Son las 4:12 pm. Me siento como si llegara a una cita médica. Acabo de subir cuatro pisos por las escaleras y me dirijo al apartamento 305C. A pesar de ser casi hermanos, estoy nervioso. No sé cómo saludarla, ni qué decirle, ni cómo entrevistarla, ni siquiera tengo preparadas las preguntas. La puerta es de color café….un café amargo y oscuro. Se alcanzan a ver los huequitos en la madera. Se abre. “¡Aleja!, llegó Andrés”, grita la hermana menor.

 

Por: Ricardo Bustos

 

Sigo lentamente por la sala del apartamento y me siento en uno de los muebles, también de color café…oscuro. De esos que rechinan. Daniela, la hermana menor se va con la excusa de comprar algo en la tienda. Escucho el sonido de las chanclas de Aleja que se arrastran por el suelo. Pareciera que viene deslizándose por el piso. Está vestida con una camisa negra que le llega hasta las rodillas con una afiche del grupo “The doors”. También trae puesta una sudadera azul motiada. Cuando me ve, sigue derecho hacia la cocina, se sirve un poco de agua y se toma una pasta roja. Luego camina y se acuesta en el mueble, me abraza y me da un beso en la mejilla.

Cuando yo tenía cerca de 16 años me invitaron a una fiesta de un colegio. Fui con varios amigos. Era una noche lluviosa, llegamos prácticamente bañados a la casa de la quinceañera, y una joven nos ofreció prestarnos ropa seca. “Ponte éste”, me dijo la joven al tiempo que me tiraba un buso. Así conocí a Alejandra Álvarez: tenía como 15 años, de cabello castaño, acuerpada y ojos grandes. Esa noche no bailé, me quedé tomando cerveza en el balcón de la casa, hablando con Aleja. Hablábamos del baile, de comida, de las materias que veíamos y de la gente que estaba en la fiesta. Criticábamos a todo el mundo.

No pasan más de dos minutos para que me abrace. No quiere que la vea llorando, se limpia los ojos con un pañuelo húmedo. No tengo entrevista preparada y le pregunto por el novio.

-Germán está en Pereira. Acabó de llegar hace como dos semanas. Desde que llegó no ha parado de preguntarle vainas a Susana: que si yo estoy bien, que si me hicieron legrado, que lo uno, que lo otro…

Germán es el último novio de Alejandra. Hasta donde tengo entendido se conocieron en Pereira, en las afuera de una discoteca que inauguraban esa noche. Me acordé que yo estaba enojado con ella porque me había hecho quedar mal con mi jefe: la recomendé para que le cuidara la hija de tres años y no cumplió. Le pregunto entonces del trabajo.

-Yo sé que la embarré con vos, pero es que no he tenido cabeza pa´ tanta cosa. Primero ha sido lo de mi casa, ya mi mamá no me quiere ni ver, ese día yo andaba penando sin saber pa´ donde pegar. Pero vos sabes que yo siempre he sentido el feeling con los niños, lo mío con los pelaos es de pura química, lo que pasó fue que la niña de Mónica casi no tiene amigos y ella quería que yo le estuviera jugando todo el tiempo, en vez de ser la niñera. No te imaginás cómo se quedaba mirándome.

Desde noveno grado en el colegio, Alejandra ha sido la mujer con la que más hablo. Salíamos cada 15 días a fiestas. Me invitaba a rumbas, me presentaba los dueños de las discotecas y bares. No importaba si era jueves, viernes, sábado o domingo, cuando veía su número en mi celular sabía que era para salir a bailar, sin importar que yo no bailara. Si no salíamos a ninguna discoteca nos íbamos a caminar por la calle, a tomar cervezas mientras hablábamos. Casi siempre el tema era el mismo: sus novios. Aunque Alejandra no ha sido la más bonita, nunca le han faltado pretendientes, no son muchos, pero tampoco los recuerdo para contarlos. Médicos, comerciantes, estudiantes, profesores, arquitectos, desempleados.

Se para del mueble y va hacia su cuarto. Cuando regresa me entrega un sobre de manila. Me mira mientras observo las ecografías. Es el autoretrato del aborto. Me explica que alcanzaron a quedar algunos restos de tejidos. Silencio. “Ya me hicieron el legrado”, no termina de pronunciar la frase y me abraza nuevamente. Comienza a suspirar y en mi espalda siento la humedad de sus lágrimas. Aunque no quiere que la vea llorar, aprieta sus manos fuertemente con las mías. Han pasado cerca de cinco minutos cuando me dice que llevaba tres semanas de embarazo. Ella no sabía, al menos eso me susurra. Los dolores los sintió por primera vez cuando estaba en su casa antes de ir a trabajar. Ese día tenía una cita con una cliente para vender dos camisas, pero tuvo que faltar.

