“Tu vida no es una cadena de sucesos imparables, uno tiene el derecho a equivocarse, a arrepentirse y cambiar de posición; la vida se trata de poder cambiar de parecer, de poder decir me equivoqué, quiero una decisión distinta”.

Hablan las “criminales”

 

Unidad investigativa: Ana María Posada Arias, Luis Ángel Puerta Trujillo, Pablo Miguel Méndez Gómez, Román Andrés Jiménez Oviedo. 

 

Un sábado de noviembre del año pasado, Diana entra a la fundación Sí Mujer. Es una casa grande en el norte de Cali, limpia, con abundante luz. Las paredes están adornadas con afiches de arte, hay una fuente y varias materas a su alrededor. “No es un ambiente aséptico, es un lugar cálido (…)”. 

Diana ya ha venido antes a una cita de evaluación médica y hoy es el día de la intervención. Decidió abortar en una clínica y no intentarlo en casa por recomendación, tiene amigas que le han dicho que las pastas no son seguras: “Fue muy cagada, porque le conté a varios amigos cercanos, incluso a algunos hombres, y todo el mundo tenía una experiencia o una conocida que tenía algo qué decir. La conclusión fue que era muchísimo más seguro hacerlo en una clínica que con las pastas en el apartamento, porque había un montón de riesgos, cada organismo es muy distinto y no había manera de saber cómo proceder de forma segura. Además, si se te llega a complicar la situación y hay que acudir a un médico profesional te señalan por haber intentado abortar ilegalmente. En la ley hay tres excepciones y mi caso no era una de esas”, me explica.

La delación no fue por causa de los vómitos matutinos ni los senos templados, Diana supo que estaba embarazada por intuición: “dormía muchísimo, luego me ponía histérica, luego lloraba sin ninguna razón…algo pasaba, uno tiene momentos bien y otros en los que está mal, pero estas semanas fueron brutales”. Las hormonas, dirían los médicos, aunque cuando lo menciona sus gestos parecen creer que fue algo más.

Llamó a su novio (vive en Bogotá) y le contó lo que pasaba. Decidió comprar una de esas pruebas rápidas y le salió positiva. “Fue como ¡rayos! … ¿qué hacemos?”.

Diana dice rayos. No sé si soy osado en afirmarlo, pero pocas caleñas dicen rayos. Lo tomo como una marca de su carácter, al igual que su cabello naranja en mechas escasas alborotadas.

Diana tiene veintidós años y está preparando su tesis de diseño industrial en la Universidad del Valle. Trabaja ocasionalmente como asistente para algunas clases de su unidad académica y le gusta cantar. Junto con su novio, recogió la plata para pagar los cuatrocientos mil pesos que le costó el aborto, además de los treinta y cinco mil de la consulta inicial.

Diana tuvo suerte de haber tenido un novio que la apoya y así lo reconoce: “creo que es sobre todo clave en ese proceso psicológico y emocional que viene con esas cosas, la situación de la pareja, en caso de no ser una violación o algo así (…) a la pareja que no la separa, creo que la une muchísimo (…) y aunque lo recordamos con tristeza fue una muy buena decisión, la mejor para ambos, no me arrepiento”.

Pero Diana no es una colombiana común; tiene una educación, su propio criterio, el apoyo de su pareja y los cuatrocientos treinta y cinco mil que le costó su decisión; Todas comodidades escasas en este país. Lo cierto es que su aborto fue ilegal; la sentencia C355, que pasó en el año 2005 como resultado de la demanda de Mónica Roa, una abogada y activista por los derechos de la mujer, estipula que el aborto está despenalizado en tres excepciones: si está en juego la vida o la salud (mental o física) de la mujer, en caso de violación o en caso de que se detecte un feto con malformaciones no compatibles con la vida.

¿Qué tal Martha?, una mujer de 42 años, de baja estatura, piel trigueña, un tanto delgada y temerosa de Dios. Un poco más cercana a una colombiana modelo.

