Los visitantes que pisan los restos de lo que fue el campo de la barbarie 70 años atrás, van dejando gruesas huellas en la nieve, marcas que se borrarán en la próxima tormenta pero que no se comparan con las huellas invisibles que este lugar deja en las mentes. En Auschwitz se tatúa el horror y la vergüenza a cada paso.

 

¿Y si se acaba la risa? ¿Y si nos perdemos por un rato?

¿Y si se nos va la esperanza? ¿Y si duele ser humano?

 

Por: Nathalia Arango

Auschwitz es el complejo de campos más representativo del holocausto nazi y hoy se podría denominar como un  “complejo turístico”. 30-819 Kraków Na Wrzosach Streer No26, es la dirección de la agencia que los va a llevar a conocerlo. Alrededor de 250 PLN, el precio. Valor y ganas de conocer la historia, el aporte más grande de su parte. Recuerdos de miedo y guerra, lo que llevarán de vuelta a casa. Decidir visitar el Patrimonio de la Humanidad (Unesco, 1979) es, sin duda, más difícil que decidir visitar cualquier otro destino turístico, sin embargo, una vez tomada la decisión, alcanzarlo es muy sencillo. Cracovia cuenta con Auschwitz como uno de los sitios más atractivos para los visitantes y eso se evidencia en la cantidad de planes, ofertas y oportunidades para recorrerlo.

Una vez en Cracovia Tours, todo es muy rápido. Cancela. Un billete, 5 monedas. Recibo. Flyer. “A las 11, aquí mismo”. “Dziękuję!”. Y listo! A las 11, según lo acordado, la buseta abre sus puertas para emprender camino. La guía pregunta si todos saben a dónde van y a lo qué se van a enfrentar, ante las respuestas afirmativas se pone al servicio de todos e inmediatamente le da play a un video que se proyectará en el televisor del bus. Un video del campo, del Shoah, de la llegada de los soviéticos… Llegaron.

La buseta busca espacio para parquear y los visitantes bajan. La guía les pide que no se separen pues, a pesar de que estamos en temporada de invierno, hay muchos turistas y cada uno se tiene que devolver con la empresa que llegó. Al entrar al lobby la guía deja a su grupo en una esquina mientras busca audífonos y material en varios idiomas. Al volver, el grupo sale y se dirige hacia “Arbeit macht frei” (El trabajo los hará libres, en alemán). Las indicaciones apuntan hacia dos direcciones: la primera es que todos deben permanecer unidos para no confundirse de grupo y la segunda es que los comentarios deben ser omitidos. “Pasa mucho que la gente juzga a los alemanes y hace críticas muy fuertes. En nuestra lista de visitantes, la segunda nacionalidad más nombrada es Alemania, los colegios a veces traen a sus estudiantes para estudiar la historia. Así que les pido omitan los juicios”. Alguien le pregunta por las reacciones de los alemanes ante el museo “¿ellos también lo sienten? ¿Les duele ver lo que han hecho?”, la guía responde “Por supuesto. Un día entré con un grupo de estudiantes alemanes. En uno de los letreros en los que salen los oficiales encargados de cada pabellón una de las niñas encontró a su abuelo. Se mareó, nos tocó sacarla porque le dio un ataque de pánico. Las nuevas generaciones no son culpables, pero el hecho de ser alemanes les genera cierto sentido de culpa y los comentarios enjuiciadores sólo logran afectarlos más”.

 

 

Hechas las aclaraciones comienza el recorrido, pabellón por pabellón van encontrando fotografías, esculturas y letreros explicativos. En el pabellón de las víctimas están exhibidos zapatos, cepillos, maletas, uniformes, rastros de los prisioneros que ahí murieron. Se calcula que van de 1.5 a 2.5 millones pero el número exacto no ha podido ser establecido; miles de pares de zapatos por ejemplo se agolpan en una vitrina mientras que en el cuarto de al lado un pequeño uniforme se exhibe junto a una vieja muñeca. Los pasillos con fotos de los prisioneros le ponen cara a los dueños de los objetos anteriormente vistos, mientras que las rosas que en las fotos reposan son evidencias de familiares o amigos que han venido a revivir su dolor.  En el cuarto de armas se ven los tarros en los que los químicos eran guardados y se describen los métodos de tortura y fusilamiento. En uno de los sótanos les piden no encender velas, ni tomar fotos con flash, ni fumar, ni generar ninguna clase de chispa; hay aún residuos químicos que no se evaporan a pesar del paso de los años, advierten.

Los grupos avanzan de a pocos y el aire tenso parece contagiar a los ánimos. De tanto en tanto se ve a alguien secarse una lágrima. Mientras alguien se pregunta por qué conociendo lo que ha conocido decidió venir hasta Polonia a perseguir al dolor.

Un viernes de noviembre la nieve empezaba a caer. Los árboles, vestidos de invierno, marcaban el camino del tren que los llevaba a Sachsenhausen. La guía era una española que vive hace ya varios años en Alemania y no dejaba de hablar acerca de cómo cada una de esas calles se relacionaron con la Segunda Guerra Mundial; la conocieron cuando llegaron al frente de la Puerta de Brandemburgo para hacer el recorrido en Berlín, un recorrido que los llevó por los monumentos en homenaje a las víctimas, un recorrido que descubrió los muchos esfuerzos que los alemanes han hecho para pedir perdón, pero sobre todo, para no dejar que el tiempo y las circunstancias les hagan olvidar lo vivido en esos años: “quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”. Al terminar el tour por la ciudad, les ofrecieron la oportunidad de conocer un campo de concentración, quedaba relativamente cerca, en OranienburgBrandeburgo. Era la oportunidad de conocer la historia desde el lugar de los hechos. Y aceptaron.

