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–El tema del hambre es uno de los más sensibles que tiene nuestro país –dice Walter Paz, 33 años, barba de días, camisa Polo de rayas-. 

Él, quien lleva el cabello hacia la izquierda, del que siempre se desprende un mechón que cae a su frente por más que lo intente acomodar, es el creador de De menos a más. Empezó con esta fundación hace más de 12 años con el fin de “ayudar a la comunidad caleña a recuperar su dignidad”, por medio de programas sociales, pues según dice, este valor se ha perdido en todos los campos de la vida nacional: 

– Dignidad para ser buenos profesionales, dignidad para entender la problemática que está viviendo la ciudad, por lo mínimo… – enfatiza al instante–, dignidad para que vos seás un actor, un ente social activo en las soluciones de tu país. 

La fundación tiene una línea ambiental, que consiste en limpieza de parques y ríos, acciones de reciclaje y siembra de árboles. Esta, sin embargo, no es su fuerte. Walter dice que no han encontrado quién los ayude a impulsarla. 

La segunda línea, en cambio, representa el mayor logro de De menos a más, está centrada en fomentar los valores familiares a través de un proyecto de nutrición, del que se desprenden dos comedores comunitarios que, si bien benefician a toda la población, está dirigido especialmente a niños de entre los 3 y los 17 años. Promueven la enseñanza del inglés, francés y alemán a niños entre 6 y 17 años. También, esta fundación brinda apoyo a los planes de intervención que, desde la carrera de psicología de la Universidad Javeriana, atienden problemas de consumo de droga, falta de educación sexual y acompañan a los menores de 14 años en el manejo de su tiempo libre y su alimentación. 

Una tercera línea, aunque todavía en fase de desarrollo, está enfocada en la construcción de espacios de baño, cocina y lavadero, dado que algunas familias, por tener sus casas en terrenos de 30 a 50 metros cuadrados, tienden a olvidar las divisiones dentro del lugar, lo que puede provocar focos de infecciones a futuro. Por último, una cuarta línea se concentra en el fortalecimiento mental de los beneficiarios de sus programas, y promueve este trabajo como una fuente de recursos para salir adelante. 

–De esa manera creemos que podemos generar dignidad –dice Walter.

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Sandra Pineda, quien creó el programa Cali Llenita, dice que todos los días se da cuenta de la falta de preocupación de las personas por el prójimo. 

Cali Llenita es una campaña que lleva un año y medio de existencia y que busca brindar un refrigerio a los niños que laboran en los semáforos ubicados alrededor del parque de El Ingenio, lugar al que llegan personas en situación de vulnerabilidad provenientes del oriente de la ciudad y sus zonas aledañas. Nació “por el deseo de aportar y hacer algo frente a las dificultades que, día a día, otras personas sufrían”. 

– Empezó por una necesidad. Una necesidad de ver realmente qué podía aportar y qué podía hacer en vez de quejarme. Porque la mayoría de la gente simplemente habla y se quejar, y dice que esto no está bien, tenaz que pase esto, tenaz lo que pasa con los niños; pero, bueno, ¿qué hacen? Es decir, estamos en una sociedad en donde nosotros aportamos y hacemos parte de ella, entonces, ¿dónde está el granito de arena que uno aporta? Esa fue la idea y el principio de la campaña de Cali Llenita: tomar la decisión, en serio, de pensar, hacer y ayudar.

Por esta razón Sandra sale cada quince días, aunque antes lo hacía cada ocho, a recorrer en su auto las 21 paradas que tiene la campaña para ofrecer los refrigerios. Hoy, por supuesto, no es la excepción. Son cerca de las 2 de la tarde. El sol cae con furia, aunque lo rodean algunas nubes oscuras. 

– Dios te bendiga – le dice a un niño en una de las primeras paradas. Después de él, llegan otros. Saben qué significa que Sandra esté ahí. Ella intenta educarlos: que no se pasen las calles antes del semáforo y que sepan compartir y entender que a todos les tiene que tocar algo. Les acaricia la cara con ternura cuando les habla. A lo lejos, las personas que van en los buses del MIO y en los demás carros la miran y quizá se les atraviese el pensamiento común de “por eso es que siguen pidiendo”. 

Pero Sandra, de cabello castaño con algunas canas y una sonrisa de perfecta dentadura que armoniza con sus ojos cafés, aclara:

– Ellos no piden comida, ellos están trabajando, porque es una necesidad de primer orden, y yo les traigo comida. 

Y añade con satisfacción que, si bien empezaron repartiendo 25 refrigerios, han llegado a dar hasta 300. Nunca sabe a ciencia cierta hasta qué horas irá: todo termina cuando acaban los abrazos, las caricias, las gracias y la comida.

El sol ya ha desaparecido. Un aguacero parece inminente. 

– ¿Y si llueve? 

– ¡Nos mojamos! –responde, y enciende el auto de nuevo.

El día apenas empieza.

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Rafael Aguado es moreno, flaco y muy alto. Es tecnólogo en electrónica y funcionario de la Pastoral Social de la Arquidiócesis, pero se desempeña como trabajador social.  Acuerpada, enérgica y amable, Patricia Morales ocupa el mismo cargo que Rafael en la Pastoral Social de Cali. Los dos aplican su lema “Hacia un nuevo liderazgo del servicio” entre los distintos oficios que realizan, como el de administrar estrategias para que los comedores sean auto sostenibles. 

El mejor ejemplo es el programa Padrinos del Amor, que nació en el 2004 en convenio con el Banco de Alimentos, para involucrar a la comunidad religiosa en asuntos sociales. Rafael y Patricia cuentan que el propósito del programa es que un voluntario con suficientes recursos económicos cubra los gastos de alimentación de una persona vulnerable, por medio de una “cuota solidaria o recuperadora”. 

– En un principio se pedía un monto pero ahora nos aportan con lo que nos quieran dar-, dice Patricia. 

Rafael aclara que aunque el fin es financiar los comedores comunitarios, lo importante es que los padrinos conozcan a sus “ahijados”, que se interesen por sus problemas, que descubran a los habitantes de una ciudad invisible y que sufre: niños, niñas, adolescentes, drogadictos, madres gestantes, habitantes de la calle, desplazados, entre otros. Para lograr un mayor interés en los voluntarios, la Pastoral les permite escoger a los Padrinos qué comedor y a quiénes quieren apoyar, con el compromiso de asistir a algunos eventos que la Arquidiócesis tiene pensados para los beneficiados, como capacitaciones laborales o reinserción social: los voluntarios escogen qué realidad quieren conocer. 

De esta manera los Padrinos aportan con dinero para la campaña, el Banco da los suministros y los “ahijados” reciben un almuerzo diario preparado en los comedores. ¿Pero qué tipo de alimentos reciben los beneficiados? Los que el Banco les pueda dar. Porque la nutrición, cuenta Rafael, es un factor complejo que no siempre pueden tratar. 

– Con los beneficiados no se trabaja la recuperación nutricional porque habría necesidad de implementar desayunos, refrigerios, cenas... No. Con los Padrinos se trabaja la mitigación del hambre. 

Visto desde una perspectiva económica, la nutrición es un privilegio que no todos los Padrinos están dispuestos a pagar, ya que cinco raciones de alimento diarias para una persona necesitada es más costoso que lo que una cuota altruista puede cubrir. Sin embargo, Patricia aspira a que el proyecto deje de ser privado y empiece a recibir financiación del Gobierno.  Deja claro que el Padrinazgo no es mero asistencialismo, por lo que ni los comedores ni la Arquidiócesis tienen la obligación de alimentar gratis a la población vulnerable. 

– A la gente no hay que darle todo. Cuando las cosas no te cuestan no las valoras – afirma y después mira hacia la ventana. Sus ojos brillan. Por un instante su mente se aleja de la oficina en la Pastoral. Afuera, un reciclador busca en la basura qué llevarse a la boca.

 

Las complejidades que se esconden tras un bostezo

Tres son las grandes manifestaciones del hambre: las enfermedades como la desnutrición, el retraso en la estatura o el desarrollo incompleto de los niños; la subnutrición crónica, que aparece con una ingesta menor de 1.500 calorías al día; y la malnutrición, que se entiende como falta o exceso de nutrientes en el organismo. Sí, la sobreingesta de comida es un factor que perjudica la seguridad alimentaria de la población mundial, es un monstruo que ni los programas del Gobierno, ni el Banco de Alimentos, ni los comedores comunitarios pueden vencer por cuenta propia, ¿cómo pueden los frentes contra el hambre cambiar nuestros hábitos alimenticios? 

Una vez revisada la Encuesta de Situación Nutricional en Colombia –ENSIN- del año 2015, queda claro que los productos procesados están ocupando el espacio que las comidas tradicionales tenían en los hogares del país, pues en la dieta de los colombianos es cada vez más común encontrar alimentos procesados, con altos contenidos de grasas saturadas y trans, azúcares refinados, carbohidratos y sodio. Como resultado de estos nuevos hábitos, los datos presentados demuestran que el exceso de peso en menores en edad escolar -5 a 12 años- se incrementó de 18,8%, en 2010, a 24,4%. Además, uno de cada cinco adolescentes –13 a 17 años- presenta exceso de peso. Y uno de cada tres jóvenes adultos -18 a 64 años- tiene sobrepeso, mientras que uno de cada cinco es obeso. En concreto: el 56,4% de la población adulta de Colombia aparece en la cara contraria de la problemática del hambre.

Ante un panorama como el anterior, por sí mismo alarmante, se suman otros factores que alimentan el hambre en Cali. Sandra espera que la acción que realizan con la población más necesitada logre resultados que vayan más allá.

-Esperemos que ellos aprendan a educarse, a ser amables, a decir buenos días, a decir un gracias, a verse mejor, a que su apariencia mejore. Por ejemplo, a dos o tres personas les hemos conseguido trabajo, pero no han seguido en ellos, lo abandonan. Y tampoco podemos hacer todo por ellos. No podemos obligarlos a que vayan, pero les damos la oportunidad. Y también les abrimos su perspectiva del mundo.  Lamentablemente a ellos les enseñaron a ser pobres, a vivir en la pobreza y ese chip hay que cambiarlo.  

La falta de conciencia por parte de los ciudadanos frente al flagelo del hambre es clara, pero también hay que reconocer que quienes la sufren olvidan el propósito que tienen fundaciones y campañas como De menos a más y Cali Llenita. Más que brindar una ayuda alimentaria, se trata de hacer que estas poblaciones se sacudan las excusas, las pocas posibilidades de su entorno, y las vean “no con ojos de pobreza sino con ojos de oportunidad”, como dice Walter.

En las invasiones de la ladera o del Distrito de Aguablanca abundan las familias desplazadas por el conflicto armado. Los más afortunados levantan sus viviendas en zonas de alto riesgo y se dedican al comercio informal. Los menos, intentan subsistir con una cartelera mal escrita y un pocillo de plástico con el que piden limosna. A ellos no sólo les arrebataron su tierra: también les quitaron su seguridad alimentaria. ¿Cómo se nutren los campesinos convertidos en ciudadanos a la fuerza? No lo hacen. 

Ni ellos ni los que ya vivían ahí. Los ingresos no alcanzan para conseguir carne, lácteos, frutas, verduras o alimentos ricos en proteínas y minerales. Sólo es suficiente para las harinas como papas, arroz o plátanos, con lo que satisfacen una falsa llenura que no alimenta. Anthony Lake, director ejecutivo de la Unicef, cree que entre la desnutrición y la miseria se forma un círculo vicioso. Lake explica que el hambre causa problemas de aprendizaje en los niños, y una educación deficiente reduce las opciones para salir de la pobreza. Si bien la ENSIN del 2015 dice que la inseguridad alimentaria en los hogares se redujo del 57,7% al 54,2%, ya los datos de la misma encuesta realizada en el año 2010 aclaraban que desplazados, recicladores y habitantes de la calle hacían parte del 42,7% de la población que vive en condiciones de inseguridad alimentaria.

Si bien existen programas, fundaciones, campañas y planes para enfrentar al hambre, es necesario que, en años futuros, el gobierno nacional y sus instituciones empiecen a centrar su atención en las causas y no en los efectos: de lo contrario, estarán dándole continuidad a una problemática que hace daño a la población colombiana.