Textos: Karent Dayana Guzmán y Oscar Andrés Díaz
Fotografías: Oscar Andrés Diaz
La Ruta a la Memoria es una iniciativa turística que surge de la necesidad de contar un Siloé distinto al que todo el mundo oye como un lugar peligroso, inseguro y de difícil acceso. La intención de esta iniciativa no es generar dinámicas propias del turismo porque, para empezar, no hay ningún cobro. En las continuas participaciones que hemos hecho en las rutas turísticas lideradas por David Gómez, del Museo Popular de Siloé y Luis Sánchez, mejor conocido como Richy, nunca se nos ha ofrecido souvenirs y no hemos visto ningún tipo de actividad económica que se quiera aprovechar de la visita de las personas que suben al sector.
Esta ruta busca acercar a la ciudadanía con la comuna 20 a través de caminatas guiadas que se presentan como una opción viable para la reivindicación social que demanda el territorio. Con el slogan “la memoria no está en venta” defienden la actividad. No pretenden ocultar las problemáticas por las que atraviesa el sector en materia de seguridad y violencia: el recorrido cuenta las dificultades que padecen y el trabajo que han hecho para resolverlo.
En el año 2012, Richy decidió invitar a sus amigos y allegados de otros barrios y de diferentes ciudades con el único fin de cambiar el concepto de estigma social con que la gente percibe a Siloé. Para su sorpresa, lo que inició como un recorrido de amigos poco a poco fue generando aceptación y terminó convirtiéndose en el recorrido turístico que hoy conocemos. Richy, uno de los pioneros en hacer recorridos, nos cuenta cómo hubo un antes y un después luego de aquel estallido social que paralizó a la ciudad de Cali en el paro de 2021: en sus inicios solo eran dos personas, y luego de estos sucesos, se crearon más de 20 organizaciones turísticas en el sector.
Estas rutas iniciaron años atrás, a través del Museo Popular de Siloé y su director, David Gómez. En 1995 inició la Ruta Turística Siloé City, que posteriormente cambió su nombre al de La Patoneada de la memoria por Siloé”.
Primera parada: Estación del Mio Cable Cañaveralejo
El punto de encuentro es la Terminal de Cañaveralejo del MÍO Cable, un proyecto creado en el año 2015 para dar solución a la movilidad de los habitantes del sector de la comuna 20. Con el pasar de los años se convirtió rápidamente en un punto turístico para los caleños. La obra tuvo una inversión de 97.000 millones más 33.000 millones en obras complementarias como lo serían las vías, carreteras e iluminación de las zonas intervenidas (GOV.CO, 2015).
La infraestructura consta de cuatro estaciones en total. Su trayecto inicia en la Terminal Cañaveralejo y luego se dirige hacia las otras estaciones: Tierra Blanca, Lleras Camargo y Brisas de Mayo, todas ubicadas en la parte alta de la comuna 20. Además, cuenta con 14 pilonas que sostienen el cable y 60 cabinas suspendidas. Cada cabina tiene capacidad para 10 personas, con 8 asientos y 2 espacios de pie. El recorrido tiene una longitud aproximada de 2,080 metros y las cabinas alcanzan una velocidad de 5 metros por segundo entre estaciones. El tiempo total de viaje desde la Terminal Cañaveralejo hasta la estación Brisas de Mayo es de aproximadamente 10 minutos (Metrocali MIO , s.f.). La cita siempre es el segundo sábado de cada mes, Frente a la entrada del lugar, Richy hace una pequeña introducción de lo que es Siloé, menciona aspectos demográficos y algunos problemas por los que sufre el sector.




