Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

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Hace unos días Daniel Coronell entrevistó al presidente Gustavo Petro y cuestionó su protesta contra el genocidio en Palestina. A través de un análisis minucioso del texto “Inolvidable”, se revela cómo la aparente moderación periodística puede operar como un dispositivo de poder que despolitiza la denuncia, naturaliza la hegemonía y convierte la prudencia en complicidad.

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Por: David Escobar

La columna Inolvidable, publicada por el periodista colombiano Daniel Coronell en octubre de 2025, se propone cuestionar el comportamiento internacional del presidente Gustavo Petro, a quien responsabiliza de haber provocado los ataques verbales de Donald Trump —quien lo acusó falsamente de narcotraficante— a raíz de su participación en una manifestación en Nueva York contra el genocidio del pueblo palestino en Gaza. Según Coronell, “el vértigo de sentirse líder mundial, sin realmente serlo, sumado a su pasión de antiguo agitador, llevó al presidente Gustavo Petro a cometer ese irremediable error”.

Ese dictamen condensa la estrategia central del texto: una deslegitimación personal revestida de aparente equilibrio. Sin embargo, la columna no es sólo un juicio; es una operación discursiva compleja que combina estructura argumental, marcos interpretativos, omisiones estratégicas y una clara asimetría ética en el tratamiento de los actores internacionales. A continuación desgloso sus componentes y muestro por qué, a la luz de hechos verificables y de principios elementales de honestidad intelectual, el texto resulta —en su conjunto— impresentable.

La estructura argumental

La columna obedece a una arquitectura retórica deliberada:

  1. Anécdota fundante: Coronell recuerda la destitución de Petro en 2013 por Ordóñez y cómo aquella arbitrariedad lo catapultó políticamente.
  2. Paralelismo narrativo: Sugiere que la actual arbitrariedad (las acusaciones de Trump y la inclusión en listas de sanción) podría cumplir un efecto similar.
  3. Desplazamiento de la culpa: inicia defendiendo a Petro frente a una arbitrariedad (“un despropósito”) —las acusaciones de narcotráfico de Donald Trump y su inclusión en la lista de la OFAC—, pero gradualmente traslada la responsabilidad al propio mandatario colombiano por haber “intervenido en política interna de EE. UU.” Lo que inicialmente aparece como injusticia externa se presenta como consecuencia de la imprudencia de Petro.
  4. Juicio moral final: El cierre moraliza: Petro no es víctima sino provocador; su orgullo y su supuesto “vértigo” lo condenan.

Ese desplazamiento —de la arbitrariedad a la culpa del agredido— es la columna vertebral del argumento. El efecto pragmático es neutralizar la crítica al poder externo y focalizarla en la presunta falla ética del líder progresista.

Marcos discursivos principales

Coronell articula varios marcos que orientan la lectura del lector hacia la conclusión deseada:

  • Razonabilidad institucional: Un jefe de Estado, arguye, debe respetar la autodeterminación ajena y su propia investidura, evitando acciones que, en apariencia, interfieran en la política interna de otras naciones. Esto erige la “prudencia” como valor supremo.
  • Psicología del líder: El acto de protesta se patologiza: Petro aparece como “antiguo agitador”, víctima del “vértigo” y del “orgullo”. La política se reduce a rasgos psicológicos negativos.
  • Analogía histórica: La referencia a Ordóñez funciona como espejo: antes víctima, ahora provocador; la narrativa sugiere una continuidad que explica moralmente la responsabilidad actual de Petro, y el uso de la manifestación pública y la movilización social con oportunismo político. 

Estos marcos no son neutrales: condicionan el significado del suceso y convierten la protesta en exceso retórico, desactivando su fondo ético.  De manera crucial, la construcción de estos marcos se apoya en una aplicación particular y, como se verá, selectiva de principios morales.

Marco moral selectivo

Coronell invoca principios como la “autodeterminación de las naciones” (no aplica el mismo criterio frente a Palestina) y la “responsabilidad con su investidura” para reprochar a Petro. Sin embargo, esa invocación resulta selectiva: cuando la crítica afecta a potencias o sus aliados, el autor evita aplicar la misma severidad. El resultado es un doble rasero: la autodeterminación se convierte en un principio a la medida del discurso hegemónico.

