Arte es arte

Las horas pasan rápido en el taller. Hay momentos que son sagrados como la hora de comer, sobre todo para Hugo. Consuelo, su hermana y esposa de Orlando, siempre le pasa cariñitos entre comidas, pero la hora del almuerzo y la siesta son imperdibles. Así que, sin importar la hora en que llegue a trabajar, a las doce está marchando a buscar su almuerzo en casa. Su apodo, “Buenavida”, no es gratuito. Sin embargo, el ritmo laborioso del taller no se pierde. Cuando no hay instrumentos por arreglar o construir, reciben también trabajos pequeños de ebanistería que realizan con igual calidad. Son labores que no requieren mayor técnica ni tiempo y permiten obtener algunos ingresos adicionales. “Le hacen a todo”, pues pocos están dispuestos a pagar desde 300 mil pesos por una guitarra hecha a mano. 

 Por supuesto, construir una guitarra es otro cantar. Se necesita el conocimiento ancestral y la técnica tan celosamente guardada por don Alcides, pero, sobre todo, tiempo. Hugo dice que “una guitarra no se saca de un día pa’ otro. Uno, por ejemplo, bolea azadón y termina en un día. Aquí hay que hacer pegas y secan de un día pa’ otro, taponar –darle brillo y color a mano a la guitarra- de un día pa’ otro…en eso se van mínimo 15 días”. Orlando y Hugo dicen que sí quedan fábricas de instrumentos hechos a mano en la ciudad y el país, pero que usan herramientas eléctricas para cortar, lijar y lacar. 

-En Bucaramanga sacan guaches –mástiles- en serie, unos 100 a la semana. Y en serie sacan las tapas, los aros…luego juntan las partes y salen un montón de guitarras. El comercio está lleno de esos instrumentos y son baratos.

En este taller cada pieza es única y se trabaja con las mismas herramientas del “Maestro” fundador. Sobre la misma pieza de nogal macizo que hace de mesa; con las garlopas, cepillos y cuñas; con los mismos contenedores, -que son tarros de leche vacíos del antiguo Idema- y un soplete de cobre a gasolina. Ver el conjunto es como entrar a un museo. “Toda la herramienta es de la antigua”. Ellos están muy a gusto, se sienten orgullosos, únicos. Y no es para menos. No es atrevido decir que pueden ser los únicos creadores de instrumentos a mano del país. Cero tecnificación. 

El reto de construcción de un instrumento es realmente cómo esculpir la madera, hacerla maleable y darle una forma antinatural, flexible pero fuerte. Todo comienza por escoger el material adecuado: 

“Se usa el cedro pa’ las curvas porque es madera fina y trabajable. Como hay que mojarla y hacerle la curva y usar los rodillos calientes, es fácil de doblar, pero hay que tener paciencia y delicadeza. Con mi papá, cuando estaba aprendiendo, se me reventaban los aros y ahí estaba el problema”, comenta Hugo. También “pino para el frente y que quede blanquito; el mástil es del mismo color de las tapas y los aros”. Orlando, que es muy meticuloso, dice que las tapas se cepillan hasta unos 2 milímetros de espesor, pero no usa instrumentos para medir, es a puro talento y ojo. Los cepillos que usan son “de los americanos, esos Stanley de los buenos”.

Cada una de las partes se corta con cuidado, utilizando los patrones y formas que dejó cortados don Alcides en cartulinas y cartones, que sólo se han decolorado con los años, pero que se mantienen intactos. Están colgados en una de las paredes, y hay un patrón por cada tipo de instrumento. Una vez lijadas las partes, se unen con diferentes tipos de cuñas, prensas y soportes. Esto permite que cada superficie quede adherida al esqueleto para siempre. Porque ellos ofrecen garantía de por vida para los instrumentos que producen. 

“Las guitarras de otros lados las traen para que las arreglemos porque esas se tuercen cuando quedan mal construidas. Ninguna empresa de guitarras industriales se hace responsable como nosotros de la calidad para toda la vida. Ya unidas las partes, se hacen con el berbiquí (taladro manual) los orificios en los que van los clavijeros que tensionarán las cuerdas. Se pule con lijas de diferentes granos todo el instrumento y llega un momento que exige dedicación y paciencia: el tapón. Ésta es una técnica en la que se utiliza “goma laca traída de la India o la China”, aclara Orlando. Se trata de unas hojuelas resinosas que se recogen de los árboles en los que vive el gusano de la laca o Kerria Lacca. El animal secreta una sustancia que se cristaliza y se queda pegada a lo largo de su camino; esta sustancia se recolecta y machaca para luego disolverla en alcohol etílico y aplicarla en superficies de madera para pulir, proteger y dar un brillo excepcional.  Es una antigua técnica muy poco utilizada. Se proporcionan varias capas de la solución cada día y “uno deja de taponar cuando el brillo no se va. Por ahí ocho días entre tapón y tapón porque hay que dejar que chupe el alcohol y seque para ponerle otra capa y luego adelgazarla con más alcohol”. 

El acabado final es entonces lo que dicta cuánto tiempo estará en construcción un instrumento. Es un trabajo minucioso. Puro amor por el oficio. Un tributo a lo aprendido. Una práctica virtuosa.

 

El valor de las cosas

Takamine es una de las más famosas marcas de guitarras hechas a mano. La empresa es japonesa y construye instrumentos desde 1959. Las piezas siguen siendo “artesanales”, aunque han evolucionado con estudios de su física, madera, y algunos de sus procesos están tecnificados. Además, la producción funciona en serie y cuentan con centenares de empleados. En 2014 producían 90 instrumentos por día. Poco, pues son artesanales, pero cada una puede tener un precio mínimo de 450 euros, más o menos millón y medio de pesos. Una guitarra del Taller Alcides Bedoya Henao, cuyo legado comenzó en 1932, puede costar desde 350 mil hasta 500 mil pesos (en un caso muy especial y con “florituras”, como dice Hugo) y la única tecnificación que ha sufrido es que cambiaron la cola (pegante de pata de res), que olía muy mal, por un colbón especial para madera. 

-No es bien pagado este trabajo. Tampoco se puede cobrar más porque la gente no se va a poner a pensar en la artesanía, el gusto, la delicadeza para hacer un instrumento. La gente no piensa sino en el precio y poco en la calidad-, dice Hugo. 

Y es cierto, en un país como Colombia, muchos de nuestros artesanos y sus productos son menospreciados. Pero necesitan también aprender a tener visión de negocio y capacitación para mantener su producto y su tradición a flote. Es posible que muchos lo puedan lograr con la nueva Ley 1384 o Ley Naranja, instaurada en 2017, que pretende apoyar las iniciativas culturales en el marco de la Economía creativa y de industrias culturales que ha comenzado a dar pasos grandes en Latinoamérica y mediante la cual muchos países pretenden aumentar su producto interno. En el caso del taller de don Alcides, una de las hijas de Orlando comienza a esbozar un proyecto que, además de preservar su legado, posicionaría mejor el trabajo de los dos artesanos. Pero es eso precisamente, los creadores como Hugo y Orlando necesitan guía y apoyo para los trámites burocráticos, para hacer que las leyes les cobijen de manera real. 

Por más de 75 años, la tradición y sabiduría de don Alcides se ha mantenido, como magia, a través de las manos de hijo y yerno que siguen haciendo instrumentos como los hacía el Maestro. Si no funcionan sus planes de negocio, queda esperar que la confabulación universal les lleve aprendices por montones y que el legado continúe tan intacto como ha estado hasta hoy. Que en el taller del “Maestro” el tiempo siga detenido por generaciones.