Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

Siloé: territorio de resistencia y comunidad

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La comuna 20 carga con estigmas y carencias producto del poco interés del gobierno local por la periferia, pero también con historias de organización y resistencia. En sus calles empinadas, las comunidades levantan sueños colectivos que desmienten la idea de que allí no hay futuro. Visitamos dos procesos que encarnan esa fuerza: la Ludoteca La Esperanza y La Gallera.

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Por: Jorge Lozano y Nathalia Becerra

Fotografías: Jorge Lozano.

Es martes, 2 de la tarde y en Cali, como es costumbre, hace bastante calor. Acordamos encontrarnos en la estación del MIO Unidad Deportiva, sobre la concurrida calle Quinta. Desde ahí se puede observar la montaña de casas que la mayoría conoce como Siloé, pero que representa gran parte de la Comuna 20. Allí, nos espera David, un hombre que ha vivido, recorrido y luchado en esas calles. Es la segunda vez que nos vemos; nos encontramos en la primera estación del MIO Cable, Tierra Blanca. Llegamos tarde y David no está contento: su saludo parco nos lo hace saber. El MIO Cable se inauguró el 17 de septiembre de 2015, está por cumplir una década de funcionamiento, y para varios de nosotros es la primera vez que nos subimos en él.

En el censo realizado en 2005 por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el número de personas que vivía en la Comuna 20 era de 65.267; para el censo de 2018 hubo una disminución del 25,48 %, es decir, pasó a tener 48.405 habitantes. Es una de las comunas en la que los hogares se componen de más de 3 personas. Según el Diagnóstico Territorial de la Comuna 20, de abril de 2023, en esta comuna más de la mitad de las personas son mujeres (52,3 %). Casi el 80 % de su población se encuentra en pobreza extrema y pobreza moderada, y otro 18 % es vulnerable.

Empezamos a caminar por una calle empinada; gran parte del camino se compone de subidas y bajadas, llanas o de escalones. Mientras andamos, David nos cuenta algo de la calle que transitamos, algún hecho histórico de la comuna o, como en este caso, nos hace un breve resumen acerca del personaje que vamos a conocer: Carmen Elena Rosero, directora de la Ludoteca La Esperanza, un espacio habitado mayormente por niñas y niños. Ubicado en el sector de la Estrella, desde hace décadas, la Ludoteca crea procesos lúdicos y educativos para los niños del sector y les abre sus puertas seis de los siete días de la semana desde las 8 de la mañana. Es un lugar seguro que brinda a niños y niñas un abanico de experiencias y vínculos que atesorar.

David nos menciona que Elena es una mujer berraca, que siempre está metida en todo lo que tiene que ver con la comunidad y que es recelosa con que se tomen fotografías sin permiso en el espacio; nos recalca que debemos ser respetuosos. Llegamos agitados por el trayecto, aproximadamente 20 minutos caminando a un ritmo cansino, no por voluntad, sino porque el terreno nos obliga. La Ludoteca parece vacía; David se asoma tras la reja y, después de unos segundos, nos dice que vayamos al polideportivo, que está cruzando la calle, que tal vez allá esté Carmen Elena.

En el polideportivo está una mujer en la mitad de la cancha dando indicaciones. Alrededor de ella corren más de 20 niños de todas las edades. Cuando se dispersan, ella levanta la voz y todo vuelve a su curso. Les pide que recojan los balones, los conos y que atiendan. David hace la presentación oficial: le cuenta a Carmen Elena que somos estudiantes de la Universidad del Valle, de Comunicación Social, y que estamos allí porque nos gustaría conocer la labor comunitaria que realiza. Nos sentamos en un círculo, mientras los niños aprovechan que Carmen Elena está ocupada para correr y gritar con más ganas. Carmen se presenta, también nos presenta a una madre de familia que lleva a sus hijos a la Ludoteca hace años, y nos cuenta su experiencia. Le hacemos unas cuantas preguntas a Carmen Elena y cerramos el encuentro expresándole nuestro deseo de visitarla de nuevo, entrevistarla y conocer más del proceso; ella acepta. Nos despedimos y seguimos el trayecto con David para conocer otro lugar de la Comuna 20.

