Les quitaron todo. Huyeron para salvar sus vidas. Sólo llevaron consigo lo único que les dejaron: miedo, dolor y odio. Al llegar a Cali, su mamá debía pagar a una cuñada trescientos cincuenta mil pesos por el alquiler de una casa en la que vivirían por poco tiempo...

 

Por: Cristian Benavides

 

I

 

...La madre era una morena, alta, maestra de primaria de un pueblo del Cauca; desde entonces una mujer de mirada triste que debió recurrir a la ayuda del gobierno para los desplazados por la violencia. El auxilio no era mucho, pero al menos les garantizaba pagar un espacio para dormir. Un mes después de llegar a la ciudad, Antonio y sus tres hermanos menores iniciaron estudios en un colegio público. 


 


II

 

Corría el lunes festivo del 19 de agosto del 2002. Luego de pasar todo el día en la feria de San Rafael, la familia Vergara, cansada, volvía, a eso de las 7 de la noche, en la camioneta gris, familiar, a la casa de La Robleda, una vereda de Caloto, en el Cauca. Todos se miraban, hablaban, reían; Antonio no. Quería parecer disgustado con su padre, que le había culpado injustificadamente de dañar el equipo de sonido de la familia. Ya no sonaba. Antonio, a sus 13 años, cruzado de brazos, más triste que furioso, intentaba caprichosamente clavar su mirada sobre el espaldar del asiento delantero, forrado en cuero café, donde viajaba su madre. La continua cojeadera de la camioneta por la carretera despavimentada y la mirada constante de su padre a través del espejo retrovisor, con sus ya acostumbrados comentarios, lo obligaron a sonreír.

En casa, y luego de comer la tradicional picada de los festivos escucharon el sonido de la puerta. A Antonio le encantaba correr a abrir, siempre competía con su hermana:

- Hola niño. ¿Está Rey?

Rey era el padre, en realidad se llamaba Reinaldo. Un comerciante de 48 años, de 1.80 de estatura, blanco, no tan gordo aunque un poco ancho, de bigote negro y poblado. Todos en el pueblo lo conocían y sabían a qué se dedicaba para ganarse la vida: “vendía tierras”, eso decía Antonio recién llegado a Cali. Con el tiempo confesó el verdadero negocio: su padre era dueño de una de las cocinas de cocaína más grandes del Cauca: negociaba con paramilitares y guerrilleros a la vez.

-Sí, sí está.

Entraron cuatro hombres, amigos de su padre. Rey estaba sentado en un sofá justo enfrente de la entrada de la casa, sin camisa, sudoroso. De inmediato, como gran anfitrión se paró y estrechó fuertemente la mano de cada uno de ellos. Antonio se quedó abrazado a él, a su cintura, quería escuchar la conversación.

-¿Qué se les ofrece?, dijo Rey.

-Mi Rey, es que se nos varó el carro y queríamos saber si usted nos lo puede remolcar hasta Guachené, respondieron sus amigos.

-No muchachos, yo a esta hora ya no salgo… lo pensó un poco… si quieren les puedo prestar el carrito.

Le decía el carrito porque era el más pequeño de los tres que tenía la familia. El más bonito. Era un Skoda Favorite, azul, último modelo, que le había regalado a Antonio el día que cumplió los trece años. Los otros dos eran un Campero Mitsubishi y una Toyota Paith Finder.

-No, no. Lo que pasa es que ya no volvemos por acá y no tenemos cómo devolverle el carro…insistieron… Mi Rey eso no le quita nada.

Rey titubeó, pero confiaba en ellos y terminó aceptando. Antonio, de inmediato, se apuntó a acompañarlo; lo hacía acatando la orden que le había dado su madre de acompañarlo a todas partes para vigilar que no se metiera con otras mujeres.

Subieron al Skoda Antonio, su padre y dos de los cuatro hombres; los otros dos, iban atrás en una camioneta blanca arrastrada por una cuerda. No pasó mucho tiempo de camino antes que la camioneta remolcada prendiera las luces y encendiera. Al notarlo, su padre se molestó, desconfiado quiso volver de inmediato, pero uno de los hombres que apodaban El gordo, lo convenció de seguir con ellos por si el daño se repetía.

El gordo había vivido con la familia cerca de un año, en un rancho que quedaba justo al otro lado del riachuelo que rodeaba la casa principal de la hacienda. De a poco, se fue convirtiendo en un hombre en el que Rey confiaba a ojos cerrados. Pero la relación se rompió el día en que El gordo decidió buscarse un lugar propio para vivir. Desde entonces no se veían, aunque la confianza estaba intacta.

