Cali parece olvidarlo todo, menos sus íconos populares. Personajes como ‘Jovita’, ‘El loco guerra’ y ‘Riverita’ se abrieron paso entre una memoria colectiva que año tras año los perpetúa con cariño. Tras sus huellas, con unos zapatos descomunales, les sigue Chaplin, un mimo que deambula la ciudad tejiendo pisada tras pisada su propia historia.
Por: Kelly Sánchez
La boletería estaba casi agotada. La gente, agolpada afuera del teatro, esperaba para ingresar. Adentro, en el camerino, debía estar el mimo más famoso del mundo, el maestro del silencio, Marcel Marceau; frente al espejo, estaría dando los últimos retoques a su maquillaje. Al otro lado de la altiva y elegante estructura del Teatro Municipal Enrique Buenaventura, Luis Gonzaga, el Chaplin caleño, con su traje de mimo callejero, se apresuraba por una boleta para el espectáculo, pero los diez mil pesos que cargaba en sus bolsillos no alcanzaban ni para la entrada más barata.
Visitantes de diferentes ciudades del país habían llegado a Cali para el espectáculo. En la fila, una mujer se enteró de la situación de Chaplin y completó treinta mil pesos para la gradería más económica —lindo gesto—. Entusiasmado, el mimo se acercó a la ventanilla, pero para ese momento solo quedaban dos boletas de setenta mil, lo que obtendría trabajando unos cinco días. El maquillaje no pudo ocultar el desconsuelo en sus ojos apagados. Las puertas del teatro se habían abierto y la gente empezaba a entrar. Faltaba poco para que el show iniciara.
***
—¿A dónde vamos?
—A la casa de Chaplin.
Caía el atardecer y los últimos suspiros de sol iluminaban el cielo con tonos rosados. En la carrera ochenta con calle cuarta abordé a un mototaxista (o motorratón, que llaman). Me entregó un casco que probablemente hoy ha sido usado por más de veinte personas: raído, sin correa de seguridad y con su esponjilla sucia. Le indiqué que siguiéramos a un muchacho de gorra, camiseta morada y pantalones mochos rojos, que avanzaba en bicicleta; era Fabián Gonzaga, el hijo de Chaplin. Él nos guiaría a la casa. Emprendimos camino por una calle detrás del Hospital Siquiátrico. Al llegar a la siguiente esquina, el motociclista cruzó.
Sin rastro de Fabián recorrimos las calles del barrio Alto Nápoles, al suroccidente de Cali, un sector popular de comercio abundante, cuyas calles empinadas conducen a casas multicolores dispuestas como un pesebre.
En bicicleta Fabián nunca nos alcanzaría. Pensaba cómo tirarme de la moto cuando en un semáforo donde se encontraban dos avenidas que conducen a la ladera, apareció Fabián. Le sonreí, me hizo la señal de “todo bien” y mi corazón volvió a latir a la velocidad normal. Subimos por una carretera inclinada del sector de los Chorros desde donde se veían las luces de la ciudad que se empezaban a encender una a una a medida que el cielo daba espacio a la noche.
Llegamos a a un edificio, viejo y agrietado, de cuatro pisos. Subimos al segundo piso por una escalera estrecha de cemento sin barandal. Fabián es un joven delgado, de sonrisa constante y ojos vivaces. Desde que tiene uso de razón, recuerda a su papá con la cara pintada. Desde el balcón se contempla la ciudad con su esplendor de cielo anochecido. También desde allí podríamos ver cuando llegara Chaplin.
El piso es asfaltado y las paredes azules, casi fluorescentes. No hay más muebles en la sala que una mesa y unas sillas de plástico. La única luz que da a la sala llega a través de una ventana. Allí vive Chaplin con sus cinco hijos y su esposa.
Una niña de unos ocho años, de cabello largo y liso, se sienta a mi lado. Es hija de Chaplin. Dice que está orgullosa de lo que hace su papá, que en su colegio todos lo conocen. Entra a la casa y vuelve con varias fotografías de Chaplin, las muestra con orgullo. Lo veo en las fotos codeándose con personalidades de la política y del espectáculo y me digo “sí, definitivamente Chaplin será en Cali un personaje del tipo Jovita Feijó”.

