Iba tranquilo. La última vez que cayó Jorge, el 7 de octubre del 2008, estaba cubriendo una ruta hacia la Costa Pacífica nariñense, y aunque  manejaba un doble troque cargado con casi una tonelada de cocaína, como en todos los viajes que había hecho durante años, iba tranquilo…

 

Por: Juan Carlos Mora

Una hora antes de llegar a su destino, con los últimos colores de la tarde, se encontró con un retén policial en medio de la carretera húmeda. Los policías sabían que el vehículo iba cargado: horas antes habían recibido una llamada con los datos exactos del viaje. El carro fue llevado hasta la estación de policía y los uniformados empezaron a descargar los bultos atestados en la carrocería. La cocaína estaba empacada en veintisiete bultos de treinta kilos cada uno. Se confundían entre cientos de bultos más, cargados de arroz y azúcar, que sumaban veinte toneladas. Después de que escarbaron con una navaja en cada uno de los bultos, apareció la coca. Con el décimo bulto de cocaína apilado, Jorge se acercó al teniente encargado de la operación y lo llevó a solas.

- Venga mi agente, yo necesito hablar con usted.

-¿Qué quieres hablar conmigo?

-Es que esto tiene una forma de arreglo.

-¿Cuál es la forma de arreglo tuya?

-Es que hay una plata por esto.

¿Cuánto hay de plata?

-Hay…mil millones.

Cuando Jorge terminó de pronunciar la cifra, el teniente sacó las esposas y procedió a leerle los derechos del capturado. Al otro día, el diario regional publicaría la noticia recalcando en su titular la cifra escandalosa que había sido incautada, acompañada de una fotografía del camión. Ese mismo día, a las once de la mañana, arribaría un helicóptero proveniente de Bogotá con un alto mando de la Policía Nacional.

- A mí me iban a trasladar a La Picota de Bogotá.

Me dirá Jorge con cierto énfasis de alarde en su voz, como quien cuenta sus proezas.

 

Es un viernes cualquiera y voy en bus hacia la casa de Jorge. Actualmente está pagando una condena de cinco años en la condición de casa por cárcel. Han pasado tres años desde su última caída y ahora debe portar un chip amarrado magnéticamente a su pierna derecha. Su madre ha recaído en una grave enfermedad y su hijo de once años conoce muy poco de su pasado, sólo se dedica a jugar fútbol y playstation. Jorge no puede sobrepasar la esquina de su cuadra porque el chip vibraría e  inmediatamente enviaría una señal al centro informático del INPEC.  Suficientes para volver a las celdas. Mata el tiempo jugando parqués con sus vecinos y chateando con sus amigos por Facebook. Tiene 32 años y ha pasado casi la mitad de su vida trabajando en redes de narcotraficantes.

Su carrera empezó temprano: a los 17 ya desempeñaba varios oficios en los laboratorios de cocaína, comúnmente conocidos como “cristalizaderos”. Años antes había pisado aulas escolares, pero sólo alcanzó séptimo de bachillerato, luego partió hacia el Putumayo a su encuentro con la gran señora: la mafia. Desde sus inicios fue un trabajador honesto y eficiente, y con el tiempo sus “patrones” apreciaron su gran capacidad para conducir todo tipo de vehículos y lo involucraron en el transporte de la “merca”. Jorge calcula que en los nueve años que se dedicó a conducir carros encaletados, llegó a transportar por las carreteras del suroccidente colombiano cerca de 27 toneladas de cocaína. La mayor cantidad que llevó en un solo viaje fue de una tonelada. El 7 de octubre lo capturaron con una cifra cercana: 810 kilos. En el proceso judicial, Jorge aceptó cargos y terminó en una celda de la cárcel de Pasto. Pasó once meses en prisión, y luego de una apelación que hizo su abogado, argumentando que es hijo único y  padre de un niño, obtuvo la condición de casa por cárcel.


Un domingo de 2008, en la cárcel

Antes de la visita a su casa, también vi a Jorge cuando estuvo en la cárcel, un  domingo,  día de visitas, durante algunas horas. El penal está ubicado en medio de una calle polvorienta y su fachada es un concreto espeso, largo, impenetrable. Sólo una pequeña puerta irrumpe con la arquitectura hermética. En las esquinas hay torres de vigilancia y toda la prisión está cercada por una maraña de alambre de púas. A las fueras, la gente discute sobre los objetos que se pueden ingresar. Los señores que me acompañan cargan bolsas con gaseosas en botellas plásticas y pollo frito humeante. Yo sólo llevo mi documento de identidad, y una bolsa con cigarrillos y revistas. Después de unos minutos, estoy al frente del guardia del INPEC, le extiendo mi documento; él procede a revisarlo: mira la foto y luego me observa, repasa detenidamente los datos, y con un gesto mecánico, me indica que puedo seguir. Adentro se puede respirar el encierro; el aire está encapsulado bajo las gruesas capas de concreto. Los patios aún están atrás, antes debo pasar la barrera de las requisas. Muchas manos palpan mi cuerpo, de arriba abajo, escarbando hasta el último rincón de mis ropas. Debo quitarme los zapatos y me hurgan hasta las entrañas de mi cabellera. Paso, por fin, el eterno manoseo.

