Su inocencia es pervertida por la pobreza absoluta. El cuero cálido de la pelota, reemplazado por el hierro helado del revólver. Quizá, tras sus pies desnudos, sus ojos taciturnos y esa piel ambarina, sólo existen las escenas de muerte y desolación que se viven día a día en las calles polvorientas de El Troncal.
“El hombre nace bueno, la sociedad lo corrompe” Novalais
Por: Santiago Blandón
Tal vez aquellos niños desorientados no compren dulces, no, más bien compran marihuana, se les antoja más seductora que cualquier golosina. Su inocencia es pervertida por la pobreza absoluta. El cuero cálido de la pelota, reemplazado por el hierro helado del revólver. Quizá, tras sus pies desnudos, sus ojos taciturnos y esa piel ambarina, sólo existen las escenas de muerte y desolación que se viven día a día en las calles polvorientas de El Troncal.
Su noción de justicia es diferente a la de los demás habitantes: entre ellos impera el sálvese quien pueda. No le temen a la policía, a sus colegas sí, a ellos deben pagarles de contado:
-¡Pum! Por la cicla que me robaste, gonorrea.
-¡Pum! Por mi hermano, que en paz descanse, pirobo.
-¡Pum! Porque me caíste mal, por eso, hijo e´ puta.
En medio de tanta inclemencia, sin embargo, existe un retazo de esperanza: el olor del plomo y la resonancia de las balas, son abatidos por los gritos de gol y la magia de un balón gastado por el trajín de los partidos.
Picazo: entre el balón y la bareta
En las calles del barrio rondan las notas de una canción, en todas, en Calle Caliente, en Calle Mocha, en Calle Ancha… Cada que la escucho pienso en tu sobrino, Jorman, en ese destino inexorable:
“Yo tengo un ángel que me protege de los envidiosos/ y ese ángel me protege y no le importa si yo soy un vicioso/ yo tengo un ángel que siempre está detrás de mí y un ejército de guerreros/ y ese ángel me protege de los que no son sinceros”.
Rodrigo vive convencido de que Picazo, tu sobrino, es el mejor jugador de fútbol que ha criado la familia Fiscal, lo cual es mucho decir. Sabés mejor que nadie –fuiste uno de ellos, Jorman- que la gran mayoría de los Fiscal: Enrique, Ángelo, Gabriel, Santos, Arara y el mismo Rodrigo, son reconocidos en el barrio como grandes jugadores de fútbol.
¿Notaste cómo cambió la expresión de Rodrigo, eh? Ahora adopta una expresión triste, ahora se lamenta de que Picazo, cuyo nombre de pila es Eider Steven Fiscal, dejó a un lado el soccer Por andar soplando bareta todo el día, paisa, porque ese culicagado está hecho una aspiradora completa y eso que todavía es una chinga, cómo será que el otro día lo pillé metiendo sacol, imagínese; pero eso sí, le metí una tunda ni la hijo e´ puta, dice, porque se le olvidó que yo andaba por ahí, pillando la vuelta.
Eran las siete y cuarto de la noche ¿te acordás? Rodrigo se acercó a Picazo, pilló su rostro desfigurado por el sacol, sintió su propia sangre desfigurada por la ira, y no paró de insultarlo durante veinte minutos.
Un insulto llevó al otro… El basuco surtió su efecto recalcitrante… Un reparo de Picazo, la gota que derramó la copa…
Sapohijueputasacolerodemierda, le decía, mientras le golpeaba los brazos, el estómago, la cabeza y la cara. Me atreví a gritarle que no golpeara más al pequeño, Rodrigo, mirá que vas a matar al culicagado, ¡Dejame!, pero es que vas a matar al niño, ¡Que me dejés!
Malparido, le seguía gritando, sin advertir que no podía escucharlo desde hacía un buen rato: estaba inconsciente.
A Rodrigo, te das cuenta, se le olvidó que ese día yo andaba cerquita del lugar y que llevé al niño al centro de salud; y tampoco sabe, porque nunca se enteró, que despejé las dudas del médico: cuando me encontré el niño ya estaba todo estropeado y una señora me dijo que había sido en una pelea callejera.
Repite que yo no andaba por Bavaria aquel día, Es que estaba más trabado que mi sobrino, paisa, le pegué al porro toda la tarde, a lo bien, claro que conmigo en sano juicio le hubiera ido peor, porque usted sabe que yo trabado soy menos violento que cuando estoy sano.
