Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Coteros

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¿Sabes que sucede en la madrugada en la Galería Santa Elena? ¿Quiénes son los que nos permiten tener alimentos frescos en nuestra ciudad?

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Por: Tatiana Cadena y Stefanny Daza

La sucursal del cielo es la capital del Valle del Cauca y del ritmo mismo: Cali pachanguero. Posee melodías en todos sus entornos; en los vientos que viajan a 5,2 km/h y susurran al envolver la cordillera Occidental y la cordillera Central de los Andes;  en las canciones que revientan en las esquinas con las voces de Niche, Guayacán Orquesta o Piper Pimienta. 

El ritmo vive en el acento de sus habitantes, que tienen esa cadencia suave y relajada, como si las palabras se deslizaran con la misma facilidad con la que corre el río Cauca por la ciudad.  Suena en las trituradoras de hielo que muelen sin descanso para los cholados, alivio necesario cuando el termómetro ronda los 30 grados. Se siente en el vaivén de las caderas cada viernes en la noche, cuando el Bulevar del Río  se enciende al golpe del timbal. En la sinergia que logran las bocinas de los vehículos y los gritos de los coteros a lo largo de las calles… 

Cali, viernes de 2025. A cualquier hora de la madrugada

En la calle 23, más conocida como la galería de Santa Elena, hay una pista de salsa obrera. Es un mercado desbordado en los andenes de las calles del sector. No hay puertas ni fachadas que separen el trabajo del tránsito. Su estructura está conformada por callejones angostos que no fueron pensados para el flujo constante de mercancía ni de gente, pero que se adaptaron. La romántica luna y el lucero que es leno iluminan esta gran plaza de mercado a cielo abierto que funciona las 24 horas del día, con su piso de barro hecho de fruta y verdura pisada, en el que desfilan las tractomulas durante toda la madrugada. Se esquivan carretas y carros, las manos de los obreros van a un tempo acelerado y  los sonidos del entorno se cruzan sin solicitar permiso alguno. El que no conoce el ritmo se detiene. El que se detiene, estorba.

Mientras otras ciudades se van apagando con el atardecer, Cali enciende sus luces y comienza una segunda vida, tan intensa como la primera. La ciudad que nunca duerme no tiene pausas, solo cambios de turno. Mientras a las 6:00 de la tarde unos se alistan con zapatilla y tacón para gozar de los placeres de la noche, otros llevan horas de trabajo arduo, con la firme convicción de que eso es poco para toda la jornada que les falta por completar.

El desempleo es otro ritmo que bailan los caleños. Aunque la tasa procura lograr ritmos bajos, la durabilidad de la canción es extensa. Según la Alcaldía de Santiago de Cali, la ciudad registró una tasa de desempleo de 8,2 % en el trimestre noviembre–enero de 2026, siendo la más baja para este periodo en los últimos 19 años, y completando, además, nueve trimestres consecutivos de disminución en el desempleo. Sin embargo, la informalidad laboral no baila, es estática y conformista, pues sus aliados se alegran de que no supere al ritmo de la tasa nacional, pero no incentivan su disminución. En Cali, se sostiene en un porcentaje supremamente alto para tal tranquilidad: 47%.

Los coteros de Santa Elena, hombres que se dedican a la carga y descarga manual de mercancías pesadas, son parte de este último grupo. A pesar de que logran poseer la tranquilidad de tener comida, cobijo y sustento para su familia —aquello a lo que muchos le llaman sobrevivir— no cuentan con un trabajo estable ni con prestaciones sociales, tampoco con indumentaria adecuada ni con medidas que reduzcan los riesgos que el oficio impone al cuerpo.

Los coteros viven de su físico, de que sus espaldas puedan soportar toneladas, de que sus manos puedan abrazar con firmeza todos los kilos de alimentos embutidos en costales, de que la energía les dure toda la madrugada y el sueño no los venza, de que sus piernas no se desplomen al cargar, además de su propio peso, el del alimento de cientos de caleños. 

