“¿Y a usted quién lo conoce?”

Pedro llegó a Medellín donde un amigo santandereano. “Yo fui loco, yo fui andariego” –afirma, suelta una carcajada. En Puerto Tejada, nadie pensaría que Pedro ha recorrido más de diez ciudades tomando fotografías, pues casi nunca sale de su local y de  su casa. Solo lo hace para instalar vidrios o comprar el pan del desayuno. 

El mismo día que llegó a Medellín fue a Foto Lujo, la agencia más grande de ese entonces. La entrada estaba llena de gente. Había tres secretarias atendiendo. Pedro habló con la dueña, doña Inés, una matrona de cabello rojizo y actitud tajante, a quien nunca había visto en su vida: 

- Vengo aquí a molestarla. Resulta que yo soy fotógrafo y fotocinero. Vengo aquí con deseos de trabajar. 

- ´¿Y a usted quién lo conoce?’, me dice la vieja. 

Pedro tenía un amigo que se llamaba Jorge Palacios, gerente de Promotora Fotográfica, una empresa de productos fotográficos en Medellín. Él le había dicho que cuando fuera a la ciudad le avisara para recomendarlo.

- Pues a mí me conoce Jorge Palacios, de Promotora Fotográfica. 

- Ah sí, yo le compro material a él (...).  ¿Y usted sabe de laboratorio?

- Sí, también revelo. Estuve a cargo de un laboratorio varios meses en Cali. 

- Ah, me gusta porque aquí el tipo que revela a veces se pega sus fumas y no viene a revelar. Estando usted, lo puede reemplazar.

Al día siguiente salió a trabajar. No le dio miedo. “Con seis años en Cali ya me había vuelto un canchero”. Al final del día, la señora examinó en detalle cada una de sus fotos. Caminaba despacio con un Malboro en su boca mientras analizaba. Se paseó una y otra vez entre los negativos y al final sentenció: “Usted sabe. Usted sabe de eso. Qué bueno”.  

A la semana siguiente  le dieron un puesto mejor. Con el paso del tiempo fue uno de los fotógrafos más prestigiosos de la agencia. Un día el laboratorista se emborrachó  y le dijo a doña Inés que no podía ir a trabajar. Pedro se ofreció a revelar ese día. Primero enrolló cada carrete alrededor de un espiral y los introdujo en el tanque de revelado. Comprobó el estado de los químicos y con certeza impredecible supo cuánto tiempo debía contar en su mente para revelar y fijar las tiras de negativos. Luego los enjuagó con agua salada y los colgó en su lugar. 

Al final del día había revelado un total de 70 rollos. “Yo revelé toda esa vaina con confianza y los colgué. La vieja llegó a las 8”.

-¿Qué más, Pedro. Cómo está ese revelado?

-Bien pueda, obsérvelo. 

Pedro se ganó la confianza de doña Inés durante los dos años que estuvo trabajando con ella en Medellín. No solo tomaba fotos, también se encargaba muchas veces del laboratorio de revelado y de copiado.  

 

Sus fotos marcan la diferencia

En 1975 regresó a Cali. Aprovechando que tenía su propio equipo de fotografía, decidió empezar a casear, es decir, a ofrecer de casa en casa sus fotos. Tomó fotos en los barrios de Cali, Palmira, Yumbo, Jamundí, Buenaventura, Puerto Tejada, Guachené, Miranda, Caloto y Suárez. Recuerda incluso que fue a tomar a una convención guerrillera en Corinto, Cauca. En otra ocasión lo contrataron para un matrimonio en Armenia. Esa fue su rutina durante 12 años. Estuvo  algunos meses en Bogotá e Ibagué tomando fotos, pero siempre regresó a Cali.

***

Es 1987  y Pedro se muda a  Puerto Tejada, donde ahora vive. Elsy Giraldo es madre de familia. Está en el cumpleaños de una sobrina. Pedro, poco conocido entonces, toma las fotos y deja un recibo. Elsy Giraldo le pide al fotógrafo que le tome algunas fotos a la cumpleañera con su hijo mayor. Días después vuelve con el resultado. 

Elsy Giraldo recuerda su impresión al ver las fotos: “Eran unas fotos muy bonitas. Se notaba la diferencia. Todas muy nítidas, bien centradas y con colores vivos. Otros fotógrafos eran muy desorganizados, incumplidos y tomaban muchas fotos iguales; pero Pedro tomaba las que uno le decía y le quedaban muy bonitas. Desde ahí lo empecé llamar a él.”Hoy conserva un álbum de 200 fotos para cada uno de sus cuatro hijos. Todas, de la autoría de Pedro. 

