“La sociedad se desintegra. Cada familia en pie de guerra. La corrupción y el desgobierno, hacen de la ciudad un infierno. Gritos y acusaciones, mentiras y traiciones, hacen que la razón desaparezca. Nace la indiferencia, se anula la conciencia, y no hay ideal que no se desvanezca”.

Hipocresía, Rubén Bládes 

Desde hace tres años este cierre se ha venido concretando; pero no es el final de la historia. En el camino quedaron cientos de recicladores, desposeídos y en espera de recuperar el empleo que requieren para sobrevivir y que les fue arrebatado. 

“Tu vida no es una cadena de sucesos imparables, uno tiene el derecho a equivocarse, a arrepentirse y cambiar de posición; la vida se trata de poder cambiar de parecer, de poder decir me equivoqué, quiero una decisión distinta”.

Hablan las “criminales”

Les quitaron todo. Huyeron para salvar sus vidas. Sólo llevaron consigo lo único que les dejaron: miedo, dolor y odio. Al llegar a Cali, su mamá debía pagar a una cuñada trescientos cincuenta mil pesos por el alquiler de una casa en la que vivirían por poco tiempo...

Cuando supo que había muerto su papá, la pequeña Mariela emprendió camino llorando. A sus 12 años nunca había sufrido por la muerte y quizá ni siquiera comprendía su significado. Por encima de sus ojos se dibujaban las figuras de los árboles. Las ramas grandes intentaban alcanzar las nubes, se veían diferentes esta vez. Aquel día no le era posible contemplar la belleza del cielo.

En enero del 2011 Palmira no sufrió los estragos del invierno que azotaba al resto del país, pero una ola de violencia inundó sus calles. Según los diarios locales, los culpables de estos altos índices de homicidio y criminalidad fueron “móviles pasionales, venganzas personales, altos niveles de intolerancia, la problemática social de algunos sectores, la falta de oportunidades educativas, el dinero fácil, el desempleo y la inadecuada utilización del tiempo libre...

“Existen barrios en Palmira donde las bandas del delito y el sicariato conviven en casas con jefes que pagan arrendamiento y comida. Compran el grano en las plazas de mercado y pagan cumplidos los servicios públicos, incluyendo televisión satelital para observar delitos a escala mundial. La policía sabe dónde se encuentran esas cabezas, pero tiene miedo de abrir esas madrigueras con sus ratas dispuestas a acabar con toda la ciudad”. Fernando Estrada, filósofo y analista.

Cuando por fin el público se cansó de aplaudir, aquel talentoso hombre vestido de blanco inició acrobáticos movimientos sobre llamas de fuego en un cajón. La música retumbaba y yo sólo quería verle sus veloces pies luchando contra el calor de ese fuego artificial. En un arrebato inesperado el hombre me miró como si fuese la única en la plaza de toros, a pesar de las dieciséis mil personas que disfrutábamos esa final de rumba y movimiento.