Decir que un jefe de Estado no puede incitar a la desobediencia dentro de las fuerzas armadas de otro país suena coherente como norma general, pero omitir que la protesta respondía a un crimen internacional calificado jurídicamente (genocidio) revela que el principio invocado sirve para proteger la reputación de actores poderosos, no para defender un estándar moral universal.

Desigualdad en el tratamiento de las figuras

La columna naturaliza el poder de Trump y patologiza el de Petro. Trump aparece como un actor con un “desbordamiento verbal” que algunos líderes han sufrido; Petro, como el irresponsable que “se cree” líder. Esa contrastación reproduce una vieja jerarquía colonial: la racionalidad del norte frente a la emotividad del sur.

El efecto lector es claro: el lector legitima la agresión verbal del poderoso (a pesar de sus “características ominosas”, o hasta a razón de ellas) como un hecho inevitable, y condena la respuesta del débil como una falta de compostura. En suma, Coronell no sólo explica el evento; lo legitima. Y lo hace presentando a la potencia como excusable y al disidente como culpable.

La omisión del contexto: la protesta contra el genocidio en Palestina

Coronell describe el episodio como un acto de imprudencia diplomática, “agarrar un megáfono para invitar a los soldados de Estados Unidos a desobedecer a su comandante en jefe”. Sin embargo, omite un dato esencial: la manifestación en la que participó Petro era una protesta contra el genocidio que el Estado de Israel comete contra el pueblo palestino, según lo han reconocido en 2025 tanto la Asociación Internacional de Expertos en Genocidio (IAGS) como la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre Palestina (COI).

Silenciar ese contexto no es un descuido menor, sino una distorsión estructural del sentido político y ético del acontecimiento. Petro no se manifestó en un vacío ni por un impulso “agitador”, como sugiere Coronell, sino en el marco de una causa que ha sido calificada de genocidio por las más altas instancias del derecho internacional. Su gesto, por tanto, puede discutirse en términos de oportunidad diplomática, pero no puede vaciarse de contenido moral y humanitario sin incurrir en manipulación narrativa.

Esa omisión se inscribe además en una tendencia previa y documentada: Coronell ha evitado de manera sistemática usar la palabra “genocidio” para describir lo que ocurre en Gaza. En distintas intervenciones —por ejemplo, su respuesta pública al senador Wilson Arias o su video de mayo de 2024— se ha referido a una “matanza de civiles”, pero no a un genocidio, pese a que las evidencias jurídicas y humanitarias han evolucionado con claridad en esa dirección.

La sustitución conceptual de genocidio por matanza no es semánticamente neutra: implica negar la intencionalidad estructural y el carácter sistemático de los crímenes, diluyéndolos en una violencia genérica y simétrica. En el lenguaje mediático, esta operación sirve para desactivar la gravedad política del hecho y reducirlo a un drama humanitario sin responsables. Estas omisiones y tergiversaciones no son meros «descuidos», sino elementos deliberados que construyen una narrativa particular.

El silencio como postura: la no respuesta a la carta pública

Un mes antes de la publicación de “Inolvidable”, dirigí a Coronell una carta abierta, publicada en El Unicornio, en la que le preguntaba explícitamente por qué evitaba usar el término genocidio a la luz de los informes de la IAGS y de la COI. Coronell nunca respondió.

Ese silencio tiene un valor discursivo propio. En la esfera pública, callar ante una interpelación argumentada y verificable equivale a reafirmar la postura de evasión, más aún cuando proviene de un periodista que ha hecho de la transparencia y la rendición de cuentas su marca profesional. No responder es, en este caso, una forma de sostener el marco de invisibilización: mantener fuera de su agenda la palabra genocidio y sus consecuencias éticas.

Así, cuando un mes después escribe “Inolvidable” y vuelve a omitir cualquier mención al genocidio en Palestina, Coronell no actúa por omisión involuntaria, sino por coherencia con un patrón discursivo deliberado: eludir los términos jurídicamente más fuertes y moralmente más vinculantes para preservar una neutralidad aparente que, en este caso, equivale a complicidad pasiva.

“Sin realmente serlo”: la negación del liderazgo regional de Petro

En la misma columna, Coronell sostiene que Petro actuó movido por “el vértigo de sentirse líder mundial, sin realmente serlo”. Esta afirmación no solo es un juicio de valor,  sino lo que, a la luz de la evidencia, se revela como una falsedad factual: desde abril de 2025, Gustavo Petro ostenta la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), como lo reportaron medios internacionales como DW, Telesur y El País.