Durante casi 30 años fue el mejor fotógrafo del municipio. Familias enteras lo buscaban para guardar registros de sus celebraciones más importantes. “Yo tenía cantidades de clientes porque siempre traté de perfeccionar la fotografía, de hacer lo mejor que podía”. 

El comienzo del infortunio

Pedro calcula que el negocio se empezó a reducir entre 2010  y 2012. “A uno los fotógrafos le decían: Uy, hermano, esto se está poniendo muy malo por esa vaina de las cámaras digitales y los celulares”. Durante esos años, Pedro sorteó las dificultades gracias a su extensa clientela, pero con el paso de los meses tuvo que tomar  una decisión ineludible:

- Terminé saturado. Uno estaba tomando una foto en un bautizo y todo el mundo se le atravesaba con esos celulares. No hay quién los mueva, y uno les dice y se enojan. Se le forma una galería. En los grados el ajetreo también era bravo. El fotógrafo chambón se hace en cualquier parte y dispara. Uno sí se ubicaba donde mejor pudiera quedar la foto, pero todo mundo se atravesaba. Otro problema era en los cumpleaños de niños de un añito o de dos. ¡Cosa brava! Ese muchacho comenzaba a llorar, y uno: mire el muñequito, mire no sé qué… Y ese muchacho seguía verraco botando lágrimas, pateaba el ponqué, en fin… ¿Qué es lo que no le ha toreado uno a esto?

Pero más allá de las dificultades en la práctica, fue la poca utilidad que le quedaba lo que finalmente lo obligó a retirarse. Ya no lo llamaban como antes, empezaron a cerrar los laboratorios, los rollos se pusieron más costosos y tanto la cámara como el flash gastaban cuatro pilas alcalinas. “Afortunadamente uno piensa con la cabeza esas cosas y dice: paremos esto. Todas esas cosas se fueron acumulando hasta que decidí archivarla. Yo  la mantengo ahí, guardada. Esto es como el futbolista que cuelga los guayos”.

Pedro suele encontrarse con viejos amigos cuando va al centro de Cali a comprar los vidrios con los que trabaja. Muchos de ellos ofrecen sus fotos en el CAM o la Plazoleta San Francisco. “Si de pronto me pillo alguno de esos locos por allá, siempre nos vamos a tomar un tinto”. En medio de sus conversaciones suelen evocar algunos recuerdos y reflexionar sobre la fotografía en la actualidad. Todos concuerdan en que esta práctica ha perdido valor al caer en manos de todos:

- Nosotros los fotógrafos cada rato nos reunimos allá en Cali a tomar tinto. Y nos decimos: Jueputa, es que hoy en día cualquiera es fotógrafo. Y eso es cierto. Porque el que se compra su cámara bien buena hace un curso de un mes y ya es un teso. Pero claro, es que todo el trabajo lo está haciendo la máquina. Para mí no sería difícil aprender la fotografía digital. Si la manejan esos troncos de hoy en día, que no saben nada, para mí no sería un problema. Pero en mi época el trabajo lo tenía que hacer el cerebro.  Ahora la cámara misma lee la luz y ajusta la velocidad, el diafragma y la sensibilidad. El fotógrafo sólo encuadra al sujeto y dispara. Hoy en día hay mucho fotógrafo de dedo. 

 

Lo que se aprende nunca se olvida. 

A los 16 años, Pedro era empleado de una vidriería en Cúcuta. “Ahora que se puso malo esto de la fotografía me tocó defenderme con los vidrios”. Lleva una vida tranquila, pues vive solo y su trabajo le alcanza para solventar sus propias necesidades. Nunca se casó ni formó una familia, pues siempre le gustó ser “andariego”. Sus hermanos viven en Bogotá, pero hace muchos años que no se comunica con ellos. Tiene una hija que vive en Cali, tiene 45 años y es la única persona con quien comparte algo más que un saludo.  

A los 71 años luce entero, con buen estado de salud y con la misma delicadeza y tacto para trabajar. Para cortar vidrios se necesita tener buen pulso y precisión con las manos, y esto nunca fue un problema para él, pues - según justifica - nunca le gustó fumar ni beber alcochol. 

Sus días transcurren en torno a su nuevo oficio. Permanece en el local trabajando, en su casa, o conversando con algún vecino. A veces se le ve caminando por las calles con un canguro en la cintura y un vidrio al hombro. Los chicos que van naciendo, la nueva generación del pueblo, seguramente no lo conocen. En los hogares, mientras tanto, reposan miles de fotografías suyas que en el respaldo conservan una marca  que hace honor a su legado: Foto Peter.