Fácil y rápido son las exigencias favoritas de las generaciones recientes, sin importar el valor artesanal, histórico o estético de una creación; oficios exigentes como hacer instrumentos de cuerda, sin ninguna herramienta eléctrica, hoy son casi impensables. Sin embargo, en el Eje Cafetero sobreviven creadores que dan garantía de por vida por sus tiples manuales y celebran las obras hechas por sus propias manos. 

 

Por: Carolina Echeverry Bedoya

 

Hace unos 20 años, al caserío “La Reversa”, en la ciudad de Pereira, sólo se llegaba en chiva, o en un jeep Willys. Rodeadas de sembradíos de plátano, yuca, guamas y cafetales, se levantaban unas diez casas de esas en las que viven familias por generaciones y el vecino del lado es siempre el mismo. Hoy, tal vez lo único que no ha cambiado son los atardeceres que se aprecian desde el taller de don Alcides Bedoya Henao -que en paz descanse- y la forma cómo sus aprendices, Hugo Osorio Ruiz, su hijo, y Orlando Echeverry Castro, su yerno, construyen instrumentos musicales de cuerda. Al paisaje veredal lo ha devorado la ciudad, lo que eran cafetales, primero se convirtieron en pastizales para alimentar ganado; luego, el caserío La Reversa sufrió algo así como una pequeña conquista. 

Muchas de las personas más acaudaladas de la región se dieron cuenta del potencial y las bondades que la zona rural aportaba a sus excitadas vidas y finanzas: un lugar tranquilo y pacífico para pasar los fines de semana, tierra fértil que poco necesitaba para dar cosechas abundantes de casi cualquier cultivo y gente honrada y trabajadora para administrar sus fincas. Por supuesto, aquellos con más visión, supieron que en el futuro la ciudad crecería hacia ese sector y el valor del metro cuadrado sería tres o cuatro veces mayor. Comenzaron por adquirir pequeños terruños tras la primera “Bonanza cafetera” (1952 a 1954), en la que durante dos años el precio del café se mantuvo en un tope histórico superior a 75 centavos la libra. Teniendo en cuenta que en años anteriores el valor máximo de exportación fue hasta de 57 centavos, Colombia estuvo en su mejor momento. Los nuevos finqueros aprovecharon para comprarles terrenos a los vecinos, pequeños productores campesinos que, en situación precaria, veían unos cuantos miles de pesos como una oportunidad para salir al mundo y mejorar la vida de sus familias. No sabían entonces que su pequeño tesoro era la tierra. De este modo, quienes tenían más dinero se hicieron con grandes propiedades que, tras la posterior crisis cafetera, se hicieron insostenibles y poco productivas. Luego, en los años 80 y 90 vino la segunda oleada de compradores: las firmas constructoras de turno. 

Alcides Bedoya nació en abril de 1912, “apenas dos días antes del hundimiento del Titanic”, dice su hija Gloria. Era un hombre recio de sombrero gardeliano, trabajador, perfeccionista, amoroso y también uno de esos campesinos que vendió su finca al mejor postor. Con el dinero de la venta, compró un terreno más cercano de la carretera principal en la vereda “El Congolo”, donde vivía. El terreno tenía una casa de bahareque que casi colapsa con el terremoto del 99, uno de los más destructivos en la historia de Colombia y que dejó damnificada a más del 75% de la población de Armenia, cerca de 1200 muertos en todo el Eje Cafetero y daños avaluados en 280 mil millones de pesos en toda la región. 

“La casa azul”, como le llama la familia por el color original de su fachada, fue reconstruida parcialmente con ayuda del Fondo para la reconstrucción del Eje Cafetero creado para distribuir las ayudas económicas a los damnificados que perdieron sus viviendas. Allí terminó de criar a sus hijos hasta que se casaron y formaron sus familias. Sin la agricultura, tuvo que probar oficios. Fue sastre, peluquero, jornalero…Cuando tenía poco más de 20 años, un cuñado suyo le enseñó a hacer guitarras, tiples y bandolas de manera artesanal. Aquel sería su sustento hasta que las manos le permitieron trabajar, pues padecía esclerosis, una enfermedad degenerativa que para entonces era un enigma para la ciencia. 

En el garaje de “La casa azul” siguió con su negocio, reconocido por músicos locales y nacionales. “Tuvo contratos con los colegios y exportó instrumentos a China, España y Estados Unidos”, según cuenta su yerno y pupilo, Orlando.

El taller sigue allí, intacto. Como un oasis. La calle empedrada que daba con su portón es ahora una vía con reductores de velocidad que se conecta con la Autopista del Café, una mole de asfalto de 270 kilómetros que recorre “El triángulo de oro”: El Eje Cafetero.  Entre los goznes de sus puertas, anidan arañas que se apremian a esconderse cuando abren el candado cada mañana. No se limpia mucho en el taller; en sus hendijas de guadua astillada está acumulado el polvo que don Alcides tampoco limpió por falta de tiempo o porque es inútil hacerlo, el trabajo en el lugar produce polvo permanentemente. Huele a madera y antaño. Aunque no hay muchos lugares para sentarse con comodidad, el ambiente festivo con el que Orlando y Hugo trabajan invita a quedarse, más aún cuando uno se da cuenta de que tienen un viejo equipo de sonido con tocadiscos y un enorme cerro de acetatos.

