Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

"SI NO TENÍAS FICHO ERAS HOMBRE MUERTO"

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La Mesa, corregimiento de Valledupar, Cesar, población conocida en la década de los 80 como “La despensa agrícola de Valledupar” y considerada años después por Rodrigo Tovar Pupo, jefe paramilitar el Bloque Norte, y alias 39 como escondite de guerrilleros y milicianos de las Farc y el ELN, para justificar el despojo de tierras y desplazamiento masivo de familias campesinas de la zona.

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Por: Redacción Ciudad Vaga

La Mesa, corregimiento de Valledupar, Cesar, población conocida en la década de los 80 como “La despensa agrícola de Valledupar” y considerada años después por Rodrigo Tovar Pupo, jefe paramilitar el Bloque Norte, y alias 39 como escondite de guerrilleros y milicianos de las Farc y el ELN, para justificar el despojo de tierras y desplazamiento masivo de familias campesinas de la zona.


Por: José Gregorio Pérez

Las imágenes de dos hombres armados del Frente Mártires del Valle de Upar del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, exigiéndole la ficha para que siguiera su camino carretera arriba, on se han borrado desde 2001 de la memoria de Eduardo Jiménez, habitante del corregimiento La Mesa, de Valledupar. Esa era la prueba solicitada para establecer quiénes vivían allí, desde que los paramilitares llegaron al pequeño poblado en septiembre de 1999.

Una vez instalados en el caserío, los ‘paras’ incautaron las cédulas de los pobladores y repartieron fichas de colores con los nombres de los habitantes como nuevo documento de identidad. La de Eduardo era amarilla porque vivía en el pueblo y la recibió luego de certificar su permanencia con la familia.

La de color azul era para los que trabajaban como jornaleros o aparceros en las fincas de las veredas Cuba Putumayo, El Mamón, El Palmar, La Sierra, La Estrella, Los Cominos, Nuevo Mundo, Tierra Nueva y Sabanita, previa identificación de sus patronos. Debían permanecer dos meses trabajando y luego podían salir, por una semana, a Valledupar.

La ficha roja la entregaban a quienes los paramilitares señalaban como sospechosos, es decir, presuntos guerrilleros vestidos de civil o sus colaboradores; tenían una lista en el paso del primer retén instalado para entrar al corregimiento, a solo quince minutos del Batallón La Popa del Ejército, en la vía Valledupar-La Mesa.

Además de repartir las fichas y meter las cédulas en unas bolsas, los paramilitares ordenaron a los 1200 habitantes pintar postes, árboles, puertas de las viviendas y juegos infantiles con los colores de la bandera nacional, como muestra de que el pueblo estaba bajo su dominio.

Cuando me llevé la mano al bolsillo de la camisa no la encontré. Miré a mi mujer, quien abrió los ojos en un gesto de sorpresa. Me acuerdo que uno de los ‘paras’ le dijo al otro: Este se va derechito para la ‘última lágrima’, y soltó una carcajada debajo de la pañoleta que le cubría el rostro. Yo entré en pánico y mi mujer empezó a pedirles que no me sentaran en la piedra, que nosotros vivíamos allí, cuenta Jiménez.

Eduardo llegó a La Mesa, desplazado por las Farc desde Minas de Iracal, un corregimiento del municipio de Pueblo Bello, a hora y media de Valledupar, en donde el Frente 59 amenazó de muerte a todos los pobladores si no los apoyaban contra los paramilitares.

“Estábamos sometidos por la guerrilla, al Frente 59 de las Farc y a su comandante alias Chamo. El primer asesinato fue el del fundador del corregimiento, Elías Orozco Arzuaga, nuestro primer corregidor. Alias Chamo lo acusó de ser colaborador del Ejército y ordenó matarlo el 28 de marzo de 1990, junto con su hijo. También nos obligaban a darles comida. Se hizo la denuncia en Valledupar, pero allá nos declararon zona roja”.