El tempo de un cotero

A lo largo de las estrechas calles de la galería se puede ver todo tipo de verduras, frutas, granos y cárnicos. Hay dos tipos de locales: los “normales”, con cuatro paredes y un techo que los protege del sol y la lluvia; y  los ambulantes —que son la gran mayoría—, armados con canastillas de todos los colores, tablas y plásticos donde reposan los productos sobre la vía, y cuentan con un techo, también de plástico, amarrado con cuerdas y hecho por los propios comerciantes.

 A pesar de sus diferencias en arquitectura, servicios, productos y cantidades, estos dos modelos de establecimiento tienen algo en común, una necesidad: los coteros. Sin ellos, el viaje de los productos no se completa. Sin ellos, el producto se demora en llegar. Sin ellos, la venta es tardía.  

Los días de mercado son los lunes, miércoles y viernes, pero el último es el más álgido. Se forman trancones extensos, las carretillas pasan rozando las piernas y los cuerpos se giran de lado para dejar espacio. Los camiones y las tractomulas llegan como animales desbocados que ofrecen el lomo para ser vaciado. Y los cargueros, atentos. Atentos a los camioneros que llaman con anterioridad para dar aviso de que van en camino y lograr que les vayan abriendo espacio para parquear, pero no dan una hora exacta, por lo que los coteros se mantienen expectantes a la campana de convocatoria al trabajo: el grito, la voz.

Para ser cotero no se necesita una especialización académica, hablar un idioma específico, tener la mayoría de edad o ser de un color de piel particular. 

Para ser cotero se necesita fuerza física y mental. Se necesita estar dispuesto y tener la capacidad de trabajar entre 10 y 12 horas al día sin pausas claras ni horarios fijos para comer. La comida se compra en la galería: un corrientazo de quince mil pesos. A veces el plato queda tirado cuando llegan las tractomulas, porque el trabajo no espera.

El trabajo exige una carretilla para transportar el alimento del camión al establecimiento comprador. La carreta se alquila en bodegas y cuesta entre 10 y 12 mil pesos la noche. Se requiere armar la dotación con lo que haya en el closet dispuesto a dañar. Trabajan con camisetas de equipos, réplicas de marcas de diseñador, sacos, capuchas. Las prendas están teñidas del pardo de la papa, de la sangre animal, de las sombras oscuras del plátano verde que oxida como herrumbre. La tierra se mete en la tela y en las uñas, se aferra. 

Se necesita protección para los pies estables: tenis, suecos o botas. Se necesita un trapo viejo; los hombros casi nunca están desnudos, siempre hay algo entre la piel y el bulto. Se necesita un cuchillo como herramienta. Se necesita la piel endurecida.

El arte de ser cotero también tiene sus jerarquías como cualquier otra ocupación. Acá las jerarquías son físicas. Se clasifica la fuerza. Saltan a la vista tres niveles que denominaremos de la siguiente manera: alto, medio y bajo. 

Los del alto son los que cargan el bulto de limón, de zanahoria bogotana y de papa pastusa; ciertos bultos pesan entre 50 y 70 kilos, es como cargar a otro ser humano una y otra vez.

Maicol, un yumbeño que lleva más de 32 años trabajando en la galería, hace parte del gremio denominado alto. Es un hombre alegre, grande, afro, musculoso y de contextura media. Todos los días de mercado llega alrededor de las 2:00 p.m.  y se va en la madrugada. Se identifica como papero, porque es lo que más descarga durante toda la jornada. Maicol, en la tarde baja cebolla cabezona o lo que se le cruce, aunque le tiene recelo a cargar zanahoria bogotana, porque es la que más pesa y la que más incomoda. Pesa 70 kilogramos en promedio y cada bulto descargado refleja una ganancia de 1.000 pesos. 

Los paperos esperan en la noche los camiones que vienen del Cauca. Ya tienen una modalidad de trabajo establecida: entra la llamada del camionero que viene arribando a la galería; y saltan los gritos: ‘voy uno, voy dos, voy cuatro’, hasta que se completan los 10 coteros necesarios para descargar un camión de 200 bultos de papa, cada uno con un peso entre 48 y 50 kilos. 

