Desde hace tres años este cierre se ha venido concretando; pero no es el final de la historia. En el camino quedaron cientos de recicladores, desposeídos y en espera de recuperar el empleo que requieren para sobrevivir y que les fue arrebatado. 

 

Unidad Investigativa: Christian Camilo Llorente, Martha Angulo Ríos, Juan Carlos Mora, Mario Alfonso Gaspar y Dayanna Sánchez.

 

Durante décadas el basurero de Navarro fue una preocupación para la ciudad: el daño producido al medio ambiente demandó durante años su inminente clausura. Desde hace tres años este cierre se ha venido concretando; pero no es el final de la historia. En el camino quedaron cientos de recicladores, desposeídos y en espera de recuperar el empleo que requieren para sobrevivir y que les fue arrebatado.

Vanessa Tejada tiene quince años y una tarea pendiente que su profesora dejó hace un mes. Cursa octavo grado y comparte salón con su hermano Jerson, dos años menor que ella. Ambos, además de la tarea, tienen otra deuda escolar: a pocos meses de terminar el año lectivo, sus matrículas aún no han sido canceladas. Su madre, Aracely Quiñonez, dice que no tiene los mil pesos para cancelar la hora de internet que les permitirá a sus hijos cumplir con su tarea, ni los sesenta mil que suman los dos recibos de matrícula. Cuando trabajaba en el botadero de Navarro, Aracely ganaba en una jornada de reciclaje veinte o treinta mil pesos; es decir, con lo ahorrado en tres días hubiese podido suplir estos gastos. Quizá también hubiera evitado que aumentara la deuda por servicios públicos que EMCALI reclama puntualmente, a pesar de que la zona donde vive Aracely es una invasión. La última factura llegó de casi ochocientos mil pesos, por dos años de deuda.

Debido a que ahora la basura es arrojada en otro municipio, los antiguos recicladores de Navarro salen a las calles a buscar nuevos puntos de reciclaje y lo hacen en grupos, pues hay muy pocas carretas para cargar el material. Aracely suele salir con dos o tres compañeros; los treinta mil que antes ganaba en basuro, ahora debe repartirlos entre el grupo. El botadero de Navarro está cerrado, decenas de familias como la de Aracely quedaron sin un sustento fijo y la Administración Municipal sigue sin brindar una solución definitiva.


 

Brisas del Cauca 

Corre un domingo de marzo y estamos en una ferretería del barrio Alfonso López. Este es el lugar de encuentro que acordamos con Aracely. Luego de recibir nuestra llamada, llega al poco tiempo. Camina con una pequeña niña tomada de su mano, se acerca y nos saluda extendiendo una sonrisa. Recorremos las últimas cuadras que aún hacen parte del barrio Alfonso López, hasta llegar a Brisas del Cauca, el sector de invasión donde está su hogar. En este barrio se enredan calles de tierra anchas, en medio de ellas nacen algunos lunares verdes: pequeños retazos de hierba crecen en las aceras de las viviendas. Jóvenes que pasean sin camiseta saludan a Aracely. Vecinos se refugian en la sombra del umbral de sus residencias. La mayoría de casas son de un piso, y en sus fachadas, una pintura carcomida procura recubrir los ladrillos desnudos. Los techos son un collage de materiales; el zinc se apoya sobre gruesos palos de madera y lo recubren pedazos de plástico que tapan los filtros. A lo largo de las calles se hallan plantados enormes postes de energía y una maraña de hilos eléctricos cae endeble sobre los techos. En medio de las construcciones, aún sobreviven árboles y palmeras: los restos de lo que un día fue la fructífera rivera del Río Cauca.

