Uno de los libros de periodismo narrativo más logrados en el Valle del Cauca es La mirada de los condenados, un relato en profundidad sobre la masacre que tres hombres cometieron en 1984 en el Diners Club, en pleno centro de Cali. Óscar Osorio, hoy Director de la Escuela de Estudios Literarios de Univalle y coautor, nos cuenta cómo escribieron la historia. 

 

Por: Óscar Osorio

Profesor Titular Universidad del Valle

Tomado del libro Un largo invierno sin promesas, 2016.

 

Los hechos

La noche del 3 diciembre de 1984 tres hombres ingresaron a las instalaciones de Diners Club, intimidaron a los empleados, los amordazaron, los apuñalaron, les dispararon y los remataron. Hugo Aroca, con más de veinte heridas de navaja en su cuerpo y luego de una agonía de cuatro horas, logró arrastrarse por un pasillo oscuro, salir de la edificación por una ventana, ganar una terraza y pedir ayuda. Simultáneamente con los organismos oficiales, llegaron los medios de comunicación y los curiosos. La ciudad despertó con el relato escabroso: catorce víctimas, nueve de ellas fatales y cinco sobrevivientes, fueron encontradas desangrándose en distintos pisos del emblemático Edificio Otero, ubicado en la esquina sudoriental de la Plaza de Caicedo, en Cali. 

Los sobrevivientes identificaron ante las autoridades a Jaime Serrano Santibáñez (21 años), un guarda de seguridad que había trabajado hasta hacía algunos meses en las oficinas de Diners. Horas después lo capturaron llegando a su casa y, a través de él, apresaron a James Rodríguez (18 años). El tercer asesino, Francisco Ruiz (32 años), nunca apareció ni se tuvo noticia cierta de su paradero. Con el desarrollo de la investigación se estableció que los tres delincuentes decidieron asesinar a los empleados para evitar precisamente que pudieran identificar a su excompañero de trabajo. La constatación fue brutal: para evadir pasar una corta temporada por atraco en la cárcel, en la hipotética circunstancia de que, en este país de impunidades, fueran capturados, los ladrones decidieron desplegar una feroz actividad criminal contra personas indefensas. En el caso de Jaime, contra sus propios excompañeros de trabajo, algunos de los cuales habían sido especialmente amistosos con él. Había en esos hechos algo muy inquietante, un abismo terrible entre el móvil y la dimensión del delito: reducir, mover de un piso a otro, amarrar, amordazar, apuñalar en más de doscientas ocasiones, rematar con disparos, una víctima tras otra, a catorce personas durante cuatro horas de espanto para evitar que pudieran identificarlos como los autores de un robo escapaba de cualquier comprensión. 

Al día siguiente, los dos jóvenes asesinos capturados aparecieron, sonriendo, ante los medios de comunicación y aceptaron su responsabilidad sin arrepentimiento. De ellos dijeron sus vecinos y familiares que eran deportistas aficionados, buenos vecinos, buenos amigos, buenos hijos y hermanos, buenos muchachos. Las autoridades constataron que Francisco era un criminal avezado, pero Jaime y James no tenían antecedentes penales. La magnitud de los hechos, el proceder y perfil de los criminales produjeron un estupor generalizado. Los intentos de explicar esta barbaridad se descartaban rápidamente: no eran delincuentes consumados; no usaban drogas, ni estaban drogados; no habían actuado bajo el efecto del alcohol; no sufrían trastornos mentales y tuvieron plena conciencia de sus actos. Si bien hechos de sangre como este no eran nuevos en nuestra historia, estos se explicaban siempre con referencia a unas causas relativamente claras: una reivindicación de carácter político sustentaba las matanzas de la Violencia de los años cincuenta; una motivación social, las “limpiezas” que dejaban decenas de personas (indigentes, drogadictos, ladronzuelos, homosexuales) asesinadas en las calles de nuestras ciudades; una razón cultural y axiológica, las largas cadenas de asesinatos por honor que conducían al exterminio de familias enteras; la defensa de la propiedad privada, del statu quo y de ciertos privilegios o ideologías había suscitado una tremenda violencia en las últimas décadas. Ninguna de estas explicaciones aplicaba a la masacre de Diners. Tampoco lo hacía alguna circunstancia propia del momento: los asaltantes ya habían consumado el robo, tenían reducidas a las víctimas y el camino libre para huir. En la medida en que se desechaban las hipótesis crecía el desconcierto y la insistencia en la pregunta por las razones que llevaron a estos muchachos de familia a efectuar un crimen de tales dimensiones con una motivación tan baladí y a aceptar su responsabilidad sin conmiseración alguna. La respuesta requería un contexto más amplio.

