
«Mi hijo no era ningún guerrillero. Era un joven sano», dice con firmeza Ludivia Vanegas, una mujer campesina que lleva en su corazón el profundo dolor que dejó el asesinato de su hijo y de sus hermanos. Franklyn Echeverry Vanegas, como se llamaba su hijo, fue hallado sin vida el 18 de agosto de 1992 en la vereda La Sonora, del municipio de Trujillo. Doraidali Hernández y Rafael Muñoz, hermanos de Ludivia, fueron asesinados el 20 de octubre de 1996. Lo único que le dijeron fue que su hijo había sido asesinado por guerrilleros.
Ludivia Vanegas tiene 72 años, es partera y catequista en el municipio de Trujillo, ubicado al noroccidente del Valle del Cauca. Viste de negro, porta unas gafas de marco grueso y siempre lleva su cabello recogido en una coleta baja. Habla pausado, con una voz dulce – de acento paisa – y a la vez con una gran determinación. Es una mujer noble, que enfatiza en la importancia del perdón y de ponerse en los zapatos del otro. Cuando Ludivia se expresa es evidente que siempre tiene presente a Dios. Le agradece por su vida, por su casa, porque ha podido seguir adelante después de la tragedia. Al igual que muchos campesinos, sufrió la pérdida de seres queridos, fue desplazada de su tierra y vivió con temor e incertidumbre durante los años de la masacre de Trujillo.
Antes de la tragedia, el municipio se caracterizaba por ser una comunidad campesina dedicada principalmente al cultivo de café, caña de azúcar, plátano y otros productos que sostenían la economía local. Una comunidad profundamente religiosa, con un tejido social tradicional basado en el trabajo del campo y la organización social. Pero la calma de Trujillo no duró para siempre. A medida que el conflicto armado se intensificaba en Colombia, las montañas que rodeaban el municipio comenzaron a llenarse de hombres armados que sembraban terror. Guerrillas como el ELN y las FARC empezaron a hacer presencia en las veredas, y el narcotráfico crecía en la región, liderado por figuras como Diego Montoya, alias “Don Diego”, y Henry Loaiza, alias “El Alacrán”.
Entre 1986 y 1994, al menos 342 personas fueron asesinadas, torturadas, desaparecidas y arbitrariamente detenidas en Trujillo, Riofrío y Bolívar. Cada muerte, cada nombre, cada ausencia, dejó una herida abierta en la memoria colectiva. Una tragedia que aún conmueve a sus pobladores. La masacre fue cometida por una alianza entre los narcotraficantes Diego Montoya y Henry Loaiza, junto a miembros de la Fuerza Pública, como la Policía y el Ejército. Para soldados y policías, sin comprobar que sus suposiciones fueran ciertas, todos los campesinos que vivían en las veredas eran guerrilleros o colaboraban de alguna forma con los movimientos guerrilleros. Y como la guerrilla representaba una amenaza a su poder, miles de campesinos inocentes fueron torturados y asesinados.

