Lizeth León Borja —periodista, filósofa, escritora e ilustradora— ha hecho de la ciudad y de la memoria los ejes de su obra. Desde su seudónimo Cucharitadepalo, transforma fachadas, objetos y duelos familiares en un archivo sensible de Bogotá y de sí misma. Entre dibujos, crónicas y caminatas, su mirada reconstruye una geografía íntima donde el arte se vuelve una forma de habitar lo perdido.
✦ ✦ ✦
Por: Mauricio Arango Galindo
Ilustración de la casa de infancia de Lizeth León. Imagen de: @cucharitadepalo (Instagram)
El 13 de junio de 2009, de madrugada, Lizeth León Borja iba a tomar una decisión determinante: escoger sus apodos para Facebook y Twitter. Por entonces corría el bochinche de que ella supuestamente coleccionaba cucharas y para un cumpleaños le regalaron varias. Al ver una de palo en su escritorio, mientras pensaba en un alias, se decidió: “cucharitadepalo”. Desde entonces, este se transformó en un seudónimo de redes sociales y en su marca profesional.
Lizeth nació en Bogotá, el 9 de abril de 1948, exactamente cuarenta y un años después del Bogotazo; vive hace siete en Popayán. Es periodista, filosofa, escritora e ilustradora. Entre el 11 de julio y el 24 de agosto de 2025 exhibió en la galería Vértigo Contemporary “El último ejemplar”, exposición donde exploró, mediante la intervención de objetos de su historia familiar, la amenaza de extinción de esta última. Meses antes, en marzo, su crónica “Otro tipo de hueso” sobre el ladrillo capitalino apareció en la compilación “Bogotá contada 11”. En 2019 publicó “Días de Inercia”, obra que, afirma, es “un registro más o menos minucioso de acciones domésticas, retazos de sueños, fragmentos de mala literatura”. En 2016 sacó “Alfabeto bogotano”, libro donde ilustró el lenguaje coloquial rolo en clave de abecedario.
Actualmente, las publicaciones más recientes de @cucharitadepalo en Instagram conciernen, además de a El último ejemplar, a Casa de Herrero, proyecto con el que quiere transformar su casa de infancia en un espacio cultural. Un poco más abajo aparecen, como si el feed fuera un árbol y cada publicación una rama, ilustraciones de aves, sus obras más recurrentes en los últimos años. Conforme el scroll baja, las aves se van extinguiendo y aparecen en su lugar ilustraciones de panorámicas de ciudades y de casas. Esto es pista del primer libro que León publicó, en 2015, titulado “Fachadas bogotanas”, donde dibujó edificaciones de la arquitectura popular capitalina y acompañó a cada una de un texto escrito. En octubre de 2024 Lizeth estaba en Cali y tuve la oportunidad de entrevistarla para hablar de fachadas y “Fachadas”.
***
La carrera artística de Lizeth León inició con su padre. Carlos León era un hombre con costumbres de cachaco vieja guardia y una visión cruda de la vida. Fue fotonegativista de El Espectador y en sus últimos años tuvo un taller de serigrafía en casa, donde su hija, a la que tuvo a los 60, creció y se enamoró de la ilustración. Ese oficio le implicaba a Carlos itinerancia, ir, a pie porque no había carro, de colegio en colegio buscando clientes. Acompañando a su padre, quien según ella era una de las personas que más conocía Bogotá y se atravesaba por sus rincones más inimaginables, fue que Lizeth aprendió a relacionarse con la ciudad desde el caminar.
“Recorrerlo —el espacio— caminando también es… perderse. A diferencia de los carros, al caminar te puedes meter por la callecita más angosta. Siento que eso también genera una actitud frente al espacio, una cierta mirada”
Carlos y Lizeth León. Imagen de: @cucharitadepalo (Instagram)
Además de los recorridos, otro elemento clave que moldeó la mirada de Lizeth fue el punto específico desde donde los hizo. Como en tantas otras ciudades, los puntos cardinales bogotanos, en su caso puntual el norte y el sur, no implican sólo una diferencia espacial, sino también de realidad social.
“En el paisaje natural del sur, por ejemplo, el verde es otro verde; el gris es un gris lleno de hollín, de grasa, es un gris triste; la ciudad del ladrillo es otra ciudad y el ladrillo al sur es distinto al ladrillo del centro.”
