Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

MUJERES DE GALERÍA

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Detrás de las mujeres que durante más de dos décadas han abastecido los hogares de miles de caleños, hay una historia. Antes que las cadenas de grandes superficies hagan desaparecer las plazas de mercado, rendimos un homenaje a las mujeres de la galería Alameda. ¿Sabes quién abastece la comida en tu casa?

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Por: Redacción Ciudad Vaga

Detrás de las mujeres que durante más de dos décadas han abastecido los hogares de miles de caleños, hay una historia. Antes que las cadenas de grandes superficies hagan desaparecer las plazas de mercado, rendimos un homenaje a las mujeres de la galería Alameda. ¿Sabes quién abastece la comida en tu casa?

La galería Alameda es una de las plazas de mercado más antiguas y grandes de Cali. Cientos de personas de clase media de la ciudad continúan visitándola, a pesar de que, poco a poco, va siendo rodeada por supermercados como Olímpica, Megafruver y Superfamiliar.

En esta plaza no hay cabida a la dominación masculina. Cinco mujeres unidas por la voluntad, el entusiasmo y el amor por Alameda se levantan todos los días, mucho antes de que la luz del sol atraviese sus ventanas, para iniciar las labores con las que se han ganado la vida: abastecer de alimentos la ciudad.


Fotografías: Lorena Chávez 

La cálida mujer del cuarto frío

Por: Kelly Sanchez

Ana Cardona oculta las canas de sus 68 años bajo un tinte rojo. Sus pequeños ojos negros logran descargar una mirada penetrante que muestra un carácter recio. Su voz es ronca, cuando habla transmite una sensación intimidante. Las uñas de sus manos son largas y lucen maquilladas de color marrón con destellos dorados; las de los pies prefiere no pintarlas, “si uno cae por ahí en algún lado, en las uñas de los pies se nota si uno está muerto y si están pintadas no se darían cuenta”. Bebe diez tazas de café bien cargado cada día y se fuma una cajetilla de Piel Roja. Ana nació en Abriaquí, Antioquia, es una paisa verraca y sin pelos en la lengua. A pesar de su semblante amedrentador, cuando ofrece su sonrisa amplia, remarca las arrugas de su rostro y descubre a una mujer adorable con muchas vivencias. Yo estaba ansiosa por escucharla.

Decían que era una mujer de carácter templado, luchadora y que no se le “agachaba” a nadie. Con mesura la abordé en su lugar de trabajo: el puesto número 20 de la galería Alameda, un escritorio raído, color hueso, cerca a una de las entradas de la plaza. Ella, precavida, no quería hablar, arrugaba el seño y había que luchar para sacarle unas cuantas palabras. “vos pa’ qué es que querés saber tanto ¿viniste a fiscalizame o qué?”. Bastó paciencia para que minutos más tarde, lograra ganarme su confianza y ya no hubo quién la callara.

Hace 45 años vive en Cali y lleva 34 trabajando en la galería Alameda. A las 4:30 de la mañana, cuando el sol todavía no despierta y la oscuridad de la noche abraza la mañana, Ana inicia sus labores en la galería, su segundo hogar. Ella es la encargada del cuarto frío. En él, los vendedores de la plaza, llevan a guardar bultos de cebolla, cilantro, habichuelas, zanahorias, canastas de tomates, lulos, mangos… toda clase de frutas y verduras, pero también cerdos desmembrados y sangrientos y cualquier otro alimento perecedero. Pagan una tarifa que varía entre los mil quinientos y los diez mil pesos de acuerdo con la cantidad o peso del producto que desean almacenar.

A las 4:30 de la mañana, cuando el sol todavía no despierta y la oscuridad de la noche abraza la mañana, Ana inicia sus labores en la galería, su segundo hogar

Guardar un sólo bulto de cilantro cuesta mil quinientos pesos y 10 canastas de frutas, diez mil. Ana obtiene entre sesenta mil y setenta mil pesos diarios. Responde cada mes por seiscientos mil ante Asoalameda, la administradora de la galería. Debe encargarse además de los servicios públicos (agua y energía) que pueden ascender a quinientos mil. Su ganancia mensual varía alrededor de los seiscientos mil pesos, trabajando sin descanso de lunes a lunes. Con la mirada perdida y un gesto en sus labios, como de reproche, dice que la galería está quebrada, la competencia la ha acabado “ese Olímpica que han abierto ahí y ese Surtifamiliar, nos tienen azotados. Ahora sólo queda un 20 por ciento de los trabajadores, el negocio ha decaído mucho”.

Mientras hablábamos –más ella que yo- éramos interrumpidas a cada instante por compradores que pasaban a saludarla o trabajadores que llegaban a guardar sus alimentos en el cuarto frío. Ana pesaba la carga, también hacía el cálculo a ojo y definía el precio que debían pagar por el servicio.

Ana es reconocida en la galería porque hace nueve años decidió crear la Fundación Anita, que se dedica a afiliar a los trabajadores de la plaza al servicio de salud, ARP, pensiones y seguro funerario. “Las EPS no recibían a los trabajadores, nos rechazaban porque para ellos éramos unos infelices sin capacidad de pago y por eso me di a la tarea de afiliar a todos esos infelices. Ahora me imagino cómo les queda el ojo cuando un vendedor de papas de aquí debe ser atendido en la Clínica Valle del Lili donde atienden a los millonarios”, dice, con los brazos cruzados y la cabeza erguida en un gesto de notable orgullo. Sus hijos le ayudan con la fundación. Ella se encarga de afiliar a quienes lo necesiten, desde un carretillero, un vendedor ambulante o cualquier comerciante de la galería.