En el caso de Ludivia Vanegas, esa creencia militarista de que los campesinos eran guerrilleros se reforzaba por el hecho de que ella y su familia, en 1989, vivieron en la región de La Sonora, a las orillas del río Cáceres, un sitio que la guerrilla del ELN frecuentaba. Un día cualquiera, se llevaron al hijo de una vecina. Sin explicación, sin regreso. Fue entonces cuando Ludivia entendió que quedarse significaba poner su vida, y la de los suyos, en riesgo. Empacaron lo poco que tenían y dejaron atrás su casa, su tierra, su historia. Pero Franklyn, su hijo mayor, decidió volver un tiempo después a La Sonora para ganarse la vida como jornalero en la finca de un conocido. Tres meses después apareció muerto con señales de tortura.
Franklyn era un muchacho trabajador. Le gustaba andar con sombrero y trabajar en el campo. Su asesinato no tuvo un buen proceso judicial ni investigativo, y las veces que Ludivia se acercaba a un fiscal le pedían pruebas. «Mi hijo apareció torturado y con tiros en la cabeza. Las manos tenían marcas de que había sido amarrado y el rostro lleno de moretones. ¿Qué más evidencia quieren?», cuenta Ludivia.
Toda la comunidad se sentía desprotegida. En esos momentos solo se aferraban a su fe en Dios para implorar que terminara la violencia que tanto los estaba afectando.
El punto más crítico de esta tragedia fue entre marzo y abril de 1990. La oscuridad cayó con más fuerza sobre el corregimiento de La Sonora: varias personas fueron desaparecidas sin dejar rastro, y el corazón de la comunidad quedó desgarrado con el asesinato del padre Tiberio Fernández. No era un sacerdote cualquiera. El padre Tiberio era guía, era esperanza, era la voz de los campesinos que buscaban una vida digna. Su compromiso con la gente lo llevó a organizar cooperativas campesinas e impulsar microempresas. Al ver la situación de violencia que envolvía al territorio, el padre decidió denunciar los hechos ante las autoridades, pero su urgencia por buscar justicia le costó la vida. El padre Tiberio fue brutalmente torturado y asesinado, y posteriormente, lanzado al río Cauca. Desde entonces su muerte se convirtió en el símbolo de la masacre de Trujillo.
Para continuar con el legado y las luchas del padre Tiberio, algunas organizaciones no gubernamentales de derechos humanos locales, como la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz liderada por el padre Javier Giraldo, denunciaron la masacre que estaba ocurriendo en Trujillo y el caso logró llegar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Con esto se conformó la Comisión de Investigación de los Sucesos Violentos de Trujillo (CISVT), que inició a examinar los hechos violentos presentados en el municipio, y en 1994 la comunidad empezó a notar que la pesadilla estaba llegando a su fin. La CISVT publicó el informe final de su investigación, y con él, llegó una palabra que parecía lejana: “la paz”. Se habló del fin de la masacre, de un retorno a la calma. Sin embargo, se seguían cometiendo homicidios, desapariciones y desplazamientos forzados, aunque en menor medida y menos recurrentes.
Un año después, tras revelarse el informe de la CISVT, el presidente Ernesto Samper reconoció la responsabilidad del Estado colombiano en la masacre de Trujillo. El informe le exigía al gobierno nacional “reparar a las víctimas, al municipio de Trujillo y a la sociedad colombiana”, lo cual incluía indemnizar a las personas afectadas durante la masacre. Sin embargo, este proceso de reparación ha tenido múltiples dificultades y las indemnizaciones no han sido resueltas por completo.
Años después de sembrar el terror en Trujillo, la justicia alcanzó a algunos de sus responsables. Diego Montoya, conocido como “Don Diego”, fue extraditado a Estados Unidos en 2009 por narcotráfico y, finalmente, en junio de 2025, fue condenado a 35 años de prisión por su responsabilidad en la masacre. Henry Loaiza, “El Alacrán”, fue sentenciado en Colombia a 30 años, aunque solo cumplió 22 y en 2017 quedó en libertad. Poco después, en 2019, fue capturado por volver al narcotráfico. Varios miembros de la Fuerza Pública implicados en los crímenes también fueron procesados y condenados.
La masacre de Trujillo dejó heridas profundas. Gran parte de las víctimas eran quienes sostenían económicamente a su núcleo familiar. Tras su muerte quedaron muchas madres solas a cargo de sus hijos, niños abandonados, hogares sumidos en la incertidumbre económica. “La pobreza se agrava como consecuencia de la violencia”, se afirma en el Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.
Muchas de las víctimas desempeñaban roles fundamentales en su comunidad, que mantenían vivo el tejido social y el desarrollo del territorio. Murieron líderes sociales, mujeres parteras, médicos, campesinos que contribuían al mercado, personas que reunían gente para llevar mensajes de esperanza, como lo hacía el padre Tiberio Fernández. Su asesinato provocó temor a la organización comunitaria y a emprender luchas sociales.
El desplazamiento forzado también dejó una huella imborrable. Fueron muchas las personas que abandonaron sus hogares, sus trabajos, sus tierras cultivadas, sus parcelas, su vida entera. Lo dejaron todo para proteger sus vidas, sin siquiera tener la certeza de a dónde podrían ir.
Los familiares de las víctimas aún cargan con el sufrimiento por la pérdida de sus seres queridos. Llevan en su corazón un gran dolor por la crueldad de los crímenes a los que fueron sometidos sus hijos, sus hermanos, sus padres, sus amigos, sus vecinos. Y otros viven con la incertidumbre por los desaparecidos. Vivir en Trujillo después de la masacre implica enfrentar un duelo constante, pero también emprender un camino hacia la sanación y el perdón, sin caer en la indiferencia y el olvido. Trujillo aprendió a vivir con ese amargo recuerdo y ha buscado otra forma de narrarse. Hoy, llegar hasta ahí es recorrer un paisaje que invita a la contemplación.