Le pregunto por qué reprendió a Picazo, si andaba en las mismas ¿Tenés corona o qué hijueputas? Me dice que es mayor, que tiene derecho a castigarlo aunque cometa los mismos errores, Paisa, porque si no lo reprendo entonces cómo va a aprender; además esa lagartija no andaba soplando marihuana como este pecho, andaba metiendo sacol, mil veces peor que cualquier pegante.
Mientras habla, Rodrigo –piel oscura, ojos extraviados- adquiere una expresión distinta con cada frase, gesticula, frunce el ceño, se muerde los labios… no es un buen momento para contradecirlo, Jorman y, sin embargo… Lo que pasa Fiscal es que vos, además de meter bareta, metés basuco, mil veces peor que cualquier pegante.
Las reglas de la calle no son las del tribunal
Yo no sé, mirá, ya ni siquiera puedo decir que los niños del barrio consumen droga, Jorman, la droga los consume a ellos. Me pregunto cómo llegaron a ese punto, por qué ellos sí y otros no. Hurgando en su pasado, encontré algunas respuestas. Decime vos qué pensás, viejo, decime.
Cuando Eider Steven Fiscal contaba cinco años y sostenía el palo de una escoba, esforzándose por emular los movimientos de María Isabel Urrutia, nadie se imaginaba que, años más tarde, jugaría en un reconocido equipo del barrio La Base y portaría la camiseta número 10. La más codiciada por los futbolistas desde Chocó hasta Uzbekistán. Nadie, a excepción de su padre, don Eider Fiscal quien juega fútbol desde chicorio:
Corrían los 70´s. Era la época de la salsa, el rock and roll, las pelis gringas y los juegos panamericanos; andaban remodelando todo, que los estadios, que los coliseos, que las plazas, que los parques, en fin, era la víspera del evento deportivo más áspero que se haya visto por estos lares. Ése es el lado positivo, sí, el mismo que se da a conocer en las noticias de farándula y cuenta con un espacio asegurado en los libros de historia nacional. Pero también existe un lado oscuro, tu padre lo vivió, uno que otro libro lo confirma; el que estoy leyendo ahorita mismo en la sala de mi casa.
La violencia en el campo obligaba a los campesinos –cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia- a olvidarse de sus hogares, sus fincas, sus animales, sus cultivos, su dignidad, para huir a las grandes urbes, dígase Medellín, Bogotá, Cali, Barranquilla, etc., etc. Las cifras del libro hablan por sí mismas: 470.086 personas que poblaban Santiago de Cali en 1970, se tradujeron en 858.929 para 1971. Sé que no te gustan las cifras, Jorman, a mí tampoco, pero pensá que en poco más de diez años la capital del Valle –la sucursal del cielo, dicen- recibió una cantidad de foráneos suficientes para poblar el país de Luxemburgo (yo tampoco sé dónde queda, pero es un país, imagináte).
Por esa época, los Pájaros conservadores segaron la vida de Luis Alberto, Noel y Abelino Fiscal, hermanos todos de Ramón Fiscal, tu cucho. La familia Fiscal –lo que quedó de ella- arrimó a Cali en 1962, después de abandonar su rancho de Restrepo, ese pueblito del Valle. Se convirtieron así en parte de los tres millones de desplazados menesterosos que -según cuenta la Acnur, Jorman, esa Agencia de las Naciones Unidas Para los Refugiados- ha generado el conflicto en Colombia. A su llegada a la ciudad los Fiscal construyeron un rancho de madera y latas de zinc, bien chusco. En ese rancho nacieron vos y tus hermanos, Álvaro, Oscar, y Eider, el cucho de Picazo:
Madrugábamos a eso de las ocho de la mañana y “mamá” –le llamábamos “mamá” a nuestra abuela- nos tenía listo un bongao de aguapanela con limón, jum, eso eran como tres litros. Alistábamos el balón –un balón de cuero que nos robamos por allá, por Santa Mónica Popular-, medio nos lavábamos la cara, medio nos cepillábamos, y chau: pa` la carbonera. Le decíamos así porque en ese tiempo no era de cemento, era de tierra, una tierra negra como el carbón. Cuando llegábamos casi siempre habían chingas como nosotros jugando, que mete-gol, que galleta-pata, que campeonatos, que fútbol-tenis; y por ahí a la hora, dos horas, ya habían bastantes pa´ armar el picado. Jugábamos a pleno sol ¿oyó? Y dele: que a cinco goles, hacíamos los cinco. Que no, que a diez, hacíamos los diez y nos íbamos a quince, veinte… me acuerdo que una vez llegamos hasta los treinta goles, jum, eso no nos cansaba ni el putas. De tanto jugar en la arena caliente, a pata limpia, los pies se nos pusieron duros y le pegábamos como un verraco a ese balón, por eso es que yo le pego tan duro con las dos. Que izquierda, el riflazo. Que derecha, el riflazo. Yo no tengo mocha.