Dos horas antes, al costado izquierdo del semáforo de la calle 5ta con carrera 80, frente al Batallón Pichincha, ante una larga fila de autos, este hombre de frac negro desgastado, sombrero de hongo, guantes blancos, zapatos negros ¡gigantes!, rostro pintado de blanco, bigote hitleriano y corbata de colores lavados, está sentado en una silla plástica, simula estar borracho y conducir un carro. Su acompañante es un maniquí femenino con gafas, peluca y atuendo de mujer. Dos hombres interpretan una escena muda sobre los peligros de conducir alicorado. Los personajes se comunican con señas y con carteles que cuelgan de unas estacas.
Los ocupantes de los carros miran sonrientes el show, algunos arrojan monedas —otros billetes— a una lona negra extendida en el suelo. Una niña de unos siete años se baja de uno de los carros corriendo y pone algunas monedas. El hombre de cara pintada agradece con una sonrisa y levanta su dedo pulgar. Una y otra vez repiten la escena a cada cambio del semáforo.
Un minuto veinte segundos es el tiempo que permanece el semáforo en rojo –a veces más, a veces menos-, ese es el tiempo que debe durar la presentación. No es un una campaña municipal, aclara un cartel. Es la forma en que se gana la vida este mimo, que por lo demás es el más reconocido de Cali. El chico disfrazado de agente de tránsito que lo acompaña es su hijo Fabián.
Ya casi son las seis de la tarde, Fabián quiere irse a casa. Chaplin dice “esta última y nos vamos”. Presentan la última escena, recogen las monedas, los carteles, el resto del montaje, Fabián se cambia de ropa y por fin puedo ver su cara sin casco y sin gafas.
—¿Y cómo se llevan todo?
—Ya va a ver —responde Chaplin con una sonrisa pícara.
Recogen todo, los sigo. Hay dos bicicletas esperándolos, una mediana sencilla y otra grande con un planchón de madera atrás. En la última montan todo, lo amarran y lo tapan con la lona negra, la misma donde recibían el dinero.
—Y quién hizo esto —, le pregunto refiriéndome a la bicicleta con planchón.
-Yo mismito, le toca a uno ingeniárselas.
-Pero debe ser pesado cargar todo eso. ¿Quién la lleva?
—Yo lo llevo. Sí es un poquito pesada. Ya ve usted, lo que le toca hacer a uno para ganarse un peso —, Chaplin insinúa una sonrisa que percibo melancólica.
—¡Encienda las luces del carro! —, le grita Chaplin a un conductor que pasa por la calle Quinta en dirección Sur–Norte.
—Así han ocurrido muchos accidentes —dice Chaplin dirigiéndose a mí, con tono serio—. A esta hora un carro sin luces no se ve y la gente que es medio cegatona peor. Así le pasó a un amigo mío, no vio el carro que venía porque no tenía luces y quedó parapléjico, al tiempo murió. A mí me gusta llamarle la atención a la gente porque así uno puede salvar vidas.
Arranco con un mototaxista y a lo lejos veo a Chaplin con sus zapatotes, pedaleando con esfuerzo su grande y pesada bicicleta. Va sin prisa. Chilla ante el aspecto cotidiano de la ciudad. Se ve como un personaje sacado de una película cómica.
Veo a Chaplin con sus zapatotes, pedaleando con esfuerzo su grande y pesada bicicleta. Va sin prisa. Chilla ante el aspecto cotidiano de la ciudad. Se ve como un personaje sacado de una película cómica.

***
Sin poder comprar la boleta, Chaplin tuvo que aceptar que no entraría al espectáculo de Marcel Marceau. Quiso devolver el dinero que la señora de buenas intenciones le había regalado, pero al hacerlo varias personas conmovidas por la escena, completaron la cantidad necesaria para que comprara una de las pocas que quedaban. Con un poco de vergüenza aceptó el dinero y corrió a comprar su entrada. Para su sorpresa, todas las boletas ya se habían vendido. Se quedaría sin conocer a Marcel Marceau.
***
Ha pasado media hora y aún continúo en la casa con los hijos de Chaplin. Él tarda porque debe parar en un parqueadero en el que guarda la carga del planchón. Luego continúa el recorrido que se va tornando cada vez más inclinado. Subir en bicicleta y con sus zapatos gigantes debe ser complicado.