En pequeños grupos de visitantes, nos conducen por estrechos pasillos, guiados por un guardia. Las visitas en esta cárcel no se hacen en ningún tipo de salas, los visitantes podemos llegar hasta la intimidad de los patios y las celdas. Jorge está sentando en unas gradas charlando con otro preso. Lleva un gorro de lana, una chaqueta gris, unos jeans y zapatos deportivos. El patio es el único espacio abierto del que gozan los internos, y no es más que una cancha de microfútbol rodeada por largas paredes. Desde ahí se pueden ver las minúsculas ventanas abarrotadas de algunas celdas. Son diminutas perforaciones en el cuerpo gris del monstruo de concreto, por donde asoman las miradas de aquellos internos a quienes nadie visita hoy. En medio de este pequeño infierno, Dios tiene su sucursal: hay una pequeña capilla con un Cristo de madera, algunos arreglos florales y sillas rimax blancas; adentro, un sacerdote eleva un biblia con sus manos y tres feligreses lo siguen en silencio, con la  cabeza gacha y los ojos cerrados.

-También vienen grupos cristianos- me explica Jorge, ilustrándome la vida del encierro. Mientras dialogamos sentados en una esquina cualquiera del patio, en la cancha de microfútbol se libra un agitado encuentro en torno a un balón deshilachado. Aquí no hay reglas para los partidos. Nadie se puede quejar; no se cobra ningún tipo de falta. Patadas como hachas vuelan hacia quien lleva la pelota. Claro, todos tocan de primera. El que se las pique de calidoso puede terminar con una pierna hecha trizas. Hay apuestas de por medio y los goles son celebrados con el júbilo de una final mundial.

-¿Y vos no jugás?

- No. Yo juego voleibol, pero hoy no sacaron la malla.

Jorge teje su voz al amparo de la resignación. Los alaridos que despierta el partido no se hacen esperar. En las múltiples voces se perciben diferentes acentos. Como en toda cárcel, hay gente de muchas regiones del país pagando una condena. Jorge selecciona historias y me cuenta algo de la vida de cada uno. Hay señores solitarios, sentados en un rincón y con la mirada en un punto fijo; su presencia se desvanece en la quietud. Algunos juegan en torno a una mesa con cartas o parqués. Y otros cuelgan cobijas mojadas en lazos extendidos alrededor del patio. Varios guardias rondan en silencio.

-El abogado dijo que tocaba esperar; de pronto, por ser hijo único y por ser padre,  me pueden dar casa por cárcel-, me dice Jorge guardando un hilo de luz en su voz. Ha aprendido a manejar el tiempo sin dejar que lo empañe el desespero. Su tranquilidad a veces se enreda con algunas sonrisas. Durante nuestra charla, nunca asomó la sombra de la tristeza. Suena el pito. Le entrego las revistas, las cajetillas de cigarrillos y le aprieto la mano para despedirme. 

 


Vida y mafia

La vida de Jorge fue normal hasta los dieciséis años. Su padre era un exitoso comerciante y su madre, de cuando en cuando, se dedicaba a coser ropa con una máquina último modelo que conserva hasta hoy. Estudió en un colegio militar y llegó a cursar séptimo de bachillerato, pero pronto se dio cuenta que su destino no estaba en las aulas. Él quería ganar dinero desde su juventud para lograr satisfacer su pasión: los carros. Su padre tenía grandes vehículos y Jorge aprendió a manejarlos desde los trece años, cuando apenas alcanzaba el acelerador con su pie. Conducía automóviles, camiones, turbos, buses. Todo lo que tuviese un volante y un motor seducía su espíritu viajero. En unas vacaciones, a los diecisiete años, decidió emprender marcha hacia el Putumayo, invitado por un conocido que le ofrecía pagarle por trabajar en un laboratorio. Empezó siendo “raspachín” de hojas de coca y luego le pagaban por pesarla: mil pesos por cada kilo. No volvió al colegio y su bolsillo empezó a engordar. A veces, los patrones le pedían realizar “mandados” que implicaban manejar algún tipo de vehículo. Pronto, sus jefes notaron su capacidad para conducir grandes camiones por carreteras destapadas y le ofrecieron trabajar transportando droga. Jorge aceptó. Ganaba dos millones por viaje, cubriendo distintas rutas entre el Putumayo, Nariño, Cauca y Valle. Sin importar la cantidad de droga recibía el mismo pago.


