Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Museo Popular de Siloé: donde la memoria no se archiva, se vive

✦ ✦ ✦

En el barrio El Cortijo se levanta un museo que rompe moldes: sin vitrinas ni protocolos, el Museo Popular de Siloé convierte objetos cotidianos, calles y carnavales en relatos vivos. Un contramuseo donde la memoria se comparte, se discute y se celebra desde la voz misma de la comuna.

✦ ✦ ✦

Por: Valeria Ruíz

“Este museo es todo lo contrario a lo que se entiende por museo tradicional. No hay vitrinas, no hay protocolos museográficos rígidos, ni vigilantes que impidan tocar los objetos. Lo que sí hay es una práctica social y política que desafía el relato institucional”. 

Maria Paula Rodríguez, artista e integrante del Museo Popular de Siloé. 

Tomado de 2pos.

En Cali, Valle del Cauca, específicamente en la comuna 20, se encuentra una fachada inusual y colorida. Es una casa de cuatro pisos donde se lee, en letras grandes y al parecer hechas a mano alzada: “Museo Popular de Siloé”. Ahí se instala, como su nombre lo indica, un museo… pero no cualquiera. Quienes lo visitan se convierten en testigos de su funcionamiento atípico: se puede gritar, tomar fotografías, manipular los objetos y recorrer las exhibiciones sin restricciones. En ese significativo “desorden” nace lo que sus creadores llaman contramuseo: una apuesta política y estética que desafía la lógica convencional del museo y devuelve el poder de la memoria al barrio.

Tradicionalmente, los museos han sido espacios refinados, silenciosos, de colecciones intocables y visitas guiadas por expertos. Instituciones que deciden lo que se considera “valioso” para la historia según su mirada oficial. Por el contrario, el Museo Popular de Siloé cambia ese precepto: la memoria no se guarda, se activa. Es un lugar donde las piezas son donadas por la comunidad y la curaduría nace del diálogo, la experiencia y el conflicto. Lo que aquí sucede es lo que Maria Paula Rodríguez, Mapi, artista visual e integrante del colectivo encargado del museo, llama “museología viva”: una práctica comunitaria que da palabra a quienes históricamente han sido silenciados. 

Mapi se presenta ante el mundo como una “mujer popular”. Su trayectoria combina lo académico, lo artístico y lo territorial. Ha trabajado en el Centro Nacional de Memoria Histórica y ha enseñado en la Fundación Universitaria Católica Lumen Gentium (Unicatólica), combinando su experiencia como investigadora con procesos académicos. Es Licenciada en Educación Artística de la Universidad del Tolima y Magíster en Comunicación Social de la Universidad de Chile, país donde también participó en instituciones clave como la Bienal de Artes Mediales de Santiago, el Museo de la Educación Gabriela Mistral y el Museo de Arte Contemporáneo, donde ejerció labores en curaduría educativa y mediación artística. 

Así mismo, ha liderado procesos de pedagogía comunitaria en la Fundación Formación de Futuros y ha sido pieza clave en la creación de herramientas como Diablitos de Siloé, una cartilla pedagógica que apuesta por narrar las memorias del carnaval desde el lenguaje gráfico y el testimonio oral. “Yo soy una mujer popular —afirma—, una mujer que ha sido muy… que me han jodido la vida como un berraco, entonces yo me siento muy par con la comunidad en todo sentido”. 

Tomado de madera_que_cruje.

El inicio del Museo Popular está conectado a la experiencia de vida de David Gómez, líder comunitario y artista empírico. En el año 2000, junto con otras personas de la zona, David fundó el contramuseo como un espacio para narrar la historia de la comuna 20 desde su propia gente. “Cuando yo comencé a acercarme, me decían que no viniera porque David era muy grosero. […] Pues de malas, yo me vine porque a mí no me gusta que me cuenten las películas, sino ir a ver la película”, dice Mapi. 

Tomado de Bienal de Artes Mediales.

Cuando se llega al contramuseo, David, quien además vive ahí en el primer piso, sale al recibimiento. Al entrar unas escaleras en cemento descubierto dan la bienvenida y muestran el camino iluminado hacia el segundo y el tercer piso: es allí donde empieza el relato. Pero lo que se abre no es solo la casa, es un territorio expandido de memorias que se entrelazan: la cotidiana, la comunitaria y la dolorosa. “Se mantiene la memoria de las cosas malas para que no se repitan, y se mantiene la memoria de las cosas buenas para que sigamos”, complementa Mapi. 

David es el principal encargado de crear contenido para las redes sociales. Seguramente, cuando se está caminando el recinto o se está “patoneando” el barrio, sacará su teléfono celular para registrar los encuentros con turistas y locales. Este material es publicado en el canal de YouTube Siloécity TV, que al día de hoy cuenta con más de 95.000 suscriptores y más de 100.000 videos. Sin duda, un aporte crucial para evidenciar las transformaciones del contramuseo y de otras dinámicas que también le competen, como la Ruta de la Memoria, que lleva más de 25 años operando.

Esta actividad está intrínsecamente ligada al Museo Popular de Siloé. Aunque durante muchos años se le llamó “Ruta Turística por Siloé”, el sentido del recorrido llevó a nombrarla Ruta de la Memoria. No se trata de turismo, sino de un ejercicio de reconocimiento de las laderas de Siloé. “La memoria no tiene precio y pertenece a su territorio”, declaran desde la ruta. A diferencia del turismo comercial, esta iniciativa busca conservar la memoria oral de la comuna, compartirla con los visitantes y devolverla también a sus propios habitantes. Esta experiencia incluye sitios emblemáticos como el Monumento en Contra de la Opresión, el mirador “Yo amo Siloé” y zonas marcadas por el conflicto con el M-19; los cuales también están representados dentro del contramuseo. 

