Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Cuando el dolor baila

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En este ensayo fotográfico sobre la obra de danza teatro Balas al Aire, se reflexiona en torno al conflicto armado en el país y el proceso de duelo.

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Por: Valentina Quintero López

La pérdida es un dolor invisible que pesa más que cualquier otra cosa. Es una maleta enorme que se carga a todas partes. Pesa aún más cuando no hay tiempo para procesarlo, cuando las prisas de la vida impiden detenerse a pensar un momento en lo sucedido. Para algunos eso puede sonar como un consuelo: ignorar lo que pasó y seguir adelante. Pero no es así de sencillo. El dolor no desaparece si se le ignora. En realidad, se hace más grande y más pesado. Muchas mujeres  no tienen tiempo de reflexionar frente a la muerte de un ser querido, porque deben seguir cuidando al resto de la familia, sostener el hogar y ser un sustento. Entonces, ¿qué herramientas quedan para sopesar el dolor? Henya, dramaturga y directora de Balas al Aire, propone el arte, específicamente la danza teatro, como un mecanismo para sanar, para hablar del dolor y para hacer memoria. 

La obra nos muestra a Yeison, un joven afro que vive en el Pacífico. La primera escena nos introduce a su vida, a la pequeña casa en la que reside junto a su madre, Pacífica. Yeison es alegre y está lleno de esperanza. Pacífica es más cautelosa, el recuerdo del asesinato de su esposo y padre de Yeison la persigue. Su vida es relativamente tranquila, hasta que un día llega una carta de Los P, sin más indicaciones que una hora: “11 a.m.”. Pacífica, que había vivido algo similar con su esposo, sabe lo que significa la nota, y saca unas bolsas con ropa que ya tenía preparadas para huir en cualquier momento.

Acompañando a los personajes, en la parte de atrás del escenario, se ubican cantoras y cantores del Pacífico, que a lo largo de los diferentes sucesos ambientan y recrean las escenas con sus alabaos y arrullos. En el momento en el que Los P llegan a la casa, los tambores retumban por todo el teatro y las cantoras entonan como ángeles en el cielo: “ahí vienen, ahí vienen”. La luz se torna roja, y entran al escenario varios cuerpos vestidos con pantalones militares y rostros deformes. Son cráneos de carnero que anuncian la destrucción de todo lo que hay alrededor. Yeison y Pacífica se esconden bajo la mesa mientras que Los P deshacen todo lo que hay en el recinto. Los cuerpos se mueven en una coreografía que parece orquestada por la muerte. Cuando no hay nada más que destruir, se van. Yeison y su madre solo logran salvar el retrato de su padre y unas cuantas prendas de vestir. Entre lágrimas, huyen de lo que un día fue su hogar.

El dolor no solo se relaciona con la pérdida de un ser querido. También se da ante las injusticias, como el desplazamiento forzado y la violencia. Saber que estamos en territorios vulnerables, en medio de una guerra, y que en cualquier momento pueden hacernos daño a nosotros y a nuestros seres queridos, provoca temor y dolor. Judith Butler, en su libro “Vida Precaria”, reflexiona sobre el duelo y la guerra. Plantea que “si estamos interesados en detener el espiral de violencia para obtener resultados menos brutales, hay que preguntarse qué debe hacerse políticamente con el duelo además de clamar por la guerra” (2006, pág. 7). El duelo también es político, porque sus causas lo son.

Yeison y Pacífica llegan a Cali, seguros de que encontrarán lo necesario para rearmar sus vidas. Como ellos, hay más de 200 mil personas víctimas de la violencia que se desplazaron a la capital del Valle del Cauca, según cifras de 2024 de la Unidad para las Víctimas. En Colombia, el desplazamiento forzado se convirtió en una problemática generalizada desde finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Sin embargo, sus raíces provienen de la época de la colonización y la independencia. De acuerdo con el libro Una nación desplazada, del Centro Nacional de Memoria Histórica, el desplazamiento forzado es el principal delito cometido en el conflicto armado colombiano. No obstante, no existe certeza sobre el total de víctimas ya que es un fenómeno constante. 