A escasos metros de la orilla del río, se levanta el primer palo de guadua que sostiene la casa de Aracely. Es un rancho humilde; tiene paredes de ladrillo y el techo descansa sobre un esqueleto de guaduas. Ella nos invita a seguir. Aunque la sala no es muy grande, esta mujer se ha encargado de acomodar todo lo necesario: un espejo, un pequeño comedor, un candelabro y a falta de espacio en la cocina, la nevera. Nos sentamos en unos sillones amplios, ubicados al frente de un mueble metálico que alberga el televisor, el DVD y el teléfono, instalado recientemente. Aracely se sienta en otro sillón y nos habla con soltura del tema. A medida que teje su testimonio, sus ojos recorren nuestros rostros y a menudo utiliza sus manos para explicarse. Es una morena joven, pero la experiencia de su trabajo reluce en su voz. La calma de este hogar nos brinda una confianza familiar. Afuera el sol arde sobre la tierra de la calle; adentro, aunque el calor abruma, cierto hilo de frescura choca en nuestros rostros.


 

A la espera de respuestas 

Hace algunos días Aracely no gozaba de la misma frescura que le brinda el interior de su hogar; por el contrario, en plena tarde del miércoles 23 de marzo, el sol chispeaba sobre su cara, mientras aguardaba en un andén frente al Edificio Versalles. En espera de una respuesta, Aracely junto con otros 300 recicladores de Navarro se apostaron afuera de las instalaciones del DAGMA, esperando una voz oficial que les anunciara nuevos contratos. Desde tempranas horas fueron arribando hombres y mujeres de todas las edades, con el dinero exacto para el bus de regreso. Tenían la esperanza pisoteada, pues desde hace tres meses culminó su más reciente contrato. Los 20 líderes que representan a los 690 recicladores de Navarro convocaron la protesta para confrontar a José Efraín Sierra, el director del DAGMA, pero al cabo de la jornada no asomó para atender a los cansados protestantes.

La situación para los recicladores no ha variado mucho. El cierre definitivo de Navarro hace más de tres años hizo caer, más que una montaña de basura, una montaña de calamidades. Esta clausura se comenzó a pensar desde 1995, año en el que se consideraba que el basurero había superado su capacidad de almacenamiento, generando múltiples problemas ambientales. Finalmente, el sellamiento se aplazó hasta 2008, cuando se determinó que los desechos de la ciudad serían trasladados al municipio de Yotoco. La Administración Municipal y las diferentes instituciones implicadas tuvieron el tiempo suficiente para planificar lo que ocurriría con Navarro y definir la manera de atender a las familias que subsistían del reciclaje; sin embargo, lejos de mejorar, las condiciones económicas de los recicladores empeoraron visiblemente.

Esa mañana del miércoles, frente al DAGMA, esperaban que su situación fuera distinta y por fin la Administración respondiera. Muy temprano, el edificio Versalles empezó a ser rodeado por un coro de protestas; pero los gritos no se escucharon en las oficinas del noveno piso, sino que terminaron estrellados en el cinturón policial. Una tropa de uniformados antidisturbios desenvainó sus gases lacrimógenos y sus bolillos para disipar la multitud enfurecida. Entre los manifestantes había un puñado de mujeres de la tercera edad que sólo atinaban a esperar sentadas en cualquier rincón. Marleny Polo, de 62 años, madrugó desde su casa en Quintas del Sol para unirse a la manifestación. Ella trabajó durante cuarenta años en Navarro y levantó de entre las basuras, su rancho y su familia. Tuvo seis hijos, entre ellos, sus dos hijas menores desde pequeñas la acompañaban a reciclar. Por eso ahora, protesta en compañía de su hija: Aracely.

A pesar del cansancio y los ojos llorosos, los manifestantes no abandonaron su lucha. Las caras largas pronto cobraron un nuevo color con la llegada de Patricia Molina, quien arribó para apoyar la protesta y escuchar a los recicladores. Ella ha acompañado a esta comunidad de la mano del senador Alexander López, desde que fueron expulsados del basuro. Patricia afirma que, aunque no se pueden negar los factores ambientales que hacían necesario el cierre de Navarro, este proceso se adelantó sin contemplar un proyecto que asegurara el bienestar de quienes vivían de la basura.