-Sentí como si me hubieran chuzado con un cuchillo, sabía que no eran cólicos. Cuando me miré en el baño tenía una mancha café. Ese dolor era horrible, no sabía qué hacer, llamé a Susana y ella me llevó a la clínica. Ahí me tocó esperar como una hora por los papeles de la E.P.S. Susana fue la que arregló todo, me metieron por Urgencias, hasta que me hicieron la ecografía, luego vino el médico que me había atendido, me dieron la orden para el legrado y me mandaron unos exámenes de sangre.

Desde que se graduó del colegio Aleja no ha durado más de un año vive cambiando permanentemente de vida. Primero empezó a trabajar en una pizzería. Luego se fue a una tienda de ropa en Chipichape. Después estuvo en un banco. Pero casi siempre ha estado cuidando niños. Ser niñera es lo que más le gusta, llegó a cuidar hasta tres niños en tres lugares distintos: condominios, apartamentos, casas residenciales. Hasta que conoció a Germán en Pereira. Cuando ya estaban juntos, él le ayudó para que vendiera ropa por su cuenta.

-Vos no te imaginas ese dolor tan hijueputa. Lo peor fue cuando salió todo: parecía como si estuviera vomitando, como si fuera mierda en vez de vida. Era sangre de mi sangre. Esa camilla quedó vuelta nada.

El día del aborto Alejandra se quedó en la casa de Susana. Ahí duró hasta que Germán llegó de Estados Unidos. Ella no sabía que estaba embarazada. Ni siquiera lo sospechaba. Hubiera sido peor la decepción, tras esa ilusión, mezclada con una obsesión por los niños. Puede ser el complejo de maternidad. No lo sé.

En Pereira la vida de Aleja y Germán era ir a discotecas: luces, baile, trago y motel. Así era al menos dos veces por semana. Germán llegó de Estados Unidos a visitar a su familia, él trabaja allá en una empresa vendiendo herramientas eléctricas. A las dos semanas de llegar a Colombia, conoció a Aleja y a las otras dos semanas ya estaban juntos. Como vivían en la misma unidad, mantenían encerrados en la casa, a ella le tocaba cuidar una niña y él la acompañaba, hablando, comiendo, tal vez también teniendo sexo. Así estuvieron hasta que a Germán le tocó regresar a Estados Unidos, luego Aleja regresó a Cali. Ambos siguieron hablando por internet. Cuando volví a salir con Alejandra a bares, me contaba todo lo que hablaban en la semana. Para diciembre del 2010 él volvió a Colombia, pero se quedó en Cali en casa de su hermana: Susana. Ella tiene 32 años, cuatro más que Germán y 12 más que Aleja. En la casa de Susana se quedaban su hermano y su nuera por las noches. En diciembre vienen las fiestas, la feria, y los embarazos.

Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia contra la ventana. Son las 6:40. Daniela todavía no llega, ni llegará. Aleja se levanta del mueble y pelea con la grabadora para encender la radio. Me pregunta si quiero comer pero le digo que no, entonces regresa a su alcoba y me trae los documentos de la clínica. Entre los papeles está el certificado del aborto natural, para prevenir una demanda.

-Mañana tengo la visita de la psicóloga. La pelada es jovencita y buena gente, hasta bonita. Lo bueno es que no tengo que rendirle cuentas, como lo hace mi mamá, a toda hora jodiendo con la preguntadera.

-¿Y qué te dice?

-No hablamos mucho, más que todo son actividades. Ella me pone música, o a veces me hace preguntas mientras armo rompecabezas en el agua, es breve. La semana pasada me dijo que vamos bien, que dentro de 15 días podemos ir a un jardín infantil.

Trato de no darle consuelo a Aleja, prefiero mantenerla ocupada y que me hable de su novio. Los dos todavía siguen juntos, aunque él se va la próxima semana. Pero ya no tienen sexo. No hay tiempo ni ganas. Alejandra ya no vende ropa, trabaja en una Fundación de Liderazgo Empresarial. Allí ha hecho algunas amigas con las que se distrae.

Me despido de Aleja, nos abrazamos. Yo me llevo los documentos junto con las ecografías mientras ella se queda acariciando un elefante de peluche.