Empieza a caer la tarde y la galería se va quedando sola, el bullicio del día se va transformando en un triste silencio, como el que queda en los colegios cuando se terminan las clases y los estudiantes se marchan a sus casas. Ana debe estar allí hasta que se vaya el último vendedor. Mientras espero a que atienda a un hombre que le entrega un dinero –según entiendo es afiliado de la fundación y viene a traerle su cuota- , llama mi atención un hombre de piel quemada que usa guantes, jean azul y camisa marrón. Lava con una manguera a toda presión y la ayuda de una escoba, los mesones sangrientos en que los carniceros manipulan la carne. El agua recupera el color blanco de la cerámica de los mesones, un líquido rojo se precipita hacia el suelo y se mimetiza con el color ladrillo de la baldosa. Un olor penetrante a sangre y suciedad irrumpe mi respiración.

Empieza a caer la tarde y la galería se va quedando sola, el bullicio del día se va transformando en un triste silencio, como el que queda en los colegios cuando se terminan las clases y los estudiantes se marchan a sus casas.

-¡Oiga!, ¿se quedó pensando en la güevas del marrano o qué?-, me dice mientras pasa las manos frente a mi cara para llamar mi atención.

Esta mujer creció en Medellín. Desde los ocho años se fue de la casa. No soportaba a su padrastro. Se integró a una granja infantil, término que no entendí de inmediato, imaginé que era un lugar donde les ensañaban a cuidar animales o a cultivar la tierra. Pero ella me explicó que era una fundación que les brindaba albergue, cuidado, alimentación y educación a niños que no tenían hogar o estaban en riesgo de maltrato físico o psicológico. La protegían de “la maldad del mundo”, pero no le permitían salir. A sus 13 años Ana ya era muy grande para permanecer en ese hogar, así que su mamá la devolvió a casa. Días después se escapó nuevamente, esta vez se internó en un convento, “yo prefería ser monja que quedarme en la casa para verle la cara a mi padrastro.” A sus 18 años dejó el convento y regresó a casa. Dos semanas después conocería a su futuro esposo por quien se radicó en Cali. Con él tuvo cuatro hijos, tres mujeres y un hombre. Con acento presuntuoso, dice que se casó enamorada y virgen “como Dios manda”. Veinte años después le puso a su esposo las maletas en la puerta para que se fuera de la casa. Lo había descubierto con otra mujer. Nunca lo perdonó, estaban casados por la iglesia y no pudieron divorciarse. No tuvo más hombres y hasta ahora lo llama “mi esposo”. Lo mataron hace algunos meses en Palmira, era homeópata, iriólogo y botánico de buen prestigio en la ciudad. Desde su separación, ella se dedicó a trabajar en la galería en el mismo puesto que hoy ocupa. Ana cuenta con tono nostálgico que no tuvo tiempo para ser feliz. Aunque no va a misa muy seguido, del convento conserva marcadas creencias católicas. Cree en los milagros y es supersticiosa. Sentada ante su viejo escritorio, con su bata blanca, su libro de inventario y su infaltable café, ve pasar el día en medio de la plaza hasta quedarse sola. Sale a las siete de la noche.

-Pero tenés que volver a visitarme.

-Claro, yo vuelvo y la invito a un cafecito.

-Pero venís cuando esté mi nieto, él necesita conocer niñas como vos, a ver si se avispa.

-Me río – Bueno, vengo con mis amigas entonces.

-Eso, eso, por acá te espero para que echemos lengua otro rato.

El cielo está tan oscuro como cuando llega a trabajar en la madrugada. Se dirige a su casa, vive en la vereda La Sirena, al suroccidente de Cali. Se aleja de la agitación del centro de la ciudad para adentrarse en una vivienda propia que consiguió hace 25 años. Allí se encuentra con la soledad. La espera en casa desde que sus hijos se marcharon para formar sus familias. No necesita descansar de su trabajo, es éste el que la mantiene alejada, al menos durante gran parte del día, del eco del silencio que se aloja como invitado inusitado en los rincones de su casa.

Algunas semanas después regresé a la galería para visitar a Ana. Al llegar al cuarto frío me encuentro con el aviso “fuera de servicio”. Pregunto por Ana y me indican el lugar donde la puedo encontrar. Ahora administra los baños públicos de la galería. Allí estaba, en una pequeña oficina cerca a la entrada de los baños. Recibe los 700 pesos que cuesta usar el baño y entrega papel higiénico.

–El cuarto frío ya no estaba dando, tocó cerrarlo. Es que como te dije la vez pasada, esta galería está quebrada. Cualquiera de estos días voy a llegar y la galería va a estar cerrada.

Más tradición pa’ dónde

Por: Daniela Ramírez

Después de graduarse como ingeniera de sistemas en la Universidad San Buenaventura, María Fernanda Alegría decidió regresar al puesto de rellenas donde trabaja desde su adolescencia.