Lizeth se crió justo en medio de ese tránsito, en una casa del centro donde empezaba ese sur de gris grasoso. De hecho, el nombre de su localidad era en honor a un santo que ayudaba a pasar transeúntes por el río: San Cristóbal. El sector, además, era una zona de ladrilleras, lo que creaba, dice Lizeth, “un paisaje rarísimo, como Mordor, unas torres de esas de El Señor de los Anillos botando humo. De niña no entendía qué era eso y siempre me causó mucha curiosidad”.
Imagen de: cucharitadepalo.co
Hacia 2006 Lizeth salió del país. Estuvo una temporada corta en España y después en Italia, donde quedó atrapada algunos años por líos burocráticos. Allí, aunque asombrada por la majestuosidad de Roma, sentía que no encajaba. Más que colombiana, se sentía rola. Entonces, entre la miopía y la añoranza, empezó a confundirse y ver paralelismos inexistentes que remitían a una sola cosa: Bogotá. Años después, ya como turista y no como reclusa burocrática, encontró en ese país libros de ciudades ilustradas: “¿por qué no hay algo así sobre Bogotá?”, se preguntó.
En 2014, ya establecida definitivamente de vuelta en Colombia, León escribió “Muerte fuera del ruedo”, crónica que ganó el Premio Distrital de Crónica Ciudad de Bogotá de ese año y al siguiente fue incluida en el libro “Seis historias para ser contadas”. La narración aborda el mito urbano de un toro que, en octubre de 1985, supuestamente, se escapó de un camión en el centro, entró a un edificio, embistió y mató a un hombre que bajaba de un ascensor. Escribir esa crónica implicó cazar la historia, perseguirla por las calles y testimonios del centro: a Lizeth le gustó.
***
Todas las experiencias hasta ahora descritas se encauzaron en enero de 2015, cuando Lizeth, quizá con el impulso de las promesas de año nuevo, se propuso un ejercicio para combatir su holgazanería: recorrer Bogotá durante cuatro meses y dibujar diariamente la fachada de una edificación. Su objetivo era ir más allá de la arquitectura patrimonial, oficialista, turística y reivindicar las estéticas cotidianas. El resultado fue un libro de siete capítulos con 48 dibujos seleccionados entre los 120 que hizo en total, cada uno acompañado de un texto escrito, que marcó el inicio de su carrera como ilustradora profesional.
“Yo era dibujante aficionada. Si a mí me dicen en ese momento que iba a terminar dedicada a eso no me lo habría creído”.
El proyecto inició marcado por la nostalgia. El padre de Lizeth le heredó, además de la itinerancia y las artes gráficas, relatos de añoranza por la Bogotá de los 30s donde él creció, así como el sentimentalismo del tango. “Mi papá me arrullaba cantándome Yira: «verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa»”, añade. El primer texto del libro trata justamente de la relación de ella con esta música. Sin embargo, en el proceso de hacer Fachadas, Lizeth descubrió una ciudad compleja, inmensa, brutal en espacio. No entendía por qué, entonces, su papá y muchos conciudadanos seguían atrapados en esa Bogotá pequeña de la Calle Real y 50 cuadras. Así, Lizeth soltó la nostalgia y se interesó por una narración más actual y amplia de la ciudad, que incluyó también a los municipios de Soacha, Chía y La Calera para dar cuenta de su expansión territorial.
Imagen de: @fachadasbogotanas (Tumblr)
Lizeth concibe lo que quedó puesto en el libro como una geografía personal:
“Las ciudades son trayectos, que son distintos en sus características para todo el mundo, lo que cambia por completo la experiencia de ciudad: cómo la pensamos, qué hacemos, qué decimos, escribimos y dibujamos de ella. Esos trayectos cambian según la temporalidad. Por ejemplo, yo crecí en el centro y en el sur, pero tuve un par de novios que vivían muy al norte o las afueras y, por un momento de mi vida, esa fue mi cotidianidad y mis trayectos. Terminaba la relación, dejaba de ser mi geografía y pasaba a ser otra”.
***
Durante la creación de Fachadas a Lizeth le llamó la atención las capas de biodiversidad y ruralidad presentes en la urbe. Un año después de publicar el libro, en un acto “campesino hípster”, se fue a vivir a las montañas de Tocancipá, municipio cercano a Bogotá. Allá, la riqueza del mundo de las aves se le manifestó en cantos. Cuando escuchaba una nueva, salía a perseguirla; luego empezó a atraparlas desde su obra, con ilustraciones.
Imagen de: cucharitadepalo.co
Esto es justamente lo que Lizeth resalta de la geografía caleña: la naturaleza, el verde, un verde biche y vivo. Encuentra los árboles de aquí particularmente curvilíneos, lo que le da frescura y movimiento a la ciudad, en consonancia con sus habitantes que, señala, caminan un tumbao de pecho abierto y manos sueltas. A diferencia de Bogotá, apunta, en Cali se puede disfrutar de los parques sin distinción de clase. Entiende esto, por un lado, como fruto de la relación de la gente y los barrios con esa vegetación, no como un logro institucional. Por otro, como una posibilidad del clima cálido de caleño que, además, creó el hábito de parchar en el andén o el antejardín. Esto último en la capital, cuenta, era mal visto, pues el frío generó dinámicas interioristas: “Mi papá era de los que decía: “¿Por qué tiene que estar haciendo visita en la calle? La visita se hace dentro, para eso tienen sala”, añade. Más allá de la biodiversidad, en términos arquitectónicos, lo que más nota en Cali es trabajos de ornamentación: rejas, cenefas en las terrazas, muchas formas y patrones:
“Hay un cierto tipo de material, que es como una piedra azul verdosa con cortes triangulares, como un collage de formas y texturas, lo he visto mucho en las fachadas de por acá”.
Serigrafía de Cali. Imagen de: cucharitadepalo.co
Irónicamente, una mujer con una vida y obra tan arraigada en Bogotá, la abandonó en 2018. Llevaba tiempo haciendo una investigación para una novela, pero estar en esta ciudad no le permitía cerrarla, lo que afectaba su seguridad física, emocional y mental. Necesitaba irse para dejar reposar la historia y poder escribirla. La oportunidad apareció cuando a su novio le ofrecieron un trabajo en Popayán, donde reside hasta el día de hoy.
Este nuevo destino, completamente opuesto a su ciudad natal, le gustó mucho, sobre todo por un costo de vida que le permitió tener un estudio al lado de su casa y, también, por ser más caminable. Así, en estos años se deshabituó de Bogotá. Ahora va y le da dolor de cabeza. Las calles, que antes la llamaban para recorrerlas y narrarlas, ahora la alertan, retraen y ponen casi paranoica. El centro ya no es el que estaba acostumbrada a ver. Con cada visita, siente a la ciudad más agresiva en la medida que gana volumen, como un libro pop-up que agrega nuevas capas, con torres gigantes que se comen la mirada del cielo. Cambió Bogotá y cambió Lizeth:
“Hace 10 años hice Fachadas con la intención de que fuera un relato actual y en este momento ese relato es de una ciudad que ya no existe”.
***
Es curioso. Al empezar esta investigación, la premisa era ir más allá, saber que había detrás de Fachadas. En el proceso, encontré que de puertas para adentro había demasiado. Fue mucho lo que aquí se omitió sobre Lizeth. Su abuelo anarquista, Carlos F. León, que en la década de los 30s fue jefe de redacción de El Espectador. Su madre, que padeció violencias de género en el extranjero, esquizofrenia y falleció cuando Lizeth tenía 9 años. Sus tres hermanos, todos llamados Ricardo, y fallecidos antes que ella. Solo se enteró de la existencia de dos de ellos tras la muerte en 2006, que parece haber sido una ejecución extrajudicial, del otro, Ricardo Andrés, con el que creció. Fue esto último lo que obligó a Lizeth a irse del país, por seguridad, exiliada, y fue la consiguiente investigación del caso lo que la puso en peligro cuando ya estaba de regreso en Bogotá. También se quedaron por fuera aspectos de su último y más doloroso duelo, que paradójicamente siempre esperó primero, el de su padre. Así, decidí que este espacio no alcanzaba para hacerle justicia a la historia de Lizeth, que da para un libro, uno que no me corresponde escribir pues ya hay una narradora más virtuosa trabajándolo: ella. Intentar hacerlo sería hasta grosero, como si estuviera metiéndome a escarbar en el cuarto de alguien, cuando le acabo de conocer y recién me abrió sus puertas. No quise ir tan allá de las fachadas.