Las Farc convirtieron el corregimiento en un corredor por el que se movilizaban con los secuestrados que traían desde la vía Valledupar-Bosconia para llevarlos hasta un campamento situado en el cerro Góngora. La presencia constante de la guerrilla en la zona hizo que la población fuera estigmatizada como colaboradora de la subversión.

“Todo lo que las Farc hacían en la carretera, lo venían a esconder cerca del pueblo. Yo tenía un compadre que había sido sargento del Ejército, pero estaba retirado. La guerrilla se enteró que estuvo de servicio en el Batallón La Popa y empezaron a preguntar por él. Un día decidió viajar a Astrea, donde vivían unos familiares, cuando llegó a un retén, guerrilleros del Frente 59 lo detuvieron, lo hicieron arrodillar en la carretera y le dispararon tres tiros en la cabeza. Él vendía frutas y verduras en Valledupar, no se metía con nadie. La guerrilla nos echó el ojo a mi familia y a mí por ser él compadre nuestro”.

Eduardo retoma su relato sobre el día que llegó al retén paramilitar con su esposa.

 “´Si no tienen la ficha se jodieron´, nos dijo el paramilitar que portaba un radio. ´ ¿Quién nos certifica que viven aquí y no que son colaboradores de la guerrilla? Porque hemos investigado y en este pueblo hay mucha gente que le ayuda a los elenos´. Yo empecé a sudar frío porque se me había perdido. Había salido con mi mujer para el Valle a comprar unas cosas para el cumpleaños del hijo mayor y pasé sin problemas los tres retenes de ida. Como ya me conocían, regresando no tuve problemas hasta llegar a la entrada del pueblo”.

En este puente caído, que está a dos kilómetros del batallón La Popa de Valledupar, los paramilitares instalaron el primero de tres retenes de vigilancia, a lo largo de la carretera que conduce a La Mesa. Los habitantes lo llamaron “El puente del Descanso Eterno”, porque quienes llegaban allí y no tenían documentos de identificación, eran obligados a subir a motocicletas y días después aparecían muertos y con señales de tortura por caminos veredales.

La condenada piedra

En la entrada, los paramilitares instalaron un retén al frente de una piedra. Allí eran llevados los que querían ingresar al caserío pero figuraban en una lista de sospechosos y eran ubicados en la piedra, los paramilitares los amarraban y los interrogaban, les ordenaban confesar sus nexos con la guerrilla y decir si en el pueblo había colaboradores. El 18 de diciembre de 1999 llegó al pueblo Salvatore Mancuso, comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, y visitó la piedra a la que llamó “la piedra de los milagros”, porque aquellos que allí se sentaban “confesaban la verdad”.

Jiménez hace un gesto de desagrado en su rostro y menea la cabeza de un lado para el otro.

Esa época fue muy dura para todos. Todo el mundo era sospechoso, tuviera o no las fichas amarillas o azules. El que se sentara en esa condenada piedra sabía que era hombre muerto.

Aseguró que un milagro le salvó la vida a él y a su mujer.

“Cuando uno de los paracos hablaba por radioteléfono con uno de los jefes que le decían Calabazo, diciéndole que tenían dos sospechosos, apareció el corregidor que venía de una reunión en el colegio. Nosotros estábamos sentados en la piedra. Mi mujer empezó a llorar y a mí me entró una angustia porque me veía entrando a ´la última lágrima´”.

Los pobladores llamaban así a una camioneta con cabina de color verde. Allí eran subidos los sospechosos, eran amarrados y les tapaban los ojos con un trapo, y no se volvía a tener noticias de ellos. Algunos lloraban y suplicaban que no los mataran.

 Esta piedra, ubicada a la entrada de La Mesa, los paramilitares la convirtieron en un sitio de interrogatorios y torturas de aquellos que acusaban de ser “sospechosos” de pertenecer a la guerrilla o ser sus colaborares. Lista en mano, proporcionada por desertores de las Farc y el ELN, los paramilitares trasladaban hasta allí a los que no portaban la ficha de color amarillo, que los identificaba como habitantes de la zona, o a quienes figuraban en “la lista de la muerte”.