Ustedes eran bien aficionados, Jorman. Ni siquiera fueron a la escuela, para qué, pensaron, si todo lo que necesitarían lo aprenderían en la carbonera, un terreno cubierto de tierra negra como el carbón, donde aprendieron a driblar la pelota como Johan Cruyff y Michel Platini; eran unos Ases en manejo de armas blancas, unos capos en tropel a mano limpia.
En nuestro barrio vale más la educación de la calle –la pedagogía del ensayo y el error, del caer y levantarse- que la educación de los profes y los libros, la educación de la escuela.
Animados por esta convicción, ustedes entraron a la adolescencia sabiendo cómo enfrentar las vicisitudes de la calle. Sabían, mejor dicho, que putear a todo el que se les atravesara en el camino, los rodearía de enemigos, y los enemigos representan inconvenientes, pleitos, deudas, miedo…
Obedecer a los grandes y proteger a los chicos, les correspondía amistades. Los amigos se traducen en respaldo y el respaldo (lo sabés mejor que nadie, Jorman) es el mejor seguro de vida. Don Eider Fiscal le atribuye a ese sentido de supervivencia el hecho de que tus hermanos continúen dando lora:
-El fútbol nos granjeó muchos amigos. Nos hicimos amigos de to` el mundo por acá, porque las fechorías las hacíamos en otros barrios y cuando alguien nos reconocía y venía a cascarnos, nos escondían en cualquier casa o salían a defendernos.
Si le dieran la oportunidad, dice, repetiría las vivencias de su infancia las veces que fuera necesario para olvidar lo que vendría después: no le voy a mentir, paisita, nosotros a esa edad ya robábamos, metíamos bareta al piso, lo que sea. Pero créame que a pesar de todo, seguíamos siendo niños.
Lo miro al viejo y no comprendo por qué me pide que le crea, si los niños del barrio, como tus sobrinos, ya me demostraron que más allá de la perdición de la droga, del filo de la navaja, del frío del revólver, siguen siendo tan inocentes como los otros niños, los hijos de papi y mami, los de la barriga llena y el corazón contento.
No es necesario que me lo digan porque me lo grita la curiosidad de sus ojos, el latido de sus sonrisas, la ingenuidad de sus juegos…

“Bregar legal… o nos vamo’ a lo ilegal”
Hace poco me contaron que Picazo andaba robando, Jorman, no pude no pensar en vos, en tus hermanos, en sus fechorías de adolescentes. Aparte de amigos, debían ganar dinero: las jevas del barrio empezaban a interesarles, y jugando fútbol no podían invitarlas a salir.
Primero fue el hurto. Nunca robaban en El Troncal, ¿cierto?, siempre buscaban sectores ajenos. Entre más lejanos, mejor, más tranquilidad. Lo sé porque Eider, tu hermano, me lo ha contado muchas veces:
Nos íbamos pa las Américas, pal Atanasio Girardot, pa La Base. En el camino nos fumábamos un porrito y empezábamos a andar pa` arriba y pa´ abajo. Pero eso sí, nos asegurábamos de asaltar al más guevón o a la más fresita. Eso se les nota en la cara, en la forma de vestir, en la forma de caminar.
Por esa época también habían gomelitos, les llamábamos “cocacolos”. Cuando nos veían no sabían qué hacer: aceleraban el paso, cambiaban de andén, se regresaban… nos demostraban que eran presa fácil porque cuando la gente se asusta tanto es porque anda perdida o no es del barrio o tiene mucho que perder.
En ese tiempo no existían ni los celulares ni los “aipos” ni ninguno de esos aparatos que llevan los culicagados hoy en día. En ese tiempo lo que uno más robaba era zapatillas. Rodeábamos al susodicho: uno le pasaba adelante, los otros dos se le ponchaban a los lados, y el último se quedaba atrasito. Entonces el del lado (que casi siempre era Jormán porque era el que más labia tenía) se le acercaba y le decía suavecito al oído: “Esas zapatillas son mías, mariconcito”.