Fotografías tomadas por Valeria Ruiz.

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La última vez que fuimos a la Ludoteca nos bajamos en la segunda estación del MIO Cable, Lleras Camargo, y subimos una calle empinada que pone a prueba la resistencia de las pantorrillas y los pulmones. Alguien hizo un comentario certero: “Lo que lo delata a uno que no es de aquí es que es el único que suda”. No estamos acostumbrados a caminar en la ladera. Llegamos a la cuadra donde se encuentra la Ludoteca La Esperanza y nos encontramos con que está en proceso de pavimentación. Nos acercamos a la reja y saludamos; apareció Carmen Elena, quien devolvió el saludo y nos invitó a pasar. Ella se sienta en su escritorio desde donde puede ver casi todo el espacio; alistamos cámara, grabadora de audio e iniciamos.

Carmen Elena declara orgullosa que nació en Siloé y que toda su vida ha transcurrido allí. Nació en una familia con 7 hermanos: cinco mujeres y tres hombres (uno falleció hace dos años). Ahora tiene su hogar, que lo conforma su pareja y dos hijos ya mayores de edad: Mayra de 28 años y Juan Pablo de 29 años; ellos y su nieto representan todo para ella. Su hijo también trabaja en la Ludoteca, está involucrado con las actividades deportivas.

La labor comunitaria siempre estuvo presente en su vida; sus padres participaron de diversas actividades que buscaban el bienestar de la comunidad. Por ejemplo, su padre era el encargado de realizar muchos de los torneos de fútbol que buscaban que los jóvenes se vincularan a una actividad deportiva. Su madre era importante en la realización de diferentes mingas que tenían la finalidad de recolectar fondos para mejorar el estado de las calles del barrio. Carmen Elena creció con ese sentido de pertenencia por la comunidad.

Entonces, creo que eso viene de la sangre, ¿no? Viene de la práctica de mis padres, como el ejemplo que ellos nos han dado y creo que todos somos así. Mis hermanos tienen ese liderazgo, mi hermana Flor también, pues hace parte del liderazgo de acá de la comuna y estamos todos relacionados en cuanto a la comunidad”.

Ella reconoce que el imaginario de mucha gente es que es un territorio peligroso, pero cree que no es así, solo hay que saber vivir. Sentencia que únicamente saldrá de Siloé el día que muera.

Creo que, y se los he dicho a muchos de los niños y a la gente de acá, saldría al cementerio, porque para mí Siloé representa un paraíso, un barrio muy bacano para vivir.” 

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¿Pero cómo inició la Ludoteca La Esperanza? El espacio físico se creó en 1973, pero según Carmen Elena, allí no pasaba nada; era algo así como una caseta abandonada que ella, junto a otras personas, años después decidieron recuperar. Antes de adquirir el espacio físico apareció la iniciativa de Fútbol para La Esperanza, la cual surgió de la fundación SIDOC, creada por la Siderúrgica del Occidente S.A.S, de la cual es fundador Maurice Armitage, alcalde de Cali entre 2016 y 2019. Ellos querían vincularse con líderes de la zona para desarrollar esta propuesta deportiva basada en el fútbol mixto. En esa época, Carmen Elena trabajaba como profesora en uno de los Centros de Desarrollo Infantil y Convenios de Doble Imposición (CDI). Sin embargo, ella, durante ese tiempo que llevaba a cabo la iniciativa deportiva, se percató de que los niños tenían mucho tiempo libre y no sabían cómo ocuparlo.

Surgió la idea de crear una biblioteca. El primer paso era encontrar el sitio; intentaron en el polideportivo, también en el puesto de salud del sector y en esa búsqueda se plantearon la posibilidad de recuperar esa caseta abandonada. Así iniciaron las jornadas de limpieza, de pintura, de reparación y adecuación. Un espacio abandonado pasó a ser habitado por un montón de historias de papel que se convierten en voces, en gritos de alegría, en risas y en nuevas historias por escribir.