Segunda parada: Galería De Siloé
La Galería de Siloé es un espacio de memoria muy importante para el barrio. Al ingresar por la Carrera 52, cerca de la Avenida de los Cerros, se aprecia un espacio amplio que, sin embargo, se encuentra notablemente congestionado debido a la gran cantidad de locales y personas que lo frecuentan. Lo que antes solía ser un punto de abastecimiento de alimentos como carnes y legumbres, característico de una galería tradicional, ha desaparecido. Aunque aún conserva parte de su estructura original, terminó convertido en un espacio de exhibición y venta de diversos productos de segunda mano, como electrodomésticos, ropa, zapatos, peluches, juguetes, repuestos para bicicletas, etc. Solo una persona ha vendido productos diferentes a los ya mencionados: Miriam Flórez lleva 47 ofreciendo toda clase de hierbas en su local, desde las 6 de la mañana hasta las 3 de la tarde, todos los días. Ruda, hortalizas, sábila, caléndula, hierbabuena y todo lo relacionado con las hierbas aromáticas, es lo que ofrece en su negocio, el que parece ser muy rentable, pues afirma que hechos como el estallido social vivido el año 2021 o la pandemia no la afectaron mucho.
La galería fue inaugurada en 1962, su techo es patrimonio arquitectónico de la ciudad de Cali. Para esa época, era el único lugar donde la gente del sector se abastecía de alimentos. Al pasar de los años y con la presencia de los supermercados de cadena perdió relevancia. Sin embargo, ha sido una zona de socialización muy activa en donde se puede presenciar actividades de ocio como el juego de parqués o cartas, personas escuchando música afuera de los locales mientras toman cerveza u otras solo conviviendo y disfrutando de un espacio que sienten propio. Hoy en día sus usuarios han sido reubicados para iniciar un proceso de rehabilitación después de que un incendio ocurrido en el año 2022.






Tercera parada: Dollarcity
Lo que antes fue un almacén reconocido en la ciudad por pertenecer a una cadena de locales donde se podía encontrar de todo, ahora es solo una edificación abandonada, víctima de un incendio y de una historia que el recorrido se esfuerza en conmemorar, evitando que el tiempo y los habitantes de Cali la olviden.
En casi todas las paredes se encuentran grafitis y mensajes que claman justicia para las personas que perdieron la vida durante el estallido social. El mensaje más destacado es «ni perdón ni olvido», acompañado de los nombres de Michael Aranda y Daniel Sánchez, dos de las víctimas que el estallido dejó y que aún son recordadas con dolor por habitantes del barrio.
Al terminar de relatar los sucesos ocurridos, Richy invita a los participantes a entrar a la edificación. Uno a uno, ingresan por una pequeña puerta hacia el interior de lo que antes fue un Dollarcity, pero que ahora no es más que un terreno baldío sin techo, que bien podría parecer un parqueadero como los que se encuentran en el centro de la ciudad. En el suelo, se pueden ver restos de escombros calcinados, como latas, tapas, cables de electricidad y mucha basura. El lugar es ocupado por uno que otro habitante de la calle, quienes con muebles viejos y cortinas improvisadas se resguardan en cambuches. Ellos cuidan con recelo este lugar reconociendo la importancia del sitio para el Recorrido de la Memoria que Richy y David organizan. Los habitantes de Siloé desean convertir este espacio en un memorial para las víctimas del estallido social, pero es difícil ponerse de acuerdo con la alcaldía y el dueño del espacio.








Interludio: cruzando el puente
Podríamos ver esto no como una parada si como una transición para adentrarnos a Siloé, sus calles, su gente y su historia. El puente sirve como un delimitador o como una puerta, como lo llaman algunos, hacia Siloé. Al cruzarlo, se puede tener una vista más panorámica de lo que será el recorrido. Una vez al otro lado, la ruta hace una parada en las escaleras para mostrar con evidencia física cómo las autoridades, durante el estallido social, no solo arremetieron con fuerza desmedida contra una población que en ese momento realizaba una protesta pacífica, sino que además hubo presencia de fuego armado por parte de uniformados hacia la población. Richy muestra los impactos de bala que hay en una de las vigas de la parte baja del puente. Por la envergadura del agujero, así como la dirección en que entró la bala, comenta que posiblemente los tiros vinieron desde la parte alta ubicada detrás de la galería y que debió ser muy grande el calibre del arma para dejar una marca de ese tipo en una estructura metálica a esa distancia.