En Colombia, 9,8 millones de personas se han visto afectadas por la violencia armada en el país, según el Consejo Noruego para Refugiados. También es uno de los cinco países con mayor número de desplazados internos en el mundo, unos 7 millones, según el informe anual sobre tendencias globales de desplazamiento forzado, publicado por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur).

Los P, que son representados en la obra con los rostros de calavera de carnero, hacen referencia a los paramilitares, que han tenido un papel protagónico en la historia del conflicto armado en Colombia. Desde los años ochenta, los grupos paramilitares tomaron el control de los territorios. Trabajaban en plena legalidad como estrategias contrainsurgentes y desencadenaron hechos de violencia a través de asesinatos selectivos de carácter político, desapariciones forzadas y masacres, especialmente de campesinos, según el Centro Nacional de Memoria Histórica. El paramilitarismo en Colombia no es un hecho aislado. Afectó a miles de familias. La obra muestra diversos testimonios de familias perjudicadas a través de la radio que Pacífica y Yeison escuchan. Ellos no son la excepción, su paz es arrebatada por Los P, que se quedaron con lo poco que tenían. 

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Henya cree en el arte y específicamente en la danza, como lugar de sanación y reconciliación con otros y con uno mismo. Tiene 25 años, nació en Bogotá y hace seis años vive en Cali. Llegó a esta ciudad calurosa en el 2019 para convertirse en licenciada en Danza de la Universidad del Valle. En 2024 se graduó. Henya escribió la obra desde una experiencia personal. Su hermana, Michelle, perdió a su esposo por culpa de la delincuencia. Su nombre era Yeison, y fue asesinado en un intento de robo luego de retirar el dinero para pagar la matrícula de la universidad. Estaba frente a una panadería y cuando su cuerpo inerte cayó al suelo, la primera reacción del dueño fue pedirle que se levantara porque espantaba a la clientela. Michelle entró en una depresión profunda luego del asesinato de su esposo. A Henya la marcó el sufrimiento de su hermana y el dolor de haber perdido a su cuñado, que conocía desde pequeña. 

Yeison había sido acechado por la violencia desde muy joven. Era oriundo de un pequeño pueblo de Norte de Santander. Él y su familia fueron desplazados por el conflicto armado y llegaron a Bogotá. En la capital sufrió diferentes tipos de discriminación debido a sus raíces campesinas e indígenes, y no fue capaz de adaptarse por completo a la urbanidad que lo despojaba de sus tradiciones y creencias. Él quería construir un futuro mejor para su familia, pero tres balas se atravesaron en su camino. 

Las comunidades étnicas en Colombia han sido una de las principales víctimas del desplazamiento forzado, que ha afectado sus formas de vida tradicionales y ancestrales. De acuerdo con el registro oficial del Centro Nacional de Memoria Histórica, 869.863 personas desplazadas pertenecen a un grupo étnico. El 80% se autorreconocen como afrodescendientes (695.827). Este grupo representa el 10% de la población colombiana, lo que demuestra una afectación desproporcionada y agravada con esa etnia. Además, el 87% de las personas desplazadas provienen de zonas rurales, es decir, 9 de cada 10 personas desplazadas habitaban en el campo colombiano. 

La discriminación también es representada en la obra. Cali es plasmada como una ciudad regida por el imperialismo estadounidense, que solo le interesa dar una buena imagen a los turistas. Yeison y Pacífica intentan adaptarse a las dinámicas urbanas, pero la gente de bien se los impide. Reciben críticas y burlas por su color de piel, por su acento, por sus tradiciones y por su condición económica. Los cuerpos de la gente de bien se erigen sobre Yeison y Pacífica en una danza que realza sus figuras y los hace ver más grandes, mientras que madre e hijo se encogen en medio del escenario, sin poder moverse entre las figuras.

