Cada cuatro años las elecciones parlamentarias mueven un poderoso aparato económico encargado de conseguir votos para candidatos al Congreso de la República. Roy Barreras es uno de los congresistas más visibles y votados del país. Durante las elecciones de este año, mi familia recibió la oferta de trabajar en su campaña. Así fueron las semanas que vivimos al interior de su maquinaria electoral.

 

Por: Alexander Campos

Fotografía: José Daniel Varón 

 

Querido Roy, 

Tu nombre es mencionado casi a diario en mi hogar durante las últimas semanas. Quisiera que fuera por tu labor de poeta o tu vocación de médico. Pero no: buena parte de mi familia espera trabajar en tu campaña de reelección como senador.

Saben de ti como tú de ellos; más bien nada. Lo último que se ve en los estratos uno y dos de Cali es gente interesada en la política. ¡Menos contigo y con la camada de la U! Buena parte de tu trabajo de campaña es limpiarte ese mal olor partidario de Ñoño y Musa… de amigo íntimo de Juan Manuel Santos. Aun así, mi hermano, mi madre, mis primos y vecinos, son parte de las cincuenta personas que desean caminar uniformadas repartiendo volantes con tu imagen, pegar afiches tuyos en los postes, extender tus pendones en las terrazas, como ya se han adelantado las campañas de otros candidatos.

Mi hermano Sebastián tiene 18 años y acaba de graduarse del bachillerato acelerado. Su resultado en el Icfes no le alcanzó para acceder a la educación superior y vive encerrado en casa, temeroso de ser reclutado por el ejército. Ayuda a mi padrastro en su taller de reparación de motos antiguas sin un salario real. Alterna su horario de oficina con talleres de música y danza que ofrece la Junta de Acción Comunal.  

Entrado en confianza con la familia presidencial (de la Junta), Sebastián recibe de ella la oferta de trabajar en tu campaña; no le explican la labor, pero le advierten que debe acudir a una charla donde le indicarán los detalles. Sebastián comparte la información con mi madre, quien promete acompañarlo a la mentada charla.

Mi madre desea reiniciar las contribuciones al Fondo Nacional del Ahorro, donde un año atrás le negaron un crédito para comprar casa. Casa que a estas alturas es su único sueño. En cambio, a ti, Roy, cualquier banco te prestaría el monto que solicitaras. Para esta campaña, BBVA te concedió cuatrocientos millones de pesos, monto idéntico al que te prestó el Banco de Occidente para la campaña del 2014. Pero hubo un tiempo en que tuviste que sonreírles a los poderosos para recolectar suficiente dinero y asegurarte la curul. Así recibías por igual aportes tan humildes como los de la consultora de riesgo Risk S.A. y Gil Médica S.A. (entre otras farmacéuticas y distribuidoras de equipos de salud), quienes otorgaron de a millón, y los de Ingenio del Cauca (que aportó diez millones), y RioPaila, Mayagüez y Providencia, que aportaron veinte millones cada uno. Así era tu oficio en 2010, rebuscando cada peso, como nosotros ahora.

En el Parque de las Banderas, siendo las 7:00 p.m. del 30 de enero de 2018, mi madre y Sebastián conocen a Mario, director logístico de tu campaña, a quien no se le nota un apoyo a tu candidatura más allá de su rol. Si existe en ti alguna suerte de sentimentalismo político, quisiera no herirlo repitiendo que nadie en la plaza estaba como voluntario de tu campaña o compartía tus ideales…. Mario se limita a enumerar funciones, fechas, cifras, refrigerio y “tenemos cincuenta cupos, inviten más gente”. Y no era difícil encontrar “más gente”. Después de todo, ¿quién no querría trabajar en la campaña del honorable Roy Barreras? 

¿Quién no querría trabajar? Es la pregunta correcta. Y así iban de regreso por la noche caleña, madre e hijo apretujados en el MIO, camino del centro-oriente. Enumeraban a familiares y amigos urgidos por dificultades económicas, responsables del sostenimiento de una familia, varados en las filas del desempleo, condenados al rebusque. Cada quien procura compartir la riqueza con los suyos, ¿no? De no ser así, quizá tu hijo Roy Alejandro no sería el Director de Planeación Departamental en la gobernación del Valle del Cauca, presidida por tu estimada y copartidaria Dilian Francisca Toro.

