Mirar con otros ojos

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el cannabis ha sido completamente legal. La planta se ha venido utilizando sin ninguna restricción desde el año 8.000 a.C. Solo a comienzos del siglo pasado, casi diez mil años después, empezó a ser ilegal el consumo y la utilización en productos medicinales. Es decir que el cannabis ha sido ilegal por menos del 2% del tiempo en que ha estado en uso.

En los últimos años el cannabis ha cargado con un estigma que oculta sus demás usos y beneficios para la salud, la ciencia y la industria. La asociación de sus consumidores con la delincuencia, el narcotráfico y la persecución de los gobiernos han sido las principales causas de la desaprobación social que tiene la planta. Pero hoy en día, a pesar de que el estigma persiste, muchos países han empezado a mirar con otros ojos el cannabis y a reconocer sus múltiples utilidades. Las sociedades se han venido transformando de tal forma que, incluso, el consumo de marihuana con fines recreativos es legal en varios países.

Alejandro Gaviria, ex-ministro de salud y protección social, sostiene lo mismo: “Yo creo que todo el mundo, o buena parte del mundo, está encontrando maneras diferentes de reglamentar y regular el uso de marihuana. Primero con fines medicinales, pero también incluso con fines recreativos. Algo está pasando en la mente de las personas y creo que eso es evidente. Ha ocurrido muy rápidamente, de manera casi súbita, en los últimos 5 o 10 años”.

Es probable que en los próximos años muchos países sigan el modelo que ha implementado Uruguay, Holanda y varios estados de EE.UU., donde el cannabis es legal para cualquier uso.

El resto de países que aún no han aprobado el cannabis para uso medicinal y/o recreativo empiezan a ver la legalización como una salida a la lucha antidrogas, para reducir los costos que implica la penalización y como una oportunidad para aprovechar los beneficios de la planta. Entre ellos están Brasil, Guatemala, Canadá y Dinamarca, en donde los proyectos de legalización han llegado al Congreso y cada vez toman más fuerza en el debate público.

 

El desafío de la sintetización química

La legalización del cannabis para uso medicinal supone un riesgo para el Gobierno, pues podría incrementarse el narcotráfico y el microtráfico de marihuana. Según dos profesores universitarios que han estado relacionados con la separación de los componentes químicos del cannabis, es posible que algunas personas y empresas obtengan licencias para la elaboración de productos medicinales como una máscara para comercializar ilegalmente el THC que han aprendido a sintetizar.

El tráfico ilegal de marihuana sería mucho más sencillo, pues el mismo contenido de THC de un cargamento de marihuana podría transportarse en un frasquito de bolsillo. Mientras no se legalice completamente el uso recreativo, el Gobierno tendría que doblar sus esfuerzos para llevar un estricto control a quienes obtengan las licencias.

Ante este panorama, la legalización total de la planta parece ser la única opción para detener de raíz el narcotráfico. Así ya no habría tráfico ilegal y el Gobierno pasaría a regular el mercado, como lo hace con cualquier otro producto.

Por ser una práctica clandestina, el narcotráfico deriva en una guerra que ha causado muertes en todo el mundo. Los gobiernos, en lugar de reconocer el fracaso de la política de prohibición, se han empeñado en invertir más recursos para combatir el comercio ilegal de la marihuana.

Es posible que con la legalización, la sociedad aprenda poco a poco a convivir con la marihuana, como lo ha hecho con sustancias como el alcohol y el tabaco. También permitiría desarrollar con libertad campañas para educar sobre un consumo responsable  y evitar los problemas de adicción psicológica y consumo tempranero. Pero mientras persista la lucha contra el narcotráfico el problema no se atacará de raíz. “En ninguna parte del mundo lo represivo ha dado resultado”, afirmó José Mujica, el presidente que condujo la legalización en Uruguay.

 

El uso recreativo

Luis Eduardo Pinilla es un joven como cualquiera, con un trabajo, con una vida. Sin embargo, puede ser tildado de marihuanero y vago por el simple hecho de fumar. Su oficina, que ofrece servicios de call center, está ubicada en un edificio que parece abandonado, de apartamentos espaciosos, pero vacíos. Considera su ámbito laboral como “weed friend”, ya que sus compañeros son fumadores también. El espacio de la entrevista fue en el último piso, el mismo en donde en los ratos libres se asoman al balcón para pasar el rato con un buen porro; allí en las alturas, escondidos, donde nadie los ve ni los juzga.

Pinilla tiene un proyecto de investigación sobre la conservación de las genéticas nativas colombianas “Sativa Nativa”, una reserva genética para aprovechar sus usos medicinales e industriales. Es auto cultivador, defensor y ha pertenecido al foro “Colombia cultiva”, donde más personas como él se han reunido a discutir temas como la lucha contra el narcotráfico a través del auto cultivo.

“Menos mafias, más autoucultivo” fue una campaña que surgió del foro y que Pinilla llevó a cabo junto a otros amigos. A través de la revista Tricoma, un medio de comunicación especializado en cannabis que ellos publican, se propusieron visibilizar a varios consumidores de marihuana para mostrar que son personas responsables, que trabajan y que son útiles para la sociedad.

El objetivo de la campaña, además de luchar contra el estigma que tienen los consumidores, fue promover el auto cultivo. Pinilla tiene una visión muy clara sobre esta práctica.

-Hace muchos años me di cuenta que el tráfico de la planta es algo en lo  que  no vale la pena inmiscuirse. Lo que trato de hacer es auto sostener mi consumo personal cultivándola, para  no apoyar ese mercado. La planta en sí  no tiene nada que ver con la ilegalidad del mercado, el problema es la  prohibición. Cuando el Estado crea prohibición hay ilegalidad, y  cuando hay ilegalidad se crean bandas, hay violencia, guerra, dinero de mala energía. Eso es lo que uno quiere evitar y la única forma de hacerlo es el auto cultivo.