Entrar al taller es un viaje al pasado. Pasar por el umbral de un lugar con más de 100 años de historias, testigo de canciones, tertulias, de desayunos con arepa y tardes de café campesino, casi permite ver los fantasmas de hombres con sombrero y carriel, y chapoleras con mejillas de rosa ataviadas con faldones. De la esterilla cuelgan algunas guitarras y bandolas viejas, una espada de madera, moldes de mástiles y, como un trofeo, una página enmarcada del periódico “La Tarde” en la que se lee un reportaje que le hicieron a don Alcides en 1982. Tan famoso era entonces.

La figura robusta y morena de Orlando, que vive en la casa del lado, aparece temprano y se encarga de abrir el taller. “Hugo vendrá llegando por ahí a las 11, ya para irse a almorzar”, dice en broma, pues su compañero de trabajo no madruga. En cambio, Orlando, a sus 66 años no recuerda un día en que haya abierto sus ojos después de las 7 de la mañana. Antes de casarse con Consuelo, la hija del medio de don Alcides, “El Negro” Orlando estuvo siempre encantado de ir al taller y admirar el trabajo que hacía el maestro Alcides. 

-Un día, yo todavía soltero, le dije que me enseñara a hacer guitarras y me contestó que a él nadie le había enseñado. Era muy celoso con su trabajo y siempre pensó que nadie iba a hacer instrumentos como él. 

Sin embargo, un mal día que el maestro Alcides discutió con su hijo Hugo, y éste se fue a trabajar en una ebanistería, Orlando tomó esa vacante en el taller y su talante laborioso, intuitivo e inteligente le permitió aprender el arte en seis meses. Siempre fue bueno para los trabajos manuales y un diligente aprendiz. 

-A mí me gusta mucho hacer instrumentos, me fascina. Cuando apenas estaba aprendiendo, hice una guitarra por las noches con mi hija y sólo le pedí cacao a don Alcides para ponerle el diapasón porque no sabía la medida. La terminamos y se la vendí a un sobrino de don Alcides, que era músico de la Rondalla Luis Carlos Gonzales y quedó fascinado -, dice orgulloso.

No muy lejos de los pronósticos de Orlando, Hugo, el hijo de don Alcides, llega a eso de las 10 de la mañana con paso tranquilo, sonriente y peinando su escaso cabello con los dedos. Tiene 72 años, es bajo y divertido, pero su historia como aprendiz de lutier dista un poco de la de su cuñado. 

-Mi papá me empezó a enseñar a hacer instrumentos como a los 10 años. No me gustaba; mi papá alegaba mucho conmigo y me decía que era un burro. Me gustaba más jugar. Además, me tocaba estar pendiente también de la finca; si hacía algo mal, él me regañaba. 

Seguramente don Alcides fue duro con él y su paciencia no daba abasto con un aprendiz reacio, pero la nobleza de Hugo le ayudó a dejarse moldear. Terminó por aprender a hacer instrumentos con buen acabado, sonoros, bellos y lustrosos, casi tan perfectos como los de su padre. Después, la vida se encarga. 

-A los años, uno ya casa’o y todo, tocaba aprender. Yo me resigné a hacer instrumentos, pero luego le saqué gusto”.

Hugo y Orlando son la segunda generación de fabricantes de instrumentos en esa familia. Los hijos e hijas de cada uno estuvieron siempre cerca del proceso de los lutieres y valoran su trabajo, pero no siguieron con la tradición porque entre ires y venires, la vida los condujo hacia otros caminos. 

Aquí termina su legado. Y poca es la esperanza de que haya nuevos aprendices.

“Ese era el deber mío, una vez le dije a mi hijo Víctor que aprendiera. Cuando llegamos al taller lo puse a lijar toda la mañana y al medio día me dijo que fuéramos a almorzar, pero que él no volvía al taller. Yo lo dejé, porque no quería que le pasara lo mismo que a mí. No lo iba a obligar”, dice resignado Hugo.

Fácil y rápido son las palabras favoritas de las nuevas generaciones; sin importar su valor artesanal, histórico o estético, oficios exigentes como hacer instrumentos de cuerda sin ninguna herramienta eléctrica son casi impensables. “No hay quien se interese por eso” anota Orlando cuando se toca el tema de los aprendices. Tal vez el arte y la artesanía están subvalorados en esta época; y el trabajo esforzado, sin tecnificación, a la antigua, está mandado a recoger. “Imagínese: el hijo de una vecina quería ensayar y aprender, pero cuando pedimos permiso, la mamá preguntó cuánto le íbamos a pagar”.