 


 

Navarro: depósito de desechos y lugar de refugio

El basurero de Navarro se ha ido fracturando debido a una falta de planeación. Las grietas sobre las que se levanta la población damnificada, venían dibujándose mucho tiempo atrás. En 1967, cuando Emsirva creó el vertedero, Cali afrontaba un crecimiento desordenado e inequitativo y los espacios periféricos fueron escogidos como una opción de vivienda y trabajo por parte de cientos de personas que escapaban de la violencia y la crisis económica de las zonas rurales. Así se dio el poblamiento de Navarro, cuando la empresa de aseo decidió aprovechar un hueco dejado a orillas del río Cauca por la explotación de material arcilloso. Allí se destinó la disposición de basuras, al lado de un canal que recibe las aguas de los ríos Lilí, Meléndez y Cañaveralejo. Sobre una base de 20 hectáreas y alcanzando una altura de 68 metros, se erigió esta montaña de basura que se convirtió a su vez en fuente de contaminación para el río, por el vertimiento de los líquidos que emanaban de los desechos químicos, orgánicos y no degradables.

Aunque la contaminación y las amenazas de derrumbes lo hacían un lugar inviable para ser habitado, se construyeron casas, se multiplicaron las familias, y se instauró una dinámica social donde confluían en un mismo punto los conflictos, la inseguridad, la drogadicción y los problemas de salud; pero también la solidaridad entre sus habitantes, y una actividad de reciclaje y recolección de escombros, hasta cierto punto organizada, de la que ellos se sentían orgullosos, a pesar del estigma de la ciudadanía.

Navarro era como una ciudad aparte, un caserío de ranchos construidos con cartón, palos y plásticos, peligrosos e inestables por estar dispuestos sobre desechos que producían enfermedades. Pero al mismo tiempo era su fuente de subsistencia. Trabajando hasta ocho horas diarias, familias enteras reciclaban en condiciones rudimentarias y sin ningún tipo de entrenamiento técnico. Sin utilizar tapabocas ni guantes, cientos de personas se movían entre los desechos, ignorando los malos olores y esquivando a los gallinazos que volaban a ras de piso en busca alimento. Volquetas y carros de Emsirva transportaban por los polvorientos caminos de acceso las bolsas, que en cuestión de segundos eran desbaratadas: Botellas plásticas y de vidrio, papel, cartón, aluminio, cobre y otros artículos reutilizables se recuperaban en medio de la descomposición. Los recicladores poco a poco iban engordando los costales donde guardaban el material; luego lo separaban y lo vendían. Los compradores eran chatarreros y comerciantes clandestinos que llevaban sus camiones hasta el basurero y hacían jugosos negocios. Ellos se enriquecieron, ellos pagaban a huevo; pagaban el kilo de plástico a $60 pesos ¿saben a cuánto lo vendían? a $500 pesos. El kilo de aluminio nos lo pagaban a $800 y lo vendían a $3.500. No nos pagaban ni la cuarta parte, cuenta una de las recicladoras.

No era la forma ideal de vida, pero era la única que conocían. Marleny vivió esta rutina durante décadas. Solía trabajar en las noches, según recuerda su hija Aracely: Mi mamá trabajó toda su vida en el basuro. Ella se quedaba allá toda la semana y los sábados venía a la casa. Cuando estaba más malo era cuando más tiempo se quedaba, armaba una especie de cambuche y ahí se pasaba la noche. Allá también llegaban los carros de la basura de noche y pues era más trabajo y mejor porque casi no había gente. Aracely mueve sus manos procurando dibujar la escena y sus ojos miran hacia ese momento.