Dos se montan al camión para pasar los bultos; los otros llenan las carretas. Abrazan los bultos con el cuello inclinado, la cabeza ladeada, se lo montan al hombro y caminan en una línea torcida hasta la carreta. Cuando ya está equipada —en una carreta se puede llevar más de una tonelada de peso—, se disponen a jalarla hasta la bodega. La empujan con el torso inclinado hacia delante, con fuerza.  

Una vez están en la bodega, bajan los bultos y vuelven al camión con la carreta vacía para repetir el proceso. Cuando la bodega está cerca de una calle amplia donde se puede estacionar, el trayecto es del camión al local, sin la carreta, al lomo. 

 El proceso se repite las veces que sea necesario. Un camión con 200 bultos de papa se descarga aproximadamente en una hora. Luego, el dueño del establecimiento que compró el producto les cancela a los coteros. Cada bulto cuesta 1.000 pesos colombianos, lo que significa que Maicol y sus compañeros en una hora ganan 20.000 pesos. Cobrar es el ritual más importante de la noche para los coteros. El único método de pago que circula en la galería es el efectivo. Uno tras otro. 

Aunque ha habido ciertas formas de organizarse entre ellos, hay problemas por la carga. El yumbeño cuenta entre risas que allí opera la guerra del centavo. La ley del que se pare más duro. —A este una vez lo apuñalaron por un bulto —dice jocosamente señalando a uno de sus compañeros. Cuando llega el viaje, son enemigos; cualquier cosa puede pasar. 

Maicol asegura que no logra visualizarse en otro trabajo. Afirma que – a pesar de que tiene varios riesgos de salud, no hay prestaciones sociales y odia cuando llueve- aquí puede manejar su horario, trabajar tres días a la semana y ganarse más de un mínimo mensual. El hombre puede estar ganando entre 2 y 2,5 millones de pesos colombianos al mes. 

A la izquierda Maicol, junto a sus compañeros coteros. En la espera de las mulas, la noche se llena de palabras compartidas: chistes, risas que les permiten sobrellevar el peso del trabajo

Los limoneros son otro gremio de tipo alto. Los hombres con más fuerza física son los que descargan esta fruta. Pocos se le miden.

 Manuel Cadena, un cotero de tomates, de nivel medio, asegura que no se va a partir el lomo bajando limón. Es excesivamente pesado – eso tiene su propia gente, yo no, ¿a son de qué voy a desgastar así el cuerpo? —comenta. El limón es el bulto mejor pago de la galería; se paga a dos mil pesos y pesa aproximadamente 70 kilos, lo que pesa un adulto en promedio. 

Cadena fue desplazado de Buenaventura. Apuntó primero hacia Cartagena pero tiempo después el destino lo condujo a Cali. Estando en la sucursal, una amiga lo llevó a Santa Elena y se dedicó a la ocupación de carguero, porque las hojas de vida que ha repartido no han dado fruto alguno. En la galería puede hacerse más de un salario mínimo, pero sin prestaciones sociales. 

Por cargar un bulto de tomate pagan 1.000 pesos; una caja, 500 pesos. La idea es llenar la carreta, empujarla hasta que el cuerpo aguante, avanzar rápido y aprovechar la noche para que el dinero aparezca. Alza bultos entre 50 y 60 kilogramos. Lo máximo que ha logrado el hombre hacerse en una noche son 300 mil pesos.

Son las 11:00 de la noche; Cadena sostiene un facturero y un lapicero negro en sus manos; tiene apuntada la fecha, el nombre del cliente, la cantidad y el artículo que descargó. Decidió terminar su jornada de trabajo temprano y se encuentra en el proceso de cobranza a aquellos comerciantes que dejan el pago del cotero para el final de la jornada.

Manuel Cadena, en plena jornada laboral. Descarga tomates al son de la lluvia. Cuando el clima aprieta, los plásticos se convierten en aliados para algunos.

Santa Elena acoge a hombres que vienen de todas partes a ganarse la vida como se pueda. Este mercado atiende la urgencia de trabajar. Anthony hace parte del mismo gremio medio que Cadena; es un cotero de fruta y verdura inmigrante, llegó hace unos años de Venezuela, cuando la economía de su país dejó de sostener la vida cotidiana. Trabaja en la galería y en un taller de costura. Los días de mercado se puede hacer entre 150.000 y 180.000 pesos colombianos. Inicia a las 2:30 de la tarde y termina a las 10:00 de la mañana del día siguiente. Es una jornada de más de 12 horas, que él afronta con una sonrisa en el rostro y positivismo, pues es el único lugar que le ha provisto sustento.