Así que ahí se encontraban, en un tren un frío día de noviembre. Los copos se perdían al chocar con el suelo. “Parece granizo” decía una, “ni al caso, son copos pequeños, pero es nieve” le respondían. La guía pasaba de grupo en grupo, preguntando las nacionalidades y los motivos del viaje; cuando llegó a ellos les dijo “Sois colombianos, ¿verdad?”, asintieron, “pues se les nota, casi casi tan bullosos como nosotros”, una sonrisa y se alejó.

 

 

Después de bajar del tren siguió una corta caminata hasta llegar al museo de Sachsenhausen, ahí se dieron las recomendaciones: estaba prohibido tomar fotos dentro del campo e ingresar comida. Tampoco estaba permitido hacer juicios de valor: la explicación a esta regla fue “usted va caminando y no sabe si el del lado es familiar de un antiguo miembro de la S.S o si es familiar de algún prisionero muerto; si es el primer caso y usted se refiere a los nazis de manera despectiva puede hacer sentir mal al familiar; si es el segundo y usted dice ¡qué pobres judíos, cómo han de haber sufrido!, puede hacer sentir peor al familiar del prisionero”. 

La siguiente regla es no contestar el teléfono, o hacerlo en situación urgente y evitar hablar por mucho tiempo. También aunque parecía sobrar, se sugería evitar las risas: el campo, en tanto cementerio, merece respeto.

Se estima que en este lugar murieron 30.000 personas, en un principio los prisioneros eran políticos, se dice incluso que ahí estuvo prisionero el jefe de propaganda de Hitler cuando éste inició su carrera hacia el poder. Este hombre lo denunció ante organismos internacionales al descubrir las verdaderas intenciones del führer y que el mismo Hitler firmó la orden de captura con su puño y letra. El campo también albergó a hombres de Noruega que se habían casado con judías, a sacerdotes que se opusieron al régimen, es decir, a todos aquellos que por su posición política, social o económica no querían mezclarse con los prisioneros del común. En esos primeros años el campo fue de concentración más no de aniquilación. Después de 1938 empezaron a llevar judíos al campo, y su carácter político se perdió, fue en ese momento que comenzó el exterminio. Este lugar sirvió además como laboratorio para algunas de las pruebas médicas que adelantaron los nazis.

Sachsenhausen conserva las estructuras del momento de su funcionamiento pero no guarda los detalles. Los pabellones están solos, se pueden ver las estructuras de los espacios en los que dormían los prisioneros, la enfermería, las cámaras de gas; pero no se veían zapatos, uniformes o evidencias de quienes vivieron ahí ¿por qué? La guía define esto como una característica de los alemanes, no quieren que se olvide lo que pasó pero tampoco quieren causar más impacto del que ya causa el simple hecho de saber lo sucedido. 

Las cámaras de gas están semi-destruidas pero en la entrada se ve un letrero que dice: “Y yo sé una cosa más, que la Europa del futuro no puede existir sin conmemorar a todos aquellos que, sin importar su nacionalidad, fueron asesinados en este tiempo con completo conocimiento y odio, que fueron torturados a muerte, pasando hambre, asfixiados con gas, incinerados y colgados” de Andrzej Szczypiorski, prisionero del campo de concentración Sanchsenhausen.

 

 

Una alfombra de nieve cubría todo el lugar. Birkenau (Auschwitz II), el escenario de tantas películas se extendía ante los ojos de los visitantes en su más fría expresión. El campo de 2.5km por 2km, todo blanco, llamó la atención por su entorno: a la derecha pabellones que en su momento albergaron 100.000 prisioneros, hasta cuatro por cama en los meses de hacinamiento, a la izquierda los restos de los que fueron  cuatro crematorios con cámaras de gas, destruidos por miembros de las S.S en 1944 en un intento por esconder las pruebas. Al fondo un monumento y placas conmemorativas en todos los idiomas que hablaban los prisioneros; en el centro, levantándose como símbolo de lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, el último vagón del último tren que llegó a Auschwitz cargado de prisioneros.

Los visitantes que pisan los restos de lo que fue el campo de la barbarie 70 años atrás, van dejando gruesas huellas en la nieve, marcas que se borrarán en la próxima tormenta pero que no son comparables con las huellas invisibles que este lugar deja en las mentes. Se tatúa el horror y la vergüenza a cada paso, porque si bien fueron los nazis los victimarios, es la humanidad la que es capaz de alcanzar tal genocidio, y el lugar que ahora recorren  es la fiel prueba de ello. En silencio se caminan los largos tramos, la voz de la guía narra los hechos de carácter histórico: el número de prisioneros, las condiciones en qué vivían, los trabajos que realizaban, los intentos de fuga frustrados, las masacres en cámaras de gas, los engaños, las familias, los soldados, las verdades, los enigmas, el horror.

Birkenau es reconocido por la mayoría de los asistentes como el escenario de la gran mayoría de las películas que tratan sobre la Segunda Guerra Mundial y el holocausto nazi. Es ahí, a 70 kilómetros de Cracovia el lugar donde los visitantes comprenden que lo que tantas veces vieron en cine fue en su momento una realidad, y que, aunque algunas historias son ficción, es probable que cada una de ellas haya tenido referencias reales: fueron muchas las víctimas, muchos los muertos. El monumento en honor a las víctimas dice: “Que este lugar dónde los nazis exterminaron un millón y medio de hombres, mujeres y niños, en su mayoría judíos de varios países de Europa, sea para siempre un grito de desespero y una advertencia para la humanidad”