La obra nos invita a hablar sobre la indignación, el dolor, la angustia y el miedo, para de ese modo orientar esas disposiciones emocionales hacia una reflexión sobre la guerra en Colombia. No silenciar el dolor nos permite dejar de naturalizarlo y de verlo como una consecuencia más de algo que no podemos controlar, y más bien buscar mecanismos para que no nos impida vivir en paz. Butler nos dice que es necesario esforzarnos por crear una cultura política en la que el sufrimiento deje de ser la norma de la vida política.

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Para Henya, Balas al Aire es más que una obra de danza teatro. Es una forma de reivindicar su dolor y el de su hermana. Es su regalo para ella. La creación de la obra fue un proceso que significó recabar en recuerdos que estaban enterrados, en volver a sentir emociones que no reconocía desde hace años y tener conversaciones difíciles con su hermana. La investigación para crear la dramaturgia le hizo entender el conflicto armado en el país, la volvió más consciente de los hechos atroces de la guerra, de la falta de empatía que reina en el país y el clasismo, racismo y xenofobia que se vive en todas las ciudades. Henya no sólo recreó parte de la vida de Yeison, su cuñado, sino que también conversó con cantoras desplazadas del Pacífico, las mismas que aparecen en la obra, para entender el papel de las mujeres como víctimas de la violencia durante el conflicto armado. Junto a ellas, construyó el universo sonoro de la obra, y se inspiró en sus vivencias para personificar a Pacífica, como una representación de la mujer férrea y trabajadora que busca salir adelante a pesar de la violencia y la desigualdad. 

Michelle, la hermana de Henya, no lloró la muerte de su esposo porque no tenía el espacio para hacerlo. Vivía en una depresión constante que intentaba ocultarle a las personas que la rodeaban. Han pasado diez años desde que perdió a Yeison, y cuando Henya le contó sobre la obra, lloró como no lo hizo cuando se enteró del asesinato. Empezó a liberarse de todo lo que le pesaba, fue un momento de catarsis. Henya quería transformar el dolor de su hermana a través del arte y la danza, darle voz a todas las familias desplazadas y a las mujeres que han perdido a un familiar a causa de la violencia. Decidió transformar el dolor. 

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La violencia no solo sucede en las zonas más apartadas del país, también se vive en las ciudades capitales. En los barrios, sobre todo los que han sido olvidados por el Estado, los niños y niñas tienen pocas oportunidades para completar su bachillerato e ingresar a la universidad. Para muchos de ellos, el único camino son las armas y las drogas. Uno de los testimonios de las cantoras que recolectó Henya es el de una mujer a la que le arrebataron a su hijo los mismos jóvenes que vió crecer en su barrio. La violencia está en todas partes, aunque aparezca como un síntoma invisible de la guerra y de la falta de acompañamiento del Estado. 

Pacífica y Yeison también viven la violencia en la ciudad. Ambos son discriminados y aislados por su procedencia. Sin embargo, Yeison conoció a Cristal, una caleña que le dio esperanzas y le hizo ver que había personas en quien confiar. Sus cuerpos parecen hechos el uno para el otro, y a través de sus movimientos suaves y coquetos transmiten el amor que empieza a florecer.  En un cambio de escena, Yeison y Cristal están en una cafetería hablando sobre el futuro y sobre su amor. Cuando Yeison se arrodilla para proponerle matrimonio, recibe un disparo de un desconocido. Uno de los integrantes de la gente de bien se les acerca y le dice: “levántese, que me espanta a la clientela”. 

Ahora, Pacífica debe enfrentar el dolor de la muerte de su hijo, además del que ya carga por el asesinato de su esposo. No está sola, Cristal y ella comparten un mismo sufrimiento. Pacífica no pudo hacerse cargo de su propio duelo cuando asesinaron a su esposo. Debía cuidar a su hijo y mantener la casa. Se enfrenta a algo nuevo: vivir el dolor plenamente. Pacífica representa a todas las mujeres que han perdido a un familiar a causa de la violencia en el país. No todas han pasado por lo mismo ni sienten de la misma forma el dolor, pero hablar del duelo nos permite oponernos a la violencia. Balas al Aire hace justamente eso. Realiza una crítica a todas las formas de violencia, desde la discriminación hasta el asesinato. Como dice Butler, la violencia sólo conduce a más pérdida, y explica que al hablar de ella podemos apelar a un “nosotros”, porque todos hemos perdido a alguien. 

