Le llaman Enano. No lo es. Mide 1.75, tiene 16 años, un creciente prontuario judicial y es, según él, uno de los tres millones de hinchas que tiene Deportivo Cali. Repite junto a Melissa, su novia, octavo grado en la institución educativa 20 de Julio.  Caminan tomados de la mano hasta el Parque de los Estudiantes, comen helado en Dancali y acuden, cumplidamente, a la tribuna norte del Coloso de Palmaseca, estadio del Cali.

 

Por Leonardo López

 

Tienen una rutina para ello. Conducen una bicicleta GW blanca con un asiento extra en el marco y un par de calapies en la rueda delantera hasta el sitio de encuentro de la barra; ahí les esperan unos treinta jóvenes más  y un autobús rentado. Son hinchas fieles, saben los cánticos, arman ‘trapos’, hasta contribuyen con algunas monedas a las arcas de su barra, una de las decenas que tiene el equipo azucarero.

Me reúno con el Enano un caluroso domingo a las tres de la tarde, me saluda con un choque de palmas y un vaso con Frutiño de fresa. Tiene la camiseta titular de la temporada 2016, pantaloneta militar, reloj de pulso, zapatillas Adidas y gorra tipo pescador que reza «el glorioso». Viste así porque hace calor, hay un partido de fútbol e iremos al Coloso.

Recuerda, con especial cariño, el partido contra Boca Juniors por Copa Libertadores en 2016. «Empatamos, pero esa noche hicimos el primer tifo en Colombia. Todas las barras aportamos para ello, yo puse veinte mil. A todos en la tribuna nos dieron una chuspa blanca para hacer un mosaico mientras subía el tifo,  fue muy melo» –dice mientras flexiona el brazo derecho para mostrarme un tatuaje. Tiene tres. El del brazo es una estrella con el ‘2015’ dentro, su nombre con letra gótica en la pierna izquierda y el escudo del Cali en el pecho.

Pelea para defender a su equipo, el honor de su madre y el de su ‘mujer’ (así llama a Melissa).

          —Hace un par de semanas combatimos contra una banda de chivos (apelativo para los hinchas de América de Cali, el acérrimo rival). Ellos se parchaban en el parque del barrio y molestaban a la gente. Entonces les caímos en gallada y los sacamos corriendo.

Melissa tiene el cabello negro, ojos castaños y quizá pierda este año escolar. Conoció al Enano en el autobús camino al Coloso. A las dos semanas eran novios. Así llevan cinco meses. Hace tres días el Enano publicó en su cuenta de Facebook «ella es la luz al final del sendero».

        —Amo a tres mujeres: mi madre, mi abuela y Melissa. Ojalá me duren toda la vida… Bueno, se irán cuando Dios quiera. Con Melissa pienso en algo pa’ largo, ella es buena mujer. Siempre vamos al estadio, es nuestra pasión y el mejor parche.

Vive con su madre, Cristina, una impulsadora de 52 años que sufre diabetes. Sólo tiene dos familiares, una prima en Mojica y una hija en Palmira con la que apenas habla.

        —Él es un buen muchacho, no se parece en nada al papá –dice.  Ese nos dejó hace seis años por una fulana del Quindío, se enmozó y se fue a vivir allá. ¡No! es que no se parecen en nada, mi bebé nunca me levanta la voz, tampoco es grosero, tiene problemas como todos, no le va bien en la escuela pero es trabajador, honesto y responsable. Ah, y le gusta el Cali… qué le vamos a hacer.

Duerme solo en un cuarto de 3x5.  La cama es de hierro, mide un metro, tiene colchón de espuma, en la cabecera cuelga una pancarta del Cali que reza «cien años del gloria». Tiene un viejo armario con un televisor de 21 pulgadas encima, al lado una foto empolvada de su padre.  Junto a la cama hay un nochero de dos cajones, el de arriba lleno de chucherías, el de abajo guarda una colección de cinco armas blancas. Un ‘mata ganado’ de 40 centímetros; un cuchillo de cocina de 15; un  destornillador de 20 con la punta afilada y dos navajas retráctiles, de esas que venden en cualquier miscelánea.

        —Estos los voy guardando con el tiempo, a veces los chivos nos esperan en la entrada de la ciudad y hay que defenderse, ¿no? Éste (sostiene el mata ganado) lo llevé a un partido contra Cortuluá. Tuluá es del rojo, allá es caliente para nosotros. A veces pido el esmeril en algún taller y lo afilo, si no lo raspo contra el andén, tiene el mismo efecto. Cuando salgo llevo la navaja, por si las moscas. A veces necesito cortar algo o limpiarme las uñas, lo uso para todo.  

Casi lo matan en Tuluá. Él, Melissa y otros treinta hinchas caminaban orgullosos después de una derrota 2-1 a manos del Cortuluá en el estadio Doce de Octubre, cuando, al pasar cerca del Parque del Príncipe, una horda de fanáticos con camisetas rojas lanzaron insultos y piedras, esto desencadenó un cotejo entre ellos. 

     —Salí a ver si se paraban –cuenta el Enano. Lo hicieron, eran diez, más o menos. Nosotros los encaramos y no pasó de ahí. Piedras, amenazas y cuchillazos al aire, lo de siempre con los chivos.

Trabaja en lo que salga, de mensajero en un restaurante, vendedor de tornillos en una ferretería o empacador en un supermercado. Afirma que jamás pensó en robar, aunque muchos barristas lo hacen.