Las Ludotecas, como menciona la docente universitaria Yamileth Bolaños en su artículo Entre la escuela y la ludoteca: sentidos y significados de aprender y educar en una comunidad de Siloé, son espacios para desarrollar el pensamiento creativo, basadas en establecer una relación horizontal entre adultos y niños; esto promueve las iniciativas de los niños. Asimismo, Bolaños dice que en Colombia estos espacios surgieron como un mecanismo para responder a problemáticas de niños en contextos específicos, a través de su función humanizadora. 

“Por lo menos hay personas que vienen desde Venezuela. Llegan conociendo este espacio, hay otros que le dicen: llegá a Siloé, hay una ludoteca, la señora se llama Elena y esa señora es bien. Ella te va a ayudar”. 

Carmen Elena nos cuenta que la percepción de la comunidad sobre la Ludoteca puede estar dividida, aunque inclinada hacia lo positivo. Hay unas pocas personas que creen que es una alcahuetería, pues ven mal que los niños se la pasen jugando o recochando. Para la mayoría es un espacio seguro para los niños, en el cual muchos padres confían y dejan a sus hijos allí para ir a trabajar, porque saben que hay cuidadores que están al tanto. De igual forma, los vecinos tienen como buen referente a la ludoteca, hasta para poner la queja si uno de los integrantes hace algo malo en la calle; creen que en ocasiones le hacen más caso a Carmen Elena que a los padres.

«De pronto he cerrado la biblioteca y salgo al parque o alguna parte, los niños llegan como abejitas a la miel. “Elena, Elena, Elena”. Entonces la gente dice,   «¿Usted, qué hace con todo el poco de niñitos?» Yo le digo antes al contrario, «¿Qué hacen ellos conmigo?» Porque ellos son los que me cuidan a mí”.

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Cuando en Cali se le pregunta a alguien dónde queda Siloé, se señala ese territorio extenso que se alza en la ladera y hace parte de la comuna 20. Se mencionan los recorridos culturales y los diversos proyectos que muchos líderes llevan a cabo para brindar dignidad a una zona que ha estado manchada por la violencia y la desigualdad. También, se mencionan sus casas: construcciones que pareciera que se apilan unas sobre otras y pueden ser víctimas de un deslizamiento en cualquier momento.  

Lo que no se menciona, porque no es conocido por quienes no viven en el sector, es que los barrios de eso que llaman Siloé surgieron en medio de una historia larga de poblamiento y lucha por quienes deseaban tener una vivienda propia. Desde finales del siglo XVIII, múltiples familias compuestas por personas humildes –muchos desplazados de otros lugares del país– llegaron a Cali a asentarse en una zona que, ante el desproporcionado crecimiento que tuvo la ciudad, fue el paisaje de esperanza para buscar una vida mejor.

En zonas como Tierra Blanca, los empleados de un campamento para extracción minera empezaron a construir sus hogares con ranchos que ubicaban en terrenos aledaños a donde trabajaban y de a poco poblaron no sólo ese sector, sino otros como Tierra Colorada, una zona colindante con el barrio Siloé. El proceso, aunque distinto para cada sector y barrio de la comuna, seguía un patrón: se construían viviendas y, a través de negociaciones o de resistencia por parte de los habitantes, se conseguía el acceso a servicios básicos, la pavimentación de calles y el reconocimiento de la zona ya no como un asentamiento sino como un barrio.

A nivel legislativo, aparecían mecanismos como la Ley Barberena (Ley 41 de 1948), la cual surgió después de la toma de Tierra Blanca y Tierra Colorada, que estableció los requisitos para que los concejos municipales pudieran destinar terrenos ejidos a quienes los necesitaban en medio del problema de vivienda popular que varias ciudades, entre ellas Cali, estaban enfrentando. 

