Su inocencia es pervertida por la pobreza absoluta. El cuero cálido de la pelota, reemplazado por el hierro helado del revólver. Quizá, tras sus pies desnudos, sus ojos taciturnos y esa piel ambarina, sólo existen las escenas de muerte y desolación que se viven día a día en las calles polvorientas de El Troncal.

“El hombre nace bueno, la sociedad lo corrompe” Novalais

 

Por: Santiago Blandón

 

Tal vez aquellos niños desorientados no compren dulces, no, más bien compran marihuana, se les antoja más seductora que cualquier golosina. Su inocencia es pervertida por la pobreza absoluta. El cuero cálido de la pelota, reemplazado por el hierro helado del revólver. Quizá, tras sus pies desnudos, sus ojos taciturnos y esa piel ambarina, sólo existen las escenas de muerte y desolación que se viven día a día en las calles polvorientas de El Troncal. 

 Su noción de justicia es diferente a la de los demás habitantes: entre ellos impera el sálvese quien pueda. No le temen a la policía, a sus colegas sí, a ellos deben pagarles de contado:

-¡Pum! Por la cicla que me robaste, gonorrea.

-¡Pum! Por mi hermano, que en paz descanse, pirobo.

-¡Pum! Porque me caíste mal, por eso, hijo e´ puta.

En medio de tanta inclemencia, sin embargo, existe un retazo de esperanza: el olor del plomo y la resonancia de las balas, son abatidos por los gritos de gol y la magia de un balón gastado por el trajín de los partidos.


 

Picazo: entre el balón y la bareta

En las calles del barrio rondan las notas de una canción, en todas, en Calle Caliente, en Calle Mocha, en Calle Ancha… Cada que la escucho pienso en tu sobrino, Jorman, en ese destino inexorable:

“Yo tengo un ángel que me protege de los envidiosos/ y ese ángel me protege y no le importa si yo soy un vicioso/ yo tengo un ángel que siempre está detrás de mí y un ejército de guerreros/ y ese ángel me protege de los que no son sinceros”.

Rodrigo vive convencido de que Picazo, tu sobrino, es el mejor jugador de fútbol que ha criado la familia Fiscal, lo cual es mucho decir. Sabés mejor que nadie –fuiste uno de ellos, Jorman- que la gran mayoría de los Fiscal: Enrique, Ángelo, Gabriel, Santos, Arara y el mismo Rodrigo, son reconocidos en el barrio como grandes jugadores de fútbol.

¿Notaste cómo cambió la expresión de Rodrigo, eh? Ahora adopta una expresión triste, ahora se lamenta de que Picazo, cuyo nombre de pila es Eider Steven Fiscal, dejó a un lado el soccer Por andar soplando bareta todo el día, paisa, porque ese culicagado está hecho una aspiradora completa y eso que todavía es una chinga, cómo será que el otro día lo pillé metiendo sacol, imagínese; pero eso sí, le metí una tunda ni la hijo e´ puta, dice, porque se le olvidó que yo andaba por ahí, pillando la vuelta.

Eran las siete y cuarto de la noche ¿te acordás? Rodrigo se acercó a Picazo, pilló su rostro desfigurado por el sacol, sintió su propia sangre desfigurada por la ira, y no paró de insultarlo durante veinte minutos.

Un insulto llevó al otro… El basuco surtió su efecto recalcitrante… Un reparo de Picazo, la gota que derramó la copa…

Sapohijueputasacolerodemierda, le decía, mientras le golpeaba los brazos, el estómago, la cabeza y la cara. Me atreví a gritarle que no golpeara más al pequeño, Rodrigo, mirá que vas a matar al culicagado, ¡Dejame!, pero es que vas a matar al niño, ¡Que me dejés!

Malparido, le seguía gritando, sin advertir que no podía escucharlo desde hacía un buen rato: estaba inconsciente.

