Cuando supo que había muerto su papá, la pequeña Mariela emprendió camino llorando. A sus 12 años nunca había sufrido por la muerte y quizá ni siquiera comprendía su significado. Por encima de sus ojos se dibujaban las figuras de los árboles. Las ramas grandes intentaban alcanzar las nubes, se veían diferentes esta vez. Aquel día no le era posible contemplar la belleza del cielo.

 

Por: Ana Paola Angulo

 

El verano era recio y su piel negra brillaba al contacto con el sol. En ese lugar frondoso que era su finca vivía con su familia. Jamás olvidará que la naturaleza que tanto quería le arrebató a su padre. Don Ernesto Montaño, un hombre grande tal y como lo recuerda su hija, murió golpeado por un enorme árbol. Ahora ella, en su vida adulta, tampoco puede olvidar el temor a la muerte de sus hijos, aunque esta vez la amenaza no es precisamente la naturaleza.

Mejicano era una pequeña vereda habitada por unos cuantos campesinos que vivían de la tierra. La familia de Mariela, su madre, ocho hermanas y dos hermanos, trabajaban en el campo: “Yo era la penúltima de las hermanas, todos trabajábamos. Nos íbamos a coger camarón, a pescar, a coger cangrejo, en fin…vivimos una infancia muy bonita, nos criamos en una zona que había heredado mi mamá de sus padres; ellos le dejaron toda esa punta a sus hijos para que vivieran y cada uno hiciera su casa”.

La casa era de madera pintada de un blanco cenizo. La entrada estaba cubierta por un sembrado de flores, en su mayoría Anturios. Un olor a humo de leña se expandía por todo el lugar. En su interior la casa era espaciosa, sólo estaba divida por tres habitaciones, incluyendo la cocina. La sala era amplia y estaba provista para atender a los visitantes que eran ubicados en petates que hacían las veces de colchonetas. Siempre había invitados y la sala rara vez se veía vacía.

El patio era mucho más grande que la casa y los hermanos de Mariela en las horas de descanso corrían mientras la madre preparaba las comidas. Usualmente debían levantarse muy temprano para hacer las labores del campo. Desde la cocina, la madre observaba a sus hijos mientras curtía, sentada en la butaca, los animales de monte o de mar que usaba en sus comidas. Mariela recuerda que siempre había muchos alimentos y a la hora de la cena siempre había mucha gente.

Los comensales se sentaban sobre el suelo de madera de la cocina, con los platos sostenidos entre sus piernas. Las sobras caían entre los orificios de la madera; abajo las recibían pequeños cangrejitos, y en ocasiones perros o gatos cuando la marea permitía que se formaran montañitas de arena. Quizá, por efecto de esa buena alimentación Mariela, quien ya cumple sesenta y siete años de edad, tiene la apariencia de una mujer de cuarenta.

Con la mirada puesta hacia el horizonte donde se divisan los sembríos de cultivos de caña que le recuerdan a Mejicano, confiesa que le duelen los recuerdos: “Para mí eso es doloroso... cuando me acuerdo que soy desplazada de mi tierra, donde tenía todo y ahora no tengo nada, me duele, eso yo lo siento acá”.

Fue en el 2003 cuando Mariela y sus hijos tuvieron que abandonarlo todo. Su pueblo se empezó a inundar de cultivos ilícitos y el gobierno inició las fumigaciones. El deterioro ambiental causó escasez de los alimentos; la tierra fue violentada por químicos que mataron los cultivos y obligaron a muchos campesinos a buscar otros lugares para vivir y recuperar la tranquilidad. No fue fácil. Mariela y su familia emigró hacia Tumaco en un intento de rehacer sus vidas, pero el desplazamiento forzado llegó por segunda vez: “Yo me compré un ranchito en Tumaco y empecé a construir. Pero luego volvió a quedar como un ranchito porque todo lo que tenía se lo robaron, todo. El día que iban a matar a mi hijo, dejamos todo y no quedó nada, ¡nada! Todo lo que teníamos se perdió en el 2009. Él venía en la moto, y no hizo sino tirarles la moto y tirarse al monte porque ya estaba un poco oscuro, eran como las 7 de la noche y él se echó a correr por el monte para adentro, como sería que la ropa toda se la arrancó, salió casi viringo”. Ese día debieron escapar sin posibilidad de alistar las maletas. Corrieron únicamente con lo que llevaban puesto.

Acorralada de nuevo por el conflicto armado que padece Colombia emprendió camino hacia Cali, esta vez con la idea de construir una vida en la ciudad pero sin el conocimiento que le permitiría alguna práctica de producción necesaria para sobrevivir en la selva de cemento. En Tumaco vendió pescado y sus hijos trabajaban la cacharrería. Ahora el panorama es distinto. ¿Qué harían seis campesinos como ellos en la ciudad?

Por medio de un amigo se ubicaron en Cali: “Llegamos al barrio Pízamo donde tenemos un amigo; él vendió ropa de segunda allá en Tumaco y nos dio la dirección de su casa en Cali. Cuando estuvo en Tumaco se quedó en nuestra casa. Llegamos a donde él, el señor Paulo cabezas y nos ha ayudado mucho, ha sido nuestra mano derecha”. Con la ayuda de Don Paulo la situación en un comienzo no fue tan complicada; sin embargo, con el tiempo Mariela y sus hijos comprendieron que la ciudad era un lugar donde no se podía pescar la comida y por esa razón conseguirla se convertiría en uno de sus más grandes problemas.