A poco tiempo de camino, a eso de las 7:40 de la noche, en la vereda El Gualí, el Skoda tosió, tosió y tosió hasta vararse. Rey controlaba toda la zona y sabía quién le ayudaría a componer el carro. Confiado, como era, se bajó a buscar ayuda pero no permitió que su hijo bajara del auto. Antonio debió quedarse en el asiento del copiloto; lucía cansado, bajaba su cabeza, y se lamentaba por haber viajado con su padre. En un momento miró por el espejo retrovisor y vio cuando El gordo pasaba un arma -Mini ussi- al segundo hombre que viajaba con ellos. Antonio agachó la mirada de inmediato, un frío intenso atravesó su cuerpo, se desesperó pero disimuló; con un fuerte presentimiento, luego de pensarlo un poco, bajó del carro en busca de su padre.Rey no lo dejó pronunciar palabra alguna antes de mandarlo de vuelta a acompañar a sus amigos.

Durante el camino Antonio quiso advertir a su padre: imaginaba cómo desarmar a los dos hombres, imaginaba estrellar el carro, gritar; pero seguía impávido, como si tuviera cada centímetro de su cuerpo clavado al asiento; pensaba, estaba ansioso, esperaba el momento… al frente aparecía un retén del ejército.

_ ¡Rey desvíese que yo estoy caliente! dijo El gordo.

_ ¡No! gritó Antonio.

_ ¡Sí! su papá

_ ¡Por acá Rey, por acá!

Rey se desvió de inmediato

_ ¡Hijueputa! se lamentó El gordo

Rey tenía la adrenalina arriba, ni siquiera notó el lamento de su compañero de viaje; en cambio, gritó a Antonio por entrometerse en decisiones de adultos. Nunca estuvo cómodo desde que Antonio supo claramente a qué se dedicaba. Se rió y agradeció a Dios por salvarlos. El otro carro, la camioneta blanca, desapareció. No se supo en qué momento, pero a las ocho de la noche la camioneta ya no estaba más tras de ellos. Siguieron andando, por ese desvío, hasta llegar a un pueblo de carretera; de esos de casitas dispersas como desconectadas. Rey reconoció la vivienda de un amigo suyo y luego del susto estacionó el carro para pedir algo de comida. Antonio observó el paso de su padre hasta la vivienda; a lo lejos, lo vio estrechar su mano y sonreír. Bajó y caminó hacia la parte de atrás del carro para orinar, El gordo hizo lo mismo, ambos se acercaron al precipicio y empezaron a hablar… de repente Antonio oyó:

_¡Ojo con eso!

No parecía la voz usual de su padre, pero sin duda lo era. Era una voz saturada de pánico, hecha eco en el abismo. De inmediato volteó y lo vio allí, con un vaso aparentemente metálico en la mano, y el rostro iluminado desde arriba, tenuemente, por la luz amarilla de un bombillo viejo; estaba parado en la puerta de la vivienda, estremecido; el segundo hombre estaba tras de él, apuntándole con el arma que minutos antes Antonio había visto pasar de un cuerpo a otro. ¡Pum!, un tiro. El frío recorrió el cuerpo de Antonio, se quedó quieto, mirando fijamente como su padre se desvanecía. ¡Pum! Otro tiro. Una luz pasó por el frente de sus ojos. Antonio corrió,El gordo quiso agarrarlo, gritos: ¡se escapa! Corrió, corrió. ¡Se escapa! Ruido: el carro. Lo seguían, ¡ayuda, mataron a mi papá! Antonio se escondió.


 

III

 

Antonio ya no vive con su familia en el apartamento de su tía. Ahora vive en Marroquín II, en la casa de su suegra. Se trasladó justo después de enterarse del embarazo de Jenny –su actual esposa-. Allí, junto a ella y su pequeña hija, duerme bajo toldillos en un cuarto, al lado de un catre.

La casa de su suegra, envuelta por dentro en madera despeinada, es pequeña y calurosa, café en algunas partes, amarilla en otras. El suelo gris, una combinación de cemento y pintura de aceite, contrasta con las paredes. Sobre una de ellas, una pintura iluminada por veladoras refleja el rostro de un hombre. Es el hermano de Jenny, la actual esposa de Antonio. La tibia luz que aclara la imagen pareciera esconder el pasado oscuro del difunto.

Jenny está sentada en el comedor y el calor se refleja sobre su piel morena, luce muy descubierta; saca cuentas, da órdenes, se desespera y discute con su madre. Su mamá barre, discute, pasa, barre, grita, se escucha un llanto y ahí está Antonio: sin camisa, sudoroso, calmando los lloriqueos de su bebé, apeñuscado en ese viejo sillón vino tinto que insinúa unas espumas empolvadas, otrora amarillas, por donde quiera que se le espíe.

