Este terreno no fue elegido al azar. Es una reparación simbólica ofrecida por el Estado —tardía y parcial—, pero sostenida con firmeza por quienes no han dejado de recordar.
Basta caminar cuatro cuadras desde la plaza central del pueblo para encontrar el portón del parque. Nadie te abre. No porque esté cerrado, sino porque este lugar no espera multitudes.
El parque —impulsado por AFAVIT, la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo— es más que un cementerio simbólico. Es un archivo viviente. Cada muro, altar, árbol o placa lleva el peso de una historia. Un mausoleo para el padre Tiberio, el muro de la sombra del amor, una ermita. En una esquina, dos árboles de guamo se abrazan desde hace décadas. No fueron sembrados: se encontraron.
Este lugar ha sido profanado, olvidado por muchos, y aun así, sigue en pie. A falta de fondos, es la resistencia la que lo mantiene abierto.
En un rincón, un altar improvisado: flores sintéticas, poemas escritos con mano temblorosa, carritos amarillos, la foto de un cumpleaños.
Trujillo no ha olvidado. Y Colombia no debería olvidar.
Como escribió la hermana Maritze Trigos:
«No es lugar de muertos, es lugar de vivos gritando libertad»