“La gente del pueblo llegó hasta la piedra. El corregidor preguntó quién estaba al mando del retén para hablar con él y le dijeron que Calabazo, pero no estaba por allí. Entonces les dijo que él nos conocía, que vivíamos más arriba y criábamos cerdos (…) La bendita ficha se me perdió tal vez en Valledupar, durante las vueltas que hice en el comercio con mi mujer. De ella dependía que no fuera a parar a una fosa común”.

El radioteléfono sonó y emitió un ruido estridente que afectaba los oídos. El paramilitar lo desenganchó de la reata del uniforme camuflado que lo ataba al lado derecho de la pistola nueve milímetros y vociferó: – “Siga, siga, adelante”. El corregidor, Jiménez y su mujer escucharon una amenaza que los dejó fríos:

– Pídales los nombres, si están en la lista que tengo, llame a donde sabe y que se los lleven.

– Sus nombres.

– Eduardo Jiménez y Mariela Torres*.

– Eduardo Jiménez y Mariela Torres, ¿copió?

– Ya. Un momento reviso.

El corregidor trató de intermediar.

– Comandante, yo los conozco. Ellos viven aquí, a lo mejor se les perdió la ficha. Pero le doy mi palabra de que los conozco.

– Yo no sé nada, -le dijo el paramilitar-, yo apenas llegué anoche a la zona y no conozco a nadie aquí. Lo cierto es que si viven aquí y no tiene la ficha, se jodieron.

Volvió a sonar el radioteléfono.

– No están en la lista. ¿Quién más está ahí?, siga.

– El corregidor, dice que los conoce.

– Apunte los nombres y deles otra ficha amarilla. La próxima vez que no la tengan ya saben lo que les pasará. Acompáñelos hasta la casa y páseles revista más tarde.

El paramilitar que portaba el radio ordenó traer un vehículo para llevar a Carlos y a su mujer, y dirigiéndose al corregidor le ordenó que los acompañara.

– Súbase viejo, usted me va a dejar todo en orden. ¿Dónde viven?

– La casa está arriba, antes de la curva.

La gente empezó a dispersarse. Tres motocicletas llegaron hasta el retén con hombres vestidos de civil y pistolas entre el pantalón y la camisa, a la altura del estómago.

– Ustedes quédense vigilando mientras hago una vuelta allá arriba. Nadie pasa de aquí en carros, si no está identificado.

– Como ordene.

Diez minutos después, el paramilitar se bajó del vehículo y, junto a Eduardo y su mujer, ingresó a la casa. El hijo mayor, que estaba pequeño, se asustó al ver entrar a tres paramilitares armados que revisaron las habitaciones.

– Espero que la próxima vez no se les pierda la ficha. Evítense problemas y hagan lo que les decimos. Estaremos por aquí para visitarlos.

La mujer de Eduardo fue a la cocina y regresó con un vaso de jugo para el corregidor que limpiaba el sudor de su frente con un pañuelo. La temperatura llegaba a treinta grados, el calor levantaba un bochorno en el ambiente, recalentando las piedras de la polvorienta carretera que lleva a las veredas vecinas. Ningún árbol se movía, el reloj, clavado en los ladrillos de la pared, encima de una mesa, marcaba las 3:15 de la tarde, hora en que habitantes, jornaleros y trabajadores de las fincas debían estar en el pueblo para ser censados y realizar trabajos comunitarios.

– Eduardo –le dijo el corregidor– no vuelvas a perder la ficha esa. La próxima vez te matan.

Hacia las siete de la noche, tres camionetas se estacionaron frente a la casa de los Jiménez. De uno de los vehículos se bajó un hombre que vestía uniforme camuflado, portaba un sombrero en la cabeza y una pañoleta cubría su rostro, seguido de cinco hombres y otros dos que se apostaron a lado y lado de la puerta. Con el puño apretado de su mano derecha golpeó fuertemente la puerta.