Para quienes crecieron en el sector, como Carmen Elena, esta historia no sólo no es desconocida sino que es muy cercana. Con facilidad, ella señala una conjunto de casas con el ladrillo expuesto y acabados de obra gris que se alzan en una zona inclinada cercana a la ludoteca; entre ellas, se destacan dos cuyas paredes externas sí fueron repelladas, estucadas y pintadas de rojo y verde. La última es la casa de los padres de Carmen y fue la primera en ser construida en esa zona. 

“Esa parte de allá, se puede decir que fue invasión. Cuando yo llegué allí, pequeñita, no había nadie en esas casas de por ahí; el único bombillito que había prendido era el de mi papá, y comenzaron a construir y vinieron los carabineros con los caballos y tumbaron todo”.

Esa no fue la única vez que los carabineros destruyeron los cercos y las edificaciones que construían en la zona; cada vez que lo hacían, cada que quitaban las casas, los habitantes las volvían a construir. Hoy, lo que Carmen identifica como la perseverancia de quienes hicieron la toma de ese sector, se materializa en esas casas de ladrillo que ya nadie intentará borrar.

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De acuerdo con los resultados del censo que realizó el DANE en 2018, en la Comuna 20 hay más de 3.500 niños; de esos, el 7,3 % es menor de 6 años, un 1,25 % se autorreconoce como indígena y un 6 % como afrodescendiente. Según el Diagnóstico Territorial de la Comuna 20, cerca del 20 % de los hogares con presencia de infantes son catalogados como pobres de acuerdo con el índice de necesidades básicas insatisfechas (NBI); además, el 14 % de los niños y niñas de la comuna viven en un hogar en estado de hacinamiento crítico.

Algo que motiva día a día a Carmen Elena a trabajar con y para los niños es lo que ellos aportan a su vida: viveza, alegría y una sonrisa. Los momentos que viven se construyen de chistes y disparatadas que ellos cada día inventan. Algunos llegan a la Ludoteca alegres, otros tristes, otros con hambre. Ella ha aprendido a identificar el estado de ánimo de cada uno y siempre está dispuesta a conversar con ellos. Por su parte, los niños la llenan de abrazos y regalos sencillos como una flor. Todo eso hace que Carmen Elena no tenga las palabras exactas para describir la energía que le brindan a su vida; es el pudor a que las palabras no sean justas con el sentimiento que retumba en ella.

Carmen Elena también ha vinculado a otros adultos a los procesos que se realizan en la Ludoteca. Ellos se han transformado en cuidadores de las niñas y niños, pero también del espacio, pues reconocen que es importante proteger el espacio, limpiando, pintando y supervisando. Este espacio hoy tiene paredes verdes, pero tal vez mañana cambie de color; en ellas cuelgan diferentes plantas que adornan la fachada, pero que también transmiten lo que sucede en ese sitio: retoñan las personas y sus sueños, niños y adultos.

“Entonces, es el sentido de pertenencia que tienen (los adultos) sobre el lugar. La gente adulta está muy dispuesta: si uno necesita algo, ellos están ahí. Entonces creo que es un papel comunitario de acercamiento de padres a hijos, vecinos con niños, o sea, ellos están constantemente ahí”.

En la Ludoteca La Esperanza se realizan diferentes procesos con los niños. Practican fútbol, aprenden a tocar diferentes instrumentos musicales como la marimba o el violín, también hacen un proceso de refuerzo académico, y hay un momento dedicado a la lectura y escritura que se llama “la hora del cuento”.

Hace siete años la fundación SIDOC le propuso a Carmen Elena crear un comedor comunitario; le preguntaron si se le medía. Para ella, tener ese espacio de alimentación mientras realiza los procesos con los niños representó un sueño, una gran oportunidad que no dudó en aprovechar. El comedor que inició con 40 cupos, hoy en día le brinda un plato de comida a 170 personas. Tuvimos la oportunidad de probarlo: arroz con verduras, ensalada de conchas con pollo, una tajada de maduro dulce y un vaso de limonada. Una porción perfecta y llena de sazón. Este comedor se ha vuelto popular entre la comunidad y ha recibido visitas de diferentes personas, hasta del actual alcalde de Cali, Alejandro Eder.    