Con lo que ganaba Marleny en Navarro, sostenía su hogar: podía comprar la remesa y enviaba a sus hijos al colegio. Pero pronto ellos también se vincularon al reciclaje. Aracely, desde los trece años, prefería acompañarla a reciclar que asistir a un aula escolar. Ella colaboraba en la tarea de selección del material, y con el tiempo, conoció en Navarro a su actual esposo. Cuando quedó embarazada, a los dieciséis, decidió empezar a reciclar por su propia cuenta e irse a vivir con el padre de su hijo. Formaron su hogar en brisas del Cauca. Todos los días, Aracely y su marido, se levantaban a las cinco de la mañana, caminaban hasta la avenida Simón Bolívar y abordaban la ruta Río Cali que los dejaba cerca a Navarro. Desde ahí caminaban o se colgaban en las volquetas de basura hasta llegar al botadero. Después, durante todo el día, hasta las tres o cuatro de la tarde, reciclaban. No le rendían cuentas a nadie y sus horarios de trabajo dependían enteramente de su disposición. Muchas veces, entre los montones de basura, solían aparecer joyas. Era como gritar ¡bingo!, como ganarse la lotería. Cuando eso pasaba, se apuraban a negociar lo que habían encontrado hasta ese momento, e iban a vender el oro o la plata al centro de la ciudad. Compraban pollo para celebrar.

En Navarro todos eran iguales, realizaban el mismo trabajo y sus esfuerzos generaban frutos inmediatos. Estos factores atrajeron a decenas de familias con el paso de los años. En su mayoría provenían, como Marleny, del pacífico colombiano; venían de Tumaco, Chocó o Puerto Tejada, y pasaron de ocuparse en actividades agrícolas o domésticas, a sobrevivir gracias a la basura, que les brindaba al mismo tiempo abrigo, alimento y materiales para construir sus viviendas. No obstante, con el crecimiento poblacional vino el peligro, la delincuencia, y el abuso de drogas que afectó sobre todo a los más jóvenes, y que fue aprovechado por algunos intermediarios para pagar con marihuana o bazuco el material reutilizable. De aquella violencia, fueron víctimas dos hijos de Marleny, quienes también laboraban en Navarro y terminaron asesinados por riñas juveniles que se empezaron a desatar en el basurero.

Así como al cabo de los años la basura desbordó las capacidades del espacio, el equilibrio social también se vio amenazado y exigía respuestas contundentes. Sin embargo, una vez más las autoridades locales y nacionales fueron inferiores a las necesidades. En 1984 la CVC oficializó la venta del basuro a Emsirva, desconociendo las leyes ambientales que exigían la protección de los terrenos aledaños al río Cauca. A pesar de que en 1995 esta misma corporación declaró que el botadero solo podría funcionar durante dos años más, en 1999 la misma CVC concedió tres años más de vida útil abriendo la posibilidad de que una empresa privada entrara a manejar el basurero. Navarro ya no tenía capacidad para albergar más basura. Los lixiviados seguían contaminando medio ambiente y la seguridad de todos los que allí vivían o trabajaban, cada día se veía en peligro. La empresa española Serviambientales ganó la convocatoria hecha por Emsirva para operar el proceso de disposición final y el tratamiento de los desechos. Esta compañía se propuso realizar un relleno dotado con una sofisticada planta de reciclaje, y la implementación de técnicas más modernas para el manejo de las basuras. También se proponía mejorar las condiciones sociales de los recuperadores, otorgándoles mayor autonomía laboral, acogiéndolos de como empresarios de la cadena de reciclaje y no como simples empleados del proceso; también crearon proyectos educativos, sanitarios y recreativos. No obstante, Serviambientales no pudo cumplir con lo prometido, pues al cabo de cuatro años los problemas seguían latentes. De hecho, en el 2001 se produjo el mayor desastre ambiental que ha experimentado nuestra ciudad, cuando un derrumbe envió 350.000 toneladas de desechos al río Cauca, aumentando de forma alarmante sus niveles de contaminación. Después de enfrentarse con la comunidad y la administración local, la empresa devolvió el manejo de Navarro a EMSIRVA. De nuevo la improvisación, la falta de claridad en las propuestas, y los conflictos entre las expectativas de las entidades y las necesidades de los recicladores, evitaron que se diera un cambio.