En una calle estrecha del barrio Primero de Mayo de Palmira, donde los niños son dueños de la calle y se lanzan a la mitad, deteniendo el tráfico como pequeños inmortales. Allí nos protege la privacidad del carro; en la casa estaba su familia y las hijas de una amiga, fue el asiento del pasajero el confesionario: “...eso no me funcionó, ¡no me funcionó! Me dijeron que no a todas las mujeres les funciona, que cuando usted tiene la matriz muy fuerte, no pasa nada. Yo no tuve sangrados. Menos mal tenía plata, porque me cobraron”, dice Martha de su intento de abortar con misoprostol hace 6 años, mientras mira ocasionalmente por la ventana del carro.

Los ochenta mil de las pastas y los doscientos del aborto “por debajito de cuerda” no fueron suficientes para colmar su culpa: “La verdad, estaba mal con mi marido, y yo no planificaba porque él era operado. Entonces uno de pronto ofendido, dolido de verse con infidelidades, con cosas malucas, opté por tener relaciones con otro hombre. Y cuando me di cuenta ya tenía como mes y piquito, y yo lloraba desesperada (...) Se siente uno que mató, asesinó, yo lo sentía así. Yo decía: Dios le quité la vida a mi propio hijo, y todavía a un niño. Yo veía a mi hijo, porque tengo un niño mayor y dos niñas, y decía, era otro niño, dice con ternura. De pronto si hubiera estado sola hasta lo habría tenido, porque mis hijos me han dicho: “ay un hermanito pequeñito ! qué rico mamá!”. Pero de solo pensarlo, viviendo con el papá de mis hijos…yo no soy nadie para juzgar, pero fue él todo el tiempo me la embarró. Más que todo lo hice por eso, para no tener más problemas con él”.

“Iba a cumplir dos meses”, continúa con voz quebrada “y solo me anestesiaron de la cintura para abajo, porque dije que no me durmieran toda; yo decía ¡si me muero me voy para el infierno, Dios, esto no está bien con usted! O sea, conscientemente yo sabía, pero decía, cómo voy a tener otro niño, sabiendo que el papá de mis hijos está operado y me va a decir: no es mío. Fue en 29 de febrero de año bisiesto, tendría seis años. El médico que me lo hizo dijo que iba a ser un niño, y yo digo: ¡ay Dios mío bendito! locuras que uno comete. Y en la vida nunca lo volvería a hacer. Le pedí mucho perdón a Dios, y yo sé que él me perdonó, pero esas cosas no se las deseo a nadie, y nunca, nunca lo volvería a hacer.

Según las descripciones de ambas mujeres, fueron sometidas a un procedimiento similar de succión y legrado. Diana recuerda que sentía como la jalaban por dentro, que aun después de la anestesia el dolor le latía: “o sea” dice con una risa incrédula “!te jalan el útero! Es una vaina impresionante (ríe) después te sacan en una silla de ruedas a una sala de recuperación donde te dan algo de comer y un té de canela para el dolor abdominal…sí me quedó doliendo bastante durante una hora... tuve un dolor insoportable, ya después fue normal”.

Es el único momento en el que Diana se ve sacudida, tose fuerte entre las palabras, una tos brusca.

Martha habla de un dolor similar: “lo anestesian de la cintura para abajo, por medio de un suero, pero no mucho, usted siente. ¡Yo sentía!, yo le decía a ese señor que me dolía y él me decía “tiene que aguantarse”. Lo más duro es que me contaba cómo estaba aferrado, y cogió unas alforjas y las metió, y yo le decía ¡me duele!, y él me decía: sí pero es que hay que desprender. Para mí eso fue horrible, yo salí de allá y sentía que todo el mundo me miraba, me sentía juzgada, señalada”.


Un medicamento esencial

El misoprostol actualmente es el blanco de un debate nacional, en abril de este año se supone la Comisión de Regulación de Salud debería haber tomado una decisión respecto a su inclusión en el Plan Obligatorio de Salud (POS), pero por el momento no se han hecho públicas las decisiones.

Como medicamento, la historia del misoprostol ha sufrido desarrollos accidentales; inicialmente, fue un medicamento que contrarrestaba las complicaciones gástricas que acompañan a ciertos anti-inflamatorios. Sus efectos en el área de obstetricia y ginecología fueron descubiertos rápidamente. “El misoprostol es una droga que se utiliza rutinariamente en las instituciones hospitalarias”, dice Harry Pachajoa, Doctor en Ciencias Biomédicas de la Universidad del Valle y actual profesor de genética y jefe de ciencias básicas médicas en la Universidad ICESI.