Pinilla cree que a través de acciones como las suyas  contribuyen a la desestigmatización de la marihuana y se encamina la legalización total de la planta, que para él se concretará en unos tres o cuatro años.

 

Los daños

La psicóloga Ángela García es egresada de la Universidad del Valle, cuenta con una maestría en psicoanálisis y con capacitación de posgrado en adicciones, en estos momentos trabaja en el área de servicio psicológico en la Universidad del Valle. Su formación académica y amplio conocimiento en el campo de las drogas fundamentan sus concepciones frente al cannabis.

Ella desmiente la posibilidad de que la marihuana genere adicción o dependencia física:

-Si tú miras una dependencia física a la heroína te das cuenta visiblemente como se sienten los síntomas de abstinencia. En el caso de la marihuana no hay unos síntomas de abstinencia que me digan que veo una dependencia física.  Lo que sí puede haber es una dependencia psicológica, así como uno depende de muchas otras cosas. 

Para Ángela García, los efectos psicológicos que pueden derivarse del consumo de marihuana son básicamente dos. El primero tiene que ver con la pérdida de memoria a corto plazo. A muchos consumidores se les dificulta recordar lo que hicieron el día anterior o la información reciente de una conversación. Algunas personas suelen asociar el segundo efecto con la pérdida de concentración o capacidad de aprender. Pero para ella, desde una perspectiva psicoanalítica, lo que puede generar el consumo repetitivo de la marihuana es una falta de confianza en sí mismo y la poca valoración de las capacidades propias.  

 

El día mundial de la marihuana

El 20 de abril se ha convertido en un símbolo de la cultura cannábica. Miles de fumadores de marihuana alrededor del mundo se congregan este día para rendir culto a la planta. Una ocasión que muchos aprovechan, como es de esperarse, para fumar marihuana. El origen de la celebración se remonta a la década del 70. Un grupo de adolescentes autodenominados “Los Waldos”, estudiantes de un colegio en California, solían reunirse a las 4:20 de la tarde frente a una estatua a fumar.

Muchos fumadores de marihuana de Estados Unidos que compartían la historia empezaron a utilizar la expresión 420 para pasar inadvertidos cuando querían fumar marihuana. Al pasar los años la historia tomó mucha fuerza, al punto que pasó de significar una hora para significar una fecha. Hoy en día el 420 (20 de abril) es considerado en la cultura cannábica de Estados Unidos como el Día mundial de la marihuana.

La celebración ha traspasado fronteras y se ha aceptado entre la cultura cannábica a nivel mundial. A más de 12 horas de vuelo desde California, Estados Unidos, donde se originó la celebración, está Cali. A más de 5.000 kilómetros está la Plazoleta de una universidad caleña, un espacio al aire libre donde muchas personas se reúnen para fumar marihuana. El 20 de abril no sería la excepción.

Por esos días llovía bastante en la ciudad. Es un día frío, el aire se siente húmedo y el césped conserva el rocío de la lluvia. “El ambiente está bueno para parcharse”, nos cuenta uno de los participantes, “las otras veces nos ha tocado un calor asqueroso”.

A las tres de la tarde el lugar se empieza a llenar. Las personas forman grupos de entre tres y diez amigos y se reúnen en torno a un parlante a escuchar música. Mientras se acerca la hora  algunos aprovechan para trillar la marihuana y armar sus cigarrillos. Otros, un tanto más anticipados, ya se han fumado unos cuantos porros.

A las 4:20 de la tarde los asistentes prenden sus pipas, porros y blunts (un blunt es un cigarrillo de marihuana envuelto en papel especial, a veces de sabores, que contiene la cantidad de marihuana equivalente a tres porros).

“Más que fumarse un porro uno va a compartir, a parcharse con sus parceros”, comenta uno de los participantes. Al otro extremo de la plazoleta, un grupo de amigos prende un cigarrillo de alrededor de 20 centímetros de largo y dos de diámetro. “Esa vaina fue el bareto más grande que yo he visto en mi vida, había que cogerlo con toda la mano”, comentaría después uno de los asistentes.

Varias personas se acercaron para compartir el porro que captó la atención de todos en el lugar. A algunos les causaba risa, a otros, asombro, pero quienes se acercaron para tirarse un “plon” lo cuentan con orgullo. Algunos estiman que pudo haber costado unas “30 lucas” y haberse utilizado un cuarto de libra de marihuana.

La mayoría de cigarrillos que se prenden se rotan entre amigos. “Es inusual que alguien prenda uno y se lo quede para él solo, pues todo se trata de compartir y parcharse”.

Un estudio médico del National Institute on Drug Abuse indica que al fumar marihuana o consumirla de cualquier forma, el THC se conecta con los químicos o receptores cannabinoides que el cuerpo produce naturalmente. Al generarse esta conexión se producen efectos en las regiones del cerebro que alteran el placer, la memoria, el pensamiento, la concentración, el movimiento, la coordinación y la percepción sensorial.

A las 5:00 p.m. empieza a llover. Las personas se resguardan de la lluvia bajo el techo de una cafetería. Algunos dan la celebración por terminada, otros irán a rematar a Jovita.

Mientras durante un día normal alguien suele fumar uno o dos porros, una de las personas de la celebración cuenta que entre un grupo de seis personas se fumaron siete blunts, intercalando con porros que prendía cada uno por aparte.

“Había que darse duro en el cráneo, parcero”, justifica con risas.