A Rodrigo, te das cuenta, se le olvidó que ese día yo andaba cerquita del lugar y que llevé al niño al centro de salud; y tampoco sabe, porque nunca se enteró, que despejé las dudas del médico: cuando me encontré el niño ya estaba todo estropeado y una señora me dijo que había sido en una pelea callejera.

Repite que yo no andaba por Bavaria aquel día, Es que estaba más trabado que mi sobrino, paisa, le pegué al porro toda la tarde, a lo bien, claro que conmigo en sano juicio le hubiera ido peor, porque usted sabe que yo trabado soy menos violento que cuando estoy sano.

Le pregunto por qué reprendió a Picazo, si andaba en las mismas ¿Tenés corona o qué hijueputas? Me dice que es mayor, que tiene derecho a castigarlo aunque cometa los mismos errores, Paisa, porque si no lo reprendo entonces cómo va a aprender; además esa lagartija no andaba soplando marihuana como este pecho, andaba metiendo sacol, mil veces peor que cualquier pegante.

Mientras habla, Rodrigo –piel oscura, ojos extraviados- adquiere una expresión distinta con cada frase, gesticula, frunce el ceño, se muerde los labios… no es un buen momento para contradecirlo, Jorman y, sin embargo… Lo que pasa Fiscal es que vos, además de meter bareta, metés basuco, mil veces peor que cualquier pegante.


 

Las reglas de la calle no son las del tribunal

Yo no sé, mirá, ya ni siquiera puedo decir que los niños del barrio consumen droga, Jorman, la droga los consume a ellos. Me pregunto cómo llegaron a ese punto, por qué ellos sí y otros no. Hurgando en su pasado, encontré algunas respuestas. Decime vos qué pensás, viejo, decime.

Cuando Eider Steven Fiscal contaba cinco años y sostenía el palo de una escoba, esforzándose por emular los movimientos de María Isabel Urrutia, nadie se imaginaba que, años más tarde, jugaría en un reconocido equipo del barrio La Base y portaría la camiseta número 10. La más codiciada por los futbolistas desde Chocó hasta Uzbekistán. Nadie, a excepción de su padre, don Eider Fiscal quien juega fútbol desde chicorio:

Corrían los 70´s. Era la época de la salsa, el rock and roll, las pelis gringas y los juegos panamericanos; andaban remodelando todo, que los estadios, que los coliseos, que las plazas, que los parques, en fin, era la víspera del evento deportivo más áspero que se haya visto por estos lares. Ése es el lado positivo, sí, el mismo que se da a conocer en las noticias de farándula y cuenta con un espacio asegurado en los libros de historia nacional. Pero también existe un lado oscuro, tu padre lo vivió, uno que otro libro lo confirma; el que estoy leyendo ahorita mismo en la sala de mi casa.

La violencia en el campo obligaba a los campesinos –cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia- a olvidarse de sus hogares, sus fincas, sus animales, sus cultivos, su dignidad, para huir a las grandes urbes, dígase Medellín, Bogotá, Cali, Barranquilla, etc., etc. Las cifras del libro hablan por sí mismas: 470.086 personas que poblaban Santiago de Cali en 1970, se tradujeron en 858.929 para 1971. Sé que no te gustan las cifras, Jorman, a mí tampoco, pero pensá que en poco más de diez años la capital del Valle –la sucursal del cielo, dicen- recibió una cantidad de foráneos suficientes para poblar el país de Luxemburgo (yo tampoco sé dónde queda, pero es un país, imagináte).