El trujillo actual
Luego de rodear montañas, subir una carretera empinada y observar cómo todo se hace más pequeño desde la altura, se llega a Trujillo. Trujillo parece otro pueblo más, de los ahora denominados “pueblitos mágicos”: calles pequeñas, casas antiguas y coloridas, tiendas de barrio en cada esquina, cantinas, ponchos cafeteros y willys cargados de bultos de café y pancoger.

La plaza principal, como la de todo pueblito en Colombia, está rodeada de tiendas de mercado, restaurantes con comida típica de la región, cantinas, heladerías, asaderos y panaderías, y la atracción principal: la parroquia puntiaguda, de amarillo triste y relieves rojizos, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La plaza, que por años fue testigo de la violencia del municipio, que oyó los susurros de las historias desgarradoras y la llegada de las familias destrozadas que despedían por última vez a sus muertos en la parroquia, hoy es un lugar de encuentros, de risas, de apuestas, del rebusque y del turismo. Las palmas altas, los árboles de flores naranjas y vibrantes, los guayacanes aún verdes y los nogales llenos de musgo sirven de sombrilla a las banquitas de colores desconchados, decoradas con placas que guardan los apellidos de diferentes familias trujillenses; algunas, incluso, tienen grabados nombres de los negocios más emblemáticos, como “Comidas Rápidas Todo Rico”.

Antes, Trujillo era conocido por la violencia. La masacre marcó al pueblo como una daga ardiente, y recuperarse del miedo, el dolor y la injusticia ha sido un proceso lento y desgastante. Walter Rendón, un hombre de pelo canoso, arrugas primerizas, lentes negros y camisa de cuadros, residente de Trujillo y conocedor de historias y tertutilas, dice que hay que pasar la página. «No se puede olvidar lo que pasó, pero tampoco se le puede echar sal a la herida. Simplemente lo que pasó, pasó. Simplemente trabajemos y eduquemos, mostrémosle a la gente, con el turismo, otra cara del municipio de Trujillo», exclama sentado en una de las sillas de concreto del parque principal General Santander. Sin embargo, no todos los habitantes del pueblo están de acuerdo con sus palabras.
Desde 2011, Trujillo ha sido catalogado como parte del Paisaje Cultural Cafetero. Los turistas llegan a este municipio para conocer el “jardín del Valle”. Pueden tomarse fotos en la plazoleta principal decorada con una mariposa gigante y colorida; o en la fuente azul en medio del parque; o a las afueras de la parroquia que marca la hora del pueblo; o en las edificaciones que conservan el aspecto colonial típico del eje cafetero; o en las alas de ángel adornadas con flores y mariposas; o en las imágenes grandes que hacen referencia a la tradición cafetera. No hay ninguna mención a la masacre, a las víctimas o a los símbolos de resistencia, como el padre Tiberio. Los recuerdos sangrientos quedan guardados en la memoria de los habitantes: de los ancianos sentados en las bancas mientras juegan parqués, dominó o cartas; de los vendedores ambulantes del parque; de los que atraviesan la plaza para llegar a sus trabajos u hogares.