“El mecanismo de acción es uterotónico, es decir que aumenta la contracción uterina”. Lo que esto significa es que el misoprostol no es solamente un medicamento abortivo, sino que se utiliza para ablandecer el útero cuando se necesita introducir un dispositivo intra-uterino o también para inducir el parto en casos en que la madre sufre de diabetes. Pachajoa aclara varias cuestiones del misoprostol, sentado bajo la luz neón en un salón de conferencias de su facultad: “La palabra aborto se usa para las primeras veintidós semanas del embarazo, después ya estamos hablando de un parto pre-término”, esta aclaración ayuda a entender que el aborto es en la etapa temprana del embarazo, cuando hay menor riesgo de complicaciones.

Pachajoa hace parte del Grupo Malformaciones Congénitas y Perinatales y Dismorfología, que en el 2008 publicó un estudio en vinculación con el grupo investigativo de Epidemiología y Salud Pública de la Universidad del Valle, proponiendo un vínculo entre el uso inadecuado (dosis insuficientes o irregulares) de misoprostol y malformaciones congénitas por disrupción vascular. Las teorías respecto a esta hipótesis varían, ya que la investigación se hizo en la comuna 14, donde se reportaron los casos de malformaciones, y los factores posibles se inscriben en un panorama de inequidad ambiental; es decir que por ubicación geográfica y socio-cultural hay una mayor exposición a drogas, alimentos y suministro de agua y aire contaminados, entre otros. Pero este tema podría bastar para otro análisis más severo y detenido.

Lo que vale la pena resaltar es que, aunque desde la implementación del misoprostol las muertes por abortos caseros se han reducido, su uso irregular es riesgoso, y puede conllevar a malformaciones (que parecen ser el lado más llamativo para la prensa, opacando el problema real de una situación social compleja y la necesidad de regularizar su uso).

El 6 de abril de este año, mientras la Comisión de Regulación de la Salud recién había anunciado que el medicamento estaba en consideración para ser incorporado al POS, el programa radial Hora 20 convocó a un debate luego de que la procuraduría se pronunciara negativamente sobre su inclusión.

El procurador Alejandro Ordóñez Maldonado se ha vuelto notorio por sus opiniones acerca de la institución de la familia y los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. En esta ocasión en la Procuraduría citó fragmentos de textos de la Organización Mundial de la Salud respecto a los posibles riesgos del uso del misoprostol en caso de hemorragia post-parto fuera de contexto. Atribuyó dichos riesgos a procedimientos para aborto y etiquetó al misoprostol como un medicamento inseguro que no debe ser incluido en el POS. Al revisar qué se ha dicho al respecto encontramos que el misoprostol está aprobado por el Invima y la OMS lo cataloga como un medicamento esencial, debido a sus múltiples usos en ginecología y obstetricia (el Dr. Pio Iván Gómez Sánchez, representante de la Federación Internacional de Obstetricia y Ginecología ha dicho públicamente que el misoprostol es un medicamento que salva vidas).

El procurador también hizo afirmaciones jurídicamente incorrectas, declarando que el aborto es un delito despenalizado pero no un derecho constitucional, cuando las sentencias c355 y t760 (que configuran el respaldo legal del aborto) están vigentes y en cada excepción el aborto es interpretado como un derecho constitucional para la mujer que lo necesite. Es curioso que el procurador tenga tan unidas su función privada como creyente y su función pública, sobre todo cuando dicha unión entra en conflicto con la constitución; la función de la Procuraduría debería ser asegurar que se cumplan las sentencias constitucionales, no bloquearlas.

Asumiendo que el misoprostol no puede ser incluido en el POS por sus riesgos y calificación como abortivo, ¿qué es lo que realmente se teme? En una Colombia actual que no incluye misoprostol en el POS las pastillas se consiguen en farmacias con facilidad; en el debate radial de Hora 20 los periodistas informaban que se vendía a ciento treinta mil pesos en algunas farmacias. Al parecer los investigadores para el programa radial llamaron a varias droguerías para conseguir la información.