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Son alrededor de las 10 de la mañana cuando Carmen nos lleva a conocer su casa. Nos acompañan seis niños, los únicos que ya desde esa hora están en la Ludoteca. En medio de sus juegos y risas se mezclan las órdenes de Carmen, quien con firmeza pero también con un amor maternal, les indica en qué lugares estar y qué pueden o no hacer. 

Cruzamos una calle y tras pasar la casa esquinera vemos una estructura compuesta por dos columnas y unas vigas que enmarcan una casa con paredes que aún muestran sus ladrillos. Es la casa que Carmen Elena está construyendo en La Gallera. Para acercarnos tenemos que pisar un terreno desigual de tierra que nos hace agradecer haber escogido los zapatos adecuados, aunque por momentos nuestros tobillos sufren la torcedura producto de huecos que se alcanzaron a escapar de nuestra vista. A Carmen y a los niños eso no les pasa; ellos han atravesado ese camino tantas veces que saltan y se mueven con una fluidez que, por no tenerla, a nosotros nos revela como foráneos.

Mientras hablamos se entrelazan con las historias los saludos a los vecinos y las preguntas que los niños le hacen a Carmen. Bajo el calor del sol de Cali nos ubicamos en la entrada de la casa; un carro color verde menta está parqueado junto a ella y en un pequeño muro y la escalera que lleva a la puerta hay alrededor de 10 plantas en macetas armadas con bolsas de plástico negras.

Esa casa es la número 72 de un sector que antes se iba a llamar El mirador de Connie pero que ahora es conocido como La Gallera. El inmueble está identificado por la Secretaría de Vivienda  Social y Hábitat con la matrícula inmobiliaria 370-690926 y originalmente era un terreno destinado para construir casas de interés social; sin embargo, las obras nunca avanzaron más allá de algunos muros delimitantes del sector y la zona se convirtió en el recipiente de todo tipo de desechos.

Cuando la pandemia empujó a muchos a perder sus fuentes de ingresos, un grupo de personas del barrio vieron más allá de los montones de basura y desechos y entre ellos empezó a construirse un plan. 

A Carmen se le acercaron un día que se encontraba en la Ludoteca y tras contarle el proyecto, le pidieron que no le comentara nada a nadie. Ese nadie hacía referencia a personas de la alcaldía, pues entre los vecinos existía la idea de que ella trabaja allí. Inicialmente, Carmen sólo prometió que no diría nada, pero fue su hermana Flor quien la instó a formar parte de la toma; aunque nunca accedió directamente, cuando se dividieron los lotes del terreno, Flor tomó el propio y dejó un espacio para Carmen: el lugar donde en un principio hubo una edificación de esterillas y ahora se alza la casa número 72.

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El viernes 13 de marzo de 2020, en Colombia se tomaron las primeras medidas: 3 días de confinamiento y prevención debido a una enfermedad causada por el coronavirus SARS-CoV-2 que inició en diciembre de 2019 en China, pero que rápidamente se esparció a otras zonas del mundo. El 20 de marzo, el presidente de entonces, Iván Duque, determinó que a partir del 24 de marzo serían 19 días de aislamiento preventivo. El confinamiento estricto duró 6 meses, pero la emergencia sanitaria estuvo vigente 840 días, un poco más de dos años.

En Colombia hay cifras sobre esta enfermedad hasta el 7 de junio de 2023; para ese entonces, en el país se habían confirmado más de 6 millones de contagiados y más de 140 mil fallecidos. En Cali, el primer caso de Covid se detectó el 9 de marzo de 2020; según informes de la Gobernación del Valle del Cauca, al 14 de marzo de 2023, en la capital vallecaucana se habían detectado 402.249 casos y habían fallecido 8.791 personas.