Vinieron entonces los mensajes y notas de voz explicando la mecánica a hermanos, primos, compañeros y amigos: empezamos el primer lunes de febrero. Son quince días para cubrir centro, norte, sur, oriente. Repartimos volantes de 8:00 a 2:00 o de 2:00 a 7:00. Pagan $30.000 el turno y nos dan almuerzo o refrigerio. Las otras dos semanas no las han aprobado, pero nos iríamos en caravana nocturna pegando afiches en la calle. También pagarían $30.000 pero no sé si dan refrigerio. Ah, y hay que conseguirle tres votos a Roy.

Desde Montebello, el corregimiento con más gente en la ladera de Cali y uno de los más pobres, dos familiares atienden el llamado. Una prima de mi mamá, quien mensualmente visita al padre de cada uno de sus tres hijos, buscando su manutención. El hijo de otra prima acude también, buscando conseguir lo de los pañales para su hija de dos años. Un compañero de graduación de mi hermano, oriundo de Cauca, se emociona al punto de viajar a Cali con dinero prestado para iniciar labores el primer lunes de febrero. Incluso dice tener cien votos para ti, si le dan el trabajo.

Sin embargo, llega el lunes cinco de febrero y Mario no se pronuncia en el grupo de WhatsApp del equipo para confirmar el inicio de la jornada de entrega de volantes. Pasa el día entero, también el martes y el miércoles. Luego de suficientes mensajes de angustia, Mario envía una nota de voz diciendo que los empresarios de tu campaña no le han autorizado el presupuesto y que se rehúsa a mandar cincuenta personas a entregar volantes sin saber si les podrá pagar.

El terrible escenario de regalar el trabajo apacigua los ánimos. Entretanto, partidos como el Centro Democrático o candidatos como Jorge Enrique Robledo, cuentan con nutridos equipos de voluntarios que entregan centenares de volantes bajo el sol más endemoniado sin refunfuñar y sin cobrar una moneda. Pero no es este el caso; nadie en el grupo de cincuenta compatriotas se le mide a sudar una gota gratuita por la política que representas.

Sebastián y mi madre ven con curiosidad a los jóvenes que pasan ataviados con gorras alusivas a otros candidatos, con camisetas alusivas a otros partidos, dejando dos volantes por puerta antes de enjugarse la frente con el dorso de la mano. Nos ofrecen votar por Reyes Kuri a la cámara, por un bonachón del Conservador y un hombre canoso de Cambio Radical. La determinación de si los jóvenes son pagos o voluntarios es evidente cuando se les ve apurados, desencantados, fastidiados con las condiciones de trabajo y revisando el reloj cada tanto, a la espera de que el turno termine pronto. 

Tales espejos son casi suficientes para que los aspirantes a proselitista de barrio se bajen de tu bus. Sin embargo, aparece un mensaje de Mario el 8 de febrero: la hora de trabajar ha llegado y es a las 6:30 de esa misma tarde, en la calle trasera del almacén SuperInter del barrio Meléndez. Los primos no pueden asistir, ya se han comprometido en otras labores y les costaría mucho llegar. Sebastián y mi madre, en cambio, se uniforman de jeans pálidos y camisetas blancas y atraviesan la ciudad por la calle quinta, trepados en un bus atestado por la hora pico. Llega también un tío desempleado que se ha sumado en las últimas horas, convencido como los demás de que pegarán afiches toda la noche.

Pero ya reunidos en el sitio, no encuentran afiche alguno, sino un despliegue logístico de silletería, sonido, carpas y calles cerradas. Los cincuenta convocados lucen como un cardumen desorientado, esperando órdenes para proceder en el oficio que justificará su presencia. Cuerpo de logística hay suficiente, también operarios de sonido; incluso los encargados de publicidad. Mario llama al grupo, que cuchichea confundido. Les dice que se acerquen a una mesita donde una mujer de anteojos reparte los tiquetes para el refrigerio. Organizan una fila y tras reclamar uno a uno el papel sellado, los ubican en el costado derecho, en sillas emplazadas sobre un andén desnivelado.