        —A mi madre y a mí nos cuesta mucho ganarnos la vida, igual que todos. No me imagino quitándole algo a otro. Pensá que vas por la calle y un malparido te quita lo que compraste con esfuerzo… eso no se hace, Dios condena eso.

Todos sus trabajos son esporádicos, pero le alcanza para ayudar con los recibos de su casa y  pagar un plan de datos de 1,7 GB.   

Él va a la tribuna norte, yo a occidental lateral baja. El rival del día es la Equidad, un equipo de media tabla con buen rendimiento deportivo en los últimos años. 

— ¿Listo o qué, parce? –pregunta el Enano.

Vamos en carro hasta la casa de Melissa, ocho cuadras nos separan de ella. Pienso en pitar, pero él se adelanta y silba. Melissa asoma desde el segundo piso del edificio de apartamentos donde vive hace cinco años, responde «ya voy amor» y baja con la clásica calma de toda mujer. Tiene la camisa titular del 2017, uno short que no muestran más de la cuenta, zapatillas azules, un arete en la oreja izquierda y ganas de salir rápido.

        —Trabajé en una ferretería durante vacaciones para comprar el abono del primer semestre –dice el Enano–, costó 28 mil. Nadie pudo ir a la final contra Nacional porque la tribuna estaba sancionada, de haber podido me hubiese tirado de cabeza, ese día sí ganamos pero no alcanzó. Este semestre el equipo seguía sancionado y la tribuna cerró por algunos partidos. Cuando la sanción acabó, vendieron los abonos por 18 mil. Tenía plata por aquél entonces, compré el mío y el de Melissa.

Manejo hasta el punto de encuentro en un barrio al norte de Cali. Hablamos de todo, de todo menos fútbol. El partido inicia a las 7:30, pero se debe llegar una  hora antes, como mínimo, si se quiere evitar el trancón a la entrada del estadio. El barrio es de calles angostas y en mal estado; las casas son pequeñas, casi todas de dos pisos y el andén aún tiene la pintura de la navidad pasada.

En el punto de reunión hay unos treinta jóvenes de 15 a 25 años, todos con camisa verde o blanca. Hay pocas mujeres: Melissa y tres más, tienen un aire precoz. Mi padre diría: «se maduraron biches». Los muchachos tienen banderas e instrumentos. A lo lejos se oye el sonido de una trompeta desafinada, un pitido infernal de práctica… los pulmones de ese hincha están desgastados por el humo de cigarrillo, quizá. También tocan tambores. Unos jóvenes, que chatean, desvían sus ojos para mirarme, ellos no me conocen, pero saben que soy su aliado: visto la camisa titular del 2016.

El Enano me presenta a William uno de los líderes de la barra.  Un joven delgado, con aretes y un tatuaje en el brazo.

        — ¿Te vas a pegar? –pregunta. Vení atrás del bus y nos vamos en caravana, con banderas y todos los juguetes –en ese momento prende un Boston.

Le respondo que no, que traje al Enano porque le debía una.

Este horario es complicado para nosotros, los partidos del domingo en la noche se diseñaron para la televisión y no para hinchas. Los hinchas del Cali tienen un problema más, el estadio está más cerca de Palmira que de Cali. El partido acaba a las 9:30, a esa hora no hay mucho transporte público, sólo transitan los buses con recorrido nocturno, un puñado de vehículos particulares y los camiones que recorren el país.

        —Salimos en un rato, cuando lleguen los que faltan, mientras tanto vamos subiendo las cosas al bus. No importa si el rival es grande o chico, nosotros siempre llevamos banderas e instrumentos. Quería aprender a tocar trompeta, pero no pude, incluso me metí en un curso de la caseta comunal del barrio, no se pudo. Sólo aliento con mi voz –dice el Enano.

El bus es un viejo armatoste, de esos que ya no deberían prestar servicio público, es gris, de cara aplanada y le caben 44 personas. Siempre van más. Melissa dice que esconden navajas y baretos en los asientos, por si la Policía llegara a joder, cosa que no ha pasado. El ingreso al Coloso es relativamente fácil, el carné sólo dice un nombre, un número y nada más.       

        —Si ganamos o empatamos nos vamos de rumba con el Enano y otros manes. Siempre hacemos eso cuando juegan el fin de semana. Por lo general vamos a las barras de la 44 o a la casa de algún parcero,  tomamos traguito y bailamos un rato. ¿Te pegas? –dice Melissa.

Le respondo que sí, que me llamen.

        —Listo firma, nosotros ya pegamos para allá –dice el Enano después de unos 20 minutos.  El viaje dura una media hora, pero siempre tardamos más, nosotros vamos cantando, otras barras llegan en motos o en buses particulares, igual nos pillamos allá, no importa el camino, todos nos llevan al Coloso, sea como sea llegamos.

Al partir cantan los himnos de la barra, tocan instrumentos, agitan banderas por las ventanas del bus. Pongo Pachito E’ché en la radio y tomo otra ruta para ir al Coloso.  Llego a las 6:20 p.m. 

No ganaron. Empataron a uno con un gol en el minuto 89. Tampoco fuimos de rumba. Lo cierto es que diez mil personas, aproximadamente, viajamos desde toda la ciudad para ver el mismo espectáculo y el lunes volvimos a lo de siempre.