– ¡Eduardo Jiménez, salga!

Eduardo abrió la puerta y se sorprendió al ver a nueve hombres armados que lo esperaban afuera. El hombre se identificó como alias ‘39’, su nombre era David Hernández Rojas, y le preguntó si estaba solo o con su familia.

– Están mi mujer y mis dos hijos.

– Le advierto, -le dijo ‘39’-, no vuelva a perder la ficha. Ya sabe qué pasará la próxima vez. Sabemos que la guerrilla lo sacó de su pueblo y eso da tranquilidad. Pero aquí no confiamos en nadie. Agradezca al corregidor que puso la mano en el fuego por usted.

Alias ‘39’ salió de la casa, seguido de sus hombres. En la camioneta lo esperaba su conductor, John Jairo Hernández Sánchez, alias Daniel Centella.

La carretera que conduce a la población de La Mesa y 10 veredas más. Durante 7 años, los paramilitares sembraron el terror entre sus pobladores, acusándolos de ser guerrilleros y colaboradores.

Eduardo detiene su relato por un momento. Se lleva la botella de gaseosa a su boca. El sudor corre por su frente, los rayos del Sol que se filtran por entre las ramas del palo de mango, levantado a pocos metros de la puerta, golpean la esquina izquierda de su casa.

– Alias ‘39’ era arrogante. Casi tumba la puerta. Dijo que sabía quién era quién aquí en la Mesa y que Minas de Iracal era su objetivo, que le había prometido a Jorge 40 que iba a sacar a las Farc de ese pueblo. Hasta acá llegó una comisión de once personas de Minas para hablar con él para que detuviera las muertes que venían ocurriendo, pero no dio la cara. Puso a un segundo, quien les advirtió que iba a enviar un comando dirigido por alias Maicol 38 con la misión de recuperar esa zona porque la gente era colaboradora de la guerrilla.

Durante la etapa paramilitar que padecieron los pobladores de Minas de Iracal, 81 personas fueron asesinadas, doce mujeres fueron violadas y otras quince personas fueron desaparecidas. Los paramilitares asesinaron a cuatro campesinos y los presentaron como ‘falsos positivos’ de los altos mandos militares del Batallón La Popa, y a cuatro más los dejaron cuadripléjicos por dispararles y confundirlos con guerrilleros.

Sentado en la silla Rimax, coloca sus manos detrás de la cabeza y exclama:

– Si no tenías el ficho, eras hombre muerto.

Luego fija sus ojos en la carretera pavimentada e hirviente y dice:

– Era una zozobra con esa gente aquí; esa época fue muy dura. Uno no podía entrar solo a un sitio de acá, debía entrar acompañado porque ellos creían que esto estaba lleno de milicianos y guerrilleros. Pobre el jornalero que decía que iba a trabajar y el patrón, para no pagarle ese mes, les decía que no lo conocía.

– ¿Cómo así?

– Resulta que cuando uno o dos muchachos iban para arriba a trabajar en las fincas tenían que llegar a los retenes que habían montado. En el último, donde yo estuve con mi mujer, ellos pedían la cédula y el ficho para identificar a los que querían subir. Luego le decían a alguno de los de la moto que subiera a confirmar con el dueño de la finca si los conocía. Generalmente era gente que se dirigía a la vereda El Mamón.

 –Vaya y dígale al propietario que si conoce a dos que están preguntando por él, lleve escritos los nombres para estar seguros.

Media hora después llegaba el de la moto y le decía a los del retén,

 – Que no, que no los conoce.

Los ‘paras’ del retén los encañonaban y les decían:

– Paisanos se van a morir. Ese señor dice que no los conoce, que no sabe quiénes son ustedes.

–Pero ¿cómo qué no? Si él mismo nos contrató, él nos debe la plata de este mes.

– ¿Entonces, a quién le creemos? ¿De dónde son ustedes?

