Ondulantes montañas y cerros de colores. De ríos e imponentes abismos y volcanes; y suaves cantos de pajaritos. La casa de mamábuela. Los envueltos de choclo y las cosechas de café y papa. Todos recuerdos de su infancia en aquella tierra fértil donde nació. Una zona rural de Buisaco, un municipio de Nariño.


Una tumba vacía...

Una mujer que llora... 

"Pero María estaba fuera, llorando junto al sepulcro...

Jesús le dijo: ¿Mujer: por qué lloras? ¿A quién buscas?

Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose, ella le dijo: ¡Maestro!"

La rosada luz de ese primer domingo cristiano va iluminando una

escena irreal y patética: una tumba vacía y una mujer que llora.

 

Una tumba vacía...

 

El milagro ha ocurrido. El Autor de la Vida ha vencido al que tenía

el imperio de la muerte. El grito de triunfo ¡Triunfo! de la cristiandad

resuena con toda su potencia, haciendo temblar los portales mismos

del infierno.

 

Una mujer que llora...

Llora María Magdalena. Tres días de llanto y desesperación,

han cegado sus ojos y nublado su mente y su corazón.

Llora... ¿Por el Señor?... Sí, en parte. Pero las palabras admonitorias de Jesús:

“Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, sino llorad por vosotras mismas

y por vuestros hijos”, deben golpear con fuerza en su memoria.

 


 

Por: Guillermo Sarmiento

 

A los doce años de edad, emigró a Cali con su tío que la trajo para que cuidara unos niños y le ayudara a cocinar a su esposa. Fue durante esa gran guerra mundial de la que hablaban en la radio. Su esperanza la mantuvo durante todos los años en los que trabajó haciendo los oficios domésticos de distintas familias: cocinaba, planchaba, lavaba, cosía…

Para María no es necesario un reloj despertador. Se despierta de madrugada, pone a calentar el agua para el café y saluda a Rebeca. Luego, prepara y empaca su almuerzo en un recipiente de plástico. Cuando ya está lista para salir se asegura de que Rebeca tenga agua limpia y algo para comer.

¿Ya se va mamá? -dice Rebeca.

Ya me voy. ¡Shhh! Quédese calladita y juiciosa.

María Magdalena sale todos los días a conseguir el pan del día vendiendo chicles y cigarrillos en un cajón de madera que ha ensamblado con el esqueleto de un cochecito para bebés. Diariamente y desde hace varios años se sienta a esperar en la plazoleta del CAM a quienes hacen alguna pausa en su camino para fumar o comprar algún caramelo. Sus párpados se ven cansados; su cabellera ya tiene asomos plateados y las florecitas de sus vestidos se han desteñido poco a poco. Sus aretes también han envejecido.

Su espera a veces resulta eterna. Eterna.

Hace un año nos conocimos y desde entonces charlamos ocasionalmente en las tardes, sentados en una silla de cemento en la plazoleta del CAM. A pesar del ruido nos escuchamos. Algunas veces nos quedamos callados. Otras veces, nos reímos. O contemplamos pajaritos.

Le pregunto sobre el tiempo que lleva viviendo en Cali y después de una pausa me responde:

No han querido darme el lotecito pa’ hacer la casita porque no han querido. Por ahí pago una piecita: cuatro diarios. Pero cuando no hay cómo pagarla la esperan a una como gato peliao… “Y a ver, ¡Que desocupe si no tiene cómo pagar!” ¿Qué puede hacer uno? Les digo: espérense a mañana a ver cómo el Señor nos ayuda.

¿Tiene hijos?

Sí, dos mujeres y un joven que tenía me lo mataron por quitarle una carretilla y un caballo. Hace dos años me lo mataron. Allá en Petecuy. El cogía chatarra, papel, botellas, de todo lo que recogen. Por quitarle el animalito… de cuarenta y dos años me lo mataron.