Pasan varios minutos de un presentador mediocre que intenta animar al público apático. Pasan grupos de música y de danzas, pasa el politiquero local con su discurso sobre la comuna y, de pronto, como una celebridad no grata, apareces tú, Roy. De baja estatura, el rostro pesado y grave, la voz ronca, casi de felino; la mirada y el gesto avariciosos, como si delataras entre tu discurso unas intenciones secretas. Hablas sobre la belleza del Valle del Cauca, sobre lo amable de la comuna, sobre lo atenta que es su gente. Hablas de tu espléndida gestión en el Congreso y de la necesidad que tienen las comunidades como aquella de reelegirte como senador. Explicas cómo dibujar una equis sobre la U, otra sobre el número uno. No gastas veinte minutos en tu discurso antes de bajar de la tarima y perderte en una camioneta rodeada de escoltas. 

Cada vez optimizas más la saliva que requieres en campaña. Cada vez te untas menos de pueblo. Ha de ser una deducción muy simple, conseguida de tu fracaso inicial en las elecciones para el consejo de Cali en 1992. Yendo de aquí para allá entre las hordas liberales conseguiste suplir la curul de José Arlén Carvajal en la Cámara de Representantes, cuando despuntaba el año 1995. Entonces descubriste que, por encima del voto popular, hacer lobby entre animales políticos realmente carismáticos es más efectivo para conseguir el poder. Tal como descubrirías más tarde que las cuotas políticas en organismos públicos son más eficaces que la rendición de cuentas para atornillarse en los cargos públicos.

Poco después de tu partida, finaliza el evento. El equipo reclama con el tiquete una caja de lechona por cabeza, para alimentar la ilusión de iniciar la primera jornada laboral. También reclama un vaso plástico verde, cuya cara frontal reza “la fuerza de la paz/Roy Barreras/U1/Senado” y cuya cara posterior remata “la fuerza de la paz/Jhon Jairo Hoyos/U101/Cámara”.

Hoyos, hijo de uno de los diputados secuestrados y asesinados por las FARC. Hoyos, ex concejal que por poco queda inhabilitado de por vida para ocupar cargos públicos, por una sospechosa celebración de contratos entre la Secretaría de Educación municipal y un colegio privado del que su familia es socia. Hoyos, quien fuera precandidato Conservador a la alcaldía de Cali, pero que en un arranque de liberalismo se fugó del partido y ahora se adhiere a tu campaña. Amigo de tu hijo, también ex concejal, y fiel representante de tus vaivenes ideológicos.

Iniciada la recolección de la silletería y el desmonte de la tarima, los únicos asistentes agolpados aún en mitad de la calle son los convocados que esperan recibir directrices. Mario, buscando evitar el enardecimiento, explica en tono muy diplomático que no hay trabajo para esta noche, que el evento acaba allí. Que el lunes, sin embargo, comenzarán sin falta. Que el turno matutino será de $25.000 y el día entero de $35.000, sin almuerzo, refrigerio ni transporte. Y que, además, para que no se sientan usados ahora, se les reconocerán los pasajes de esta noche.

Ni siquiera hay lugar a la recriminación. Los asistentes agradecen y se marchan en silencio. Rememoran el pasado 13 de diciembre, cuando madres de todas las comunas de Cali llenaron el gran salón del Hotel Intercontinental, maquilladas y con el cabello alisado, convencidas de estar asistiendo a la ceremonia de grado de sus cursos de peluquería, maquillaje y culinaria. Sorprendidas quedaron cuando tras la retahíla del alcalde Maurice  Armitage (y muchas fotos), acabó el evento sin toga ni diploma, ni alusión alguna a graduaciones. Mi madre, que era una de ellas, cuenta con desazón que al subir al micrófono, el alcalde exclamó "¡cualquiera sería presidente con este montón de votos!”.

Quizá tú no serías presidente, Roy. Pero sí tienes maquinaria suficiente para asegurar tu permanencia en el congreso por veinte o treinta años más. Incluso cuarenta y tres como Roberto Gerlein, o más allá. Es un secreto a voces que tienes una tajada del sector salud como tienes cuotas en la Escuela Superior de Administración Pública y otras instituciones educativas. Has forjado el camino necesario para no perder, con suficientes amigos y suficientes trabajadores cuyos empleos dependen de ti.