Al final, todos en Trujillo tuvieron que seguir con sus vidas. La rutinización y el olvido fueron la forma en la que sobrellevaron el dolor. La tendedera del barrio tuvo que seguir siendo la tendedera del barrio. El constructor del pueblo tuvo que seguir siendo el constructor del pueblo. A pesar de la violencia, la muerte y la impunidad, las urgencias de la cotidianidad continuaron. Había que llevar comida a casa, cuidar de los niños, hacer las tareas, limpiar el polvo que se acumula con insistencia, regar las plantas y sonreír al vecino. El turista, desde su ignorancia inocente, cree que todo está bien si ve todo “bonito” y “decorado”.
Sin embargo, algunos habitantes de Trujillo han aprendido que el olvido solo trae repetición. Por eso, además de las decoraciones en la plaza, los restaurantes pintorescos, los glampings y los sitios de pasadía, hay un lugar que guarda la memoria y muestra la resistencia de las víctimas de la masacre de Trujillo. El Parque Monumento a la Vida, ubicado a menos de un kilómetro del parque General Santander, es un espacio de reconstrucción de la memoria histórica, que cumple una triple función: de esclarecimiento de los hechos para visibilizar las impunidades, las complicidades activas y los silencios; de reparación, duelo y denuncia para las víctimas; y de reconocimiento del sufrimiento social y los límites éticos y morales que las colectividades han impuesto a la violencia.
Para llegar al Parque Monumento hay que subir una loma estrecha y empinada. Es un trayecto corto que comienza con las casitas del pueblo y termina rodeado de árboles frondosos. Un portón grande indica la llegada al Parque, un lote de 63 mil metros cuadrados, que equivale a casi 15 veces la plaza principal del pueblo. La mayor parte del espacio lo compone una reserva natural. Las estructuras de ladrillo y cemento, algunas decoradas con murales y dibujos infantiles, otras con macetas colgadas en las paredes, cumplen diferentes funciones dentro del Parque. La principal es el museo en el que se custodia la memoria con fotos, carteles, diagramas, libros y murales referentes a la violencia en Trujillo y en todo el país. Es de dos pisos, rodeada de plantas ornamentales y un pequeño muro con piedras incrustadas pintadas de amarillo, verde y azul y letras dibujadas que conforman frases como “Trujillo renace con dignidad”. También, es el espacio donde se conversa, se comparten las historias y los recuerdos, donde los sentimientos afloran y el corazón se sincera.

Nelson Fernández es el vicepresidente de AFAVIT y uno de los guías del parque. Es un hombre mayor, de estatura baja, cabello a medias y canoso. Viste una camisa manga larga azul y pantalones de drill beige. Recibe a las personas con una sonrisa cálida que no termina de llegar a su mirada de párpados caídos. La Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo es una red de apoyo social, que surgió en el año 1995, a raíz de la aceptación de la responsabilidad del Estado en los hechos violentos de Trujillo por parte del presidente Ernesto Samper. Sus promotores luchan en pro de la justicia y realizan veeduría al Estado para que cumplan las recomendaciones y compromisos adquiridos con la CIDH. Todos son víctimas y se apoyan entre sí, se acompañan en sus mejores y peores momentos. Luchan porque se haga justicia, y le muestran al resto del mundo lo que aconteció en sus tierras amadas y lastimadas, porque conocen el poder del voz a voz y de una ciudadanía informada.
Nelson realiza el recorrido del Parque. Comienza en el museo, con un poco de contexto, y explica lo que se verá a continuación. Cualquier persona puede ir al Parque Monumento, la entrada tiene un valor de dos mil pesos y es gratis para las víctimas del conflicto armado en Colombia. También venden almuerzos. Con estas recolectas pequeñas logran sostenerse por algunos meses. Durante algunos periodos son ayudados por fundaciones y organizaciones sociales nacionales e internacionales, pero actualmente solo cuentan con lo que ellos mismos generan. El turismo es clave para su manutención, quieren que más personas conozcan el lugar y se informen de lo que sucedió y sucede en Trujillo, pero alegan un turismo consciente, sobre todo de parte de los propios vendedores y la Alcaldía. «El turismo es positivo porque vienen a invertir, porque vienen a dejar algún recurso económico y se llevan una buena impresión, dicen que el pueblo es alegre y bonito. Es negativo porque aquí antes un tinto valía 500 pesos, 600 pesos y ahora vale dos mil pesos. Se han elevado los precios de los restaurantes y las cafeterías», explica Nelson.
AFAVIT y el Parque Monumento no son la atracción número uno de Trujillo. Dentro del Municipio no hay carteles o vallas que publiciten el lugar, ni siquiera indicaciones de cómo llegar. Nelson dice que los turistas desde la plaza ven el Parque Monumento y preguntan por él, porque parece un mirador, y llegan atraídos por eso. «Aquí hay una organización de turismo que obvia este lugar. No lo mencionan porque creen que aquí solo estamos promoviendo la imagen de un Trujillo fracturado y herido, no el bonito y acogedor que ellos quieren mostrar. Supongo que la culpa no es de ellos, sino nuestra, que no les hemos hecho saber qué es lo que estamos haciendo, un turismo cultural», añade Nelson, quien no teme en sincerarse ante cualquier tema que se le pregunte.
Luego del contexto dentro del Museo, el recorrido avanza por un camino serpenteante, el camino de la memoria. Vallas medianas llenas de texto e imágenes cuentan las masacres que han abatido al país, como la masacre de Bahía Portete, la masacre de El Salado, la masacre del 16 de mayo en Barrancabermeja. En medio de árboles grandes y enmarañados, de la guadua inmensa que sirve como muro contra lo indeseado, se transita entre los recuerdos de la guerra en Colombia. AFAVIT reconoce que no son los únicos que han sufrido y derramado sangre y lágrimas, que una forma de resignificar el dolor es afrontar las heridas abiertas del país, recordar por qué se lucha. No solo por un Trujillo libre de impunidad, sino por una Colombia plena de justicia. Pero para que se haga justicia es necesaria la memoria. El camino baja, se adentra en las profundidades del país, y vuelve a subir, esta vez hacia los osarios, el espacio más emblemático del parque.