Barrio adentro
Después de cruzar el puente, los visitantes se encaminan hacia el Museo Popular de Siloé, una de las paradas más destacadas del recorrido. Aunque aún no se inicie la subida por las escaleras o las empinadas calles que caracterizan a Siloé, se percibe un incremento en la actividad que hay en la calle. La zona se asemeja un poco a lo que serían los pasajes comerciales que se pueden ver en el centro de la ciudad. Se observan una diversidad de negocios, desde tiendas y salones de belleza hasta talleres de motos, panaderías y vendedores ambulantes.
El recorrido se desarrolla por la Diagonal 51, una de las principales vías de la parte baja de Siloé, ahí se puede observar cómo los residentes sacan sus sillas y mesas para disfrutar del aire libre, ya sea para jugar parqués o tomar una cerveza. Los vehículos que circulan por la zona parecen no molestarse en absoluto por esta ocupación de la vía pública; el sentido de convivencia y comunidad en Siloé es palpable. Fue así como se forjaron los hogares y el espíritu de este barrio, y aún hoy perdura la solidaridad entre su gente, una realidad que los participantes del recorrido pueden apreciar.
A lo lejos, en algunas calles, se vislumbran las laderas repletas de casas que parecen apilarse unas sobre otras. Grandes ventanales son utilizados para colgar ropa o para disfrutar de la vista de la ciudad. Las casas se fusionan con el entorno verde y crean una armonía única entre lo natural y lo urbano. A pesar de que cada vivienda parece mezclarse con las demás, todas poseen un diseño único, recordando que la creación de este barrio no estuvo sujeta a una planificación estatal o a un ordenamiento urbano.






Cuarta parada: El Museo Popular de Siloé
Frente al museo se logra contemplar unas estatuas elaboradas con materiales reciclados, que representan a los Diablitos de Cali, una de las tradiciones populares más significativas para los caleños y que tiene su origen en Siloé. En esta festividad, niños, jóvenes y adultos se disfrazan de una variedad de espíritus como la Llorona, la Culona, la Madremonte, el Diablo y otros seres míticos pertenecientes al folclor colombiano. Al finalizar cada año, estas figuras se despliegan por todas las calles de Cali, principalmente en los barrios populares, donde con tambores y disfraces, danzan y solicitan colaboraciones, ya sea para financiar sus festividades o simplemente buscando un ingreso adicional; una manifestación de la cultura del rebusque propia de los colombianos.
Desde afuera, el Museo Popular de Siloé parece una casa más, de tres pisos, con una terraza. Lo único que lo distingue a lo lejos es un letrero en su entrada que, con letras torcidas, cita: «La memoria de Siloé no está en venta«. Al abrir sus puertas, los visitantes comienzan a adentrarse y descubrir lo que el espacio alberga. Llama la atención que, al igual que las calles del barrio, el lugar se siente saturado; dondequiera que se dirija la mirada, hay algo que captura la atención: un recorte de periódico, una escultura, una foto o un memorial. El lugar abruma de información a quienes lo visitan, al igual que la comuna 20, que tiene mucho que contar. La historia de Siloé es densa, al igual que sus calles, y el museo la condensa.










Caminando por Siloé
Después de conocer un poco de la historia de Siloé, las personas que participan del recorrido se adentran en la comuna 20. Por primera vez comienzan a subir por las escaleras que, entre casas, ascienden varios metros para conectar con calles serpenteantes o con intersecciones agresivamente empinadas. Incluso algunos conductores llaman paredes a estas calles, por lo pronunciado de sus pendientes. Al subir, se empieza a notar la mezcla de lo verde con lo urbano. En las fachadas de las casas cuelgan enredaderas que ocupan gran parte del sendero y que no parecen molestar a sus habitantes, por el contrario, muchos de ellos aprovechan la frondosidad de varios de los árboles y plantas para crear arcos o pequeños jardines alrededor de las subidas. Otros, dejan que simplemente crezcan entre los espacios verdes que algunas pendientes tienen.
La vista ahora es increíble, se puede ver casi toda Cali desde lejos y algo poco visto para la mayoría: la parte trasera de Siloé. Para varios de los caleños, Siloé no es más que la montaña que se observa desde la calle 5 o la avenida de los cerros. Pero, al subir esta montaña, los visitantes del recorrido se dan cuenta de la inmensidad de todo lo que es la comuna 20. Una gran multitud de casas, caminos, carreteras, calles y personas se extiende por todo el surco de montaña,en una mezcla entre lo urbano y lo rural, entre el asfalto y el pasto, entre el río y la avenida. Ya para este punto la ruta se ha vuelto más exigente, los escalones son más altos y los tramos de ascenso más largos, pero todo es recompensado con el panorama se tiene de Cali. Además, el clima es increíble, el viento no deja de recompensar a los cansados y sudados visitantes con una suave brisa.