En fin, mi mamá y Sebastián deciden trabajar sólo con turnos matutinos, ya que los diez mil pesos extra del turno completo se irán en almuerzo y transporte, según calculan. No tiene sentido. Pero llega el lunes 12 y una vez más la noticia de que no son convocados. Revisan WhatsApp: nadie es convocado. Sólo llegan mensajes de descontento, acusaciones de falta de seriedad y un par de números abandonan el grupo. Mario no ve los mensajes; ni siquiera los que los más ansiosos le escriben por interno. No hay noticias.

Entretanto, de la Junta de Acción Comunal vecina, ubicada en el parque de Cien Palos, a cinco calles de distancia, surge el respectivo grupo de muchachos con volantes anaranjados, promocionando también el partido de la U. Pero en lugar de Jhon Jairo Hoyos y Roy Barreras, sugieren votar por Norma Hurtado a la cámara y por Roosvelt Rodríguez al senado. La postal con la candidata número 108 tiene diseño decembrino y desea “Feliz Navidad y próspero año nuevo”, con lo que podría inferirse que tú no eres el único con complicaciones logísticas. El volante del senador Rodríguez está impreso en un papel más corriente y contiene su curriculum vitae, antes de las “razones” para votar por él. Razones que, por una parte, son opiniones como “comparte la cadena perpetua para violadores y secuestradores de niños” o “defiende la Paz para que el país tenga un mejor futuro”. Por otra parte, expone evidencias de sus aparentes superpoderes legislativos al decir que “endureció las multas para quienes conduzcan en estado de embriaguez” o “Facilitó el ingreso de los colombianos al mercado laboral, eliminando la libreta militar como requisito". Nunca menciona que es el heredero de las estructuras electorales de Dilian Francisca Toro. Alrededor del parque, los afiches y pendones de Norma y Roosvelt redecoran la fachada de varias casas. Y al recorrer la ciudad, puede verse de Norte a Sur la imagen de ambos candidatos en los postes de electricidad, sonriendo a todo color. Esos son los resultados de una buena logística. Aunque ya lo tienes presente: en 2010 y 2014 era tu rostro el que se repetía a lo largo de las avenidas caleñas

Así se van apagando las ilusiones de participar en tu campaña, pues transcurre una semana más, y otra después de esa, dejando ya sólo una semana que no alcanza para repartir publicidad suficiente con el número de trabajadores que aún persiste en la espera. Espera que termina el viernes 23 de febrero, cuando Mario se pronuncia finalmente, comunicando que el proyecto se cancela, dado que los empresarios determinan que resulta muy caro. 

Y en realidad, los $30.000 que en principio ofrecían a los cincuenta interesados, significarían veintiún millones de pesos al cabo de las dos semanas presupuestadas. Sin embargo, lo caro depende de cada cual. Para nosotros, por supuesto, es una fortuna, pero para ti, que sólo como senador devengas casi un millón de pesos diario, debe ser una inversión poco significativa. Teniendo en cuenta, además, que con el ajuste salarial entrarás a ganar $31’000.000 mensuales durante el período 2018 – 2022. 

Se disuelve el grupo y cada cual regresa a sus afanes; mi mamá a sus libros, mi prima a sus niños, mi hermano a su cargo de aprendiz de mecánico. Pero el sábado 24 de febrero, siendo casi de noche, contactan a mi hermano de la Junta secretamente. Contándolo, son diez los jóvenes llamados a realizar al fin la labor de campaña. ¿Qué labor? Ni idea. Cinco horas, $25.000. De una.

Puntual en su primer empleo real, Sebastián llega a la Plaza de Toros de Cañaveralejo faltando quince minutos para la una de la tarde. Es domingo 25 de febrero. Le explican que la jornada está destinada a pegar vallas de micro-perforado en el vidrio posterior de varios carros que llegarán durante la tarde. Por el tamaño de los paquetes de vallas, cintas y refrigerios parecería que esperan cientos de carros dispuestos para la publicidad de tu campaña. Aunque Sebastián preferiría pegar las vallas, lo ubican en un pequeño puesto de registro donde anotará a quienes vayan llegando. Treinta y cinco vehículos llegarán en toda la tarde, de a pocos. 