La Ludoteca La Esperanza abrió sus puertas a la comunidad hace 14 años. Durante la pandemia de Covid-19 cerró apenas por 10 días. Carmen Elena sabía que era urgente abrir de nuevo. Las condiciones de pobreza en el sector y en diferentes zonas de la ciudad son altas y la pandemia las recrudeció. La ludoteca y el comedor comunitario representan una ayuda para muchas familias y niños; Carmen Elena no quería que ellos pasaran hambre, así que decidió abrir de nuevo. Además, los cuestionamientos de los niños se pronunciaron rápidamente: “¿Por qué estoy encerrado? ¿Por qué no me sacan?

“Yo me paré allá afuera con un termómetro y con el jabón para lavar las manos y todo. Les preguntaba: «¿Has tenido fiebre? Tenía como un diario y ahí ponía fiebre, dolor, tal tal tal.» Entonces habían unos que me decían, «Sí, mi papá anoche estuvo como maluco.» Y yo, «Hágase para acá.» Que mi papá tuvo tal cosa y tal cosa. “Córrase para acá”. ¿Para qué? Para después profundizar y decirle, «Venga, ¿qué era lo que le dolía a su papá? ¿Qué es eso? ¿Por qué así?”

Carmen Elena reconoce la importancia de realizar el trabajo en conjunto. Durante la pandemia, mientras llevaba sus notas, sostenía una conversación telefónica a diario con el personal del puesto de salud, del cual recibía orientación sobre si los síntomas que presentaba alguna niña o niño eran por el Covid u otra condición médica. Rápidamente se empezó a hacer una fila larga de personas alrededor de la Ludoteca en busca de orientación. Esto preocupó a algunas personas de la comunidad, en especial a otro líder del sector que creyó que esa situación representaba un peligro; para él era aglomeración y podría provocar un brote del virus. El líder interpuso una queja y a la Ludoteca la visitó un supervisor de saneamiento para verificar la situación.

“El señor (supervisor) dijo, «No, yo sé el trabajo que ella hace, no pasa nada.» 

El supervisor encontró que en la Ludoteca solo estaban Carmen Elena y su hermana, Flor; la primera se encargaba de la logística y la segunda cocinaba. La comunidad estaba afuera, al aire libre en el polideportivo, manteniendo el distanciamiento entre ellos.

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Durante mes y medio los habitantes del sector de la Gallera trabajaron en silencio, manteniendo un secreto que a Carmen Elena le generaba muchísima intranquilidad. Tras mucho pensarlo, un día decidió hacer una llamada a un conocido que trabajaba en la Alcaldía.

– Carmen, ya mismo mandamos al ESMAD y a la policía a la zona.

–No, yo no te estoy llamando para eso; te estoy avisando porque los que están ahí son de la comunidad y hasta yo cogí un pedazo.

–Listo, voy a sostenerlo por tres meses, pero construyan casas, hagan algo allí.

Tras esa llamada, compartió el mensaje con todos: había luz verde para seguir con la toma.

Dos meses después, los 72 lotes se habían dividido en el terreno y ya se alzaban varias casas construidas con esterillas. La toma la lideraban Carmen Elena, Hanner –a quien le decían niño grande–, Edwin Lasso y Giovanni; juntos se reunían en una casa que construyeron en lo que podría verse como una plazoleta central dentro del terreno. Allí, en las noches preparaban chocolate o arroz y, mientras cuidaban y vigilaban las construcciones, se preguntaban constantemente: ¿qué vamos a hacer?

Debido a la pandemia, un grupo de alemanes apoyaba a la comunidad con aportes para comprar mercados; Carmen conseguía los alimentos en la galería de Santa Elena y justamente de allí venía cuando, un sábado de mayo, el ESMAD llegó a destruir la toma.

En semanas pasadas, la Secretaría de Vivienda Social y Hábitat había llevado a cabo sobrevuelos con drones y registros fotográficos al darse cuenta que los habitantes del sector estaban desarrollando acciones de reloteo. Seis días después del último sobrevuelo, el 16 de mayo del 2020, hicieron el operativo que Carmen define como un ataque y recuerda con dolor y lágrimas en los ojos.