A recomendación de David, se debe hacer la Ruta de la Memoria y luego bajar al contramuseo, o viceversa. Sin embargo, es bastante enfático en la importancia de completar ambos procesos. Lo mismo sustenta Mapi, que desde su rol como artista, gestora cultural e investigadora, insiste en que estos momentos se complementan: “uno permite transitar el barrio y escuchar sus relatos en contexto, mientras que el otro ofrece una lectura crítica y sensible de esa misma historia”. 

Entre los objetos recuperados y exhibidos aparece un relato contundente: el Campamento del M-19. En 1984 el movimiento insurgente se asentó en el predio conocido como Las Abuelas, una zona que más tarde fue adquirida por los padres franciscanos. En aquella época se pretendía destinar parte del terreno para la construcción de un museo que recogiera la memoria referida al M-19, pero la idea nunca se efectuó. Sucesivamente, a finales de 1985 se desplegó la Operación Navidad Limpia, que movilizó a más de 3.000 uniformados de la Policía Militar con el fin de erradicar la presencia guerrillera urbana.  

Siguiendo con la exploración del contramuseo, los artefactos y pancartas dispersos conducen a los trajes militares colgados y luego a dos pequeños cuartos que contienen partes de automóviles, ladrillo y guadua. Estos últimos albergan rastros y retazos de la creación del barrio en aproximaciones del 1920, cuando familias mineras del viejo Caldas se asentaron ahí en medio de la explotación del carbón. Las primeras viviendas se alzaron entre tierra, potreros y calles de herradura. El agua debía cargarse al hombro desde los caudales más cercanos del río Meléndez, que bajan por los Farallones de Cali. Así fue como entre los Farallones, la Avenida de los Cerros y los cerros de Cristo Rey y Bataclán, nació Siloé.

Tomado del archivo de Ciudad Vaga.

Desde entonces, el barrio ha cultivado símbolos y lenguajes que parten de enaltecer su cultura resiliente y resignificadora. Uno de ellos es el Carnaval de Diablos de Siloé, que comenzó en 1916 y que hoy es reconocido como el carnaval de diablos más extenso del mundo. Se celebra entre el 15 de septiembre y el 6 de enero, con actividades casi diarias que llenan el barrio de música, baile y disfraces coloridos. Termina el 30 de octubre cuando se realiza una gran caminata que recorre los distintos sectores de la comuna 20; cuyo punto de inicio y llegada varían cada año.

 Así pues, aquel desplazamiento no es solo logístico: es simbólico. “Ese día no hay miedo porque todos se enmascaran y caminan juntos. Es una forma de decir que el barrio también se puede habitar con alegría”, dice David. Durante la jornada, los grupos de diablos —conformados por personas de todas las edades— portan trajes hechos a mano, máscaras elaboradas artesanalmente y muestran sus coreografías. La caminata rompe con las llamadas fronteras invisibles impuestas por la violencia y/o la estigmatización, permitiendo transitar sin preocupación. Luego en el lugar de cierre se hace una competencia de baile donde destacan ritmos como la cumbia y el público elige al ganador con aplausos. Entre tanto, para Mapi, el carnaval es mucho más que una celebración popular: “Es una estrategia de salvaguarda de la manifestación”, una forma de preservar la memoria barrial desde el goce, la creatividad y la apropiación del espacio.

La última parte del contramuseo es el cuarto piso: la terraza. Del techo de zinc cuelgan zapatos, encima de mesas y sillas de plástico que invitan a sentarse al lado de la belleza del paisaje. De la casa, es el lugar predilecto para observar el conjunto de los sitios emblemáticos de la Ruta de la Memoria: desde el mirador “Yo amo Siloé” hasta el Monumento en Contra de la Opresión. También se ve cómo el MIOCABLE, el transporte que conecta la zona alta de la ladera con la planicie, se mueve de arriba a abajo. Su función va más allá del servicio público: sirve para llegar a la “patoneada”, una caminata cuyo propósito es más deportivo e integrador dentro del barrio. En este piso es donde se oyen las reflexiones de las visitas. Donde se sube a tomar aire puro después de sofocarse entre las paredes y la crudeza del recuerdo. Pero también donde la pregunta más difícil llega a su alegato: ¿cómo se narra la memoria?

La terraza también es un lugar de encuentros y pensamiento colectivo. Aquí se reúnen los integrantes del museo para discutir las exposiciones, revisar las donaciones de objetos, coordinar eventos o simplemente conversar sobre lo que está pasando en el barrio. Mapi lo dice con claridad: “hacemos todo lo contrario a un museo tradicional, pero conservamos la palabra museo porque es una apropiación”. Esa apropiación se vive también desde su forma de organización: el Museo Popular de Siloé no tiene jerarquías ni estructuras formales, funciona como un colectivo de base en el que participan líderes barriales, artistas, educadores, comunicadores y vecinos comprometidos con la memoria viva.

Las decisiones se toman por consenso, la curaduría nace del diálogo entre saberes y la comunidad es protagonista en cada paso. No se trata solo de contar el pasado, sino de preguntarse cómo seguir narrando, cómo seguir construyendo un lugar que permita sanar sin olvidar. 

Recientemente, el colectivo incorporó una nueva forma de explorar las distintas partes del contramuseo: códigos QR que pueden ser escaneados por los visitantes para escuchar diversos relatos de los temas, espacios y acontecimientos que se alojan y preservan dentro del sitio: