Hablar de paz en Colombia exige primero escuchar las explosiones de la guerra. Fijarse en las casas derrumbadas por el estruendo, cocinas reducidas a escombros, ventanas rotas donde espejea el orificio de una bala. Los desolados caminos de tierra donde los casquillos brillan al sol; escuelas con pupitres vacíos y paredes marcadas por la pólvora. Un país mutilado, a trozos, como el Cristo de Bojayá. Es entender que la guerra se esconde en las rendijas de la vida cotidiana: en el silencio pesado de un pueblo después de un combate, en la plaza central donde nadie se atreve a hablar demasiado alto.
El Acuerdo de Paz de 2016 no es únicamente un documento firmado en La Habana ni la paz de Santos es una ambiciosa cartografía de nuestros sueños, pesadillas y aspiraciones a medio resolver. Hubo decenas de salas de negociaciones, y parir las 310 páginas del Acuerdo supuso casi cuatro años de negociaciones, consultas y estancamientos, y una larga fase exploratoria. En La Habana, el 23 de junio de 2016 se firmó el primer acuerdo, sometido a refrendación popular el 2 de octubre de 2016 que no prosperó. Un nuevo acuerdo se firmó entre el gobierno nacional y las FARC-EP el 24 de noviembre del mismo año, y fue ratificado por el Senado y la Cámara de Representantes cinco días después.
Durante años decenas de delegados se acomodaron frente a frente, con enormes mesas de madera de por medio. Se sentaron en sillas idénticas, de respaldo rígido, con cojines abollonados y cómodos para soportar el dolor de sus traseros durante jornadas que se prolongaron hasta diecisiete horas, con la certeza de que cada intervención arrastraba décadas de muertes y tensiones acumuladas.
Que los enemigos se sentaran uno frente al otro fue un acto físico, tan simple y tan complejo como improbable. El presidente Santos había heredado de Uribe Vélez la decisión de persistir en la mano dura y la guerra contrainsurgente. Pero allí estaban sentados: la guerrilla más antigua del continente y el gobierno presidido por un hijo de las élites oligárquicas del país. El gesto se convirtió en un símbolo: por enésima vez, Colombia intentaba mirarse a sí misma a través de sus adversarios. Y no sería la última, porque la guerra, que nunca se fue, sigue mutando.
El M-19 ya había dado un paso similar en 1990. Su desmovilización no solo abrió un capítulo político inédito en Colombia, sino que se convirtió en un referente latinoamericano: demostró que era posible dejar las armas y construir desde la vida civil. La Habana, en ese sentido, no nació de la nada. Es parte de una cadena de intentos y aprendizajes que recuerdan que la paz en Colombia no es un punto de llegada, sino un proceso todavía inacabado. En ese camino también pesaron otras experiencias: los acuerdos en Sudáfrica, que enseñaron que incluso tras el apartheid podía nacer un nuevo pacto social, o los de Irlanda del Norte, donde antiguos enemigos se sentaron a hablar después de generaciones de violencia. Cada referente, lejano o cercano, sirvió para sentarse a dialogar sabiendo que no sería sencillo y que sería el resultado de un ejercicio de historia compartida plagada de muertos, víctimas y rencores.
En Ciudad Vaga elegimos hablar de la paz porque en ella se condensa el pulso del país: los campesinos que esperan alternativas al cultivo de coca, los colombianos que exigen justicia, las madres que esperan a sus hijos, las comunidades que sueñan con no volver a huir. Narrar los esfuerzos por construir un país en paz es narrar esas vidas en suspenso, pero también es volver a abrir la conversación sobre lo que significa habitar una nación que no termina de constituirse e imaginarse tras medio siglo de conflicto social armado.
En 2026 se cumplen 10 años del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, y la plataforma Ciudad Vaga se propone hacer una cobertura periodística que se anticipa a los balances, relatos y polémicas que el aniversario y las elecciones del próximo año avivarán. Una amplia variedad de proyectos periodísticos en el sitio web y en las redes sociales cristalizarán esta cobertura desde el mes de octubre de 2025 y hasta finalizar el año.
Y ustedes están invitados a pensar, examinar y construir sus propios balances y estimaciones sobre un ambicioso acuerdo de Estado cuyos desarrollos, alcances y planes moldearán los destinos de esta nación por, al menos, los próximos veinte años.
Este proyecto periodístico nace de esa urgencia: re-cordar, volver a pasar por el corazón del acuerdo, sus logros y sus grietas, no solo para señalar lo que falta, sino para entender lo que aún puede construirse. Hablar de paz en Colombia no es un gesto retórico: es hablar de nosotros mismos, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que todavía podríamos llegar a ser. Hablar de paz significa también atreverse a delirar, a imaginar esa paz que todos esperamos, aunque todavía se resista a nacer.
A las víctimas —de todos los bandos y de todos los días— que exigen ser nombradas y reparadas.
A quienes creen haber sido agraviados y a quienes admitieron la violencia: para todos, la verdad como deber.
A los jóvenes que preguntan «¿y entonces qué pasa?»: que su pregunta sea brújula y compromiso.
A quienes se sientan a mirar la guerra con la misma seriedad con que se busca la paz.
A quienes creen que narrar esta parte del país es también aprender a sostenerlo.
A los jóvenes que hoy se atreven a contar estos acuerdos, guiados por maestros de oficio y de vida —algunos viejos, otros apenas mayores— que los acompañaron en este camino de investigación y reflexión.