Los osarios fueron construidos por las víctimas de la masacre, por aquellos quienes perdieron a un hijo, hermano, padre o tío. Por las madres que buscaron sin descanso a sus hijos, pero que nunca pudieron dar con sus cuerpos. Son 235 osarios, de 235 víctimas fatales durante el periodo de 1986 y 1994. Algunas asesinadas por una guerra en la que ninguno participó, algunas desaparecidas y sin un cuerpo que enterrar, algunas muertas por pena moral. Los osarios poseen relieves en los que fueron esculpidas las figuras de las víctimas, cada una representada en la profesión a la que se dedicaba. Los osarios, como todo el parque, están rodeados de naturaleza: jardínes bien cuidados en los que florecen colores brillantes. En medio de algunos de los grabados, la naturaleza rompe el cemento y acompaña a la víctima, con florecitas amarillas que parecen un alo de esperanza.


Después del recorrido por los osarios, el camino continúa hacia el muro “Sombra del Amor”, construido por el escultor Kurdo Hoshayar, quien compara el muro y sus nichos con el vientre de una mujer. Cada uno de ellos porta la vida. Los adoquines que configuran formas y dibujos representan la protección y la resistencia. Identificar, dignificar y humanizar han sido tareas permanentes del Parque Monumento, quienes también les exigen al Estado su parte en el proceso de restauración. Los jóvenes cumplen un papel fundamental para repensar la identidad de Trujillo, por lo que se han creado organizaciones juveniles, como la Orden Perdida, que apela a estrategias de tipo lúdico-cultural. Sin embargo, Nelson cuenta, con mirada cansada, que no ha sido fácil animar a los jóvenes a participar de estos procesos de resignificación.

«En el Parque Monumento trabajamos con jóvenes, hace poquito es que empezaron a tener más conciencia de lo que hacemos aquí. Pero antes no, porque tenían una percepción negativa del Parque. Ellos creían, como muchos adultos también, que esto era negativo para el pueblo porque estar recordando lo que ocurrió, esa historia triste y dolorosa, no le ayudaba al pueblo, no atraía a personas que quisieran invertir o comprar lotes, sino que las espantaban», dice, mientras continúa el camino hacia el siguiente tramo: el mausoleo del padre Tiberio. Está en la cima de la colina, de copa redonda y blanca, cerrado por una verja negra. Al entrar, el sitio es un lugar de descanso contra el sol ardiente. En la pared frente a la entrada reposa una cruz, en la pared derecha hay un mural del padre Tiberio acompañado de habitantes del pueblo, en la pared izquierda hay un cuadro del cuerpo desmembrado del sacerdote. En medio del recinto descansan los restos de su cuerpo dentro de una cripta.

