El diagnóstico de nuestro tiempo indica que muchos lectores convencionales han perdido la capacidad de realizar lecturas impresas densas. Y es a través de la lectura profunda cómo la gente construye sus propias reflexiones, elabora ideas propias, nutre y reinventa su realidad. 

 

Por: Kevin García

 

El 15 de mayo murió a sus ochenta y ocho años Tom Wolfe, todo un narrador anfibio, conocido por la publicación de su libro “El nuevo periodismo”. La obra era una antología de reportajes que rompían los paradigmas convencionales de la escritura periodística y que fueron toda una revolución en Estados Unidos a la hora de contar historias de la realidad. 

Y aunque en honor a la realidad sus formas de contar no eran nuevas, pues años atrás ya se habían publicado obras de gran alcance como Hiroshima de Jhon Hersey en Estados Unidos, y Operación Masacre de Rodolfo Walsh en Argentina; y aunque desde décadas atrás Rubén Darío ya exploraba la escritura de crónicas con técnicas de la literatura, lo cierto es que en los años sesenta una serie de periodistas estaba contando la revolución cultural de su momento con una escritura también irreverente y contracultural frente a los manuales de estilo. Joan Didion se destacó como “la gran dama” del nuevo periodismo y junto a ella escritores como Gay Talese, Norman Mailer y Truman Capote exploraron una mirada propia para responder crítica y, sobre todo, de forma muy creativa a las formas agotadas del periodismo tradicional de corte noticioso. 

Estos autores no simulaban ser transparentes y tampoco temían aparecer en la historia. Ante el  distanciamiento del periodismo informativo y su escritura neutra, llana y objetiva, el nuevo periodismo proponía la inmersión en las historias, el acompañamiento a la cotidianidad de los personajes, el abordaje constante y reposado a los temas y la exploración deliberada de la subjetividad. También incorporaron las técnicas de la literatura: el registro directo del diálogo, la narración de los hechos a través de escenas, la representación de una situación colectiva a través de la experiencia focalizada en algunos personajes. Y lo hacían mediante la indagación profunda de las vidas interiores de sus fuentes con una recreación potente de sus espacios y atmósferas. 

Sin duda  el nuevo periodismo superó la escritura del manual de estilo; sus autores recurrieron al formato libro, más propio de la literatura, para presentar historias que podían leerse como grandes trabajos de periodismo de profundidad y como novelas de no ficción, es decir, obras de gran de calidad narrativa donde todo podía ser constatado: la existencia de los personajes y sus conflictos, el desarrollo de sus tramas y los escenarios y los hechos que en ellos acontecían. A sangre fría de Truman Capote, Enola Gay de Gordon Thomas y Noticia de un secuestro de García Márquez dieron buena cuenta de este estilo. 

Pero de esa novedad llamada el nuevo periodismo ya ha pasado más de medio siglo y con el inicio del milenio la humanidad ha experimentado otra revolución cultural jalonada por la tecnología. Ha emergido una nueva ecología de medios digitales y en ella hoy los textos se han convertido en hipertextos y multimedios. La computación cambió la geografía humana. En otras épocas ya lo habían hecho la invención del mapa y el reloj. La posibilidad de medir de forma personal el tiempo con precisión desarrolló el individualismo, un aspecto característico de la civilización occidental.  Pero a diferencia de lo que creemos, como lo narraba Cortázar, también somos usados por los objetos que usamos. Nuestras mentes han sido transformadas. 

La lectura ha sido una tecnología de la mente que las sociedades fueron desarrollando durante siglos. Leer en silencio sin mover la lengua fue toda una conquista humana. En el año 380 San Agustín registró su sorpresa cuando vio al arzobispo de Milán leyendo sin mover sus labios. 2500 años antes de la era cristiana los egipcios leían en rollos de papiro. Hoy leemos redes digitales que se simulan papiros pero un mayor conocimiento de la mente ha permitido en ellas una mayor manipulación de nuestros estímulos; por momentos hemos sido convertidos en cobayas de laboratorio deseosas de novedades en internet. 

Del texto físico de autor con sus sutiles notas al margen pasamos a un texto donde el lector está volcado hacia hipervínculos, una forma de expansión pero también de retirada, y leemos y consumimos contenidos de formas muy rentables al capitalismo cognitivo: alto consumo con alta obsolescencia. 

El diagnóstico de nuestro tiempo indica que muchos lectores convencionales han perdido la capacidad de realizar lecturas impresas densas. Y es a través de la lectura profunda cómo la gente construye sus reflexiones, elabora ideas propias, nutre y reinventa su realidad. 

Pero no se extraña lo que no se ha conocido y así como un nativo digital no lamenta poder recordar quince números telefónicos, pues nació en medio de memorias sustitutas que los recuerdan por él, las cuestiones sobre las pérdidas que generó la era digital pueden parecer solo lamentos del siglo pasado. Y sin duda en la web existen proyectos que están reinventando la forma de narrar y de hacer el periodismo: algunos podcast tienen versiones muy cercanas a la estética del nuevo periodismo de los años sesenta, las narrativas transmedia logran desarrollos notables, y la convergencia de medios hoy combina de forma creativa los juegos, los datos y el cómic. Toda una nueva geografía digital humana aún en desarrollo y bastante natural para las generaciones más recientes. En medio de los cambios, las innovaciones y la pérdida de la lectura profunda, algo queda muy claro: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.