En el registro, Sebastián descubre el propósito real de la actividad. El conductor de cada automóvil que reciba la valla ganará $120.000 por publicitarte hasta el 11 de marzo, día en el que retirará el micro perforado para transportar a tu electorado a los grandes puestos de votación. Ida y regreso. Mientras se instala la valla, el conductor recibe una gaseosa y un dedo para esperar más cómodamente. Faltando treinta minutos para las seis, Mario les entrega $25.000 a cada uno, distribuye entre ellos los refrigerios sobrantes y advierte que los espera de nuevo el jueves a las nueve de la mañana. A todos, excepto a un chico delgado y encorvado que ha estado causando problemas durante la tarde. 

El jueves 1 de marzo se reúnen en Globollantas, una estación de servicios ubicada sobre la autopista suroriental. Mario viene acompañado de Jaime Andrés y Viviana, los empresarios; es decir, los encargados de tu campaña en la ciudad. Jaime es un tipo bonachón y dicharachero, mientras Viviana expele un aire arribista que choca con el origen humilde de los muchachos. A Sebastián le encargan de nuevo el registro y le entregan cincuenta cupones para lavado, cambio de aceite y demás servicios en la estación. Le encomiendan que los entregue a quien prefiera, pero dejando espacios para que rindan hasta el final de la jornada. Así lo hace cuando, al avanzar la mañana, acuden taxis, camionetas, carros piratas de gamas media y baja, busetas, jeeps. Serán 155 vehículos en la jornada que se extiende hasta las cinco de la tarde. Varios de los conductores llegan con el respectivo líder, por lo cual los encargados de la campaña vienen cada tanto a especificarle a mi hermano a qué capitán adjuntar ese equipo. Ante la confusión de Sebastián, un compañero con más cancha le enseña la nomenclatura: los capitanes son funcionarios públicos de la alcaldía, la gobernación, entre otras. Ellos se encargan de contactar líderes comunitarios que sumen respectivamente sesenta, cien, ciento cincuenta votos por el candidato en cuestión. La estrategia del líder para consolidar la votación requerida, consiste en asociar la victoria del candidato con algún proyecto para la comuna, algún beneficio directo, palpable y expreso: la adecuación de un parque, la remodelación de un puesto de salud, la fundación de un proceso de emprendimiento, la creación de escuelas deportivas, etc. El líder, por supuesto, es quien recibe un pago inmediato por su contribución. Se negocia, pero suele significar un cargo administrativo o una contratación permanente en el organismo concerniente. Sebastián registra, sonríe, aprieta manos. Es un día caluroso. El pago por esta jornada es de $35.000 por ser día completo. Mario les agradece al finalizar el trabajo y los compromete al trabajo final, el domingo siguiente.

4 de marzo, con mayor exactitud es el domingo. En teoría, hoy cierran todas las campañas proselitistas. Tan extrañado estoy de no ver movimiento de tu nombre en la ciudad, de ver tan accidentado tu proyecto publicitario, teniendo en cuenta que eres cabeza de lista al senado por el partido de la U, que voy a tus redes sociales a averiguar qué tan ajetreada estuvo realmente tu campaña. No me sorprende ver auditorios atestados en distintas ciudades del país. Muchos, al fin y al cabo, de seguro se llenaron con la misma técnica de llevar comisiones a ciegas y a fuerza de cuotas políticas. Sin embargo, me inquieta ver en las fotos de las manifestaciones tantas banderas estampadas con “La Fuerza de la Paz” y pancartas en cartulina donde se comprometen “las víctimas con Roy”. 

Has sabido capitalizar los logros del acuerdo de paz en tu discurso y personificas a un conciliador, un abanderado del posconflicto. Así serás reelegido el 11 de marzo con una de las votaciones más altas; te entrevistarán las cadenas radiales más grandes y opinarás allí sobre la democracia y la esperanza del país en paz. Muy poco probable era esa fórmula en 2009, cuando te recibieron en el partido de la U y lograste entrar al senado bajo la sombra de Álvaro Uribe, a quien hoy le das cátedra de paz durante las sesiones legislativas. Luego te sumarás a la campaña presidencial de Germán Vargas Lleras y te opondrás con fervor a la consulta anticorrupción. Sólo entonces mi hermano se arrepentirá de haber trabajado para ti.

En toda la jornada, llegan sólo veintidós automóviles a la sede de campaña, ubicada en el barrio Centenario. No quedan más refrigerios o cupones.