Antonio debió huir del pueblo porque sabía mucho y amenazaron con matarlo, no pudo siquiera ir al velorio, tampoco al entierro de su padre. Recién llegado a Cali, estudiaba y trabajaba para ayudar a mantener a su familia. Siempre fue una persona amigable que irradiaba carisma y gozaba de popularidad entre quienes lo rodeaban. Sin embargo, cuando habla en confianza, sus ojos y sus palabras lucen llenos de odio y sed de venganza. A todo aquel que quiso indagar un poco acerca de su pasado ostentoso, Antonio intentó persuadir para vengar la muerte de su padre. No tendría éxito sino hasta mucho tiempo después.

Con el tiempo, en el colegio público donde estudiaba, la vida le sugirió un camino y él lo tomó. Antonio se convirtió en un ladrón de poca monta. Ya no era la persona más rica del pueblo. Ahora vivía en una ciudad grande y desparramada, pagando arriendo y trabajando para sobrevivir y mantener a su familia. No quiso más esa vida, le incomodaba. Probó toda la droga que le ofrecieron. Aunque seguía viviendo con su madre, le ocultaba lo que consumía. Antonio se sintió libre para hacer lo que quiso. Se vinculó con una banda de atracadores, a la cual pertenecía un primo suyo que le ayudó a entrar. Es un grupo de asaltantes que opera en Cali, quizá el más reconocido. La banda se caracteriza principalmente por hacer robos a carros de valores de forma casi cinematográfica y sin dejar posibilidad alguna a la policía para arrestarlos.

Antonio tenía 17 años y su documento de identidad indicaba que media 1.70. En realidad medía mucho menos. Su estatura era quizás el legado más importante de su padre, un hombre que empezó a levantar pesas desde los doce años. Antonio cree no haber crecido un centímetro, pero su cuerpo luce cuidadosamente delineado.

En la banda era un campanero, su tarea era estudiar a las víctimas para indicar sus horarios y rutinas. Un buen día el primo que lo ayudó a ingresar, lo convenció de ir a hablar con los viejos clientes de su padre para cobrar venganza. No fue muy difícil persuadirlo. A Antonio sólo le llegaron las fotos de los muertos. Ese tema nunca se tocó en familia. Nadie en su casa, ni su madre, ni su hermana, ni sus dos hermanos menores, se enteraron de esa situación. Luego de vengarse Antonio vive más tranquilo, porque, como dice él “no le debo nada a nadie y ya nadie me debe nada”.

En la banda no alcanzó a participar en vueltas grandes, antes que su mamá lo descubriera. Ella, en medio de llantos y recordando al padre, le rogó que cambiara de vida. “Uno con una buena vuelta ya puede vivir bien… pero así es la vida”.

“Ahí se gana mucha plata, lástima que no alcancé a hacerme nada”, dice. Desde entonces, dejó de intentar ser malo. Su tía, la misma que les había alquilado el apartamento, era dueña de un local en un centro comercial y le ofreció trabajo a cambio de que dejara los torcidos. Antonio empezó a trabajar y a hacerse ilusiones. Conoció a Jenny y se enamoró de sus ojos claros y del contraste que hacían con su piel morena.


 

IV

 

Ahora trabaja para JGB, surtiendo mercancía en los supermercados. Gana aproximadamente ochocientos mil pesos y le aporta trescientos mil a su suegra para mantener la casa. Estudia en las noches en una universidad pública. Siente que ahora lo tiene todo, solo extraña la vida con su padre.

Antonio llora cuando cuenta su historia, recuerda su padre y se queda en silencio, por momentos su voz lo traiciona, se va de repente; hace calor, sonríe, quiere continuar hablando.

- ¡Mataron a Calvo! Entra gritando un niño a la casa, que, como siempre, tiene las puertas abiertas. Todos se conmocionan, pero Antonio no se inmuta, sigue tranquilo; le vuelve la voz, más aguda que lo acostumbrado, pero le vuelve. No sabe quién es Calvo, ni quién es el niño, y eso ya poco le importa: “es un muerto más en el barrio”, dice. 

Continúa en ese sofá vino tinto, con su hija en los brazos. Sigue siendo moreno, midiendo ese mentiroso 1.70 y llevando esa expresión carismática; pero ya no es el mismo. Ahora, es un joven de 23 años, padre desde los 20, casado y con todo un mundo en el regazo. “Mi vida es mejor ahora…ahora tengo una motivación real para vivir”.