Es una mujer de estatura mediana, cuerpo grueso y piel negra. Su cabello afro ahora es corto, liso y rojo. Bajo la luz del sol se ve púrpura. Esta mañana lo lleva recogido, por higiene más que por vanidad, y bajo sus orejas lucen dos aretes de oro macizo en forma de aro. Su bata blanca, salpicada por el guiso de la rellena, concuerda con los crocs sencillos de goma blanca y el pantalón de chef -tela negra con estampado de pimientos verdes, amarillos y rojos-. Sus uñas no necesitan esmalte para verse bien, reflejan la misma limpieza que exige a sus trabajadoras y que caracterizan su puesto de comida. Fernanda sonríe poco, pero no quiere decir que sea antipática, al contrario, trata a sus clientes como si fueran conocidos de toda la vida. Muchos lo son. Tiene 39 años pero habla de manera pausada, sin gritos. Sus ojos, agotados por el calor, demuestran el cansancio de su cuerpo, tras 20 años de trabajar en el negocio familiar. Está venta de rellena se encuentra ubicada en la galería Alameda hace más de medio siglo y todavía hoy mantiene el prestigio de sus primeros años. Lorenza Hurtado de Pláceres se llamaba su abuela fundadora. Murió a los 96 años, después de criar a sus hijas y educar a la mayoría de sus nietos. Gracias a las ganancias del puesto de rellena, Fernanda y sus primos pudieron ir a la universidad. Hoy en su familia hay una médico ginecobstetra, un teniente de la policía, una fonoaudióloga y una ingeniera de sistemas. Su abuela Lorenza era de Tumaco y allí aprendió a preparar rellenas, pero, inconforme con la vida que llevaba, decidió mudarse a Jamundí. Conoció a su futuro esposo y se convirtió en la matrona del sector, todos sabían quién era y la respetaban.

“Rellenas Carolina de Jamundí”, empezó en una humilde caseta de madera, donde doña Lorenza vendía la rellena tradicional de Tumaco –hecha a base de hierbas-. Con los años el negocio creció; Carolina, la mamá de Fernanda y sus hermanas empezaron a trabajar en la plaza de mercado, pero fue precisamente Carolina quien asumió el manejo del negocio cuando doña Lorenza decidió descansar.

A Fernanda siempre le gustó el trabajo. Desde un extremo de la mesa larga, frente a la enorme olla sentada a fuego lento, Fernanda dirige a sus trabajadoras con tal exactitud, que cada cliente es atendido como si fuera el único.

Fernanda sirve cada uno de los pedidos de los comensales. Heredó el negocio familiar después que le practicaran a Carolina una cirugía de rodillas que no le permitía continuar con las jornadas extenuantes de la mesa larga. Lo primero que hizo Fernanda fue registrar el local en Cámara y Comercio, bajo el nombre “Rellenas Carolina de Jamundí”. Eligió el nombre de su mamá porque en la galería todos la conocen, y hasta ahora muchos clientes la confunden, llamándola Carolina o Carola. Fernanda no se enoja, tampoco los corrige.

Su negocio familiar ha pasado por tres generaciones, pero la expresión de su rostro indica que algo le preocupa.

-Mis primos ya son profesionales y los niños no están aprendiendo nada del negocio, tienen otros sueños. Una, por ejemplo, quiere ser modelo, hay otro que quiere ser cirujano pero nadie piensa heredar la Mesa larga –hace un breve silencio y luego agrega con cierta zozobra–, mi hijita apenas tiene dos años.

“Eso es muy Caribe”

Fernanda realizó sus estudios universitarios mientras trabajaba en el local. Fueron siete años en los que madrugaba para ir a la universidad y se acostaba al amanecer, después de ayudarle a su mamá a preparar la rellena, las papas y yucas cocidas, los ajíes picantísimos, los tamales vallunos y el guiso de tomate y cebolla. Ahora que está a cargo, la rutina no ha variado mucho. A las cinco de la mañana llega a la plaza de mercado y por increíble que parezca, encuentra clientes esperándola, unos para desayunar antes de iniciar la jornada y otros para apaciguar los efectos de la rumba caleña. A las dos de la tarde, cuando el ajetreo del almuerzo ha pasado, Fernanda se va a casa a continuar con la labor diaria: adobar los alimentos, picar y pelar, armar la rellena, preparar tamales… Siempre termina después de la media noche.

Le pregunto si tiene días de descanso y con orgullo responde que no. Trabaja de lunes a lunes. El 25 de diciembre, día en que la galería está cerrada, saca un puesto a la calle y vende cantidades exorbitantes de comida. Fernanda acepta que sí ha tenido vacaciones, conoce la costa Caribe, pero a diferencia de sus tías y primos, no ha viajado al exterior. Entre risas dice:

-Aquí las vacaciones son cuando a uno lo operan.

Le pregunto si tiene días de descanso y con orgullo responde que no

Sirve la comida en platos planos y rectangulares que cubre con hojas de plátano, como solía hacerlo su abuela. Fernanda tiene la habilidad para conversar por celular mientras sirve y lleva las cuentas de los clientes sin anotar sus pedidos. Termina de hablar con una amiga y sonríe con picardía:

-¡Ah, es que el chisme es muy rico!

