningún pensamiento. Después, no sé: aproveché el tiempo muerto para enterarme de que la Asociación de Familiares Víctimas de Trujillo (Afavit) ha registrado 342 víctimas de la masacre. Personas que, con la complicidad desvergonzada del Estado colombiano, fueron torturadas, desaparecidas y asesinadas entre 1989 y 1994. Eran campesinos, sindicalistas, líderes sociales. Pero ciertos agentes estatales y paraestatales, jueces miopes de la patria boba, resolvieron verlos y tratarlos como cómplices de la insurgencia, como servidores del crimen, como enemigos del Estado. Y es que Trujillo tuvo la desdicha de ubicarse en medio de una ruta estratégica para los actores armados ilegales del país: la del Cañón de Garrapatas, una salida discreta al mar Pacífico. Se aliaron la Fuerza Pública, los paramilitares y los narcotraficantes del Norte del Valle con la excusa de encarar la escalada insurgente en Trujillo. El resultado: trescientas cuarenta y dos víctimas, según Afavit.

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“Buen día, caballeros, ¿me podrían indicar dónde queda Afavit?”. 

Dos veteranos le respondieron al conductor. Ahí me enteré de que la gente de Trujillo, cuyo gentilicio es trujillense, tiene acento paisa. Claro que eso lo explica la Historia: el territorio fue poblado por colonos antioqueños, en los años 20. Según un repositorio de publicaciones académicas de la Javeriana de Bogotá: “Desde el siglo XIX, con la llegada de la ola de colonización antioqueña, el centro y norte del Valle comenzaron a perfilarse como zonas cafeteras. De hecho, fue gracias a la viabilidad de la economía cafetera que Trujillo se erigió como municipio”1. Al menos así funciona todavía en las laderas, pues en la zona plana, como en el grueso del Valle, el cultivo predominante es la caña de azúcar. Esa plaga agrícola impulsada por industriales y hacendados, que también son plaga.

No habían pasado diez minutos desde el cruce con los veteranos cuando el bus ya trepaba a las malas una pendiente muy pronunciada. Dimos con el tope, me bajé del bus e inhalé profundo ese aire que me supo a menta. Me saqué el diésel del paladar. Nos recibió en el portón una señora cuyo nombre no recuerdo porque ni le pregunté ni la vi más; ignoré sus siguientes movimientos por atender, en cambio, las primeras imágenes de Afavit. Un murito de piedras enmalladas… Pinturas y letras en cada pared… Una huerta de pepino y cilantro… Muchos árboles, arbustos, flores… Avanzamos en manada en dirección al primer piso de un edificio de dos. Adentro, al fondo, había sillas organizadas. Del lado contrario, una cocina.

Nos acomodamos. Escuché:

“Tengan ustedes un cordial saludo de bienvenida. Este es el Parque Monumento, parque en memoria de las víctimas…”.

Era la voz de un hombre pequeño y cano, cuya función de allí en adelante sería guiar nuestra visita: Nelson Fernández.

“Vamos a hacer el recorrido por la parte externa. Encontraremos allí unos monumentos significativos que guardan la memoria de las víctimas. Ahora salimos… Llegamos hasta un árbol frondoso que está ahí afuera”, señaló con el dedo: “ahí inicia el Sendero de Memoria Nacional…”.

Estábamos en el salón de Afavit. Un espacio de tendencia parroquial y atmósfera acumulativa: pinturas, poemas, fotografías, cruces blancas, carteleras, infografías y archivos de prensa que hablaban, más o menos, de lo mismo: la masacre de Trujillo. Y mientras anotaba en mi libreta lo que veía y escuchaba, sentado en una de las veintitantas sillas, pensé: “cualquiera puede encontrar esto en Internet”. La masacre de Trujillo, como tantas otras, se ha registrado en documentos oficiales, tesis, obras artísticas, documentales… En la última página, escribí: ¿qué podría decir que ya no se haya dicho?