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En Colombia, los esfuerzos por reparar a las víctimas del conflicto armado, en particular a las personas desplazadas, no han dado los resultados esperados. Desde mediados de los años 90 empezaron a articularse políticas para humanizar el conflicto armado interno y brindar atención a esta población, a pesar de que la violencia ha estado presente desde hace más de 50 años. Solamente a partir del gobierno de Ernesto Samper (1994-1998) se comenzó a llevar un registro más elaborado del número de víctimas desplazadas. Por lo tanto, no hay datos exactos de la cantidad de personas que fueron obligadas a irse de sus territorios antes de esa fecha que, justamente, fue uno de los peores momentos en el país, debido al paramilitarismo y el narcotráfico que se sumó a la guerra entre el Estado y las guerrillas. 

En la obra, al igual que en la realidad de Michelle y de las mujeres cantoras víctimas de la violencia, Pacífica nunca recibe una reparación por el asesinato de su esposo y de su hijo. No obtiene justicia ni sabe quiénes fueron los asesinos. Regresa junto a Cristal a su antiguo hogar, que está destruido. Otra vez, empieza desde cero, con dos duelos que sobrellevar, pero aún así, con la fe intacta de que Dios la ayudará y le dará las fuerzas para salir adelante. Pero, ¿qué es un duelo? ¿En qué momento empezamos a sanar? La obra no profundiza en el proceso del duelo, pero Butler nos explica que elaborarlo no implica olvidar a alguien o reemplazarlo, sino que más bien “se elabora cuando se acepta que vamos a cambiar a causa de la pérdida sufrida, probablemente para siempre” (2006, pág. 38). Ni Pacífica ni Cristal volverán a ser las mismas. Pacífica, al decidir regresar a su hogar y cuidar lo poco que le queda, se enfrenta a su realidad con la cabeza en alto y se llena de convicciones que la impulsan a seguir a pesar del dolor. Ha cambiado, y ahora solo desea encontrar la paz.

Para conseguir una paz estable y duradera, es necesario la reparación integral a las víctimas. Actualmente, en Colombia existe el Sistema Nacional de Atención y Reparación Integral a las Víctimas (SNARIV), en el que se reconoce la Reparación Integral como un deber del Estado y un derecho de las víctimas a las que se les vulneraron sus derechos humanos. Comprende cinco medidas: indemnización, garantías de no repetición, satisfacción, restitución y rehabilitación. De acuerdo con la Unidad para las Víctimas, el acceso a las medidas de reparación “depende del tipo de hecho, del daño sufrido y de la voluntad de las víctimas para acceder a las mismas”. 

El SNARIV surgió gracias a la ley 1448 de 2011, normativa que consagra medidas de asistencia, atención y reparación a las víctimas, incluido el trámite judicial de restitución de tierras. Sin embargo, diferentes autores que han analizado esta ley, como Marvin López y José Armando Jiménez, coinciden en que la reparación integral no se trata únicamente de la restitución de tierra para las personas forzadas a migrar dentro del propio territorio nacional, pues sería ignorar la realidad social y económica de dicho grupo de personas. Más que un daño material, se produce también un daño moral, del cual el Estado es responsable por su falta de protección y garantías. 