Lo vemos asomarse a lo lejos, ya no viene montado en su bicicleta. Por la dificultad de la subida, se ha bajado y la trae a un lado. El sudor le recorre la pintura de la cara, tiene la respiración agitada, se nota cansado, aún así, no se ha quitado su caluroso saco negro. Le digo que no se apure, que descanse, que lo espero; eso con la intención de que se ponga cómodo y se quite el maquillaje, quería ver su rostro sin pintura.
Se ausentó unos minutos, cuando regresó se había cambiado de ropa, pero la pintura y el sombrero continuaban en su lugar. Me resigné, supe que quería que lo siguiera viendo como Chaplin y no como Luis Gonzaga. Vestía una pantaloneta de rayas blancas y azules y una camiseta con publicidad de San Andresito del Sur.
Me invitó a pasar y nos sentamos en las butacas de plástico a conversar, en medio de la sala desértica.
Chaplin es un mimo que, a diferencia de lo que se pudiera creer, habla bastante. De expresiones histriónicas y voz gruesa.
Chaplin es un mimo que, a diferencia de lo que se pudiera creer, habla bastante.
Aunque este hombre se crió en Medellín, de su acento paisa queda muy poco. Llegó a Cali a sus 19 años para trabajar cuidando un edificio en la Autopista Sur. El trabajo no duró mucho, el dueño vendió el edificio a los pocos meses. Pero Chaplin, que quería conocer la Feria de Cali, prefirió vender chicles y cigarrillos antes que regresar a Medellín. Desde entonces, ha pasado por 24 Ferias de Cali.
Está cruzado de piernas en la butaca. La suave luz que viene de la cocina y lo ilumina, me hace notar que el maquillaje se ha empezado a correr.
Luego de vender cigarrillos, le pareció un buen negocio vender bolsas de agua. Dice que antes de él nadie las vendía. Compraba en diesiciete pesos cada bolsa y la vendía en cien. Cuando el negocio tuvo más competidores y había disminuido la rentabilidad, decidió vender rosas al sur de la ciudad, pues eran pocos los que lo hacían. Meses después la competencia, con estrategia de bajos precios, había rodeado el negocio, así que lo abandonó. Decidido a vender juguetes, un día conoció a unos jóvenes que se pintaban como mimos y vendían cartillas de humor. Ganaban bien con lo que hacían. Uno de ellos lo convenció de pintarse. Allí descubrió que le gustaba hacerlo.
Meses después, la competencia una vez más afectó su negocio, la ciudad fue invadida por mimos. Hasta ese momento, él no imitaba a las personas, sólo vendía cartillas.
—Un día una persona me dijo, le doy mil pesitos pero no me vaya a remedar, a mí me da pena. Se los recibí y pensé que remedar a la gente era un buen negocio.
Aprendió a imitar, pero no con las formas del típico mimo del centro que avanzan al lado de las personas y le entregan una carita feliz; él primero detallaba a la persona e intentaba imitar sus gestos, luego se hacía detrás del imitado, era su sombra. La gente que se encontraba alrededor se reía por el espectáculo, eran ellos quienes pagaban por ver, mientras el imitado no se daba por enterado de la ridiculización y mucho menos entendía por qué la gente se reía. Podía ganar entre setenta u ochenta mil pesos al día. Le iba bien pero exponía su vida. Cuenta que lo llegaron a amenazar con revólver y cuchillo, otras veces le pegaron, como aquella ocasión en que el dueño de una joyería le pagó diez mil pesos para que imitara a un hombre negro, alto y musculoso. Tomó el riesgo, no tuvo suerte y el hombre se dio cuenta. Le dio un puño en la cara que lo dejó con la cabeza engarrotada todo el día, casi no vuelve al trabajo.
—¿Cómo conoció de Chaplin?
—Alguien me llamó como él. Fui y busqué una película en Betamax y le pedí a un señor de un negocio de electrodomésticos que me dejara ver la película. A escondidas del dueño la vi. Le miraba el caminadito a Chaplin y todo lo que hacía y arranqué a hacerlo.
Chaplin permanece más tiempo con su cara pintada que despintada, me lo afirma con un movimiento de cabeza, su hija que se ha sentado en el suelo a vernos conversar. “Ella (señala a su hija), cuando estaba pequeña tenía dos papás, el pintado y el despintado”. Chaplin se levanta muy temprano, se prepara un café y luego de bañarse pinta su cara, así se queda hasta la noche, casi hasta la hora de acostarse. Así lo hace de domingo a domingo. No sé por qué eso me recuerda al Caballero de la Armadura Oxidada.