La expansión del tráfico de drogas en Colombia se había iniciado hacía poco más de una década y en los barrios de todas las ciudades pululaban los delincuentes asociados al negocio: traquetos, lavaperros, sicarios, expendedores. En Medellín, el fenómeno fue más evidente y altamente comunicado. En Cali, los carteles de la droga desplegaron una intensa actividad de cooptación social y de los medios de comunicación que casi logra desasociar la explosión delincuencial de la ciudad y el aumento dramático de los índices de homicidios con esta empresa criminal, pero los hechos eran tozudos. Además del ingreso de un número importante de jóvenes a las estructuras criminales asociadas al narcotráfico, una de las consecuencias inmediatas de esta expansión fue la fácil acogida que la elección de la actividad delictiva como proyecto de vida tuvo en la juventud. Los criminales se desplazaban en carros y motos, vestidos según el soñar de las barriadas, con el dinero y las hembras que los muchachos deseaban. Esos hombres cruentos, consumistas e intrascendentes fueron los nuevos héroes de niños y jóvenes. Los muchachos los imitaban y, en el empeño de vivir como ellos, optaron por el delito y el crimen. El anhelo de dinero y el consumo se entronizaron, y valores como el esfuerzo y el trabajo, la austeridad y la solidaridad, el respeto por la dignidad y la vida humanas se fueron desvaneciendo al mismo tiempo que disminuía la sanción social contra el delincuente y el crimen se volvía un hecho cotidiano. En este nuevo contexto, una cada vez mayor porción de la sociedad aprendía a vivir la violencia como un hecho banal. Una constatación dolorosa de esa nueva axiología fue la aparición de la expresión “desechables” para referirse a los seres humanos más desvalidos. Este uso deplorable ganó fuerza no sólo en los sociolectos delictivos donde surgió sino en todos los niveles sociales. No era extraño que se usara, con una indolencia lacerante, incluso en los ámbitos universitarios. 

Este contexto hizo posible que estos “buenos muchachos” de barrio cometieran el crimen ominoso por una nimia razón; que aparecieran en los medios de comunicación sin sentimientos de contrición; que sus familias los hayan instado a mantener la cabeza alta porque, como le dijo la madre a Jaime Serrano días después, ella “no había criado un marica”; que la novia de James lo haya visitado en la cárcel para despojarse, como una ofrenda de amor, de esa virginidad compartida. 

A despecho de esta nueva realidad social, los caleños manteníamos la ficción de vivir en la “ciudad cívica de Colombia”, “la capital mundial de la salsa”, “la ciudad deportiva de América”, “la sultana del Valle”, “la sucursal del cielo”. Contrariando lo evidente, que desde hacía años nuestros muchachos desesperanzados caían en las garras del vicio y el delito, que nuestras calles estaban infestadas de delincuentes y cuchilleros, que los cinturones tuguriales crecían a un ritmo de asombro, que a los barrios les trazaban fronteras invisibles cuya trasgresión se pagaba con la vida, en ese año de 1984 seguíamos alentando esa ilusión de felicidad y civismo. Esta disociación colectiva fue destrozada por la masacre de Diners. La inusitada violencia desplegada por estos jóvenes incontritos nos puso de frente con la imagen nítida de un tejido social llagado en el cual la  opción criminal se había naturalizado y cualquier buen muchacho podía convertirse en asesino de la noche a la mañana sin experimentar ninguna conmoción moral. Esa ineludible constatación cambió para siempre nuestra manera de mirarnos. Desde entonces, Cali es otra. 