El rey de las caletas

Con el tiempo, Jorge, además de trasportar cocaína, elaboraba caletas para llevar dineros del narcotráfico.

- El que mejor me pagaron fue un viaje de dólares y pesos que bajé del Valle hasta Nariño. Me pagaron siete millones. Llevaba doce mil millones de pesos. Me arriesgué solo en un furgón.

Así recuerda Jorge uno de sus viajes más exitosos.

No todos los viajes tenían final feliz. Antes de sus dos capturas Jorge había caído cinco veces. Sin embargo, en todas pudo acordar con los policías para continuar su recorrido. Cuando los policías encontraban las caletas vacías, él pagaba de quince a veinte millones; claro, con mercancía, las cifras de soborno subían. En alguna ocasión Jorge llegó a negociar el paso de 220 kilos, pagando doscientos millones a los uniformados; es decir, el paso cada kilo costaba casi un millón de pesos. Pero Jorge también confiaba en sus manos diestras al volante.

- Yo me les volaba a los policías. Cuando el retén era suave, de tres o cuatro policías y yo miraba el beneficio de volarme, entonces yo me les pasaba. Yo no les daba chance ni de subirse a la camioneta ni nada. Yo pasaba por el centro, como quien dice, casi pisándolos.

Cuando habla de carros y velocidad, la voz de Jorge se impregna de emoción. Disfrutaba pasar horas por las carreteras desiertas, en la soledad de un pasacintas. Con el tiempo se especializó en idear formas para encaletar la mercancía. En los talleres de caletas, Jorge dialogaba con los mecánicos y les daba ideas para abrir espacios en cualquier rincón de los vehículos.

-  Yo he sido “El Rey de las caletas”- comenta, con un aire de orgullo en su rostro y desnudando una leve sonrisa.

Y le creo. Domina el tema con la seguridad que da la experiencia. Me explica cómo se desbaratan camiones recién comprados y se arman de nuevo con “caletas de dos pisos”. Me habla de lo último en tecnología: caletas de aire comprimido y caletas eléctricas.

- Uno las maneja con los aparaticos de los elevavidrios, esos son los controles.

El grado de sofisticación de los vehículos y su genialidad para idear caletas, lo hacían andar seguro. Por eso, la primera vez que cayó, Jorge también iba tranquilo.

Corría un jueves de marzo de 2006, iba camino hacia el Cauca. Había salido con las primeras horas del día, cuando terminaron de encaletar los setenta kilos que llevaba en el chasis del camión. Ya había pasado el retén antinarcótico y aguardaba encontrar un pueblo para sentarse a cenar. El cielo se desplomaba a chorros sobre el parabrisas del vehículo. Jorge percibió algunas luces de restaurantes y apartó el carro a un lado de la vía. Se bajó del camión y cuando se disponía a subir el cierre de su chaqueta, lo abordaron dos policías en una moto.

-Por favor, sus papeles y los del vehículo.

Jorge les entregó los documentos. Los uniformados los revisaron y de nuevo alzaron la mirada hacia el conductor.

- Sabemos que usted viene cargado.

-Cargado de valor, será…

-Por favor, acompáñenos hasta la estación.

Jorge pasó la noche en un calabozo de la estación de Policía del pueblo más cercano. Seguía tranquilo, sabía que esa caleta era imposible de descubrir. La única forma de encontrarla sería teniendo la información precisa de la ubicación de la mercancía.

Y así fue, a las ocho de la mañana del siguiente día, los policías atravesaron el metal del chasis con un taladro eléctrico. De inmediato se vislumbró la pasta blanca. Sin embargo, a pesar de que ya había sido descubierta la cocaína, los uniformados tardaron todo el día en desarmar el chasis para poder sacar toda la droga.

-Hasta ahora es un secreto cómo se hizo esa caleta. Sólo yo sé por dónde se metió la coca- alude Jorge, haciendo gala de su condición de rey.

A las cinco de la tarde toda la droga había sido incautada. Setenta kilos le valieron a Jorge una condena de tres años en la prisión de Mocoa, Putumayo.


Ángel en Mocoa

En su primera experiencia carcelaria, su familia no dudo en extenderle respaldo. Ángel, uno de sus tíos, fue el primero en visitarlo.

- Tan pronto supe que mi sobrino se encontraba recluido en la cárcel de Mocoa, lo primero que se me vino a la mente fue el calor infernal de ese pueblo- me cuenta Ángel con una voz clara, fluida y un tono académico.