Chaplin se levanta muy temprano, se prepara un café y luego de bañarse pinta su cara, así se queda hasta la noche, casi hasta la hora de acostarse. Así lo hace de domingo a domingo.
Cuando Luis habla de Charles Chaplin, lo nombra como su jefe. Me cuenta entusiasmado que fue Chaplin el que enseñó a las personas a comportarse en el cine. Alza la voz entusiasmado cuando habla de él. Tiene varias películas y un libro con su biografía.
El Chaplin caleño no ha contado con la suerte del ícono del cine y lejos está de su exitosa carrera; sin embargo, si cabe espacio a comparación, a ambos los une una alta capacidad creativa para sortear momentos difíciles. Charles Chaplin usó su creatividad mostrando una actitud crítica ante la sociedad de sus tiempos. El Chaplin criollo usa su creatividad para sobrevivir en nuestra actual Colombia, en donde ganar dinero para sobrevivir es cada vez más difícil.

Estaba resignado a no poder entrar a la función de Marcel Marceau y cabizbajo se devolvía a casa. No caminó mucho cuando fue abordado por una mujer de vestido fino y modales elegantes, acompañada de varios guardaespaldas. —¿No va a entrar? —preguntó la dama a Chaplin.
—No señora, ya se acabaron las boletas.
—Cómo se va a perder esa función. Usted entra conmigo.
***
Mirándome fijamente, dice que lo que más le gusta de su trabajo es salvar vidas y que si no pudiera hacer lo que hace, moriría de pena moral.
Dice que lo que más le gusta de su trabajo es salvar vidas y que si no pudiera hacer lo que hace, moriría de pena moral.
—A veces los mimos pueden resultar molestos para las personas, pero a usted lo quieren mucho en Cali, ¿qué cree que lo hace diferente?
—Un día un señor me dijo, Chaplin, yo sé que a usted lo quiere mucho la gente, necesito que me reparta volantes de publicidad, le pago 5o mil pesos el día. Yo le dije que trabajo la hora a 50 mil pesos; entonces me preguntó cuánto me ganaba en el semáforo, y le dije que era confidencial. Contestó que no podía pagarme eso, entonces le dije que en el CAM hay unos mimos que trabajan hasta por treinta mil pesos. Me dijo que no era lo mismo, que a ellos los cogían de recocha pero a mí me querían y me respetaban. Es lo que digo, usted va a la calle Quinta y consigue todos los mariachis que quiera y le cobran unos doscientos mil pesos y hasta menos, pero andá a traer a Vicente Fernández y verás cuánto te cobra. Es lo mismo, yo cobro por mi fama.
Chaplin no gana mucho trabajando en los semáforos, puede recibir entre veinticinco mil y treinta mil diarios, pero prefiere eso porque trabaja en su imagen, se mantiene vigente en la memoria de la gente. Lo que gana debe usarlo en los gastos del hogar. Es el único proveedor de la casa. Dice que está atrasado en el arriendo y es posible que dentro de poco lo echen a la calle. Sin embargo sabe que su reconocimiento le permite obtener los recursos para vivir.
Recuerda la forma en que empezó a ser reconocido,
—Yo me hacía por la Clínica Valle del Lili. En un cruce de esa zona todo el tiempo había accidentes. Al ver eso se me ocurrió poner un aviso con ‘prohibido voltear’. Como a la gente no le gusta que le toquen el bolsillo, yo les indicaba que a la vuelta estaban los guardas de tránsito listos para multarlos. La gente tenía que buscar el retorno. Cuando se daban cuenta que no había guardas, me madreaban, pero prefería eso a que alguien se fuera a matar por cruzar. Así empecé a ser reconocido.
Chaplin nunca quiso ser un mendigo más. Quería que la gente reconociera su labor y pagara por su trabajo. Cree en Dios y a él le atribuye haberse convertido en un personaje representativo. Ha incorporado las campañas cívicas a su trabajo. Así, además de obtener ingreso, siente que hace una importante labor social. En uno de los carteles de sus puestas en escena, se lee ‘no trabajo para el tránsito’. No quería ponerlo porque sabe que de alguna manera el mensaje es una manera de pedir dinero, sin embargo lo hace porque la gente piensa que trabaja para el gobierno. Claro que ha trabajado con el gobierno. Unas cuantas veces lo han llamado para campañas de uno o dos días, usan su imagen, se dan el pantallazo y le pagan cualquier peso.