“Ese día fue una locura. Los gases los tiraban por encima, (…) los vecinos de alrededor se vieron afectados y fue muy triste para nosotros porque nos dañaron todo; todas las casas las tumbaron. Quemaron todo; ahí en la mitad pusieron las esterillas y quemaron todo”.

En medio del caos, habitantes del terreno y agentes de policía que habían quedado atrapados por los gases huyeron hacia los costados de la zona para saltar los muros que demarcaban el lugar. Flor, la hermana de Carmen Elena, frenada por el miedo de no lograr el salto, se acurrucó en un mueble grande que tenían frente a la casa de las reuniones. Allí, mientras trataba de protegerse como podía, un agente del Esmad, en medio de insultos y gritos, le dijo que si se iba a quedar allí, que si se iba a morir. El relato es tan sentido y vivo que podemos imaginarnos la escena con claridad: en el lugar que ahora está vacío vemos a Flor, a quien conocimos en una de las visitas anteriores, encogida y tratando de hacerse imperceptible mientras el agente profería insultos y amenazas. 

Horas después del operativo, a eso de las 4 de la tarde, los habitantes regresaron al terreno a recoger lo poco que quedaba de lo que hasta el día anterior eran sus casas. Durante el enfrentamiento, adultos, jóvenes y niños resultaron heridos: Carmen menciona personas ahogadas por el humo y otras, incluidos niños, golpeados por los proyectiles de gas que lanzaban.

 En medio del ambiente de desolación que dejó el operativo, había una esperanza: los integrantes de la toma fueron apoyados por abogados y organizaciones de derechos humanos; ante ello, la Secretaría de Vivienda Social y Hábitat y la Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana establecieron una mesa de diálogo con los líderes de la toma dos días después de la destrucción de las casas. Dicha mesa aún sigue en pie hoy en día.

El proceso ha sido largo. Las primeras reuniones se llevaron a cabo en la Ludoteca y en múltiples ocasiones les ofrecieron a los integrantes de la toma que se retiraran del terreno y se movieran a albergues temporales o que permitieran que la alcaldía los reubicara en lotes de otros lugares de Siloé. Sin embargo, la postura de todos se ha mantenido firme y la lucha perdura bajo los ideales que Carmen plantea hoy con la frente en alto.

“Nosotros no estamos pidiendo nada regalado; no queremos robarle nada a nadie. Estamos pidiendo una vivienda digna y que si estos lotes tienen algún precio, que lo digan y nosotros como sea poderlo pagar. (…) Que los primeros que tengamos ese beneficio seamos los de la misma comunidad”.

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En la fachada de ladrillos pintados de verde de la Ludoteca, además de las plantas, resalta una placa blanca con letras negras; lo primero que se lee es: Fundación SIDOC. Esta fundación se creó en el año 2005 por el Grupo Empresarial de Occidente, entre los cuales está la Siderúrgica del Occidente, Ingenio de Occidente y Cementos San Marcos. Se creó con la intención de tener responsabilidad social con el territorio, sin obviar que eso les concede diferentes beneficios, entre ellos el no pago de impuestos.

En la actualidad, SIDOC proporciona varios maestros a la Ludoteca y vincula a trabajadores sociales para que acompañen el proceso. Según Carmen Elena, siempre se han mostrado interesados en apoyar los procesos que realizan. También les han impartido talleres, capacitaciones sobre lo que necesiten. En ocasiones, cuando la remesa se ha acabado, le han colaborado. Para ella es una gran alianza.

“Es una intervención que no quisiéramos perder, y son las personas que siempre han estado, no contamos con otra entidad más que con SIDOC para poder desarrollar todos los programas que se llevan a cabo”.

Sin embargo, también durante estos 14 años han enfrentado algunos obstáculos. Alguna vez un líder de la junta de acción comunal del sector, al parecer no estaba contento con lo que allí se hacía o con que Carmen Elena ocupara ese espacio. Comenzaron los rumores entre la comunidad sobre que él quería sacarla de allí. Carmen Elena es una mujer que tiene el carácter suficiente para decirle a usted lo que piensa de frente, así lo acabe de conocer, por ello, no dudó en confrontar a este líder. Él, carente de argumentos, manifestó que no quería sacarla, que simplemente quería aprender de ella, pero Carmen le dejó claro que el trabajo comunitario no se enseña, es algo que le nace, una vocación.