Quinta parada: La Cascada de Siloé
El sonido del agua que cae se percibe entre las calles a medida que nos aproximamos a la siguiente parada: la Cascada de Siloé. Para facilitar el avance, se ha construido un pequeño puente peatonal, que los participantes ahora ocupan para contemplarla de cerca. Los lugareños han construido sus casas alrededor, disfrutando de una increíble frescura y agradables brisas movidas por el agua que siempre cae desde lo alto. Es de aquí de donde surge el nombre Siloé, con el que muchos conocen a toda la comuna 20: “Se cree que el nombre Siloé surgió a partir de la visita que hicieron unos alemanes en el año 1915 y quienes encontraron una cierta similitud geográfica que tiene nuestra ladera con el estanque Shilos en Palestina. La cascada que está ubicada en el barrio La Playa es la que inspira la creación del nombre” (Gómez, Museo Popular de Siloé, s.f.).
El lugar, en sus inicios, representó un punto de encuentro importante para las personas que llegaban y ocupaban la ladera en busca de un hogar y techo donde vivir. Sirvió como una fuente de agua fresca para cubrir las necesidades básicas de los habitantes. se utilizó como centro de recreación para las familias, donde se realizaban paseos y donde jóvenes y adultos venían a disfrutar de un baño.
Con el paso de los años, la gente empezó a usar este lugar como vertedero de desechos y algunos desviaron el alcantarillado de sus casas hacia el río, haciendo que sus aguas dejaran de ser aptas para el consumo humano y para bañarse. Actualmente, muchos líderes sociales han ido recuperando poco a poco la cascada, haciendo campañas de concientización a favor de mantenerla limpia, y ya han sido varias las limpiezas que se han realizado en el río, recogiendo los escombros y basuras que algunas personas dejan.




Sexta parada: Monumento a los Estudiantes Caídos
Tras una caminata de aproximadamente 10 minutos, la ruta llega al siguiente destino: el Monumento Contra la Opresión, o también conocido como el Monumento a los Estudiantes Caídos. Situado en el barrio Tierra Blanca, este monumento se alza como una contraposición a la hegemonía histórica de la ciudad, que intentaba moldear su propia narrativa relegando hechos significativos para las clases populares que en Siloé han decidido preservar.
“Este monumento fue montado en diciembre del año 1958 en el barrio Tierra Blanca de Siloé gracias a los estudiantes del Instituto Popular de Cultura, con el maestro Arturo Alape y el escultor y artista Alfredo Castañeda. Este monumento es muy especial en el recorrido de la memoria, puesto que es patrimonio del país, si bien no recibe el reconocimiento que merece por parte de las instituciones de cultura. Este monumento representa y homenajea a los estudiantes caídos desde el año 1929, empezando con Gonzalo Bravo, después, en el año 1954 cuando matan a Uriel Gutiérrez y en esas mismas protestas el Ejército asesinó 10 estudiantes más y hiere alrededor de 70” (Gómez, Museo Popular de Siloé, s.f.).
Al momento de ser ubicada la obra, este era el punto más alto del lugar, años después se seguiría poblando montaña arriba. Inicialmente, se concibió este monumento para ser instalado en el Parque de los Estudiantes, donde actualmente se encuentra la estatua de Jovita, pero se decidió finalmente el lugar donde ahora se encuentra.




Séptima parada: La Estrella de Siloé
La ruta se dirige hacia La Estrella, que originalmente solo encendía en diciembre, pero con el pasar de los años lo hizo diariamente, pues también servía como parte del alumbrado público ayudando a iluminar las calles del sector. Alberto Marulanda, cerrajero de oficio, al percatarse de que las partes altas de Siloé estaban iluminadas de manera rudimentaria con velas o fogatas improvisadas, visualizó el área como un escenario que recordaba los belenes tradicionales que embellecen los hogares colombianos en diciembre. Inspirado por esta visión, emprendió la creación de la estructura que hoy conocemos como la Estrella de Siloé. En su momento, esta iniciativa recibió críticas por parte de algunos líderes comunitarios debido a sus dimensiones, pues se argumentaba que el tiempo y los recursos invertidos podrían haberse destinado a necesidades más apremiantes. Sin embargo, Marulanda optó por hacer oídos sordos y, con el respaldo de algunos vecinos que contribuyeron con donaciones y mano de obra, logró sacar adelante su proyecto. La primera vez que la estrella brilló fue el 16 de diciembre de 1973.
Este lugar se ha transformado en otro punto de reunión crucial para los residentes de la loma y en un destino turístico destacado para los caleños, lo que ha incentivado a más personas a visitar Siloé y conocer su historia. En una de las casas que se divisan desde lo alto de la estrella, se puede apreciar un mural en honor a David, líder del museo, reconociendo su incansable labor como activista social en busca de generar nuevas narrativas que contribuyan a mejorar la imagen y las condiciones de vida del barrio.
Hoy La Estrella no alumbra a la ciudad de Cali, pues con el acuerdo de líderes comunitarios del sector, va a inaugurarse una nueva que, como la que promocionó Marulanda, tendrá de nuevo cinco puntas.


Última parada: El mirador Yo Amo a Siloé
Para finalizar el recorrido, los caminantes son dirigidos a la última parada: el mirador Yo Amo a Siloé, ubicado a pocos metros de la estación del MÍO Cable, en el barrio Lleras Camargo. En algunas de las paredes se encuentran grafitis alusivos a Siloé y a sus tradiciones, la más emblemática quizá, la comparsa de los Diablitos. Mientras algunos toman cerveza o compran ceviche de mango, Ana Beiba, una de las personas más emblemáticas de este espacio, nos cuenta desde su tienda la experiencia de vivir en Siloé: “Estas graditas eran super angostas, pero cuando nos hicieron el parque ya las ampliaron. En ese tiempo los que hacían las gradas eran las juntas de acción comunal. Luego vinieron con proyectos de pintar las casas, hacíamos sancochadas, ponían a los niños a pintar. Se hacían actividades así, cuando de un momento a otro nos dijeron del parque y nosotros, mejor dicho ¡saltábamos en una pata¡. Los únicos que vinieron de afuera fueron los ingenieros, arquitectos y maestros. Los demás trabajadores eran todos del barrio, hasta a mí me dieron trabajo, me contrataron para barrer”.
Este lugar se construyó a raíz de una tragedia ocurrida el sábado de semana santa del año 1997, cuando una ruptura de un tubo madre de agua generó un deslizamiento de tierra que causó la muerte una mujer de 90 años, su hija y su nieto. Cinco meses después, una roca caería en el mismo lugar arrebatándole la vida a una niña de 15 meses. Debido a esto, en el 2005, patrocinado por la Fundación Sidoc, se hizo un muro de contención para evitar otra tragedia. Después se construyó un parque y una cancha de fútbol y se pintó el mural “Yo amo a Siloé ¿y usted?”. En el año 2012 se inauguró lo que hoy conocemos como el Mirador yo Amo a Siloé. Los primeros sábados de cada mes se hace allí un encuentro de melómanos de salsa, lo cual no hace parte de la ruta, pero cuando sirve como invitación para todos aquellos que deseen quedarse y quieran bailar, tomar algo y compartir un poco más de Siloé y sus habitantes. (Gómez, Museo Popular de Siloé, s.f.).