Se queda en silencio y pone una de sus manos en la cintura. Mira a su alrededor.

Me lo mataron por quitarle su caballito. Su carreta. Él era el único que me pagaba la pieza, me ayudaba cuando estaba enferma; me ayudaba con lo que más podía. Partía lo que conseguía conmigo.

Su callada mirada se desvía de nuestra charla. Sus ojos son como charquitos cristalinos que traen recuerdos como la corriente turbia de un río bravo. Entonces se apresura a partir un trozo de papel higiénico para secar sus lágrimas.

Cada quince días voy al Cementerio Metropolitano a visitarlo. Le llevo flores y le hago arreglar su tumba. Le limpio su lápida. Pero ya no puedo ir a su casa. Me parece que él está ahí en la esquina; paradito…

Espere, me dice.

Lentamente busca algo en su cochecito; mientras tanto, agrega:

Llevé su retrato ampliado a la casa de mi nuera porque no soportaba verlo más. Cada vez que veo una carretilla me parece que es él: sentado con su caballito y…

Doña María aún conserva pequeños retratos de tres por cuatro en una carterita negra:

Mire, mi único hijo varón. Una de mis hijas mujeres. Y mis nietos; el mayor, que pagó servicio militar y la virgencita me lo mantuvo y me lo regresó vivo (tenemos que ir pronto a visitar a la señora de Las Lajas; aún debemos cumplirle esa promesa). Aquí la nieta que ya se casó y Samuelito que tiene nueve meses.

También conserva una fotografía de la hija de una vendedora del parque. Una linda niña de ojos grandes y piel morena a la que le tiene mucho cariño porque acompañaba a su mamá mientras vendía.

Esa pobre mujer se enfermó mucho cuando se le llevaron a su hijita. Estuvo durante un tiempo en el Bienestar Familiar. Pero gracias a Dios se la devolvieron. Así sea aguapanela, pero uno no quiere dejar solos a sus hijos.

¿Y qué hace ahora cuando se siente enferma?

Me aguanto. Porque antes tenía un médico y allá nos daban la droga, pero hace unos meses fui y nos dijeron que ya no había más.

Nos interrumpe un hombre que se acerca y pide un cigarrillo. Y otro más:

A la orden

¿A cómo los chicles?

A doscientos.

¿Y los supercocos?

A cien.

Gracias, -dice el hombre y luego se aleja.

Volvemos a la conversación: ¿Y no vive con nadie de su familia?

Una hija vive cerca pero a mí no me gusta molestarla. Ella vende jugos en el parque de las palomas. A veces la visito, pero está muy ocupada.

¿Y en Nariño queda alguien de su familia?

Allá viven un poco de hermanos pero no se acuerdan de nada. Vivo con Rebeca, la loca. (Sonríe.)

Y su esposo, ¿alguna vez se casó?

Sí, nos conocimos aquí en Cali cuando yo tenía diecisiete años. Pero no me quería casar. Nos fuimos a mi pueblo y allá nos arrinconaron. Que teníamos que casarnos. Y así fue.

Después de casarnos nos fuimos a Cali, y luego nos ofrecieron trabajo cerca a Tuluá. Pero en ese tiempo empezó eso de la Violencia. Y él me decía que no iba a pasarnos nada, que iban matando de arriba pa’ bajo, que nosotros ya íbamos subiendo y que íbamos a estar en lo alto. Que tranquila, no nos pasaría nada. Allá cuidábamos una finca y ordeñábamos vaquitas; él sembraba y cosechaba y le ayudaba mucho al dueño. Nos querían mucho. Así vivimos dos años. Pero una tarde, llegó un amigo de mi marido y le dijo que habían vuelto y que se estaban llevando a los hombres. Entonces él se fue. Me dijo que me escondiera con una vecina y el niño en una trinchera y que la tapara con madera, y ahí nos metimos. Dejamos la puerta de la casa abierta para que pensaran que no había nadie. Por la noche cuando llegaron esos hombres revolcaron todo, buscaron qué comer y después se fueron. Temblábamos de miedo. Nos quedamos dormidas en medio de esa oscuridad.