Por esa época, los Pájaros conservadores segaron la vida de Luis Alberto, Noel y Abelino Fiscal, hermanos todos de Ramón Fiscal, tu cucho. La familia Fiscal –lo que quedó de ella- arrimó a Cali en 1962, después de abandonar su rancho de Restrepo, ese pueblito del Valle. Se convirtieron así en parte de los tres millones de desplazados menesterosos que -según cuenta la Acnur, Jorman, esa Agencia de las Naciones Unidas Para los Refugiados- ha generado el conflicto en Colombia. A su llegada a la ciudad los Fiscal construyeron un rancho de madera y latas de zinc, bien chusco. En ese rancho nacieron vos y tus hermanos, Álvaro, Oscar, y Eider, el cucho de Picazo:

Madrugábamos a eso de las ocho de la mañana y “mamá” –le llamábamos “mamá” a nuestra abuela- nos tenía listo un bongao de aguapanela con limón, jum, eso eran como tres litros. Alistábamos el balón –un balón de cuero que nos robamos por allá, por Santa Mónica Popular-, medio nos lavábamos la cara, medio nos cepillábamos, y chau: pa` la carbonera. Le decíamos así porque en ese tiempo no era de cemento, era de tierra, una tierra negra como el carbón. Cuando llegábamos casi siempre habían chingas como nosotros jugando, que mete-gol, que galleta-pata, que campeonatos, que fútbol-tenis; y por ahí a la hora, dos horas, ya habían bastantes pa´ armar el picado. Jugábamos a pleno sol ¿oyó? Y dele: que a cinco goles, hacíamos los cinco. Que no, que a diez, hacíamos los diez y nos íbamos a quince, veinte… me acuerdo que una vez llegamos hasta los treinta goles, jum, eso no nos cansaba ni el putas. De tanto jugar en la arena caliente, a pata limpia, los pies se nos pusieron duros y le pegábamos como un verraco a ese balón, por eso es que yo le pego tan duro con las dos. Que izquierda, el riflazo. Que derecha, el riflazo. Yo no tengo mocha.

Ustedes eran bien aficionados, Jorman. Ni siquiera fueron a la escuela, para qué, pensaron, si todo lo que necesitarían lo aprenderían en la carbonera, un terreno cubierto de tierra negra como el carbón, donde aprendieron a driblar la pelota como Johan Cruyff y Michel Platini; eran unos Ases en manejo de armas blancas, unos capos en tropel a mano limpia.

En nuestro barrio vale más la educación de la calle –la pedagogía del ensayo y el error, del caer y levantarse- que la educación de los profes y los libros, la educación de la escuela.

Animados por esta convicción, ustedes entraron a la adolescencia sabiendo cómo enfrentar las vicisitudes de la calle. Sabían, mejor dicho, que putear a todo el que se les atravesara en el camino, los rodearía de enemigos, y los enemigos representan inconvenientes, pleitos, deudas, miedo…

Obedecer a los grandes y proteger a los chicos, les correspondía amistades. Los amigos se traducen en respaldo y el respaldo (lo sabés mejor que nadie, Jorman) es el mejor seguro de vida. Don Eider Fiscal le atribuye a ese sentido de supervivencia el hecho de que tus hermanos continúen dando lora:

-El fútbol nos granjeó muchos amigos. Nos hicimos amigos de to` el mundo por acá, porque las fechorías las hacíamos en otros barrios y cuando alguien nos reconocía y venía a cascarnos, nos escondían en cualquier casa o salían a defendernos.

Si le dieran la oportunidad, dice, repetiría las vivencias de su infancia las veces que fuera necesario para olvidar lo que vendría después: no le voy a mentir, paisita, nosotros a esa edad ya robábamos, metíamos bareta al piso, lo que sea. Pero créame que a pesar de todo, seguíamos siendo niños.

Lo miro al viejo y no comprendo por qué me pide que le crea, si los niños del barrio, como tus sobrinos, ya me demostraron que más allá de la perdición de la droga, del filo de la navaja, del frío del revólver, siguen siendo tan inocentes como los otros niños, los hijos de papi y mami, los de la barriga llena y el corazón contento.

No es necesario que me lo digan porque me lo grita la curiosidad de sus ojos, el latido de sus sonrisas, la ingenuidad de sus juegos…