Hace unos diez años, Rodrigo Guerrero, el actual alcalde de Cali, abordó a Chaplin para pedirle que trabajara en la campaña de Kiko Lloreda. Aunque al principio el mimo se rehusó, con promesas, fue finalmente convencido. Trabajó en esa campaña y ha apoyado a la actual administración, sin embargo, nunca le han dado un peso.
—Me decía que la alcaldía lo llama para tapar huecos.
—Sí, por ejemplo por la campaña de la pólvora cobran cuarenta y dos millones de pesos; a uno lo llaman y le pagan dos, tres millones y ellos no hacen nada, yo lo hago todo. Ellos se embolsillan el resto de la plata. Me muestran y con eso quedan bien ante el pueblo. La campaña del 123 del que soy el símbolo, esa línea costó siete mil ochocientos millones, a mí me dieron volantes para que repartiera y me dieron trecientos mil pesos. Usaron mi imagen y me dieron trecientos mil pesos.
Cuando Chaplin le dice a alguien “póngase el cinturón” o “cruce por la cebra”, las personas obedecen.
Informarse sobre un tema, es lo primero que hace antes de preparar una puesta en escena. Consigue los elementos que necesita y acopla el montaje según la duración del semáforo. Debe buscar uno que permanezca por lo menos cincuenta segundos en rojo.
El traje que usa es de segunda, uno nuevo y barato cuesta alrededor de trescientos mil. Tiene un solo traje y lo usa todos los días, por eso está tan desgastado. El alquiler de un frac puede costar entre ochenta mil y cien mil, la pintura de su cara, con un maquillador profesional, noventa mil “por eso cuando me van a contratar por treinta mil pesos yo les digo, eso no vale ni siquiera la cargada de estos zapatos, porque es que mis zapatos pesan cada uno tres kilos”. La hija, que sigue sentada en el suelo, se ríe y sale corriendo a traerlos.
—¿De dónde los sacó?
—Son unas zapatillas Nike, con el tiempo al irse rompiendo, les iba poniendo hilo y solución y más hilo y solución, las pintaba y mire como están. Hace unos días iba pasando un lustrador y le mostré mis zapatos para que me los lustrara y me dijo no me jodás, yo le dije que le iba a pagar pero se fue enojado —, ríe a carcajadas. La hija trae los zapatos con mucho esfuerzo. Chaplin apenado se los lleva de nuevo. De verdad que son grandes.
Con la mirada perdida en la pared, Chaplin recuerda el día en que conoció a Geraldine Chaplin, la hija de Charles Chaplin. “Estuvimos en la conferencia, se fue muy contenta conmigo. Me dijo que había recorrido todo el mundo y que a ningún imitador le decía Chaplin, que solo a mí me llamaría así. Eso me llenó de emoción, es un honor para mí”.
Conoció a Geraldine Chaplin, la hija de Charles Chaplin. “Estuvimos en la conferencia, se fue muy contenta conmigo. Me dijo que había recorrido todo el mundo y que a ningún imitador le decía Chaplin, que solo a mí me llamaría así. Eso me llenó de emoción, es un honor para mí”.
Sueña con tener una casa comedor donde pueda dar comida a la gente que lo necesite. Sueña también con montar su propia academia de mimos.
Durante mi visita no logré ver el rostro de Chaplin sin pintura, pero no necesité de eso para descubrir lo que hay detrás de su disfraz.
Antes de irme Chaplin me muestra con evidente orgullo un libro autografiado por Marcel Marceau.
***
La mujer hizo entrar a Chaplin a la función de Marcel Marceau, no en cualquier localidad, en primera fila. Por fin… allí estaba Maceau, el mimo del sombrero de la flor roja, que no cree en la existencia del silencio cuando en el escenario deja su alma y ésta es capaz de calar más profundo que las palabras; allí estaba Marceau ante un público conmovido, allí estaba Marceau ante Chaplin.
Como si ahora la suerte se volcara a su favor, Chaplin no solo presenció la función, también pudo entrar al camerino de Marceau. Chaplin habla español, Marceu francés, pero los mimos no necesitan palabras, se comunican con el lenguaje universal.