Entre gritos y reclamos, los ‘paras’ les retenían las cédulas y los pobres muchachos iban a parar a la camioneta verde, nadie volvía a saber de ellos y tampoco nadie preguntaba por temor. Había que hacerse el que no sabía que eso estaba pasando, porque si no, uno terminaba como ellos.

El puente del descanso eterno

Para poder ingresar a La Mesa, cualquier visitante tenía que llevar un conocido que estuviera registrado y portara la ficha, elaborada en cartulina con un nombre; al visitante le daban otra con un número y el nombre.

– Si no era conocido lo detenían en el segundo retén que quedaba en lo que llamaron el puente de ‘El descanso eterno’, que atravesaba la carretera. Ya no existe, lo desviaron y lo hicieron mejor. ‘El descanso eterno’ le decían porque todo el que atravesaba el primer retén, a quince minutos del Batallón La Popa, llegaba al segundo que estaba allí. El que era desconocido y nadie hablaba por él, lo interrogaban: “¿A dónde va? ¿A dónde quién? ¿Cómo sabemos que está diciendo la verdad?” Luego, al no poder dar explicaciones por lo que le preguntaban, lo subían a una motocicleta, que cogía por el puente, seguida de otras dos, y no se volvía a saber nada de él. Era hombre muerto. Lo mandaban a descansar. Cuando alguien tenía un conocido del pueblo le decían: “Usted se responsabiliza de él. Si hay alguna cagada se mueren los dos y se mueren los suyos, ¿entendió? Más tarde damos una vuelta para saber que todo está en orden. No se meta en problemas con nosotros metiendo guerrilleros, el que es guerrillero se muere”.

Eduardo se levanta del asiento y camina unos pasos hacia la puerta de su casa. Su hijo mayor lo llama para cambiar un billete que una indígena wayuu llevó para comprar víveres, sus cuatro hermanitos se asoman por el vidrio de la vitrina. En su casa hay tienda como las que hay en los pueblos de Colombia, con artículos de primera necesidad, alimentos, víveres y elementos para el colegio, cuadernos, lápices y bolígrafos.

– Espéreme, ya vengo. Esos indígenas son de aquí abajo, hay un asentamiento aquí cerca por el camino que lleva a la parte de atrás de la casa.

– ¿Y siempre han estado allí?

– Desde que esa gente apareció. No se metieron con ellos; la orden era no molestarlos ni detenerlos. Eran los únicos que caminaban libres por aquí. A los que sí asesinaron y reclutaron fueron a los kankuamos. Espéreme.

Poco después, Eduardo apareció con una botella de gaseosa en su mano.

– Tome, está haciendo un calor tremendo. ¿Ha visto en la carretera para acá unos árboles florecidos de amarillo?

– Sí. Son altos y bonitos.

– Es el árbol de Cañaguate. Hay un barrio bautizado así, de los más viejos del Valle, y epicentro de los músicos vallenatos; también existe una emisora con ese nombre. Hay una canción La cañaguatera, que compuso Isaac Carrillo Vega a una morena de Chimichagua, Cesar. A Carrillo Vega uno lo ve en el Valle; también le compuso veinte canciones a Diomedes Díaz.

Eduardo vuelve a sentarse. Luego pasa sus brazos por detrás de la cabeza y sigue con su relato.

– La presencia de los ‘paras’ en La Mesa le sirvió a una gente que tenía deudas para no pagar, a otros para cobrar revancha por alguna pelea, y a otros para señalar a quienes eran sus vecinos y no les caían bien.

– ¿Y eso cómo se reflejó?

– Muchas personas pagaron el pato por mentiras de la misma gente. A las semanas de llegar ellos aquí, hubo algunos que se les unieron como informantes. Ellos preguntaban “¿Quién es el dueño de esa finca?”, “Vea ese señor le da comida a la guerrilla y esconde armas allí”. Y era mentira. O para saldar revanchas por peleas o deudas iban a buscarlos y les decían “Tal señor está opuesto a que ustedes estén en el pueblo, es colaborador de la guerrilla”. Y era mentira, uno sabía que a la gente acusada le debían dinero, sobre todo en la época de cosecha. Todo era para no pagarles.