Esa posición le otorga un rol diplomático regional de primer orden, reconocido por más de treinta países. Negar o minimizar esa condición equivale a desinformar al lector y a socavar la legitimidad institucional del cargo. No se trata de “sentirse líder”, sino de ejercer una representación real, formalmente establecida por la comunidad de Estados de América Latina y el Caribe.

Por tanto, la frase “sin realmente serlo” no describe un error de Petro, sino una proyección del sesgo de Coronell, que intenta reducir una acción política internacional a un gesto emocional, personalista y ególatra. Negar ese hecho no es análisis; es ideología.

La coherencia del encuadre: despolitización del fondo y personalización del conflicto

Al sumar estos tres elementos —la omisión del genocidio, el silencio ante la interpelación pública y la negación de la investidura regional—, lo que emerge no es una simple columna de opinión, sino una operación discursiva coherente con un marco ideológico particular. Estas no son omisiones o descuidos aislados; constituyen elementos deliberadamente construidos para desvirtuar la realidad y servir a fines específicos:

  • despolitizar los actos de denuncia frente a crímenes de guerra, reduciéndolos a errores de estilo diplomático en política exterior;
  • preservar un discurso de “prudencia” que se alinea con la hegemonía mediática occidental;
  • y desplazar la discusión del ámbito de los hechos al de las emociones (el “vértigo”, el “agitador”, el “automártir”).

El resultado es una narrativa que presenta al poder político progresista como patológico, y al poder mediático como racional y correctivo. El columnista ejerce una pedagogía de la moderación, donde el periodista se posiciona como guardián del “buen tono republicano”, y ocupa la posición del ‘adulto razonable’ que corrige al político exaltado por sus defectos de carácter. En esa narrativa, la denuncia se interpreta como imprudencia y la confrontación como populismo. La voz que se autoproclama sensata funciona como mecanismo de legitimación del statu quo.

CODA.

El periodismo exige precisión factual y coherencia analítica. El trabajo de Daniel Coronell ha sido valioso en la historia reciente de Colombia por su independencia y su rigor investigativo, aún bajo amenazas contra su vida. Pero en “Inolvidable” incurre en un tipo de ceguera (que al nivel de capacidades de Coronell no puede ser más que voluntaria) que contradice los mismos principios de veracidad y contexto que suele exigir a otros y exigirse, reproduciendo un esquema de deslegitimación política revestido de moralismo periodístico.

La columna culmina con una frase de aparente sensatez: “Trump no es Ordóñez.” Ese apotegma —en apariencia trivial por su obviedad— opera como cierre retórico y cortina de humo. Bajo el disfraz de una comparación prudente, Coronell encubre una racionalidad fundada en el miedo: la aceptación tácita del poder imperial de Estados Unidos (y su impunidad) como límite infranqueable del discurso político latinoamericano.

Sí, Trump no es Ordóñez: es infinitamente más poderoso como Presidente de una potencia nuclear, y justamente por eso el deber ético del periodismo no debería ser acomodarse a ese poder, sino interpelarlo. Al usar la diferencia de escala como argumento de autoridad, Coronell traslada el eje de la discusión desde el terreno de la justicia —la denuncia de un genocidio y de la subordinación hemisférica— al de la conveniencia pragmática. En ese desplazamiento, el miedo se disfraza de realismo, y la autocensura se presenta como virtud diplomática. Como sostiene este análisis, la columna de Coronell, más allá de sus inconsistencias argumentales, representa una abdicación del deber ético del periodismo.

Pero la política exterior de un país —y, sobre todo, el juicio público de un periodista— no puede fundarse en el cálculo temeroso de las represalias imperiales. La racionalidad instrumental del miedo no es una forma de prudencia: es una forma de subordinación simbólica. En contextos donde se discute la complicidad con un genocidio, esa racionalidad del miedo no solo es moralmente insuficiente: es, sencillamente, impresentable”.

1 Alejandro Ordóñez fue Procurador General de Colombia (2009–2016) y figura emblemática de la extrema derecha. Desde ese cargo persiguió y destituyó ilegalmente a Gustavo Petro cuando este era alcalde de Bogotá.