Que no, que eran de él y entonces le caíamos los otros tres, chuzo en mano: “Si revira lo dejamos como un coladero, gonorrea”. Algunas veces se hacían los valientes e intentaban correr o pelear, pero con dos puntazos secos en las costillas les bajamos los humos.
Siempre robábamos en parche. Pero a veces uno andaba solo y se encontraba las propias papayas. Eso lo único que les faltaba era llevar un cartelito en el pecho que dijera “¡RÓBEME!” Y tras de eso montaban las propias zapatillas, originales, nuevecitas, ¡ay, no!, ¡había que aprovechar! Entonces uno se arriesgaba solo.
La labia lo es todo:
-Parcerito lo que pasa es que yo soy de una fundación-, o…
-Chinga ¿qué bus me lleva al Guabal?-, o…
-Su cucha lo anda buscando ahí, a la vuelta.
Entonces uno le empezaba a hablar y a calentarle el oído, que sabe qué, yo poncho con los de la Son 14. Que sabe qué, yo ando enfierra´o. Que sabe qué, yo tengo como a 20 en las costillas. Y ahí se iban ablandando, ablandando, hasta que ellos mismos le daban las zapatillas a uno, y hasta le chupaban la polla si quería.
Cierto día tu abuela, doña Josefina, le ordenó a Eider que llevara un recado a un sector aledaño del barrio Obrero, ¿si pillas?
A la una de la tarde el calor en Cali es insoportable, al menos eso pensaba tu hermano mientras cruzaba el separador de la calle 25. Un trayecto amplio, polvoriento. Como si no bastara con ello, el lugar, para ese entonces, ya había asumido el papel de basurero que padecemos hoy en día ¡olía a mierda!
El pequeño se quejó en voz alta: por qué siempre debía ser la cenicienta de la casa. Sus hermanos, en vez de llamarlo por su nombre de pila, le decían Dora. Dora la lava-dora, Dora la barre-dora, Dora la trapea-dora y, en casos como el de aquel día, Dora la explora-dora.
Un chico como él no había nacido para barrer, trapear o lavar, ¡mucho menos para llevar y traer recados! No, señor. Él era un chico especial, tanto, que en algunas partes le decían Maguito: “porque te mete el balón por el culo y te lo saca por la boca” (sí, yo también me cagué de la risa cuando me lo contó). Ninguno de los tres cochinillos que se quedaban en casa –despatarrados, mientras él se calcinaba la mollera realizando encargos- tenían su control, su técnica, su drible de pelota. He ahí el motivo de sus chanzas ¡Envidia! ¡Pura y física envidia!
¡Pum! ¡Bochazo en la nuca! La siguiente imagen que vio fue la del moreno descomunal que le pateaba las costillas, mientras le vociferaba hasta de qué se iba a morir. En seguida, extrajo su crosman calibre 22, lo cargó ¡clic!, y le señaló la frente con su ojo en tinieblas, ¿oís?
Eider había portado navajas de todo tipo, pate e´ cabras, chuzos, recibió un par de puñaladas en tropeles ocasionales, pero nunca experimentó un pavor tan sobrecogedor como el que lo asaltó ante el primer revólver que le pusieron en la cara, ¿si pillás?
-Ese man se encintó dizque porque mis hermanos y yo le habíamos atracado la niña, la niña, sólo repetía la niña. Pero cuando sacó ese fierro y me lo puso a tres cuartos de chimba de la cara, decidí que nuca más en la vida iba a robar a nadie.
Recién llegó a casa -pálido, estropeado- les relató a vos y a los demás lo que le había pasado y les dijo que dejaría de hacer vueltas. Tanto Álvaro como Oscar, sobrecogidos por la experiencia de Eider, juraron que nunca más robarían en su vida. Pusiste en tela de juicio la hombría de tus congéneres (hermanos, perdón), y celebraste tu decisión de proseguir por el camino fácil pues, dijiste, es el camino de los machos.
Jormán: campanero, capo, ángel guardián…
“Comienzo el drama, me levanto de la cama, me cepillo los dientes y miro el sol salir/ prendo una vela con mucha cautela y afuera escucho el barrio sin saber quién va a morir/y aunque el destino no esté escrito, lo escribimos nosotros/ a nosotros nos toca el destino escribir/aunque la vida esté dura y el gobierno la empeore/ a nosotros nos toca decidir”.