– ¿Y qué le pasaba a la gente?

Eduardo se levanta de la silla y se apoya sobre el tronco del árbol que da al frente de la carretera.

– Hubo mucha gente que ensució a otra. Los ‘paras’ iban en la noche por él o ellos. Los sacaban a la fuerza de las casas y los subían a ‘La última lágrima’ para trasladarlos a Valencia de Jesús, un corregimiento al sur de Valledupar. Allí nacieron Los Nazarenos, la comunidad religiosa más antigua de Cesar, con 225 años, caminan por sus calles sin flagelarse, vestidos con túnicas negras, para cumplir y pagar promesas a Jesús de Nazaret. Hasta allá los llevaban para matarlos y enterrarlos en fosas comunes.

– ¿Y a los que les comprobaban después que todo era mentira?

– También los mataban. Al sindicado lo sacaban de la casa y lo sentaban en la piedra, donde se ponía a llorar. Un día alias ‘39’ bajó desde El Mamón al pueblo. Cuando vio a dos de ellos sentados en la piedra les dijo a los familiares que esperaban: “No aprenden, saben que nos engañaron y deben pagar por eso, por hacernos matar gente inocente. No aprenden, estamos aquí, buscamos mejorar las costumbres, y son tercos. Que paguen”.

– ¿Qué hacían con ellos?

– Se los llevaban en camionetas. Uno vivía con miedo a que lo señalaran. Uno desconfiaba de todo el mundo, aquí no había amigos, solo la familia. Uno iba a hacer lo suyo, a trabajar en la finca, y no se metía con nadie por miedo a que lo acusaran de cualquier cosa. Uno se cuidaba hasta para hablar. Era mejor andar solo por los caminos sin molestar a nadie. Cuando la mujer y los hijos veían que uno llegaba a las tres de la tarde, descansaban, porque pensaban que no volvía. Era la hora para empezar a arreglar el pueblo, barrer sus calles, limpiar los frentes de la casa, las mujeres a pegar barro en las paredes de las viviendas para que se vieran mejor. Era un régimen de control total. Todo el día estaba uno vigilado, por todos lados, no había nadie que se moviera si ellos no autorizaban.

Algunos hombres eran llevados a las veredas para cavar trincheras cerca de los campamentos o para construir campos de entrenamiento en fincas expropiadas a los dueños. Luego esos mismos hombres eran vigilados, con sus familias, para que no contaran en donde habían estado y la guerrilla no se enterara.

-Fue una época de mucha humillación. Como eran gente que ellos llamaban ‘especial’ los hacían trabajar desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Muchas veces sin que probaran bocado. Además, reunieron a cincuenta hombres y los dividieron en cinco grupos dizque para vigilar el pueblo en las noches. Cada uno respondía por un sitio por el que podría entrar la guerrilla. Eran carne de cañón para alias ‘39’. Imagínese, ¡si ninguno de ellos había portado o manejado un arma, era la locura! Para nosotros se volvió costumbre verlos en las calles con camuflado y armados, eran la ley aquí y tocaba hacer lo que decían”.

Durante la época de dominio paramilitar, la piedra fue pintada con los colores de la bandera de Colombia. 15 años después, durante un acto de conmemoración de las víctimas de alias 39, los pobladores la pintaron de blanco y colocaron manos de colores sobre su superficie material, para recordar a los que estuvieron allí sentados y después fueron asesinados. Cada mano simboliza una víctima de los paramilitares.

No hay reparación

Eduardo cuenta como ‘39’ se dio cuenta de que algunos de sus hombres exigían comida a las familias y se enojó mucho. El jefe paramilitar hizo una reunión con todos y les advirtió que no estaban obligados a darles nada.

