Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Con el tambor al pecho: ritmos y reconocimiento en el Festival Petronio Álvarez

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Es muy fácil perderse en la Ciudadela Petronio por la vasta riqueza cultural que habita en su interior. Los colores de las artesanías, las delicias que conquistan al olfato y enamoran el gusto, las caras coleccionistas de historias de toda una raza, una cultura y unos relatos contados oralmente. De esta manera se narra la historia de El Latido Del Corazón, un breve encuentro con la palabra que se tropezó conmigo y mi lente. Yo sólo soy un mensajero de esta leyenda contada dentro del Petronio. Tengan ustedes el sencillo y bellísimo gusto de conocer El Latido Del Corazón (como lo he titulado), una adaptación escrita que realicé de un relato contado en una puesta teatral al interior de las inmediaciones del Coliseo del pueblo durante el Petronio.

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Por: Salvador Mendieta

Cuenta la historia, aquella historia que todos conocemos por la escuela, que rara vez cuestionamos, esa historia que es más suya que nuestra, que la llegada de los esclavos africanos fue toda un trajín, un martirio. Cansados y traídos desde las costas africanas, durante largos largos meses. Capturados del Congo, Mozambique, Etiopía, Guinea. Ocupando el peldaño más bajo del grupo étnico. Nos ocuparon —a los negros— en la minería, trabajo físico y también en trabajos domésticos. Pero los negros cambiamos la historia para decir que no fueron los blancos esclavistas, sino que fue Dios. Dios mismo los puso aquí, en cada rinconcito del mundo.

Cuentan los que cuentan cuentos que Dios, al negro del barro armó, junto con otros hombres del mismo barro también armó. Y que fue Dios, quien era el mismo universo, quien puso a cada uno por su lado. Pero estaba muy preocupado porque había pasado el tiempo y esos hombres de diferentes colores, nunca, nunca se habían comunicado. Entonces, Dios con su poder, hizo que todos se encontraran. Pero ellos al verse con sus diferencias, cada uno hizo lo que le dio la gana. Creyendo que por sus divergencias venían de diferentes procedencias. De ahí vino la guerra, el odio, el racismo, la esclavitud, donde los hombres se trataban sin ninguna virtud.

Entonces Dios se preguntó ¿qué hago?, ¿qué hago? Pensó, pensó y pensó, mientras pasaron milenios hasta que por fin se acordó del primer hombre que hizo. Ese hombre que en África armó. Aquel hombre del barro negro formó, ese negrito, negrito como el carbón. El mismo que a través de sus cantos y sus bailes calmaba su dolor. Dios puso a ese hombre negro allá, en cada pueblo de hombres con distintos colores, acompañado de su tambor. Y cuando ese tambor sonaba, emanaba tanta dulzura… que los otros hombres aprendieron a apreciar el sonido del tambor. El corazón de todos los hombres con un buen ritmo empezó a palpitar, claro, siempre al son del tambor.

Antes el corazón de los hombres sonada: pum… pum. Sin ninguna virtud, vacío. Ahora suena: pum, pum pum, pum, pum pum. Como toca el negro, como toca al tambor.