Además de la trascendencia social de los hechos, la experiencia de los protagonistas es un campo inagotable de indagación sobre la condición humana, elemento que universaliza sin duda esta historia. La certeza del azar en la definición de nuestro destino, develada en las circunstancias que hicieron que Gloria Fernanda retrasara unos minutos su salida de la entidad y por ello encontrara la muerte, o que Gloria Eva cambiara su rutina y fuera a apoyar a una amiga a Diners, o que las empleadas hubiesen decidido hacer las decoraciones navideñas ese preciso día y por ello permanecieran en la oficina catorce personas en un horario que sólo acostumbraban tres; el coraje y la decisión por la vida que mantiene vivo a Aroca y lo hace sobrevivir a veinte puñaladas y salvar a sus compañeros; el extraño mecanismo mental que hace a una mujer frágil como Rocío mirar a los asesinos a los ojos y con una serenidad espeluznante decirles que, por favor, le peguen un tiro porque no soporta la idea de ser apuñalada; la paradoja brutal de Aydé, quien había decidido un aborto, pero la muerte se le adelanta; el encuentro casual en una tienda de barrio de Francisco y James, primer acontecimiento que va a desencadenar la tragedia; las circunstancias que llevan a James a terminar su jornada de trabajo como pintor de brocha gorda y empuñar un arma para encontrarse con la experiencia del asesinato; la condición mental de Jaime que termina de preparar la comida para sus hermanos y se va a acabar con la vida de otros seres humanos; la crueldad de Francisco, el “niño mimado del papá”, según decía su madre, que propina más de doscientas puñaladas en esa noche infernal. Una lista interminable de experiencias que nos hablan de la extrema fragilidad del ser humano a la vez que de su increíble voluntad y potencia, de los hilos del azar que tejen nuestros destinos, de la inaprensible condición humana.  

 

La investigación

James Valderrama y yo nos habíamos conocido, un año antes de los hechos, como condiscípulos del grado décimo en el colegio República de Israel, y estábamos iniciando una larga y profunda amistad. Nosotros fuimos parte del desconcierto social, teníamos edades cercanas a las de los homicidas y vivíamos en barrios vecinos a ellos. Algunos de nuestros amigos los referenciaban como dos muchachos tranquilos que a veces venían a nuestros barrios a jugar fútbol. Ellos fueron durante un buen tiempo tema de nuestras conversaciones y nos intrigaban las razones del horroroso crimen. Creíamos que esa masacre arrojaba claves importantes para entender nuestra azarosa ciudad y nuestro atolondrado país y, por años, acariciamos el deseo de conocer en profundidad esos sucesos y contarlos en un libro. Cuando la oportunidad apareció, la tomamos sin pensarlo dos veces. La primera decisión fue darle un tratamiento diferente al que le habían dado los medios de comunicación durante años. Buscaríamos restituir la historia personal, el carácter y la dimensión espiritual detrás de cada hombre y mujer victimizados, y hacer vívidos el dolor y la angustia padecidos por ellos y sus familiares; nos interesaba rastrear la historia de los victimarios, sus experiencias de mundo, sus entornos familiares y sociales; ambicionábamos encontrar las verdaderas causas de la tragedia y ofrecer un relato total de los hechos. 

Empezamos por leer y anotar los más de cinco mil folios del expediente; reseñamos lo publicado sobre el caso; hicimos más de treinta entrevistas a los sobrevivientes y sus familias, a las familias de las víctimas fatales, a los asesinos y sus parientes; fuimos a los barrios que habitaban unos y otros, en Cali, en Pereira, en Medellín; visitamos el lugar de los acontecimientos con los planos del lugar, las fotos y los esquemas de la reconstrucción del crimen e imaginamos el recorrido de cada víctima; investigamos con los vecinos fundadores la historia de los barrios San Luis y San Luisito, donde vivían James y Jaime, porque veíamos en la transformación de esos vecindarios, por efectos de la economía y la cultura de la droga, una clara imagen de lo que ocurría en el país y que explicaba desde lo particular el despelote general; nos documentamos con textos históricos, periodísticos, sociológicos sobre la Colombia de las últimas décadas para tener una mejor comprensión del fondo de estos acontecimientos. Después de tres años de trabajo teníamos un extenso material y un conocimiento amplio y profundo de hechos y personajes. La tarea siguiente, no menos ardua, era escribir el texto. Habíamos decidido desde el principio que el periodismo literario nos daría las herramientas para contar esta historia y nos dimos a la tarea de acordar unos conceptos fundamentales.