En el nivel Bajo de las jerarquías físicas se encuentran los adultos mayores y las personas que tuvieron problemas de salud, una fractura o una hernia, por levantar mal un peso.

Cuando llega la vejez o la enfermedad y ya no se pueden alzar bultos, el trabajo cambia; los obreros van a cargar cilantro o recoger chaza. Se gana menos, pero se sigue produciendo. No hay pensión, ni un retiro garantizado. Las incapacidades por accidentes no las cubre nadie, si el cuerpo falla, el ingreso también. No todos los coteros pagan salud. La ciudad se alimenta gracias a unos cuerpos que pareciera que no se pueden enfermar, envejecer ni reclamar. 

El cotero de cárnicos tiene otro son diferente.

Un hombre afro, musculoso, que mide alrededor de 1,80, espera en un furgón refrigerado a que le den espacio para parquear frente a lo que se podría llamar un depósito de carnes. Nadie lo espera con un puesto apartado, pues es él quien conduce y baja los cárnicos. Cuando por fin logra parquear, deja ver su traje. No usa ropa vieja y del común, usa botas de caucho amarillas salpicadas por la sangre animal; a su cuerpo lo envuelve un traje blanco con destellos de sangre en tela de algodón. Para esta ocupación se necesita mucha ropa, por lo que en su armario reposan nueve trajes más, todos costeados por su bolsillo. 

Cuando el día es apretado, trabaja desde las 4:00 de la mañana hasta las 2:00 de la mañana del día siguiente, casi 24 horas laborales. Cuando no hay tanto trabajo, hace dos turnos: de 4:00 de la mañana a 12:00 del mediodía, y retoma nuevamente en la tarde. La diferencia en el pago con los otros coteros resalta a la vista; el hombre afirma que a la semana puede llegar a obtener 1.500.000 pesos colombianos.

En este sector la ley hace un intento por abrirse un espacio. Debe pagar todas sus prestaciones sociales como independiente. Sin embargo, el negocio no lo es; él no escoge sus horarios, ni define sus jornadas, tampoco recibe todo el dinero que genera la ocupación. El jefe es el dueño del carro en el que se mueven las reses, o aquel que tiene los contactos para alquilarlo. Su renta no tiene un precio fijo: se paga según lo producido en el día.

Carga todo tipo de cárnicos. Desde un marrano que puede pesar entre 89 y 130 kilos —lo mismo que una nevera familiar de dos puertas— hasta media res en canal que puede pesar mínimo 90 kilos; la más grande que ha alzado ha sido de 140 kilos, lo mismo que pesa una motocicleta Yamaha MT-125. Asegura que el cuerpo se acostumbra. 

No se queja, no se detiene a charlar; el tiempo corre y a él, como a cualquier otro cotero, le pagan por lo producido.

Algunos sábados, después de las dos de la tarde, los coteros arman la rumba sin moverse del lugar; están demasiado cansados para irse a la casa y luego salir a divertirse. Toman ron. En el estadero —el bar de siempre— la botella puede costar cincuenta y dos mil pesos; en el granero, cuarenta mil. Al precio que sea, la rumba se arma ahí mismo. 

Cuando termina la labor de los coteros, Santa Elena continúa despierta, cumpliendo una tarea que el Estado da por sentada: que Cali coma. Sigue el corre corre de los comerciantes atendiendo a los caleños de a pie que vienen de otras pistas de salsa obrera para tener una economía que les permita llevar alimento a su casa. Así la sociedad, a los ritmos del sistema y de la vida, busca garantizar sobrevivir. 

Que un país pueda producir su propia comida para abastecer a sus ciudadanos es un principio que garantiza no depender de otras naciones para alimentar a su pueblo; en Colombia esta tarea se sostiene de la explotación de cuerpos negros, mestizos, populares. No por coincidencia, sino por historia. Una economía informal que el sistema usa de noche y olvida de día.