No es un milagro de la ciencia

Una mujer llega a comprar rellena, es un poco mayor que Fernanda. Se conocen desde hace años. La compradora pregunta por la niña y de inmediato los ojos de Fernanda se iluminan. María José nació cuando ella tenía 36 años y su vida es un regalo del cielo.

-Cuando estaba soltera me caí de un caballo en una cabalgata en Jamundí. El caballo se desbocó y me tiró al suelo, pero yo creí que no era grave porque sólo me raspe la espalda. El golpe provocó que se me volteara la matriz.

Un día de trabajo conoció a José Horacio Castañeda, su esposo. Él trabajaba como guarda espaldas y solía ir con un compañero a comer rellena. Mientras lo cuenta, Fernanda ríe con ironía. Él nunca hablaba, siempre lo hacía su amigo. Empezaron a salir porque José, de tanto llamarla e insistirle para que se vieran, logró convencerla. Llevaban dos meses de novios cuando le propuso matrimonio, pero ella lo rechazó alegando que no sabía nada de él. Siete meses después se casaron por la iglesia. Él tenía 30 años y ella 32.

Horacio es de Risaralda, ahora trabaja en una finca cafetera de su familia. Casi no se ven, él viene cada mes, en ocasiones es ella la que viaja. A medida que habla sobre este tema se hace notorio que la situación la afecta. Fernanda no duda en aceptar que Horacio es buen esposo y excelente papá, pero su ausencia deja un vacío muy grande. Pero por lo visto, no gusta de la melancolía, sus ojos recuperan la alegría pérdida al mencionar a María de José, su única hija.

La hora del ajetreo ya pasó, son las 2:30 de la tarde y las trabajadoras se encargan de lavar platos, recoger las botellas de gaseosa y limpiar la mesa larga. En los puestos vecinos al de Fernanda todavía se trabaja, pero ella por fin se puede sentar a descansar. De a poco sus empleadas, todas más bajitas que ella y de piel negra, van llevando los pedidos a la mesa. Ya Fernanda puede relajarse y reír a carcajadas.

Con la calma que llega después del almuerzo, recuerda que embarazarse fue difícil, ella y José intentaron con inseminación artificial y no funcionó, fueron más el dinero gastado y los exámenes dolorosos a los que debió someterse, que los resultados. Después de cuatro años de intentos fallidos, Fernanda fue a Popayán en busca de un médico homeópata que una amiga le recomendó.

-La primera vez que fui me tocó llevarle una muestra de orina. Él la miro y de una supo lo que pasaba, tenía la matriz volteada –Fernanda sonríe–. Me recetó dos aguas a base de extractos naturales y no me había terminado la primera cuando me di cuenta que estaba esperando.

Aunque el cansancio hace parte de su vida, Fernanda no puede negar que gracias a la Mesa larga ella y su familia han logrado posicionarse. Está feliz y orgullosa de la labor que desempeña y aunque el futuro es incierto, afirma con convicción que hasta que la vida se lo permita, estará a cargo del negocio que la vio crecer y que ella ayudó a levantar.

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La mujer inmune al dolor

Por: Laura Soto

Su sonrisa extendida ha hecho de esta mujer un ser inmune a la tristeza. Ella es fría ante la muerte e impasible ante el dolor, el abandono y el engaño. Su madre murió cuando tenía tres años y nada recuerda de ella, pero sabe que le hizo falta y que gracias a eso, su vida cambió. “Después que uno no tenga mamá, todo es muy jodido”, dice. Doña Fantine Balanta o Fanta, como le dicen sus conocidos, trabaja desde los nueve años en la Galería Alameda, un lugar exótico, diverso, ruidoso, lleno de olores de carne, fresas, rellena, sancocho de pescado y eucalipto. Esta mujer de cabello corto, grueso, afro, de nariz algo encorvada, labios amplios y mirada profunda, lleva a cuestas una historia valiente. Su tía, doña Gilma Balanta la llevó a trabajar sin sueldo, ni siquiera le agradecía. A los doce años se independizó y trabajó por su cuenta. Siendo una niña habló con los distribuidores para que le fiaran entre 30 y 40 cajas de plátano, naranja y manzanas. Fanta las vendía en un día y con las ganancias pagaba las deudas y redistribuía. La vida la obligó a ser adulta y salir adelante; su niñez existió sólo de nombre. “Tenía muñecas, pero ya no me gustaba jugar; fue una niñez muy triste”, dice mientras se acerca las guanábanas al Doctor Carlos Marín, un radiólogo que la conoce desde los nueve años.

Fanta vivió con su abuela, doña Rosa, quién la crió con amor cerca a Santander de Quilichao hasta que hizo su propio “ranchito pa´ meter la cabeza”. Además de su abuela, su tía Flor la ayudó a salir adelante. Luchaba para darle estudio y fue “como una madre”. Fanta es una mujer robusta y “rellenita”, por eso su largo vestido ocre lo lleva ceñido al cuerpo, bajo el tradicional delantal blanco de bolsillos hondos y pesados. Ella es la vendedora color berenjena del puesto 492, el primero de la puerta número tres, ubicado a lo largo de la calle Octava; en él hay naranjas perfectas, fresas gigantes puestas en pirámide, uvas verdes y rojas muy jugosas, piñas maduras, manzanas y granadillas brillantes y apetitosas, y un juego entre colores llamativos y olores dulces que atrae a los golosos clientes. Fanta trabaja alrededor de once horas diarias, desde las cinco de la madrugada hasta las cuatro de la tarde; puede llegar a ganar hasta doscientos cincuenta mil pesos semanales cuando le va muy bien, ciento cincuenta mil si el negocio está regular, pero a veces puede llegar a perder todo lo invertido.

Al verla por primera vez asusta un poco. Habla con su voz gruesa, fuma un cigarro, frunce el ceño, mira firme y dispone sus manos en la cintura. Parece que va atacar, pero luego de sus gestos proyecta una espontánea y estruendosa carcajada. En realidad tiene carisma juguetón, por eso envuelve fácilmente en su relato y deja ver a la mujer fuerte y dura, pero también, a la Fanta responsable y luchadora. Nació el 28 de noviembre de 1960 en Santander de Quilichao. Tiene 53 años, sus cejas y cabello con leve escarcha de nieve, lo confirman.

Cuando Fanta se independizó trabajaba los fines de semana, los otros días iba a estudiar al colegio José Hilario López. Cursó hasta noveno grado, pero siempre quiso continuar. Le gustaba la enfermería y tuvo una oportunidad para irse a Popayán, pero no contó con apoyo y no podía abandonar lo poco que había conseguido. La realidad la zarandeó y la despertó deprisa. Nunca pudo cumplir sus sueños.

Cerca de sus 20 años conoció a Dumar García, un policía que la conquistó “con miraditas”. Se hicieron novios y “hasta que tenga su poquito”, quedó embarazada. El trabajo de él conllevaba traslados y desplazamientos y, aunque lo quería, “no iba a dejar el ranchito por las nalgas de un hombre”, dice, mientras vende una libra de uvas chilenas. A pesar de ello Fanta no sufrió, era autónoma, tenía trabajo, casa y aprendió a ser independiente. La vida ya la tenía curtida de soledad y lucha, por eso no le importó quedarse como siempre, sola. Enfrentó un nuevo reto, ser madre a los 23 años. Johnny García es su hijo y desde pequeño la ayuda en el negocio.

Cinco años más tarde Fanta conoció a Bernardo Figueroa. Este “hombre mujeriego” la engañó, le dijo que tenía ocho hijos, en realidad eran once; le aseguró que se había hecho operar, que era soltero y por eso “pasaron cosas que no debieron pasar”.

Interrumpe el relato de su vida para decirle a un cliente que lleve tres libras de yuca por el precio de dos; en realidad pesa dos libras, pero le crea una ilusión para que se vaya satisfecho y vuelva. Fanta confiesa que ya no quería tener más hijos, pero quedó nuevamente en cinta. “Eso me dio bien duro”, cuenta, mientras baja la mirada. Antes de confirmar su embarazo vivió dos meses de vómitos y diarreas: “estaba suelta por arriba y por abajo, maluca, maluca”, dice, con una escandalosa carcajada.

Interrumpe el relato de su vida para decirle a un cliente que lleve tres libras de yuca por el precio de dos

Pues bien, cuando fue al doctor, le diagnosticaron gastritis, pero de la aparente enfermedad, siete meses después salieron dos niñas gemelas que nacieron con dos horas de diferencia. La primera, Claudia Fernanda, nació a las cuatro de la tarde y la otra, Isabel Cristina, a las seis. Nadie supo de ese embarazo, nadie la cuidó, ni la ayudó. Fanta sabía que esos tiempos iban a ser dolorosos y sacrificados, por eso ahorró dinero y comida no perecedera como arroz, fideos y granos, para esos primeros meses con sus hijas. “Hay veces que uno siente que se ahoga, pero Dios le ayuda. Ya uno se acostumbra a defenderse sola y a que nadie lo mantenga”.

Educó a sus hijas hasta el bachillerato y las siguió apoyando en sus estudios; una quería ser paramédica y la otra quería estudiar sistemas. Sin embargo, “ellas no supieron aprovechar; les dio por ser mamás y me defraudaron”, narra, mientras levanta los hombros y aprieta su boca. Doña Fanta prefirió darle estudio a las mujeres y no a su hijo mayor, Johnny. Pensaba que si sus hijas tenían educación podían sostenerse por sí mismas y así evitar ser disminuidas y pisoteadas por los hombres. “Ya con educación podían defenderse solas”, pero desperdiciaron el esfuerzo y los deseos de Fanta para cambiar la historia. Hoy, Claudia Fernanda le ayuda en el negocio, aunque también se dedica a cuidar a su hijo. A pesar de todo, Fanta está tranquila, aunque se lamenta por Johnny. Él quería psicología y Fanta confiesa que le duele no haberle dado alas. Tal vez Johnny no la habría defraudado.

Ahora con 53 años y muchas experiencias, debe seguir trabajando para sobrevivir y ayudar a sus hijos: “uno no puede dejar que se hundan en el fango”, dice resignada. Aquella imponente mujer nunca ha tenido tiempo para pensar en sí misma. La falta de “money” no la dejó salir a pasear o conocer, la única plata que tenía la destinaba a sus hijos. Cinco décadas tuvo que esperar para empezar a vivir su libertad. Ahora, con su labor de madre cumplida tiene algunas posibilidades para gastar algo de dinero, ir a fincas y bailar. La existencia de Fanta se reduce a trabajo, supervivencia y “berraquera”.

Su historia es posible gracias al puesto de uvas, manzanas, piñas, zanahorias, guanábanas, cebollas y plátanos que ha sido su sustento desde los nueve años. Media libra de uvas chilenas sólo cuesta dos mil y en medio de gritos, bochinches, chismes y olor a fruta fresca, entre regateos y risotadas, los clientes salen con bolsas y sonrisas. Ellos la conocen y aprecian por su carisma, algunos, desde los nueve años.

Hoy Fantine reconoce que es feliz. “Uno crea puntos de inmunidad y aprende a ser fuerte”, concluye, seguramente el cigarrillo que la acompaña todos los días le ayudó a liberar el peso de su cruz.

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Una historia con sazón agridulce

Por: Wendy López

Nancy Gómez desde muy niña soñaba con salir adelante. Hoy siente que ha cumplido algunos de sus sueños y que valió la pena, trabajar mucho para conseguirlo. Su piel, tonificada y tersa para su edad, refleja el maquillaje permanente de sus ojos y labios. A Nancy le gusta cuidarse, verse bien.

Debajo de su delantal naranja encendido, lleva puesta ropa, colorida y jovial. Tacones y vestido color fucsia, son las prendas que junto con su corta y lacia cabellera dorada, permiten conocer una mujer alegre, que procura siempre, vestir a la moda con colores que la hagan sobresalir.

Ella es baja y de cuerpo robusto, tiene cincuenta y cuatro años. Trabaja en la galería desde hace tres décadas. En este lugar ha tenido ha pasado momentos alegres y tristes. Ha cocinado y quemado sus manos, ha vendido mucho y ha dejado de venderlo todo, pero aun así, decidida a darle lo mejor a sus hijos, cada mañana esta mujer asea los mesones y prepara en grandes ollas el alimento de muchos otros personajes.

La paisa, como todos la conocen, ha hecho crecer su restaurante. Y es toda una reina en medio del ruido de la plaza, llena con frutas y verduras, frescas y coloridas.

– Mi papá era un indio, de esos pastusos bien atravesados. Me enseñó a cocinar, lavar y planchar. Por él sé todo lo que hago.

Su padre, Alfonso Gómez, le enseñó a cocinar desde que estaba muy niña. Recuerda que las ollas eran más grandes que ella. Un día, mientras preparaba el almuerzo, para más de quince trabajadores de la finca, enredó su vestidito en una de las ollas y se quemó las piernas. Con temor y queriendo evitar el regaño de su padre, recogió los fríjoles del piso, les echó más agua y los montó al fogón.

“Las mujeres podemos defendernos divinamente”.

– Yo era más boba. Le tenía miedo a ese hombre. El día que nos casamos me iba a pegar. A los veinte días ya nos íbamos a dar con una olla vieja.

Nancy se voló de su casa a los trece años. Su padre se había convertido en un hombre intransigente, tenía una amante que lo ensañaba contra Nancy. En algún momento, le dijo que Nancy ya no era virgen y esto ocasionó un gran castigo en la casa. Cansada de malos tratos, decidió partir a Cali, desde su tierra, Dagua, para trabajar como empleada del servicio. En Cali soportó muchas humillaciones y, desesperada, se casó a los dieciséis años con el primer hombre que la enamoró y prometió una mejor vida. Macario Vega López, un tolimense de carácter fuerte que trabajaba en construcción y que durante diez años la engañó, ofendió y golpeó.

– Uno tiene derecho a ser pobre, feo, de todo, pero no a que lo maltraten.

Eran las ocho y media de la noche y Macario la sacó desnuda a la calle. Una vecina le tiró una sábana para que se cubriera. En medio del llanto, se dirigió a la estación de policía del barrio El Poblado. Y mientras él estuvo detenido en la comisaria, durante veinticuatro horas, ella empacó las maletas y se marchó con sus tres hijos y su hermana menor. Se fue con la convicción de que nunca lo perdonaría.

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Con los ahorros que tenía de una tienda que había montado en su casa, se fue para Siloé a pedirle ayuda a su hermano. Él trabajaba en la galería vendiendo tintos y ella se ofreció a colaborar con el aseo. Días después, y sin el ánimo de ponerle competencia a su hermano, empezó a vender café con leche.

Pasaron algunos meses cuando Nancy se arriesgó a vender tostadas de plátano, caldos de costilla y almuerzos en leña. “Era un puestico chiquitico, chiquitico, así empecé”, cuenta Nancy. Hoy vende eso y mucho más. Desde un sancocho de gallina, muy rico por cierto, hasta unos fríjoles con arroz. Su comida favorita.

Su esposo la amedrantaba exigiéndole que se fuera a vivir nuevamente con él. Y como ella no cedió la amenazó de muerte. Nancy le contó a su hermano y esté le dijo a Macario que si algo malo le sucedía a su hermana, él le mataba a toda la familia. Con dicha sentencia, aquel hombre no la volvió a molestar y desde ese entonces Nancy y sus hijos nunca han necesitado de él.

Macario vive con una mujer con la que se veía mientras Nancy era su esposa. Tiene tres hijos más y pide el divorcio legal de Nancy, ahora es cristiano y aspira a casarse nuevamente.