Continuó don Nelson: “…luego entramos al sendero de Los Osarios, que son 235, en siete módulos. Cruzamos Los Osarios y llegamos a la plazoleta, allí está un monumento que se llama La Sombra del Amor… veremos qué significa ese muro; y está El Mausoleo, que guarda los restos mortales del sacerdote Tiberio Fernández. Supongo que ustedes ya han oído hablar de él”.

Algo había oído, sí.

Me reduje a lo esencial: Sendero Nacional, Osarios, plazoleta: Sombra de amor, Mausoleo. Consideré que debía meter aquello en la libreta, y así lo hice. Por lo demás, me desconecté: estaba muerto del hambre. La condición me había arrastrado a la orilla de lo esencial; era por eso. Tuve que aferrarme a aquello, desterrado de los dominios del tiempo… Sendero Nacional, Osarios, plazoleta: Sombra de amor, Mausoleo. Lo demás era un balbuceo. Reservé el reducto de mi atención para la remota imagen del milagro, que debía surgir en la cocina; entonces miraba la cocina y la cocina me miraba de vuelta, indiferente. Me iba quebrando la fe. Al cabo de ese periodo inconcreto en que Dios me puso a prueba, se me presentó el milagro en una bolsa de papel.

–Mijo, ¿pandebono?

Piadosa voz, piadosas manos.

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La parte externa está rodeada por un jardín amplísimo y florido, de flores que parecen mechones tinturados del follaje, con esos tonos vivos que usan las mujeres que se han aburrido demasiado: fucsia, rojo, violeta. Un lugar objetivamente bello, donde los pájaros se reúnen a cantar. Por allí, en un recodo, empieza el recorrido: Sendero de Memoria Nacional.

Junto al árbol referido por don Nelson, hay un cartel. Don Nelson dijo:

–¿Quiere alguien leer, así en alta voz?

Alguien, valiente, o menos cobarde que el resto, tomó la palabra:

–Sendero Nacional de la Memoria.

La memoria de Colombia camina en Trujillo.

Caminamos porque las víctimas siguen vivas.

¿Caminados?2 porque la vida con dignidad lo exige.

Caminamos como un derecho y un deber, compromiso y exigencia.

Caminamos en resistencia para mantener la lucha y la esperanza.

Caminamos construyendo verdad, justicia y reparación integral.

Caminamos con sueños agarrando el sol que calienta corazones…

alumbra el sendero de la memoria… en fe y libertad.

La memoria seguirá caminando dejando huellas… de… dignidad

para que nunca más se repitan estos crímenes.

Así fue leído. Y fue escrito por Maritze Trigos.

“Maritze Trigos y Teresa Cano son dos religiosas de la comunidad dominica3 que nos acompañan aquí. Son coordinadoras. Ellas vienen cada mes y nos ayudan acá en esta labor…”.

Maritze Trigos es de Ocaña, Norte de Santander. En Afavit, sucedió con Maritze Trigos esa clase de adopción simbólica que provoca el buen servicio. Se volvió figura de Trujillo, como lo hacen los grandes foráneos. Don Nelson hablaba de ella, anunciaba al prodigio sin sufrir de envidia; agotados los elogios, inició la caminata. Dos perros juguetones, cuyas apariciones son un misterio personal, nos siguieron el paso. La dinámica fue la siguiente: un cartel adornado con pequeñas tejas de barro contiene el resumen de una de las tantas masacres colombianas. Alguno de nosotros lee el cartel para todos, y don Nelson agrega un breve comentario. Avanzamos al siguiente cartel. Se repite, con un lector diferente. Eso hicimos, moviéndonos colina arriba, aunque sin estancarnos en cada cartel, porque son 25 carteles, y cada cartel nos demoraba unos cinco minutos, para un total de casi dos horas de carteles que no podían destinarse únicamente a eso. Entretanto, los perros se revolcaban en hojas secas.