“La Ludoteca no es la casa. Son los que estamos allí y si yo pongo un plástico acá afuera (en la calle), aquí va a estar la ludoteca. Y aquí va a estar lo que yo les brindo a los muchachos, porque no son las cuatro paredes. Si usted tiene algo mejor que ofrecerle a la comunidad y quiere el espacio, yo se lo entrego”.

A pesar del apoyo de SIDOC y aunque diferentes situaciones amenazan el proceso, Carmen Elena afirma con seguridad que ella, con las personas de la comunidad, podrían llevar a cabo el proyecto de la Ludoteca.

Entre los retos que ella se propone con la Ludoteca está rescatar a la mayor cantidad de niños de las drogas y las fronteras invisibles, elementos cotidianos —trágicamente— en muchos barrios de Cali y de Colombia que viven en condiciones similares. Sin embargo, ella trabaja para que los niños puedan hacer amigos en diferentes sectores sin miedo a encontrarse con ellos.

“Ahorita podemos hablar como de libertad en el barrio y que los pelados puedan surgir y por eso se hacen torneos para que ellos estén constantemente conociendo más personas y de diferentes territorios”.

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Al caminar por La Gallera se siente, de manera sutil y casi imperceptible, un ambiente de comunidad bien afianzado. A día de hoy, cinco años después de la toma, muchas casas siguen teniendo como material principal la esterilla; algunas han sufrido el paso del tiempo y se ven gastadas e incluso con partes que se están cayendo, mientras que otras, como la de Carmen, ya cuentan con estructuras más fuertes de ladrillo y cemento. Las 72 familias que habitan el terreno han seguido procesos distintos: cada una va modificando y construyendo su casa según se lo permiten sus ingresos. Ya no se hacen las reuniones nocturnas con los líderes para organizarse pues, además de las diversas ocupaciones de cada uno, Hanner y Edwin fallecieron hace ya un tiempo. No obstante, Carmen sabe que, aunque pueda parecer que no, la lucha y la unión comunitaria no ha desaparecido.

“Si yo hoy convoco a una reunión, todos los de acá de La Gallera llegan a la reunión. Entonces creo que todavía hay esa confianza en mí, hay ese apoyo, ese respaldo y creo que todos están esperando a que Elena diga qué pasos siguen para poder ellos ejecutarlos”.

Por ahora, siguen a la espera de la respuesta de la Alcaldía, pues el actual alcalde, quien no había sido electo aún cuando se dio la toma, ya los visitó una vez y habló con Carmen; ese día, le dijo que miraría la forma de ayudar a los habitantes del sector. Aunque Carmen no cree que vaya a legalizar la toma, al menos tiene la tranquilidad de que ya conocen el trabajo que hacen allí. De igual manera, piensa que quienes no son del sector tienen opiniones muy distintas, pero que en gran parte les falta comprender el contexto de la situación y entender que no es que ellos quieran aprovecharse, sino que son un grupo de personas que desean tener una vivienda propia y no tener que abandonar ese barrio y esa tierra que los vio crecer y con la que están indudablemente entrelazados. Esa idea es la que nos transmitió Carmen desde la primera vez que hablamos con ella; de cierta manera, por eso decidimos ir con la cámara y la grabadora a documentar su historia.

En la Gallera, para el futuro tienen planes de organizar lo que llaman “el museo de la resistencia”, un espacio en el que exhibirán los materiales que recogieron y guardaron de aquel día en que el Esmad trató de arrebatarles todo. Por ahora, Carmen sólo puede señalarnos el lugar en que, después de organizarlo y adaptarlo, se construirá el museo. La idea es preservar la memoria no sólo de la violencia vivida, sino de la lucha que los unió en 2020 y que hoy sigue igual de viva que entonces.