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Nancy es una mujer inteligente. No se arrepiente de lo que ha vivido. Todo le ha servido para ser más fuerte y acercarse a Dios. Hace aproximadamente ocho años remodeló su restaurante y sus ingresos mejoraron. Tiene dos casas. Una en el barrio Terrón Colorado y otra en El Poblado. No vive en ellas por la inseguridad, pero recibe dinero por el arrendamiento. Cuenta que durante un tiempo se refugió en el “vicio de las máquinas”, en los juegos de azar. Pero cierto día, cansada y aburrida de gastar sus ganancias, decidió no volver a jugar. Ahora estrena casi todos los días y despilfarra el dinero en zapatos, de colores alegres y tacón alto.

Nancy es una mujer inteligente. No se arrepiente de lo que ha vivido

– No es que yo sea creída, pero a mí no me gustan los buses. Sólo taxi.

Hace muchos años padeció una situación de acoso de un hombre mientras viajaba en un bus.

– Yo venía a trabajar desde Terrón. Traía un vestido color amarillo patico y noté que un maldito viejo no hacía más que rastrillarme.

Desde ese momento Nancy no volvió a abordar buses. Hoy vive cerca a la galería para no tener que movilizarse por largos trayectos.

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Las canas ya se dibujan en su cabello. Nunca quiso poner otro papá a sus hijos. Después de su separación se dedicó a trabajar, pero ahora sus hijos han formado hogares y la han dejado sola. Cuenta que hace cuatro meses sale con un “amigo” con quien comparte ratos agradables, olvida el pasado y disipa tristezas.

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Nancy tiene una rival. “Una siliconuda que le dice a mis clientes que mi comida es recalentada”. Aunque confiesa que hay días en que no vende toda la comida, ella, al igual que muchas personas de la galería, prefiere venderla al otro día a menor precio, antes que botarla y perder todo la ganancia.

– Hace cuatro años le metí una paliza allí afuera. Eso fue un viernes. Eran como las tres y media de la tarde y de un puño que le dí la tiré al suelo. A arepa pelada la iba a dejar. Le quería arrancar el pelo. Amparo es la competencia de Nancy. Es una mujer voluptuosa y egoísta. Se puede observar, porque tiene cinco meseras en cada esquina de su restaurante “Patico” y les ordena que aborden a los clientes y les impidan llegar al restaurante de La Paisa.

El ambiente se hace tenso entre las once y media de la mañana y las doce del medio día. Este par de mujeres enfrentan una batalla campal por la conquista de clientes.

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A Nancy le va bien en su negocio. Paga ochocientos mil pesos a la administración de la galería, pero a diario le quedan cien mil de ganancia. Es estricta con sus trabajadoras. Exige que todo quede finamente picado y que no se sirva un plato sin detalles coloridos: un guiso, un cilantro picado o un banano maduro. Mantiene pendiente de que el menú esté a tiempo, los platos permanezcan limpios y que sus proveedores le lleven la carne y la verdura fresca, como le gusta.

Esta mujer es atenta y amable con sus clientes. Es pícara y de buen humor. Pero ya se siente cansada. Ha decidido dejarle el negocio a su hija menor. Quiere irse a Santa Marta en enero para descansar de la intriga de su vecina.

Es de admirar su valentía. Nunca ha sido conformista. Es emprendedora y no es sólo una buena cocinera. Es una heroína que con el trabajo de sus laboriosas manos ha buscado cumplir sus sueños.

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“Buena y mala pa’ todo”

Por: Laura Muñoz

No mide más de un metro con cincuenta centímetros. Sus brazos y muslos son regordetes. Su cabello, rubio. Sus mejillas, rojas y redondas como un tomate fresco. Sus ojos diminutos y brillantes como dos luciérnagas. Hoy viste una blusa larga y negra cubierta por un delantal azul de grandes bolsillos. Lleva una licra fucsia del mismo color de sus uñas. En la mano izquierda, luce una pulsera de perlas blancas. Unas sandalias negras visten sus pies. Se llama Lorena Idalba López Morales, pero todos la conocen como Muñeca.

Desde hace 20 años, siempre en su puesto de la galería Alameda, vende hierbas desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Vivió toda su infancia y adolescencia en Manizales. Llegó a Cali a los 19 años para trabajar como empleada doméstica. Su patrona solía mandarla a mercar a la galería todos los domingos. En ese entonces, la Alameda era un mercado de rústicas chozas que se levantaban una tras otra, una especie de microciudad que crecía en el interior de la ciudad misma. Vegetales frescos, carnes coloridas y frutas olorosas sobresalían entre las multitudes. Poco a poco, el mercado se nutría de nuevas chozas que emergían de la tierra como raíces que devoran caminos.

En ese entonces, la Alameda era un mercado de rústicas chozas que se levantaban una tras otra, una especie de microciudad que crecía en el interior de la ciudad misma

Desde animales vivos hasta insumos plásticos, en la Alameda se encontraba de todo; inclusive, el amor. A Muñeca la flechó un Cupido en confusión. Julio César, un hombre delgado, de cabello oscuro y piel trigueña, la conquistó. Era el inicio de un amor de galería: bullicioso, ajetreado y conflictivo. Quién se iba a imaginar que hoy estaría lanzándole papas desde su puesto de hierbas. Entre carcajadas y maldiciones, Muñeca despide al hombre de camisa verde decolorada y pantalón café desgastado que avanza hacia la salida. Mientras esquiva las papas que como misiles amenazan con darle de baja, Julio César observa a su exmujer, atrincherada, del otro lado. Continúa el recorrido junto a su bicicleta mientras murmura palabras que agonizan entre los gritos ensordecedores de la mujer que falla, ríe y vuelve a intentar un tiro sobre su cuerpo.