Hicimos una pausa a medio recorrido. Alrededor de un pozo lleno de piedras.

“Este rústico tanque significa un monumento que se le hizo a un periodista, Rodrigo Grajales”.

Rodrigo Grajales es de Pereira, es fotógrafo y documentalista, y en pleno ejercicio de su profesión ha acompañado el proceso de Trujillo. Un día, Grajales se le acercó a don Nelson y le dijo que le habían negado trabajar en La Rochela (corregimiento de Simacota, Santander). Que se lo habían negado ciertos grupos al margen de la ley. Con mucha rabia le dijo a don Nelson: “¡me sacaron la piedra!”. Y Afavit decidió que debía recordar ese episodio.

“En este rústico tanque tenemos estas piedritas, y al que quiera expresar cómo le saca la piedra la situación que vivimos, puede tomar una piedrita y arrojarla acá. Expresarse brevemente”.

Algunos lo hicieron.

Alguien dijo que le da piedra que los medios de comunicación no contaron a tiempo lo que estaba pasando, y tiró la piedra. Alguien dijo que le da piedra que todavía seamos tan indiferentes, y tiró la piedra. Alguien, que le da piedra los que niegan la Historia, y tiró la piedra. Alguien, que le da piedra la impunidad, y tiró la piedra. Alguien, que la revictimización. Alguien, que la estigmatización. Alguien, que la falta de apoyo del Estado.

“Muy bien, está muy buena esa expresión porque realmente no nos están apoyando”, agregó don Nelson.

“No nos están apoyando. Nosotros guardamos la memoria acá, pues, para que no haya repetición de esos hechos violentos… Pero esa indiferencia del Estado… Parece como que no le importara”.

Finalmente, don Nelson tiró su piedra. “Me da piedra los que no sienten nada por nada”.

A mí no se me ocurrió nada. Me da piedra eso, pero no tanta.

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La “evasión del discurso”4 es una de esas reacciones psíquicas provocadas por los excesos retóricos de la voz violenta. Para evadir el discurso basta con tumbarse en el sillón de la sala y declarar seguidamente: “nada existe, salvo yo”. El evasor del discurso vive tranquilo, sin invocar expresiones caducas; de la violencia no sabe dónde, ni cuándo, ni cuántos, ni culpa de quién: al fin y al cabo, piensa, “la violencia ya pasó”.

Pero a toda expresión, por más caduca que sea, le sobreviven ciertas resonancias. Partículas viejas que el aire empuja todavía, presto a la necesidad de recordar que algunos sienten. Al momento, “algunos” era don Nelson: el aire proyectaba su voz hacia los relieves blancos de las paredes y, de vuelta, alcanzaba mis oídos. Gracias a este fenómeno supe que allí, en esas paredes, reposan los restos de muchas de las víctimas de la tragedia; y que los relieves, que no son otra cosa que esculturas, aspiran a representar un grato pasado: la vida del cantinero, su barra; de la campesina que pilaba el maíz; del arriero que cargaba la mula; del jornalero y su azadón. Figuras relativas a las víctimas, hechas primero en barro, luego en cemento; esculpidas por sus dolientes, que no sabían esculpir, pero sintieron aquella necesidad…

“Estos son Los Osarios”, dijo don Nelson. 235 víctimas allí reunidas. Y sobre la voz de don Nelson, la de los pájaros. En perfecta armonía.