Nunca sumiste la cabeza ante nadie, Jorman. Ni los criminales más temidos, ni los futbolistas más hábiles, ni las putas más ardientes, consiguieron un titubeo de tu parte. Replicabas injuria por injuria, traque por traque, traición por traición, aunque te rompieran los dientes, socito, como aquella vez en La Base. O te apuñalaran la muñeca, el hombro y el tórax, como aquella vez en Tres Esquinas. O te disparan, como aquella vez en… tantas partes.
Quienes le atribuyeron a tu sentido del valor, una rebeldía implacable, no sabían que aquellas respuestas apasionadas se debían a un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el más mínimo intento de atropello, y un amor propio que te impedía soportar humillaciones. Puedo jurar, en defensa tuya, que nunca proferiste un insulto que no estuviera debidamente justificado, ni lanzaste un puño sin esquivar el primero. Era tal tu sentido de justicia, Jorman, que defendías a los más débiles, los discapacitados, los desvalidos, los cobardes.
Un sentido de justicia inspirado en las series radiales de la infancia, me contó Eider. Reunido con tus tres hermanos, escuchabas atentamente las aventuras que brotaban, a borbotones, desde la radio desvencijada de doña Josefina. Al medio día, pasaban Arandú ( príncipe de la selva) y El látigo blanco ¿lo recuerdas?
Camino a la Carbonera, comentabas con tus hermanos los capítulos de aquel día. Dos horas, tres horas, cuatro horas jugando fútbol, y cuando el cotejo se encontraba en su estado más agitado, en el toma y dame, en el clímax de la pasión, partías corriendo ¡rápido!, pues eran las cinco y empezaba tu serie favorita: Kaliman (el hombre increíble).
Obligado, como estabas, a imaginarte los paisajes orientales, los desiertos sombríos, y los rostros humanos descritos por el narrador de la serie, siempre viste en la voz de Solín –el compañero infante de Kaliman- tu propia catadura (cara, perdón).
Alguna vez, en medio de una fiebre menor, soñaste que acompañabas a Kaliman en una misión en Tokio, Japón. Desde entonces, no sólo personificaste a Solín en tus delirios, también en tu casa, en la calle, en la Carbonera, repitiendo a diestra y siniestra las consignas más populares de Kaliman:
-Siempre hay un camino cuando se ve con los ojos de la inteligencia-, decías, con todos los dedos de la mano derecha extendidos sobre tu sien, y los ojos cerrados, ante la mirada compasiva de tus compañeros.
Muchos te consideraron víctima de brujería. Pero cuando esa suplantación delirante te llevó a enfrentar a los brabucones y defender a los cobardes, la apatía fue sustituida por admiración.
Caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados, así es Kalimaaaaaan. Sí, Jorman, aunque te costó trabajo creerlo, tus aduladores no te veían como un simple héroe secundario: te veían como el personaje principal, el turpial que mejor trina, el chivo que más mea, el gallo que alborota el corral, el manda callar de los brabucones, Kalimaaaaan.
Ya entrado en años, olvidaste –a propósito, por madurez- tu costumbre de repetir las frases célebres del hombre increíble, pero la justicia siguió siendo tu prioridad.
Cuando vos y tus hermanos atracaban caleños desprevenidos, eras el único que les dejaba algo de dinero para el pasaje. Si alguno de ellos se sobrepasaba con la víctima, una mirada tuya le advertía y le aplacaba los ánimos.
Robabas porque sentías que aquel acto deplorable para muchos, significaba un acto de justicia cuando eran niños tan pobres como vos y tus hermanos quienes tomaban prestadas las pertenencias de los niños más afortunados, aquellos que nunca sufrirían las calamidades económicas de una familia popular ¿Acaso no era ése, Jorman, el sentido de equidad que tanta falta les ha hecho a los gobernantes de siempre? Fiel a esa visión ecuánime del mundo nunca asaltaste un transeúnte calamitoso aunque, al menos por una vez, acarreara una tentadora suma de dinero.
Quizá por eso te negaste a dejar la carrera criminal cuando te lo sugirieron tus hermanos: no hacías nada malo, de acuerdo con tus principios ¿Era villano Robín Hood por despojar a los ricos para abastecer a las pobres? La única diferencia entre aquel héroe medieval y vos, era que, en tu caso, los pobres eran tu propia familia.
Tiempo después, la simpatía que le inspirabas a los grandes, te significó un cupo en la carrera que, desde esa época, fue la más popular de América Latina: la del narcotráfico.