¿Cómo se describe? Como buena y mala pa’ todo.

Muñeca no sabe por qué la llaman así, tal vez se deba a su baja estatura, dice, tal vez a su personalidad extrovertida. Habla fuerte y claro, sin pensarlo demasiado; resulta imprudente, pero siempre graciosa. Es impaciente, pero también atenta. Muñeca es en sí misma una contradicción: una mujer que reprende y al instante reanima. Después de mucho insistir, al fin accede a sentarse. Dice que tiene tres puestos en la galería. El principal, donde permanece, está al fondo del pabellón. El segundo está ubicado a unos 10 metros del principal, al lado del puesto de frutas de Doña Fantine. El tercero, diagonal al principal. Éste último está alquilado. Los otros dos son atendidos por ella misma.

¿Y cómo logra atender dos puestos a la vez?

¡Pues corriendo!

Gracias a su negocio de hierbas, sostiene a su hija y a su exmarido. Se separó de Julio César justo después del nacimiento de la bebé. Pero él nunca se fue de la casa. Ya cumplieron 12 años en esta situación y, aunque lo califica de “vago”, reconoce que es él quien lava, barre y hace de comer. “Es ‘soy-la’: soy la que lava, soy la que limpia”, dice entre sonoras carcajadas mientras el color rojo de sus mejillas se dispersa por todo su rostro.

¿Por qué se casó con él?

Porque cuando estaba joven era bello, ahora es una retuna fea.

¿Qué es una “retuna”?

¡Pues una retuna! ¡Una retuna!

Conoció a Julio César un día en que su patrona la mandó a comprar unas hierbas a la galería. Era el hijo de Esther Narváez, la hierbatera. Gracias a Esther, Muñeca se inició en el mundo de las plantas. En una de las visitas al puesto de su futura suegra, ella le propuso que dejara el trabajo de empleada doméstica y se convirtiera en su ayudante. Muñeca aceptó. Su trabajo consistió en cambiar billetes y despachar clientes, a la vez que aprendía acerca de los usos y beneficios de las mismas.

Muñeca vende todo tipo de hierbas. Saca sal, Flor de muerto, Cicuta, Salvia y Anamú para alejar los malos espíritus. Quereme, Abre caminos, Rompe Saraguey y Destrancadera para aumentar la atracción. Pero no vende las hierbas usadas para hacer brujería: Siéntate aquí, Aborrededora y Pica pica. Es cuestión de principios: “Lo que usted no quiera que le hagan, no se lo haga a nadie”, dice.

A menudo, Muñeca se hace limpiezas con Flor de muerto o Saca sal. La liberan de las malas energías que algún cliente amargado haya podido contagiarle. Sus hierbas para el amor son igual de efectivas que sus hierbas para limpiezas. Pero Muñeca no necesitó Quereme o Abre caminos. Sin pedirlo, un hombre apuesto y caballeroso llegó una mañana a su negocio para instalarse en su vida.

“Ángel”, un apuesto taxista, es el culpable de su risa nerviosa y sus ojos brillantes. “Yo era muy amargada hasta que lo conocí a él”. Sus días transcurrían entre la preocupación de la crianza de una hija y la presión para sostener un negocio. Un hombre, queriendo vender un carro, le pidió consejo sobre hierbas que le permitieran llevar a final feliz su empresa. “Yo necesito vender un carro y conseguirme una mujer”, le dijo ese día.

Sus días transcurrían entre la preocupación de la crianza de una hija y la presión para sostener un negocio.

¿Y cómo es él?

Muñeca no es fácil de lidiar, lo reconoce. Es de esas mujeres que les gusta “hacerse las difíciles”. No resulta extraño que a “Ángel” le haya costado hacerse a un lugar en su corazón. Más cuando los prejuicios y malas experiencias obstaculizaban la ilusión. Pero Muñeca es humana, al fin y al cabo. Ahora habla de él y su rostro refleja la alegría que le produce su compañía. Hoy la ha llamado dos veces, es probable que vuelva a llamarla en minutos.

La algarabía de la mañana se ha transformado en el silencio de la tarde. Se esfumaron las voces que ofrecían comidas, pescados, carnes, frutas, vegetales, canastas, aliños, flores, jaulas, pájaros. El sol que ardía al medio día ha cedido terreno. A esta hora ya se puede mirar al cielo. El viento sopla con fuerza y levanta desde polvo hasta faldas. Los negocios han cerrado y la plaza desierta se prepara para la noche. Son las cinco de la tarde y Muñeca ha terminado su jornada. Está lista para partir hacia su casa al encuentro con su hija y su exmarido. Cubre sus hierbas con un costal y retira el delantal. A gritos, como de costumbre, se despide de quienes no pierden la esperanza de hacer algunas ventas más. Toma sus pertenencias y camina hacia la salida meneando sus caderas amplias. Sonríe por última vez. Desaparece.