En las placas fúnebres de Los Osarios aparecen los términos “desaparición”, “ejecución extrajudicial”, pero casi siempre “asesinato”. José Aldemar Marín P, asesinato. Luis Humberto Umaña O, asesinato. Lubing Gonzales Ortiz, asesinato. Hugo Herrera Betancurt, asesinato. María Élida Gómez Díaz, asesinato. Rodrigo Correa Román, asesinato. Sócrates Antonio Mejía, asesinato… El asesinato es quizá el gesto más indigno de la condición humana. La determinación de quitarle la vida a alguien, concibiendo esa vida como algo prestado, de lo que se es dueño; o como una materia que se usurpa irremediablemente. Porque todo verdugo se apropia de la vida que arrebata: al momento justo en que lo hace, no es más la vida de alguien, sino una propiedad cedida. El verdugo impone un certificado irrevocable de propiedad: se lleva al bolsillo de la muerte lo que considera suyo. Y lo es a partir de ese momento. Sin opción de réplica, sin previa mediación de la vergüenza. Convendría que al leer “asesinato” se le remita al lector a una experiencia profundamente vergonzosa: que el lector, sensible, se revuelque en la vergüenza que debiera sentir el verdugo, si acaso un verdugo pueda sentir algo. Pero durante cualquier ola de violencia, “asesinato” se convierte en una palabra muda. Si uno repite varias veces una palabra verá cómo, gradualmente, deja de tener sentido. Cuando “asesinato” se torna redundante, empieza a parecer ridículo; pierde su potencia atroz; se desnuda.

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Al llegar a la plazoleta me dolían las piernas, la espalda baja. Fantaseaba con la idea de un asiento. Un asiento que podría ser cualquier cosa con vocación de asiento. Pero lo que vi fue el muro del que nos habló don Nelson al principio, “La Sombra del Amor”, y en absoluto me pareció un asiento, sino la zona de duchas de una piscina. Alguien leyó la placa. En pocas palabras: un artista kurdo llamado Hoshyar Rasheed decidió construir siete muros curvos en siete países para que juntos formasen un círculo imaginario. El de Trujillo, que fue el primero, lo atraviesa una cenefa de motivos astrales, abstractos, expresionistas. Pero antes que elaborar mayores descripciones de un lugar que finalmente se puede googlear, me parece importante admitir que no sabía que existe la palabra “kurdo”, ni una nación llamada “Kurdistán”, como nos dijo don Nelson que se llamaba. Tampoco sabía que es una nación sin Estado, que se ubica en Siria, Turquía, Irán e Irak. Tampoco que es uno de los pueblos más antiguos de Asia Occidental: treinta siglos ubicado en esa zona. Tampoco que perteneció al Imperio Otomano, que lo jodió la Primera Guerra Mundial, que lleva más de un siglo luchando por una tierra propia. Tampoco que para los nacionalistas turcos eso es mentira, que el pueblo kurdo no existe. Más de 30 millones de personas inexistentes, entre ellos Hoshyar Rasheed, que entonces quién sabe cómo levantó un muro en Trujillo.

Allí nos sacamos una foto grupal. Don Nelson dijo:

“Bueno, acá en esta plazoleta hemos tenido, pues, visitas grandes. Las hacemos cada año. Aquí se celebra parte de la misa de las homilías que nos vienen a celebrar en la peregrinación5. Normalmente nos acompaña el padre Javier Giraldo, uno de los actores del proceso que llevamos acá, padre Javier Giraldo, cuyo amor se ha dedicado al Parque Monumento”.

Al padre Javier Giraldo se le atribuye ser uno de los impulsores del nacimiento de Afavit. Llegó a Trujillo tras enterarse del asesinato del párroco del pueblo, Tiberio Fernández, a quien había conocido. Para la fecha, el padre Giraldo estaba a la cabeza de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, una entidad dedicada a la defensa de los derechos humanos constituida por cristianos. Y en Trujillo, nadie quería hablar. La gente tenía miedo. El padre Giraldo, casi a escondidas, logró congregar a los familiares de las víctimas para que se escucharan entre ellos, para que recuperaran la confianza, para que empezaran a demandar. Aquello terminó en manos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en 1995, y fue entonces que el Estado colombiano, en mandato de Ernesto Samper, tuvo que reconocer, delante del mundo y de Trujillo, su complicidad. De los acuerdos pactados con el Estado, nació Afavit.