En un pequeño experimento, una integrante del grupo investigativo que construyó esta pieza se ofreció como voluntaria para poner a prueba la teoría sobre esta venta; Anita, de dieciocho años (aunque su apariencia fácilmente podría ser la de una menor de edad) logró que en dos de las cuatro droguerías en las que consultó (una ubicada en el barrio de Ciudad jardín y la otra en la Palmira) le empacaran una dosis de siete pastas por el precio de veintinueve mil seiscientos pesos, y otra de catorce pastas por el precio de cuarenta y cuatro mil pesos. La dosis usada para abortar circula entre las seis y las nueve pastas, dependiendo de la etapa del embarazo.


Tan claro como el fango

En una situación que involucra tantos factores morales, científicos y jurídicos es imposible tener un panorama absoluto, en que se distingan claramente unos transgresores y unos virtuosos. Por ejemplo, la sentencia constitucional también establece que cómo individuos, los profesionales de la salud que se vean en una situación en la que se cumplan las condiciones legales para realizar un aborto, pero se nieguen a llevarlo a cabo (en la mayoría de los casos por sus creencias religiosas) tienen el derecho a emitir una objeción de conciencia. La ley permite dichas objeciones siempre y cuando el profesional remita a la paciente a otro profesional que sí le lleve a cabo el procedimiento. Sin embargo, esta última disposición no se está cumpliendo, en muchos casos las mujeres son negadas a su derecho a interrumpir el embarazo, cuando sería legítimo. El Monseñor Juan Vicente de Córdoba, teólogo con especialización en bioética y secretario general de la Conferencia Episcopal plantea que la remisión en la fe católica equivaldría a un acto de complicidad, y aunque en aislamiento el argumento no se sostiene (hay una proporcionalidad de derechos que privilegia los del paciente sobre los del profesional), este argumento nos lleva a otro: que los doctores dispuestos a realizar abortos deberían estar regularizados y sistematizados de manera que se divulgue cuáles centros hospitalarios prestan los servicios, evitando las remisiones eternas y la falta de información en momentos en los que el tiempo es crítico.

También es difusa la misma sentencia c355 cuando dice que en caso de que la vida o la salud, física o mental, de la mujer esté en juego se despenaliza el aborto. El médico Wilmar Saldarriaga del Hospital Universitario del Valle explica que, según esto una mujer puede decir que tener el hijo sería perjudicial para su salud mental porque se deprimiría y entonces justificaría así una interrupción del embarazo. O por ejemplo, cuando la sentencia se niega a esperar las deliberaciones de comités médicos para tomar una decisión respecto a si una malformación congénita es o no compatible con la vida, o si una mujer fue en efecto violada o no; en todas estas situaciones la arena comienza a volverse movediza, porque son decisiones delicadas que no pueden tomarse a la ligera; pero también hay un asunto de derechos y de discriminación de género en juego. El tema del aborto y su reglamentación es complejo y no se puede solucionar con respuestas absolutas.


¿Se cae para aprender a caer?

Compliquemos las cosas un poco más: Recordando a Diana y a Martha, ambas se realizaron abortos ilegales, bajo distintas condiciones, con distintas razones y sacaron diversas conclusiones frente a su decisión, pero comparte un factor común: un procedimiento invasivo, costoso y traumático. El misoprostol tiene un 98% de eficacia en un ambiente clínico controlado, y solamente entre el 2% y el 5% de las mujeres necesitarían un procedimiento adicional para culminarlo. Es un procedimiento económico, de invasión mínima y sobre todo seguro para la mujer.

El misoprostol puede salvar vidas pero también puede facilitar las decisiones como las de Diana y Martha. 

Diana muerde el final de un cigarrillo piel roja sin filtro mientras se echa para atrás pensativa. Me mira y me dice: “tu vida no es una cadena de sucesos imparables. Uno tiene el derecho a equivocarse, a arrepentirse y cambiar de posición, la vida se trata de poder cambiar de parecer, de poder decir me equivoqué, quiero una decisión distinta”.