Ángel es un profesor de secundaria y ha velado desde el principio por el proceso judicial de su sobrino. Lo cito en un café para charlar sobre Jorge. Es un hombre trigueño de rostro ancho y voz gruesa. En su mirada se agolpa una nobleza paterna y es generoso con su testimonio.

- Un viernes de febrero, a las nueve de la mañana,  emprendí el viaje hacía el  Putumayo. Es un viaje lleno de zozobra por la hostilidad del terreno, el orden público, la incomunicación y soledad de la travesía. Aproximadamente a las cuatro de la tarde llegué a Mocoa y efectivamente volví al bochorno de mi niñez- cuenta Ángel, hilando sus palabras con una pulida elocuencia. Mientras habla mueve sus manos para moldear sus ideas.

Ángel llegó a Mocoa un viernes, un día antes del día de visitas. Buscó un hotel para pasar la noche y a las seis de la mañana ya estaba haciendo fila para ingresar al penitenciario. Entre las exigencias para el ingreso estaban: llevar ropa clara, no ingresar con zapatos cerrados sino con sandalias de plástico; no llevar dinero ni elementos de metal; no ingresar alimentos de fábrica, sólo comida casera. Ángel me cuenta que para subsanar algunos inconvenientes de los novatos en visitas presidiarias, quienes residen en los alrededores de la cárcel, tienen  a manos su negocio. Por mil pesos alquilaban las pantuflas y también cobraban dos mil o tres mil pesos para guardar los objetos no permitidos en la cárcel.

- Recuerdo que alquilé unas chancletas amarillas un poco más grandes para sentirme cómodo.

Pasada la fila, seguían los procesos de ingreso. Uno de ellos consiste en que los visitantes se dejan olfatear por un perro que husmea sus cuerpos y sus comidas. Otro es el paso por el detector de metales, y el siguiente es el registro y la toma de huellas. Pero para Ángel, hay uno especialmente denigrante.

-Un guardia nos ordena semidesnudarnos y quedar sólo en pantaloncillos para observar minuciosamente cada una de nuestras prendas y examinar nuestros cuerpos. En otro pasillo, dos carceleros destapaban los recipientes de comida que habíamos llevado, y como perros olfateaban de cerca la comida. A pesar de la indignación que sentía, pude darme cuenta que ningún visitante fue regresado ni fue retenido ningún alimento.

Después de todas las requisas, Ángel por fin se asomó hacía una ventanilla donde un guardia preguntaba el nombre del presidiario visitado.

- Lo abracé y no hice más que llorar - me dice Ángel con voz quebrada. Sus ojos se inundan de brillo.

-Tío no llore que me hace sentir mal- le dijo Jorge, procurando calmarlo.

Juntos recorrieron el patio. Mientras Jorge le contaba cómo habían sido sus dos primeras semanas en el penal, Ángel miraba boquiabierto la cárcel. Recuerda que el patio se encontraba circundado por murallas tan altas que no se podía divisar la cima de ninguna montaña; sólo se atinaba a ver el azul intenso del cielo. Caminaban y hablaban del resto de familiares, de los amigos, de la situación judicial de Jorge, de todo un poco.

- Me puso la mano en el hombro y me contó que había aprendido a hacer unas pulseras en hilo. Él llevaba una del Atlético Nacional, su equipo preferido, y prometió que me haría una del equipo de mis amores: mi Deportivo Pasto.

Al medio día, los presos empezaron a hacer filas para almorzar. Jorge no fue porque ya había comido las tortillas y el pollo del encargo. Ángel de nuevo habla con indignación:

-Ahí viví uno de los instantes más deprimentes de aquella ocasión: como si fueran cerdos, en una taza de plástico, los prisioneros recibían en una mezcla la sopa, el arroz, un pedazo de carne y la ensalada; alimentos que me imaginaba servidos por separado, pero así, ni a los perros. ¡Faltó que les vaciaran el jugo! Algo denigrante. No me cabía en la cabeza la idea de ver al hijo de mi hermana consumiendo ese  tipo de alimentos…

Luego de unos minutos, llegó la hora de salir. Se despidieron con un abrazo sincero. Jorge le envió saludos a toda su familia y  amigos, Ángel por su parte…

-La verdad yo no pude pronunciar palabra alguna. Me  ganó la debilidad. Sólo pude hacer una seña de adiós con mis manos. El trató de alentarme y al final me dijo: “Tío, váyase tranquilo y dígales en la casa que estoy bien. Ah… no le vaya a contar nada de esto al niño”. Salí con la tristeza más grande. Pensaba que nunca más volvería a ver  a mi sobrino alegrando las fiestas de la familia…

Y en los ojos de Ángel se desarman algunas lágrimas.