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“¿A quién mataron hoy?” fue una consulta que ingresó a la cotidianidad de Trujillo durante la masacre. Cosa que, para el alumno ausente, equivaldría a decir: “¿qué tarea dejaron?”. Con tanta sed como temor de una respuesta. Uno no sabe cómo funciona la mente del verdugo, pero lo peor de vivir rodeado de muerte es que la muerte consigue acomodarse.

Por eso no me gustan los cementerios. Imperios del absurdo de la muerte. Una placa fúnebre tras otra placa fúnebre tras otra, en sucesión ridícula, hasta aniquilar lo fúnebre, como si una placa-madre incongruentemente fúnebre hubiese entrado en mitosis hasta el desaliento. Una placa fúnebre solo puede decir algo cuando se le aísla del resto. Y lo dicho no será tal por la placa, sino por el recuerdo del observador. La placa solo estimula al que recuerda lo que hay detrás de la placa; y quizá también a quien sabe imaginar, tanto que imagina que recuerda. A los demás no. Para los demás, hay muchas placas. Muchas placas que son mucha muerte. Y mucha muerte que no es ninguna. Es un horror indefinido, indigerible: no se entiende nada. En Los Osarios queda la alternativa de poner la mirada no en las placas sino en las estatuas, más dicentes, más aislables que las placas; lo ensayé y me funcionó por un rato. Podía ver al cantinero, al jornalero, a la campesina. Pero la visión empezó a fallar cuando me concentré en la presentación: si tal escultura estaba más o menos trabajada que la anterior, si habría que distinguir o no los “dibujos” de las “esculturas”. Sentí que si no tuviera que hacerlo, no podría recordar nada. Ni una figura, ni un nombre; recordaría un vacío: “asesinato”. ¿Eso es lo que debía recordar de Los Osarios? No para don Nelson, que insistía en hablarnos sobre la vida, sobre los oficios de la gente, sobre lo que se hacía en el pueblo antes de la tragedia. Pero las imágenes son más fuertes que las intenciones. Lo que yo veía era el vacío, vestido de asesinato.

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 “Si mi sangre contribuye para que en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando, gustosamente la derramaré”.

Es el mensaje grabado en la tumba de Tiberio Fernández Mafla, ubicada al centro de una bóveda blanca, en la parte alta de la colina. El padre Tiberio pronunció aquellas palabras durante su última homilía en Trujillo.

Una nota publicada por el Centro de Memoria Histórica6 menciona: 

“Como párroco de Trujillo, Tiberio empezó en 1985. Llegó con la idea de enseñarle a los trujillenses a dejar de depender de los grandes terratenientes, fundó un mercado los sábados para que los campesinos dejaran de ser estafados por los intermediarios. Su objetivo era transformar la economía del pueblo y por ello ayudó a montar 24 cooperativas que prestaban todo tipo de servicios a la comunidad”. 

Más allá de la pura abstracción espiritual que profesan tantos sacerdotes, Tiberio fue un hombre práctico. Un hombre de verdad. Y por su inclinación a la verdad fue que los enemigos de la verdad arreglaron empujarlo a la verdad más verdadera: la muerte.

Sobre la puerta de El Mausoleo hay una figura: un Cristo mutilado, castrado y decapitado. Le llaman “El cristo de Tiberio”, y simboliza su muerte horrorosa.

Ocurrió el 17 de abril de 1990. Dice la nota:

“Ese día el padre Tiberio fue retenido junto a su sobrina Ana Isabel Giraldo y dos acompañantes más (José Norbey Galeano y Óscar Pulido Rozo), […] fue llevado a la hacienda Villa Paola, propiedad del narcotraficante Henry Loaiza ‘el Alacrán’, y allí fue obligado a ver cómo violaban, le cercenaban los senos y asesinaban a su sobrina”.