Carrito
Chivolo, uno de los capos de la Son 14, te concedió tu primer empleo en el mundo del narcotráfico ¿recuerdas? Los carritos, por lo regular, son niños de diez a doce años que pasan desapercibidos ante la policía, por su corta edad.
Los mismos pillos que te proporcionaron el trabajo, te obsequiaron una bicicleta cross desvencijada donde debías llevar y traer los encargos. Qué responsabilidad, socito, a pesar del mal pago. Chivolo te advirtió desde un principio que ni se te ocurriera desaparecer con un encargo, porque matamos a toda tu familia, y a Linda Vanesa, tu novia.
Escondías sus encargos dentro de los manubrios de la bicicleta, para salir librado de cualquier requisa, policial o vandálica.
Campanero
Cuando te ascendieron a campanero corrías menos peligro, ganabas más dinero ¡Pero qué trabajo tan aburrido, por dios! Permanecer sentado en una esquina, esperando a que llegara la policía –que casi nunca se aparecía-, para alertar a tus compañeros, no era tu estilo, te sentías inútil, menospreciado. Unos meses después, te darían la oportunidad de probar suerte en las grandes ligas.
Lava Perros
Como Lava Perros no sólo te granjeaste el aprecio de los capos, Jorman, te granjeaste su respeto. Probaste finura. El valor que habías demostrado desde chicorio, se vio duplicado en los enfrentamientos entre oficinas, por la determinación de tu carácter. Pronto, los tres capos de la Son 14 (Chivolo, Fierrito y Maco) te escogieron como su favorito, y se pelearon tu guardia redentora en las vueltas más duras. Ni la envidia de tus compañeros, ni la tirria de tus detractores, ni la venganza de tus enemigos, consiguieron opacarte. Al contrario, encarnaban el secreto de tu reputación.
Muchos de quienes quisieron darte de baja, desistieron del proyecto, convencidos de que contigo no había caso, Jorman; estabas definitiva y rematadamente rezado. Nadie supo quién te rezó, pues se dice que es de mala suerte contarlo, y que neutraliza el efecto del voto. Lo que sí sabemos, Fiscal, es que portabas el rosario atado alrededor de tu estómago, de manera que cruzaba la imagen tatuada en tu espalda baja: Nuestra Señora de los Remedios (la virgen de la que eras devoto). He ahí la razón de tu suerte a ojos de amigos y enemigos, aunque en el mundo del narcotráfico -lo sabés bien- resulte tan absurdo hablar de amistades.
Capo
En menos de lo que canta un gallo, el mandamás del barrio, Guadaña, te asignó el liderazgo de la Son 14. Tu sentido de justicia, tu inteligencia y tu jerarquía, relegaron a un segundo plano las gestiones de Chivolo, Fierrito y Maco.
A una edad en la que pocos han abandonado el seno de su hogar, representabas una de las leyendas más renombradas de la comuna ocho. Los hombres te ofrecían sus respetos, las damas te hacían protagonista de sus fantasías más delirantes, los niños se peleaban tu papel en los dramatizados callejeros.
Ahora no eras Kaliman, Jorman, ahora eras EL Vaquero. Nunca se supo, a ciencia cierta, quién te asignó ese sobrenombre, confórmate con saber que provino del imaginario popular, el mismo nido donde se criaron las historias más legendarias sobre vos. Se decía que las balas disparadas a traición tomaban cualquier rumbo, menos el de tu desventura; que las disparadas de frente se regresaban contra tus agresores. Por más que lograran atinarte, repetía la gente, nunca permaneciste más de dos días en la clínica.
Esto se debía –y dale con los rumores- a que la superficie fibrosa de tu cuerpo (en verdad eras musculoso, pillín, parecías un buque acorazado) impedía la entrada de cualquier proyectil; y muchos de quienes te vieron herido por el fuego enemigo juraron, en nombre de sus santas madres, que no derramaste, nunca, una sola gota de sangre.
Aquellos rumores, fundados más en el folclore popular que en la vida real, les enfriaron los cojones a tus adversarios más resueltos. Significaron, insisto, el verdadero origen de tu omnipotencia, hasta tal punto, que te permitías desidias como recorrer las calles del barrio sin un Lava Perros, socito, qué insensato.
El mismo imaginario popular que fundó tu éxito, representó tu derrota. Y la única derrota que doblega a un capo como vos, es la mismísima Muerte.