– Ese día llegó furioso a la reunión. Manoteaba en el escritorio que tenía al lado. Dijo: “Ellos no pueden llegar a decirles que les den una gallina, o un cerdo, o comida, como si fuera muertos de hambre de la guerrilla. Si ustedes les dan es cosa suya, pero no pueden llegar a pedirles por mi cuenta. Porque para eso nos pagan y yo hago que les paguen a ellos. Si llego a saber que les están exigiendo que les den algo, les hago consejo de guerra, y a los que les den los saco de aquí, los expulso”.

Sobre los rumores de que los paramilitares trabajaban con militares del Batallón La Popa, Carlos advierte que lo que va a decir no lo sostiene a nadie.

– Créame que en cinco años, si vi aquí al Ejército dos o tres veces, fue mucho. Aquí no había Policía en esa época, los soldados llegaban a la entrada del pueblo cada vez que había una masacre o secuestro en la zona y se iban. Permanecían varias horas y como no veían a nadie de camuflado ni armado se regresaban a La Popa. ¿Cómo no iban a saber que los ‘paras’ estaban acá, si a solo quince minutos del Batallón estaba el primer retén y un exmilitar prófugo era el jefe de ellos?

Sobre la desmovilización de Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, comandante del Bloque Norte de las autodefensas, en La Mesa con 2545 de sus hombres, el 10 de marzo de 2006, Carlos dice que fue en parte una ‘farsa’.

– Aquí el Estado no ha cumplido. Nos hicieron tantos ofrecimientos con la desmovilización que lo único que quedó fue la pavimentación de los 13 kilómetros de carretera desde Valledupar hasta acá, pero hacia las veredas los caminos que en Bogotá figuran en el Ministerio de Obras Públicas como pavimentados, aquí son trochas o senderos de herradura porque en invierno es difícil transitar por ellos. La desmovilización la hicieron con muchachos de aquí mismo, que no tenían idea de disparar una escopeta. Hubo gente que en su vida conocía un arma y cuando se la entregaron decían ¿esto para qué? Algunos de ellos que decidieron irse de la zona, están regresando, pero con una mano adelante y otra atrás, porque el subsidio no alcanza. Imagínese, 400 mil pesos.

Para los habitantes de La Mesa, la desmovilización de los paramilitares en La Mesa, pertenecientes al Frente Mártires del Valle de Upar, que comandaba David Hernández Rojas, alias ‘39’ no pasó de ser una comedia preparada por Jorge 40 ante las autoridades de Valledupar y la comisión de la OEA. Jonathan David Contreras Puello, alias Paco, miembro del frente dijo en versión libre ante la Fiscalía 58 de la Unidad de Justicia y Paz que diez días antes de su desmovilización entrenó a un grupo de civiles que serían presentados como miembros del grupo armado en el acto de entrega de armas ante funcionarios del gobierno nacional y miembros de la comunidad internacional.

Eduardo dice con resignación:

– Muchos de los muchachos quieren volver a las Bacrim, a las Autodefensas Gaitanistas de Colombia o Águilas Negras, para tener un sueldo, así sea de patrullero o traficando con combustible. La mayoría pasa el tiempo en el pueblo jugando billar.

Del número de víctimas de la violencia paramilitar de La Mesa no se tienen estadísticas exactas, en el censo de la Unidad de Víctimas del gobierno nacional. En La Mesa, los paramilitares de alias ‘39’ y el Tigre cometieron tres masacres. Se calcula que las incursiones de los paramilitares dejaron dieciséis personas asesinadas en las diez veredas vecinas al corregimiento y 540 más desplazadas.

* Esta crónica constituye un apartado de la investigación realizada como tesis de grado para la Maestría en Comunicación, en la Pontificia Universidad javeriana de Bogotá. El trabajo de grado se titula: “Lugares y artefactos de la memoria: relatos de la violencia paramilitar en La Mesa, Cesar (1999-2006). 

*Nombre cambiado por motivos de seguridad.