Cuando Mariela era niña puso mucho problema a sus padres por la comida. Sentada en las piernas gruesas de su papá, estallaba en llanto cada vez que no obtenía lo que quería: “A mí me gustaban los huevos. Había pescao ahumao, había pescao salao, pescao fresco ‘noooo’ yo decía; ‘yo no quiero pescao, yo quiero un huevo y mi plátano me lo dan entero, no me lo vayan a pitear’ ”. Volviendo a soltar las lágrimas confiesa que ahora en Cali no puede hacer ese tipo de exigencias. Ahora debe “pitear” todo porque de otra forma no alcanza para toda su familia. La comida es escasa, la vivienda es escasa porque vive de arrimada y su trabajo como vendedora de frutas en una esquina del barrio Pízamos apenas le alcanza para pagarle en especias a su amigo Don Paulo por el alojamiento y la comida.

Pedir ayuda en la Unidad de Atención al Desplazado (UAO) fue su primera opción, pero ante la negligencia de esta entidad, según comenta, tuvo que buscar algo que le generara ingresos económicos. Entonces se consiguió un “carrito” y empezó a vender frutas como Don Paulo. Vestida con una bata blanca que le llega a las rodillas recorre el barrio todas las mañanas arrastrando una carretilla cargada de piñas, mangos, peras y manzanas. Usa una gorrita para el sol que impide detallar su rostro. Se desplaza lentamente interrumpiendo su camino cada vez que alguien compra uno de sus productos. Finalmente, se ubica en la esquina que da comienzo al barrio. En ese lugar se queda hasta el atardecer.

 

 

Ahora se ha dibujado una expresión de resignación en su rostro. Al recordar la vida en su casa de la infancia es fácil comprender que ha tenido que adaptarse a un lugar más pequeño. Las casas de la ciudad no tienen patios grandes, ni salas para recibir muchos invitados. Debe compartir habitación con los hijos de Don Paulo y aunque en su niñez compartía el cuarto con todos sus hermanos, la dimensión de su antiguo cuarto sobrepasaba, sin ánimo de exagerar, por lo menos 10 veces el tamaño de su actual habitación. Eso la deprime, teme volver a perderlo todo: “Ende uno llega quiere estabilizarse, estar bien. Pero ya con los grupos alzados en arma uno no puede estabilizarse, uno de toda forma tiene que salir corriendo porque no puede dejarse matá, uno que no debe nada. Lo que da tristeza es que uno no está metido en el conflicto y es que la paga. Porque mire desde adonde uno sale a voltear andar luchando por cosas que uno ni sabe por qué son, yo no sé de qué viene el conflicto armado entonce uno no tiene porqué andar así, porque yo no he sido ni coquera imagínese, yo nunca he sembrao una mata de esa, nunca, ni mis hijos, nunca, nosotros nos criamos trabajando; colino, que cantero, teníamos hasta un trapiche hasta de moler cuando existían mis padres”.

Sí, se trata de una mujer campesina que no conoce las causas del conflicto. Vivir de la tierra lo aprendió de sus padres y aunque tuvo que sufrir por la inesperada muerte de su papá a manos de la naturaleza, prefiere recordar que su madre murió aún vigorosa a los 99 años y que su padre pudo haberlos acompañado por más tiempo.

Ahora teme. Sus hijos están amenazados y piensa en la posibilidad de que sus hijos no alcancen la longevidad de su madre.

Aunque a veces el tiempo intenta aplastar los recuerdos de Mariela, ella no olvida que nació en otras tierras. Con su mirada todavía perdida en el horizonte habla sobre sus sentimientos. Le ha sido difícil adaptarse a la ciudad. Todo es diferente para ella. En Mejicano, e inclusive en Tumaco, no pagaba servicios públicos, no tenía que pagar por la comida ni trabajar todos los días como aquí. Se cansó de buscar ayudas mediocres ofrecidas por el gobierno.

Esta mujer comprendió, aunque no es consciente de ello, que aquel asistencialismo que envuelve las vidas de los desplazados por la violencia en la ciudad es una opción desafortunada para su futuro. Por esta razón, prefiere vivir de la venta de sus frutas que quizá de alguna manera la conectan con su pasado: “Yo me siento campesina, soy de un campo, no me da vergüenza, no me da pena porque donde llego soy la misma Antonia y soy campesina; amo mi tierra. Cuando yo me crié era una tierra santa, no había nada…. Soy campesina pero yo sé que yo donde voy vivo, porque a mí me gusta mucho trabajar”.

Es la única vez que se asoma una sonrisa en su rostro. Declararse como campesina la ubica espacialmente en otro lugar. Quizá la aleja de ese limbo en el que podría encontrarse ahora en Cali, ciudad en la que aún no se adapta. Esa sonrisa se diluye rápidamente cuando recuerda que debe irse a vender sus frutas en la esquina de siempre; entonces se levanta de su silla, seca su frente inundada por el calor de la tarde, y se aleja poco a poco del lugar.