Habitantes confrontados por la tranquilidad y la muerte ofrecida por cuidanderos que aparecen y jíbaros que se desvanecen. Un negocio organizado cambia de mando pero no de lugar. La Paila, un pueblo con olor a caramelo y tardes sofocantes.

La inseguridad y el microtráfico rondan al barrio el Rodeo. Una estación de policía en el sector no es suficiente para organizar la zona. Una calle es el límite donde coinciden maleantes y policías.  

Han pasado más de seis años desde que ocurrió el atentado al cuartel de la Policía de Cali. Hoy, el sector vive en las noches una paz de ficción. Policías armados vigilan con sigilo. Los carros deben desviarse. Un ambiente sombrío invade esta parte de una ciudad que con cada explosión fue perdiendo sus lugares de paso.

No nos podemos resistir a la fascinación de un sacrificio ya que la pasión por los sacrificios es parte de la naturaleza de un jugador de Ajedrez”

Rudolf Spielman

Aunque esta explosión fue un ataque a uno de los medios más influyentes del país, la agenda mediática nacional de esos días se encargó de opacarla, pues andaba bastante ocupada en la reelección presidencial.

Una fila de camionetas lujosas que exhiben potentes equipos de sonido, obreros en bicicletas, sirenas desaforadas, jíbaros y ladrones ocultos reguardados bajo la oscuridad, forman el panorama de la avenida Simón Bolívar al esconderse el sol. En la noche pararse enfrente de la estación de la SIJÍN, puede considerarse un gesto sospechoso.

¿Es posible obtener la libertad para pagar el secuestro propio?

Mientras los funcionarios del Palacio de Justicia intentan recuperar sus espacios de trabajo, los transeúntes desean olvidar el atentado sucedido hace cinco años y medio.