Sí, la Muerte, esa que no perdona ni a los magnates más acaudalados, ni a los indigentes más míseros, y ni siquiera a leyendas tan renombradas como vos, Jorman. Lo comprenderías una tarde de octubre de 2003.
La matrona de tu casa, doña Josefina, lo presintió desde su mecedor desvencijado. Yo lo he vivido. Es la misma claridad del sol de todos los días, pero para uno es el albor de la tragedia; el mismo aliento perfumado de las azucenas, es el olor de la muerte; la misma canícula de cualquier ciudad tropical en el ámbito del pacífico, es el bochorno de la desventura. Todo se te antoja impregnado de un halo devastador.
Doña Josefina le rogó a cada uno de sus nietos que evitara la calle, al menos, hasta el día siguiente. Álvaro y Oscar no se atrevieron a desafiar las premoniciones de su abuela. Don Eider recordó las muchas ocasiones en que su intuición predijo desastres propios y ajenos. Debía trabajar y, por ningún motivo, su jefe aceptaría las conjeturas de la abuela como excusa, pero prometió que regresaría en el acto de terminar su jornada. Vos, en cambio, te sentías tan inmune a la muerte, que ignoraste sus diagnósticos.
A las tres de la tarde del viernes en que ocurrió la tragedia, andabas tomado de la mano de Linda Vanesa, tu mujer, ¡qué hermosa! Linda Vanesa, india menuda, de caminar suculento y ojos acaramelados, una prueba física de que es el noveno, el mandamiento más difícil de obedecer. Seguías enamorado de ella y ella de vos, se les notaba en la cara de idiotas, en el caminar reposado. Ese día nos contaste a mí y un grupo de muchachitos mocosos, que la llevarías al motel Rey de Oriente, suite junior y toda la vuelta, después de pasear un rato.
En el pavor de Linda Vanesa, viste reflejada tu muerte, como Narciso vio reflejado su rostro en la fuente de Tespias, y, sin embargo, te alcanzaron las fuerzas para derribar los dos tipos que te disparaban a mansalva, desde una RX115, socito. Incluso en el momento de la pelona conservaste tu coraje intacto. Qué hombría, Jorman, qué hombría.
M18 vs Voltaje
Sí, Jorman, es la historia de tu familia, pero se sigue escribiendo. El peso de los años, ya lo ves, el peso de la discriminación y la violencia y los prejuicios. Ahora son tus sobrinos los que deben llevar –cargar, soportar- ese peso, es Rodrigo, Ángelo, Santos… Es Arará, es Picazo. Mañana… ¿quién será?
“Hay días en que yo cruzo el barrio en pleno tiroteo, él va detrás de mí/ si me aborrezco a veces de estar vivo, y pierdo la esperanza él va detrás de mí/ si me confundo y pierdo la fe, a medio caminar el ángel me dice a mí/ levántate de la cama ve y enfréntate a la vida porque tú naciste pa` sobrevivir”
Su silencio -el mismo silencio de quien se siente capaz de mirar cara a cara a la Muerte sin estremecerse-, le da un aire de invulnerabilidad que no deja de recordarte, Jorman. Apenas cuenta quince años. Los demás lo miran con una especie de temor reverencial que termina por señalarlo más que cualquier dedo índice, más que cualquier expediente judicial, más que cualquier sino familiar, él es el capo, sí, el mandamás de la M18, mírelo bien, le dicen Picazo.
Con un cacho de marihuana en una mano y una guacharaca en la otra, espera impasible que lleguen los que faltan, completicos todos. Los otros, los puntuales, ya extendieron una bandera blanca, grande como la sábana de una cama matrimonial, donde algún desocupado bordó la “M”, el “1” y el “8”, negras todas, bien pispas, imponentes, marica, son el nombre de la banda.
Cada uno con su puñal. Asistir sin puñal a una reunión de la banda es como presentarse a la escuela sin cuadernos, guevón. Las jevas se maquillan, pasean sus piernas desnudas, su aire de putas prematuras. Los y las que van llegando saludan a Picazo, háblame ¿todo bien? todo bien, responde con seriedad. Nadie quiere molestarlo, parece mal humorado.
La banda se completa. Pega un grito de los mil demonios. ¡Orden hijo e´ putas! Todos acatan el insulto, se ordenan como militares alrededor del capo, chito, silencio todos que Picazo va a hablar.
