Un terremoto hizo que los ojos del mundo se dirigieran a Haití por un momento. Las imágenes vistas por los medios de comunicación desataron una avalancha de solidaridad sin precedentes.

 

Por: Edwin Ruiz

Fotografías: Cortesía Cruz Roja Colombiana

Era la media noche, después de un día de trabajo duro y de un sol inclemente, la brisa fría se apoderó del campamento. Hace días que no probaba comida caliente, sólo enlatados y líquidos embotellados. Adentro de la carpa buscó refugio, se envolvió con un saco para dormir. En su mente estaban las lágrimas del colombiano que perdió las esperanzas al ver salir de los escombros a su esposa muerta, el hedor de un basurero putrefacto, el lamento de los afectados y las pilas de cadáveres apostados en los andenes. Elevó una plegaria y recordando a su familia cerró sus ojos. A punto de alejarse de esta realidad, súbitamente un estruendoso y agudo sonido de un avión se aproximó – Maldita sea, estos manes no me van a dejar dormir o qué –. Pasaron dos más y al tercero ya estaba en el quinto sueño. Un momento después, unas latas de gaseosa, una solución de destrosa pendiente de una varilla y una tapa, un sismógrafo producto de una ocurrencia más que caracteriza al colombiano que no se vara en las situaciones adversas, alertó de una réplica.

El aeropuerto vibró, despertó Alfonso Vargas, jefe de Socorro de la Cruz Roja Colombiana, seccional Valle, el hombre que dejó su envestidura para convertirse en un colaborador más en labores de logística y rescate durante el terremoto de Haití que ya va dejando más de 300.000 víctimas desde el 12 de enero de 2010. Se preocupó en un principio, salió a ver lo que pasó, regresó para terminar su descanso, en el peor de los casos solo la carpa le hubiera caído encima. Todavía eran las cuatro de la madrugada, tomó una ducha, saludó a los vecinos de campamento de Jordania quienes le brindaron un té tan memorable que lo recuerda hasta el día de hoy. Convocó a reunión a la misión colombiana, distribuyó la agenda del día, los relevos del hospital, el personal de rescate, las comunicaciones y el transporte suministrado por las Naciones Unidas.  A las 7:30 de la mañana se reunió con las agencias de los países relacionados con albergues temporales. A las 9:30 estaban listos, fueron al hospital, llevaron logística e iniciaron las labores de rescate. Con los líderes él y sus compañeros coordinaban el censo, la seguridad y las actividades con las comunidades. En la noche tuvo una reunión de hora y media con la Federación Internacional de la Cruz Roja y Media Luna Roja, en donde planificó las entregas  de ayuda humanitaria. Finalizando la jornada, la última reunión terminó entre las 10 y las 11 de la noche, en la cual evaluaron el día y cuadraron la jornada siguiente. Entre reuniones e inspecciones Alfonso Vargas duró 16 días en Haití.  Ese lapso fue suficiente para acostumbrarse al ruido de los aviones, a tal punto de necesitarlo para dormir.

Un año y once meses después, el jefe de Socorro está en su oficina de Cali, se acerca la navidad y su espacio está adornado para la ocasión. A su radio llegan informes de la zona suroccidental del país, su teléfono no deja de sonar porque está coordinando las entregas de ayudas a los damnificados por el invierno en el Valle del Cauca.

En 1973, aquella década de una juventud convulsionada, Alfonso Vargas tenía que realizar un curso de primeros auxilios para trabajar como taxidermista. Su única intención era  cumplir con ese requisito, pero su estancia en la Cruz Roja le cambiaría su rumbo y su destino, de disecar cadáveres, trabajar con la muerte, pasó a rescatar vidas.  Inició en la Cruz Roja Juvenil y posteriormente fue cofundador del área de socorrismo y desde 1976 se desempeña como responsable en el área de desastres. 

Por los gajes de su oficio participó en las labores de rescate y logística en las catástrofes que más han marcado a los colombianos.  Estuvo en la de Popayán en 1983, la de Armero en 1985 y  la del Eje Cafetero en el 2000. A pesar de eso no ha perdido la capacidad de sorprenderse después de ver totalmente pueblos y ciudades destrozadas, desaparecidas y sin esperanzas. Cada tragedia le es diferente, en unas ha perdido compañeros y en otras ha ganado el agradecimiento de las víctimas y sus familiares. Su experiencia lo llevó a Haití como voluntario en labores de organización, tratando de administrar el desastre con talento humano, recursos logísticos y recursos técnicos. Era el enlace entre las organizaciones locales y los grupos de rescate.

Finalizando la tarde del 12 de enero de 2010, un sismo de 7,5 grados en la escala de Richter sacudió a Puerto Príncipe. El primer país libre de las Américas  y el más pobre,  se sumió en el caos. Cuatro mil edificaciones colapsaron, el 70% de la ciudad quedó en ruinas, más de 300 mil personas terminaron muertas, 350 mil heridos tenían desbordado el precario sistema hospitalario. Este sismo quedó registrado en la historia entre los 12 más catastróficos en pérdidas humanas. Por los noticieros se observaba el desespero de los haitianos, montañas de cadáveres entre montañas de escombros, periodistas en llanto. Diez mil marines arribaron a la isla, el gobierno cubano autorizó a que volaran por  su espacio aéreo aviones estadounidenses con fines humanitarios. El terremoto conmovió al mundo. Hubo una avalancha de solidaridad sin precedentes. Todos querían mandar ayuda.

 

 

Hubo condonaciones de deuda con letra menuda, Francia pidió perdonar 62,73 millones de dólares de deuda contraída con el club de París, así mismo el FMI, el BID y el BM lo solicitaron. Por medio de mensajes de texto se recaudaron más de diez millones de dólares en Estados Unidos. Proveniente de países de los cinco continentes, cientos de miles de toneladas de ayuda empezaron a llegar masivamente. El tráfico aéreo fue tal que las autoridades suspendieron permisos de aterrizaje. Haití con un largo historial de corrupción se alistaba para recibir cerca de mil millones de dólares para afrontar el terremoto.

En Colombia, los organismos de socorro, los humanitarios y los medios de comunicación adelantaron campañas para recolectar alimentos. La sociedad quería alivianar su conciencia para soportar las imágenes vistas por televisión. Las grandes cadenas de supermercados incrementaros sus ventas de mercados básicos. El país envió más de 1.852 toneladas de ayudas según un reporte de la Cruz Roja.

Alfonso estaba en otro país, en otra cultura, le fue difícil detectar lo que pasaba al su alrededor, y ese no era precisamente su trabajo, el fue junto a sus compañeros a ayudar. “El desplazamiento no fue fácil. Primero se hizo en Avión, facilitado por la Fuerza Aérea Colombiana, luego en barco, facilitado por la Armada Nacional. Como estaba destruido, no había puerto en Puerto Príncipe. Tuvimos que fondear los barcos es decir, traer las ayudas en lanchas y barcos más pequeños. La operación se demoraba, alquilaron camiones y tractomulas para llegar a la ciudad.  Como era emergencia se dispararon los costos, por tanto había que negociar para moverse. Los coteros contratados cargaban y descargaban mercancía. La logística puede ser la culpable del éxito o de un fracaso de la operación”.