«Pero ese no es el sentido de acá. El sentido del Parque es el de resguardar la memoria, para no repetir las situaciones dolorosas. Todo pueblo tiene historias, y si son bonitas pues podemos repetirlas porque eso nos construye, pero si son nefastas hay que conocerlas para evitar su repetición. Antes de la masacre sucedieron muchas cosas fuertes, durante la época de La Violencia en Colombia. Hubo muchos muertos por la política. Si se hubiese guardado la memoria de esos sucesos, quizás no hubiésemos tenido que pasar por la masacre», reflexiona Nelson, con la mirada perdida y triste de quién sufrió directamente las consecuencias de la violencia. Cuando el recorrido en el exterior termina, Nelson se dirige nuevamente hacia el Museo, fresco por el suelo de baldosas cafés y paredes altas. Dentro, continúan las historias y las explicaciones. AFAVIT también tiene un grupo para niños llamado Jimmy García, en el que se enseña música, pintura y escritura. Ven el arte como una manera de escapar del dolor y la tristeza.

En 2015, los niños escribieron un libro de historias, llamado “La memoria de las matriarcas”, en el que recogieron la vida de las mujeres víctimas de la masacre. Los niños hablaron con las mujeres, dibujaron sus recuerdos y plasmaron en textos el dolor y la posterior resignificación que hicieron las mujeres de lo que sucedió. En un contexto de conflicto abierto, como el de Colombia y Trujillo, la memoria se ve amenazada constantemente, cuando no simplemente agredida. Por eso, la importancia de que los hechos no queden solo en los recuerdos de quienes lo vivieron, sino en las generaciones siguientes que continuarán construyendo el territorio.

Irse del Parque Monumento significa quedarse con un nudo en la garganta, con un vacío en el pecho. La violencia continua, como en todo el país. Hay crímenes que se han normalizado, como las extorsiones y secuestros por parte de grupos armados ilegales. Actualmente, en la zona opera el Clan del Golfo, grupo narcoparamilitar que permanece en disputa con el ELN por el cañón de Garrapatas, corredor de movilidad estratégico para el transporte de insumos para el procesamiento de estupefacientes. La impunidad también es un síntoma de la violencia. Hay víctimas que aún no han sido reconocidas por el Estado, a las cuales han intentado contentar con la entrega de una vivienda, de un mercado o unas palabras de perdón. Al día de hoy, gran parte de los perpetradores siguen libres. Es por esto que es preciso volver a Trujillo. La memoria de las víctimas sigue siendo atropellada. El Parque Monumento a las víctimas ha sufrido cuatro atentados. En 2009, profanaron la tumba del padre Tiberio Fernández. Mientras la memoria del territorio siga escondida, refugiada para no “espantar” a los turistas, la Masacre de Trujillo será una masacre continua.
Las historias de dolor de las víctimas no deben ser un atractivo turístico, pero ir a un pueblo e ignorar la sangre que un día recorrió sus calles es avalar lo que algún día los victimarios quisieron: que el sufrimiento fuera silencioso para que pudiera continuar. Es por esto que residentes como Nelson Fernández y Ludivia Vanegas relatan, recuerdan y simbolizan los eventos trágicos a través del Parque Monumento, las actividades comunitarias y el trabajo con los niños y jóvenes. El Parque Monumento sirve como un espacio de duelo y resignificación del territorio, en el que se dignifica la vida de las víctimas y sus proyectos de vida interrumpidos por la violencia.
Trujillo, a final de cuentas, es un lugar en el que confluyen muchos actores y diferentes perspectivas de lo sucedido. Parte de resignificar y dar nombre a lo que pasó implica la unión de la comunidad. Un pueblo puede ser “bonito” y “alegre”, y al mismo tiempo consciente de la violencia que lo atravesó y de la que quiere aprender para no repetir. En Trujillo la memoria no está encerrada en los libros ni sepultada en el pasado, está viva en las conversaciones, en los actos conmemorativos, en los murales que cuentan lo que por años se quiso ocultar. Quien llega hasta aquí se encuentra con un pueblo acogedor de hermosos paisajes, pero también con una comunidad que ha sabido renacer de las cenizas.