Y aunque existe una intención verdadera por parte del Estado para reparar integralmente a las víctimas del conflicto armado, persisten diferentes obstáculos: hay un limitante temporal, ya que la reparación se da a partir de 1985, a pesar de que la violencia en Colombia surge con mucha antelación. Asimismo, la norma advierte que la reparación se limita a las personas que fueron víctimas del conflicto armado, sin tener en cuenta a quienes la sufrieron por parte de la delincuencia común. Parte de la delincuencia común surgió como resultado de los grupos al margen de la ley que protagonizaron el conflicto armado colombiano. Otro obstáculo es el hecho de que muchas de las víctimas no tienen forma de demostrar que sus pérdidas provienen del conflicto armado, pues la gran mayoría tuvieron que huir sin poder llevar consigo ninguna pertenencia o prueba que acredite lo sucedido. Así, parece que falta aún mucho tiempo para una reparación integral, y aún más, para la paz total

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Balas al aire es una obra de danza teatro que permite vislumbrar las violencias en el campo y en la ciudad, que representa el dolor de la pérdida y nos muestra los diferentes actores afectados. No solo es evidente la relación víctima-victimario, sino el papel que desempeñan los cómplices, que en este caso es la gente de bien, como nombran al grupo de personas en la obra que se comportan como superiores a Yeison y a Pacífica por tener dinero, por sus lugares de procedencia, por sus apellidos, por su forma de vestir y en general, por su cultura. Constantemente discriminan a madre e hijo por no pertenecer a su mismo estatus social. Incluso, cuando Yeison es asesinado, no genera en ellos ni un ápice de empatía. Por el contrario, lo siguen viendo como un estorbo. La muerte no les duele, porque no les afecta directamente.

La obra también visibiliza el rol de las mujeres como víctimas del conflicto armado. Más allá de ser perjudicadas directamente, son las madres, las esposas y las hermanas de aquellos a los que les arrebatan la vida, porque otros se creen con el derecho de hacerlo. Ver la obra y saber que está inspirada en situaciones reales, que no ha habido justicia para las víctimas y que es algo que sucede continuamente en nuestro país, deja un vacío en el pecho y una espinita en el corazón que nos impulsa a seguir hablando de estos temas, y no dejar en el olvido a quienes más necesitan visibilidad. 

Al salir de la obra, hablé con varios asistentes, quienes afirmaron que también se conmovieron con los hechos que transcurrieron en ella. Les gustó porque hace memoria de una problemática común pero ignorada por muchos, que invita a reflexionar sobre el conflicto armado en Colombia y los ciclos de violencia, que afectan desde el pueblo más marginado hasta la ciudad más grande. Claro está, de diferentes maneras. Pacífica nos permitió sentir su dolor como si fuera nuestro. Los arrullos de las cantoras transmitían su propio duelo. El teatro se convirtió en un lugar íntimo, donde todos compartimos un mismo sentimiento.

Henya, a través del teatro y la danza, realiza un acto de memoria. Encontró la manera de procesar su duelo y el de su hermana, de dar un paso hacia adelante. Y además, permite que las propias mujeres de las que se inspira para escribir Balas al Aire vivan su dolor en el escenario. Las cantoras cantan sus propias letras, evocan sus propias tradiciones. El público se integra con la obra y siente el dolor de los personajes y de los cantores. El dolor deja de ser algo que se esconde, que se invisibiliza y se deja en el olvido. Balas al Aire nos demuestra cómo el arte es una forma de catarsis y de reflexión. Y nos invita a que todos y todas podamos hablar, mostrar y bailar libremente nuestro dolor. 

Referencias

  • Butler, Judith. (2006). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Paidós.
  • Centro Nacional de Memoria Histórica. (2015). Una nación desplazada: informe nacional del desplazamiento forzado en Colombia.
  • Jiménez Rojas, J. A. (2024). La reparación integral de las víctimas de desplazamiento forzado por el conflicto armado, según la Ley 1448 de 2011 [Tesis de Maestría, Universidad Externado de Colombia]. https://bdigital.uexternado.edu.co/server/api/core/bitstreams/74a7b912-3842-4023-838d-4f2584ecad12/content
  • López Casalins, Marvin. (2019). El derecho a la reparación integral a las víctimas en el proceso de restitución de tierras en el marco de la justicia transicional en Colombia. Justicia, 24(36), 102-122. https://doi.org/10.17081/just.24.36.3525