Al día siguiente nos enteramos de que habían matado a siete personas en la finca del vecino. Que dizque por godos. Sólo un niño quedó vivo porque estaba en el baño cuando llegaron y se metió debajo de una tina de lavar ropa.

La angustia no me dejaba en paz y yo estaba embarazada. Y el marido mío regresó dos meses después. Esos hombres volvieron y ya no pude esconderme y entonces me preguntaron que dónde estaba mi esposo y les dije que no sabía. Que el siempre se iba a vender el queso y no volvía pronto. Me advirtieron que debía decirles toda la verdad. En medio de mis nervios a mí se me ocurrió decirle a uno de ellos que yo tenía un retrato de don Epifanio Ramírez y doña Bernardina, los padres de mi marido y de ‘Tirofijo’. Cuando les mostré el retrato me abrazaron y se rieron. Mandaron a traer yuca, plátanos y gallinas. Ellos mismos hicieron un sancocho y me guardaron en un plato. Antes de irse me dijeron que no preocupara y que le dijera a mi marido que no se escondiera. Que ellos nos iban a cuidar; también le dejaron una carta.

Días después cuando él llegó, leyó la carta y me dijo que yo ganaba porque estaba embarazada, porque si no, él no dudaría ni un momento y se iría con ellos. Esos fueron años muy difíciles, pero tiempo después el murió en Cali y yo me quedé sola.

Ahora vivo feliz con mi lorita. Cada vez que llego a la casa le digo:

¡Llegó mamá! Y me dice: ¡Ay Loca!

Y cuando le llevo banano, le digo: La mamá le trajo banano. Y entonces dice: ¿Que qué?

La quiero mucho, es hermosa. Siempre con sus ruidos y su gritería. Me la traje de los llanos hace siete años cuando me tocó ir por mi hija. A ellos los amenazaron de muerte si no se iban de su parcelita. Mi hija no tenía plata y al esposo lo había hecho irse porque si no lo mataban. El se fue. Pero a mi hija le dieron dos días para irse. Reuní platica con los vendedores de aquí y me fui por hija y mis nietos. Cuando llegué los cuatro me abrazaron y no paramos de llorar. Esa noche no pudimos dormir. Los niños me ayudaron a rezar el Santísimo Rosario. Oramos hasta el amanecer y luego salimos dejando atrás todas sus cositas. Su casita.

Mi nieto me decía: “Abuelita, llevémonos la vaquita. No la dejemos solita”… Pero no podíamos, no nos llevaría nadie con ella.

¿Y qué hicieron después?

Fue muy triste llegar a Cali y tener que acomodar a mis niños en unas cajas de cartón en la Galería de Santa Elena. Allá fue la única parte donde me recibieron con ellos. En la bodega de un señor amigo mío. El nos ayudó durante un tiempo. Que Dios lo bendiga siempre.

Han pasado un par de horas y hemos hablado de muchas cosas de su pasado. Una avalancha de recuerdos. Doña María, abstraída, con su mirada apacible y cansada me dice que ya es hora de irnos porque ya son más de las cinco y además, va a llover. Cierra el cajón, lo envuelve con plástico y lo asegura con un pedazo de neumático y una cabuya. Se abriga con un suéter rojo y lentamente abandonamos la plazoleta.

-¿Si ve esa nube?

- Sí.

-Va a llover muy pronto, apurémonos que se larga el aguacero.

Caminamos unas cuadras y me indica por dónde debo continuar. Luego me dice que ojalá pueda ir pronto a conocer a Rebeca; le digo que sí, que me gustaría mucho y que le haré el retrato como lo prometí. Nos despedimos.

Al poco tiempo la lluvia cae a borbotones.