Luego de torturarlo moralmente, vino lo físico. Fue mutilado, castrado, decapitado, quién sabe si en ese orden. Le pegaron siete tiros. Lo que quedó de Tiberio, lo arrojaron al río Cauca. Una masa acéfala y asexuada que reconoció un campesino (al que también asesinaron) y terminó en la iglesia. De allí pasó a las manos de Afavit, 35 años después de flotar en el río, y al interior de una bóveda blanca, permanece.

Salí de El Mausoleo y me senté encima de un muro. Al frente vi encogida la cabecera municipal. Saqué mi libreta por automatismo, sin la más mísera idea de qué escribir. Visité la última hoja, limpia: la froté con ambas manos; al girarla, leí: ¿qué podría decir que ya no se haya dicho? Pronto los pájaros retornaron a mis oídos; no porque hubieran emigrado, sino porque a cierta altura del trayecto empecé a ignorarlos.

¿Los pájaros cantarían aun sabiendo que nadie los escucha?

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En la segunda planta del edificio de Afavit, en una esquina prescindible, hay un cartel sobre la vida de Benkos Biohó, líder africano que encabezó la rebelión cimarrona en la Colombia de hace 400 años. Como el padre Tiberio, fue mutilado, decapitado, y su cabeza fue expuesta por las calles como una advertencia a los rebeldes. Pero antes fundó el Palenque de La Matuna, el primer asentamiento negro del país en lograr un acuerdo de autonomía frente a la colonia española. El cartel finaliza con lo siguiente:

“La lucha la vida y la muerte de Benkos nos recuerda hoy en pleno siglo XXI que para la construcción de una verdadera e incluyente memoria nacional necesitamos nutrirnos de la grandeza cotidiana de hombres y mujeres que murieron mientras buscaban un pequeño espacio bajo el sol”.

Pienso en esta frase porque su centro no es la muerte, sino la “grandeza cotidiana”. Pero, ¿qué es eso? Tal vez sea simplemente seguir con lo esencial: abrir la tienda, barrer la calle, cuidar a los hijos. Hacer lo que toca, incluso después del dolor. ¿No es esa la grandeza de un pájaro que canta? ¿No es el canto del pájaro, sin importar qué pájaro, el mismo objeto grave en todas partes? Todo pájaro canta el mismo canto, una forma sobria de decir: “la vida sigue”. No porque el pájaro haya olvidado nada, sino porque no puede detenerse. 

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Me bajé del muro y me acerqué a la orilla de la colina. Vi techos azules y rojos invadidos por la mugre, como fichas dispersas de un juego de mesa guardado por mucho tiempo. Vi la torre afilada de la iglesia, absurdamente estirada. Vi un potrero de tierra canela, sediento de un picadito. Vi el patio de una escuela a las doce en punto y todo el rebaño de criaturas. Nada. Escribí: la cara de cualquier pueblo colombiano. Sin embargo, había una bóveda blanca a mi costado que entre líneas replicaba: y eso fue el horror de entonces. 

  1. Tomado de: https://issuu.com/pujaveriana/docs/entre_tierras_y_limites_-_sampler/s/12951997
    ↩︎
  2. Así está en el cartel. ↩︎
  3. Los dominicos, oficialmente conocidos como la Orden de Predicadores, son una orden religiosa católica fundada en 1216 por Santo Domingo de Guzmán. En Trujillo, así como en otras regiones, suelen estar presentes como párrocos, educadores o en labores comunitarias. ↩︎
  4. Término que he resuelto acuñar. ↩︎
  5. Evento que se convoca anualmente, a nivel nacional, en solidaridad con las víctimas de la masacre de Trujillo. El recorrido de la peregrinación puede variar, pero generalmente incluye la visita al Parque Monumento. ↩︎
  6. Tomado de: https://centrodememoriahistorica.gov.co/25-anos-de-la-desaparicion-del-heroe-de-trujillo/ ↩︎