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En 1997, el Ministerio del Medio Ambiente – como era llamado en ese momento- formuló la Política para la Gestión Integral de Residuos Sólidos en el país. Reducir la cantidad de residuos, recuperarlos y disponerlos en sistemas adecuados, fueron las principales metas planteadas en el documento. Luis Marmolejo, también docente de Ingeniería Sanitaria y Ambiental de la Universidad del Valle, explica que la jerarquía de Gestión de Residuos Sólidos es una pirámide en “que lo primero es la minimización y lo menos deseable es la disposición final, pero Colombia lo que tenía era una pirámide al revés donde lo que se privilegiaba y predominaba era la disposición final”.  

La iniciativa de la política surgió debido a la falta de personal capacitado para prestar el servicio de aseo, en especial en la fase de disposición final. También influyó la necesidad de dividir la recolección de residuos según su clasificación (peligrosos, orgánicos y aprovechables).

Sólo hasta 2003, por ley, los municipios tuvieron que elaborar el Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos y mantenerlo actualizado para que las autoridades ambientales ejercieran vigilancia, control y aplicaran las sanciones debidas si era el caso. Un año después, Cali ya contaba con una herramienta que indicaba hacia dónde iba la capital del Valle en la gestión de los residuos. Actualmente, la ciudad es regida por un plan formulado en 2015 para un periodo de doce años, por el Departamento Administrativo de Planeación Municipal. Cuenta con 14 programas sobre el aseo de la ciudad y la gestión de residuos, pero su principal foco de atención es el manejo de residuos orgánicos, inorgánicos aprovechables y de construcción y demolición que genera la ciudad.

Una de las propuestas del PGIRS es la construcción de las Estaciones de Clasificación y Aprovechamiento (ECA) en la ciudad. La instalación funcionaría como un centro de acopio donde se pesan y clasifican los materiales que llevan los recicladores de oficio para que puedan ser vendidos a la industria. Los trabajadores obtendrían una mayor ganancia, la negociación sería directa y no por medio de las bodegas intermediarias que venden a bodegas más grandes. Marvin Valencia, trabajador del Departamento Administrativo de Planeación Municipal, cuenta que aunque las ECA están establecidas en el Plan de Ordenamiento Territorial y se soportan en estudios, cuando van a ser construidas, la comunidad no lo permite. Una de las razones que advierte Marvin es que “la gente cree que todo lo que tiene que ver con residuos sólidos se le va a convertir en un basurero”.

Por ahora, Planeación Municipal le apuesta al proyecto más grande que tiene planteado en el PGIRS: el parque ambiental y tecnológico de Cali. La construcción pensada en dos fases tiene prevista realizarse en los terrenos del antiguo basuro de Navarro y contaría con ECAs, una planta de aprovechamiento de orgánicos para la recolección de biocombustible, aulas de investigación, sedes de empresas que puedan transformar residuos aprovechables y una planta de aprovechamiento de residuos de construcción y demolición para generar ecomateriales para obras. Marvin Valencia añade que el diseño del parque abarca unos 15 componentes y que desde la administración “lo hemos pensado como un sistema público-privado donde pueda hacerse negocio, nosotros daríamos la infraestructura en concesión. La idea es que quede un parque tecnológico donde se concentre la mayoría de los manejos de residuos sólidos pero enfocados al aprovechamiento”. El funcionamiento total del parque se proyecta a 2027, por el momento se realiza la gestión del predio y los estudios de viabilidad del terreno.

Otra de las propuestas del PGIRS que es clave para separar y aprovechar los residuos, es la puesta en marcha de la ruta selectiva. Esta actividad consiste en rutas de recolección de residuos inorgánicos aprovechables que deben ser separados previamente por cada hogar, unidad residencial o negocio y entregados al reciclador de oficio para que sean clasificados, vendidos y devueltos a la industria. De esta forma se reducirían las 490 toneladas de residuos con capacidad de aprovechamiento que llegan al relleno sanitario, se alargaría la vida de éste y gastaríamos menos recursos naturales sacando partido de los materiales reciclables.

Carlos Acosta, perteneciente al grupo de Aprovechamiento de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP), aclara que este año se pondrá en marcha una microruta selectiva en la comuna 17, al sur de Cali, como una prueba piloto con las siete organizaciones de recicladores que se encuentran en esa zona. Según el funcionario, la meta es que la ruta selectiva sea igual que la de recolección de residuos por parte de las empresas de aseo, es decir, puerta por puerta. A esto se suma la necesidad de entregar un material con calidad de clasificación, aprovechamiento, comercialización y transformación.   

Desde la  ONG Reciclando un Mundo Mejor, de Cali, organización que diseña proyectos para buscar soluciones de sostenibilidad en el país, y en especial en la ciudad, Alejandra Gómez, fundadora y coordinadora, aclara que uno de los principales problemas para implementar la ruta selectiva es que las 27 organizaciones de recicladores no están coordinadas y representan a una fracción pequeña del gremio.

Aunque la ruta selectiva está dando pequeños pasos en la ciudad, la dignificación del reciclador está tomando impulso. Alejandra Gómez advierte que desde mayo se empezará a cobrar el servicio de aprovechamiento. El dinero se destinaría a un apoyo para que los recicladores puedan formar empresa y prestar este servicio a la comunidad. La ONG  también tiene proyectos a cargo que van de la mano con las gestiones de la administración. Por el momento, la organización trabaja en dos plataformas virtuales: un sitio web para albergar contenido de cultura ambiental y otro proyecto que contaría con las rutas de los recicladores para que la ciudadanía las pueda consultar y haga parte de este trabajo. 

En la ruta selectiva planteada en el PGIRS de Cali, el encargado de recoger, transportar, separar los residuos aprovechables y venderlos, es el reciclador de oficio. Es decir, la persona que se ha organizado para prestar la actividad de aprovechamiento. Bajo esa idea, la administración pretende que los recicladores hagan parte de manera formal en la economía del aseo de la ciudad. Algunos recicladores informales no miran con bueno ojos esta propuesta. Según Reinel Ospina y Julio Hernán Montenegro, dos recicladores que llevan más de tres décadas de actividades, llevan tres años en reuniones con la Alcaldía. Sin embargo, dudan de lo que plantea la administración: “prometen esta vida y la otra pa que después se olviden de uno. No creo en eso, sólo creo en lo que yo trabaje”, afirma Montenegro mientras le molesta de que les exijan uniformes, gorras, carné, llenar encuestas y hacer parte de alguna organización para ser considerados en la ruta selectiva.

Reinel y Julio Hernán pasan todos los días por el Coliseo del Pueblo de Cali. Frente a este, en las bodegas levantadas con láminas de metal, los recicladores venden al mejor postor sus materiales. Si tienen suerte ganarán entre 20 o 30 mil pesos, si es un mal día podrán irse con 5 mil pesos. Esta mañana dejarán el producido en la bodega de Julio César Gallego, un joven de 17 años, sus precios son los mejores según Reinel y Julio. Gallego paga por kilo de plástico quinientos pesos (o también llamado pasta), quinientos por papel de archivo (como revistas) y doscientos por cartón (como las cajas). Al día puede recibir, como mínimo, 30 personas entre recicladores formales e informales. Luego de once o doce horas de trabajo, la bodega puede terminar hasta con 200 kilos de cartón y 100 de pasta, el total será entregado al proveedor para que una empresa los trate y los materiales vuelvan al ciclo productivo. 

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Durante décadas, Colombia basó su economía en producir bienes, venderlos, utilizarlos y desecharlos. Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) la cantidad de materia prima extraída de la tierra se triplicó en un lapsus de 40 años. De continuar así, para 2050 necesitaríamos extraer 180 mil millones de toneladas de materiales de la tierra para cubrir las necesidades del excesivo consumo humano. El desgaste de los recursos naturales, el aumento de la población unido al aumento de residuos y el impacto de estos factores en el cambio climático, llevaron a repensar la economía a nivel mundial. Colombia no fue la excepción.

En 2014, el Congreso reglamentó el uso de fuentes energéticas no convencionales, en este aspecto entraba la gestión de residuos para aprovechar el valor energético de aquellos que no podían reutilizarse ni aprovecharse. Dos años después, el Consejo Nacional de Política Económica y Social (CONPES), emitió el documento 3874 sobre la Gestión Integral de Residuos Sólidos que propone un cambio en el modelo económico: de lineal a circular. La propuesta tiene como meta, según lo dice Luis Marmolejo, docente de la Universidad del Valle, “minimizar la cantidad de residuos que generamos, pero que adicionalmente usan materiales que tienen un mayor potencial de ser reincorporados a la producción”.

Uno de los primeros pasos para lograr que el modelo económico circular funcione es conocer e implementar las “3R”: reducir, reciclar y reutilizar. Entre menos productos con envoltorios, envases de plástico, materiales de poca duración o elementos desechables sean producidos, comprados, usados y lanzados a la basura, menos residuos llegarán al relleno y menos dinero se invertirá en la recolección y disposición de basuras. Según el Banco Iberoamericano de Desarrollo, en 2015 esta labor costaba en promedio 171 mil pesos por tonelada de residuos en Colombia. El ahorro no sólo sería económico sino ambiental: si Cali aprovechara el total de papel y cartón que generan los caleños, en un año podría evitarse la tala de 2.5 millones de árboles según estimaciones de Planeación Municipal.

El docente Carlos Madera, del programa de Ingeniería Sanitaria y Ambiental de la Universidad del Valle, señala que por más que lo intentemos “siempre habrá un residuo por disponer, siempre habrá algo por enterrar. El sistema ideal es que haya una combinación; que yo recupere todo aquello que sea susceptible de recuperar y que yo trate y entierre todo material no recuperable”. 

Para el ingeniero no hay una sola alternativa, sino una combinación como lo hacen países como Holanda, en los que separan, recuperan, incineran una parte de los residuos, disponen otra y mantienen un proceso educativo hacia la comunidad. Sin embargo, el profesor Luis Marmolejo advierte que la solución no es sólo reciclar y reutilizar; la mejor alternativa es no generar residuos, tener un consumo racional, pues “la ciudad limpia no es la que más se barre, la ciudad limpia es la que menos residuos genera”.