Rápido y conciso. El sábado se reúnen los malparidos de Voltaje, Kity cumple años y se lo quieren celebrar a lo grande, con todas las de la ley. La rumba es en la casa de Jordy, por la 12 con 44 ¿conocen? La idea es estrenar los bates y los chuzos que compramos la semana pasada, el público-pelotón se entusiasma, ehhh, nos vemos allá a las once en punto, el público-pelotón-hinchada celebra la cita con entusiasmo. Cambio y fuera.
Casa de Jordy, Sábado, 23:00 horas
La hora llegó, puntuales todos, qué milagro. La casa de Jordy es toda Reggaetón y luces de neón, humo por todas partes. Listo muchachos, a la de tres. Caras nerviosas, algunos tiemblan, otros ubican la ventana donde pondrán la primera piedra, los de más allá apuran al capo, rápido Picazo que estoy que me pruebo. Unoooooooooooo, doooooooooos, y… El tres se ahoga entre consignas de guerra, todos corren, las ventanas del primer piso se rinden en menos de lo que canta un gallo, las del segundo siguen su ejemplo sin chistar. Adentro es todo gritos, charcos de sangre, gente herida aquí y allá, qué hastío.
Los muchachos de Voltaje salen de la casa, enardecidos, dispuestos a darlo todo por evitar una derrota. El líder, Obando, alienta a los muchachos gritando como energúmeno, duro con esos sapohijueputas. Son más de lo que previeron, muchos más de los que uno puede imaginarse. Todos portan cuchillos, bates y piedras. Puños, patadas, batazos e incluso puñaladas, van y vienen, como un temible péndulo de la hostilidad.
Se armó la chúpameelculo, la hecatombe, qué hijo e´ putas, en medio del apocalipsis se escucha una pregunta ¿Mano a pelo? Es Obando, que le propone a Picazo lo que todos esperaban desde hace ufff, sí, un tropel entre los capos, cuerpo a cuerpo, sin interrupciones de ningún tipo, qué chimba.
Lindo pa´ lindo, responde Picazo, todos se abren y forman un círculo en mitad de la calle, ahora no son dos bandas enemigas, ahora son el mismo público enardecido. Los pibes giran la cabeza, extienden los brazos y le cascan un par de puños al aire, como los propios púgiles, dan cuenta de su disposición para pelear.
Obando es quien toma la iniciativa, se abalanza sobre Picazo tirando porrazos a diestra y siniestra, pero el chaval es más escurridizo que la plata pal pobre, cómo, esquiva las agresiones sin ningún grado de dificultad, y le asesta un golpe en la mejilla, qué mejilla, en lo cogote, no vi bien. Quienes observan la contienda alientan a uno y a otro.
-¡Pegáselo en la cara, chaval!!!- gritan algunos. -Encimalo Obando, ¡encimalo, encimalo!- proponen otros. -Dale como a rata, Picazo- sugieren los más resueltos.
Los gritos y provocaciones, aunque provienen de bandos distintos, obedecen al mismo propósito: calentar la pelea, de tal modo que ninguno de los adversarios considere la posibilidad de retirarse. La intención, está claro, es mantener las brasas vivas pero sin poner las manos en el fuego.
Los miro y me doy cuenta de que les importa poco la suerte de sus camaradas, lo importante ahora es la emoción del tropel, la inminencia de la sangre. Vuelve la burra al trigo, Obando intentando agredir a Picazo, pero Picazo sigue invicto, evade las agresiones y le encaja un golpe certero en la mandíbula.
Obando tambalea, retrocede. Picazo se niega a retroceder. Le golpea los brazos, el estómago, la cabeza y la cara. Kity pretende intervenir pero El Diablo la detiene valiéndose de un ceño estremecedor. Si se mete la acabo.
De repente todos corren, qué pasó, te salvó la campana, Obando, qué campana, la sirena de la policía, llegaron los aguacates. En menos de dos minutos el lugar parece un desierto, la calma…
Y es así como crecen los pelados del barrio, Jorman, herederos de una violencia más tradicional que el Corazón de Jesús, más omnipresente que el Niño Dios y es así como viven, así como mueren, inocentes de su culpabilidad, culpables de su inocencia. Y es así…
“Y les confieso que lo antes escrito en este verso/ es el relato del dolor que me quería partir los huesos/ como todo ser humano he tenido mis tropiezos/ pero el ángel me acompaña aunque no me quede un peso/ su protección no tiene precio más allá de lo real, espiritual, sé que no me va a fallar/ él me ha visto reír pero también llorar/ cada cual con su ángel, con su forma de fregar”.